miércoles, 31 de diciembre de 2025

El sembrador de medianoche

La ciudad de Santiago vibraba con una gran energía. Faltaba apenas una hora para la medianoche y el aire olía a pólvora, cena familiar y esa mezcla extraña de nostalgia y ansiedad que solo ocurre cada 31 de diciembre.
Elena estaba en la azotea de su edificio, lejos del bullicio de la fiesta de sus vecinos. Tenía 28 años y sentía que el año que terminaba había sido como un libro leído a medias: muchas páginas pasadas, pero poca historia recordada. Se sentía estancada, como si el calendario avanzara y ella se quedara mirando el segundero.
Justo cuando pensaba en bajar, vio a Don Julián, el vecino del primero, un hombre de ochenta años que siempre llevaba boina y una sonrisa enigmática. Estaba arrodillado frente a una maceta grande, ignorando los fuegos artificiales que ya empezaban a surgir en el horizonte.
— ¿No debería estar adentro brindando, Don Julián? -preguntó Elena acercándose.
El anciano levantó la vista y sonrió. Tenía las manos manchadas de tierra negra.
— Verás, Elena, la gente cree que el Año Nuevo es algo que te "pasa", como si fuera una ola que te arrastra. Yo prefiero pensar que es algo que se siembra.
Don Julián le explicó que cada año, exactamente a las 12:01, plantaba una semilla. No importaba si era una flor, una hierba o un pequeño árbol.
— El año no es nuevo porque cambie el número en el calendario, dijo él con voz suave. Es nuevo porque tú decides poner algo en marcha que antes no existía.
Elena lo miró con curiosidad. Él le extendió un pequeño sobre de papel. Eran semillas de jazmín.
— Toma. El año pasado dijiste que querías volver a pintar, pero no tenías espacio ni luz. El jazmín crece buscando el sol, aunque sea poco. Planta esto hoy. Deja que la tierra sea el primer testigo de tu intención.
El reloj comenzó la cuenta atrás. Los gritos subían desde la calle: ¡Diez! ¡Nueve! ¡Ocho!
Elena sintió un nudo en la garganta. No era tristeza, era la emoción de la posibilidad. Metió sus dedos en la tierra fresca de una maceta vacía, sintiendo el frío y la vida contenida en ese puñado de suelo.
¡Tres! ¡Dos! ¡Uno! ¡Feliz Año Nuevo!
Mientras las luces de colores estallaban sobre sus cabezas y las sirenas sonaban en toda la ciudad, Elena metió las semillas bajo la superficie. En ese momento, entendió que no necesitaba tener todas las respuestas para el próximo año. Solo necesitaba la voluntad de regar algo pequeño y ver qué pasaba.
Se puso de pie, se sacudió la tierra de los pantalones y abrazó a Don Julián. Por primera vez en meses, no tenía miedo del futuro.
Al fin y al cabo, acababa de empezar su propia primavera en medio del invierno.

Al final del año: Agradecemos y reconocemos

A veces no hace falta decirlo todo.
Basta detenernos, mirar atrás
y reconocer cuánto bien nos sostuvo.
Hoy no pedimos.
Hoy agradecemos.
Porque reconocer el bien recibido
también abre el corazón a lo que viene.
¡¡GRACIAS DIOS!!
Por la vida y la salud que me has dado.
Por mi familia, mi hogar
y el amor compartido.
Por el trabajo, los proyectos
y las oportunidades que recibí.
Por el aprendizaje, la constancia
y el esfuerzo diario.
Por los vínculos que fortalecieron mi caminar.
Por la fe que maduró y fue reforzada
y la esperanza renovada en este Jubileo.
Por tu divina Providencia,
presente en el día a día de mi vida.
Todo ha sido un regalo tuyo.
Todo ha sido una gracia recibida de Ti.

Cuando mamá se vuelve eternidad

                     Juanita  

Todos conocemos el sabor amargo de la ausencia, pero hay pérdidas que atraviesan el alma con un silencio más hondo. En estas fechas donde la vida invita a celebrar, la nostalgia se sienta a la mesa cuando falta quien nos dio la vida. Recordamos risas, tradiciones, abrazos que ya no están, y el calendario parece cambiar de sentido.
Sin embargo, cuando la que falta es mamá, el dolor se vuelve más profundo, porque ella no solo habitaba nuestros días, habitaba nuestro corazón. Las madres son cuna del gran milagro de la vida, regalos insuperables de Dios, mujeres valientes que dijeron sí incluso sin entenderlo todo. Su amor no conoce fronteras: escucha cuando nadie más oye, siente cuando otros ignoran, permanece cuando el mundo se va. El amor de mamá es paz que aquieta, medicina que sana decepciones y luz que no se apaga ni siquiera en la noche más oscura.
Por eso, a quien aún la tiene, el consejo es urgente y lleno de verdad: ámala, disfrútala, abrázala hoy. Cuando una madre se va, algo nuestro viaja con ella, porque no hay amor comparable al suyo. Se va un pedacito del corazón para hacerse eterno, para convertirse en ángel que nos cuida desde otra orilla.
Hoy, reza por tu madre: si camina a tu lado, agradéceselo; si está ya en el cielo, confíala a Dios. Dar gracias también es una forma de amar, y recordar es una manera de mantenerla viva.

martes, 30 de diciembre de 2025

Aquí está la salvación de Dios

              Benjamín G. Buelta, SJ

Donde acaba la ciudad
y empieza el miedo,
donde terminan los caminos
y empiezan las preguntas,
cerca de los pastores
y lejos de los dueños,
en el calor de María
y en el frío del invierno,
viniendo de la eternidad
y gestándose en el tiempo,
salvación poderosa para todos
en una fragilidad recién nacida,
liberador de todos los yugos
atado a un edicto del imperio,
rebajado hasta un pesebre de animales
el que a todos nos sube hasta los cielos,
nació el Hijo del Padre,
Jesús, el hijo de María.
Sólo abajo está el Señor del mundo
que nosotros soñamos en lo alto.
Aquí se ve la grandeza de Dios
contemplando la humildad de este pequeño.
Aquí está la lógica de Dios,
rompiendo el discurso de los sabios.
Aquí ya está toda la salvación de Dios
que llenará todos los pueblos y los siglos.

La leyenda del acebo

Era diciembre, la gente se quedaba dentro de sus casas con calor porque hacía mucho frío y las calles estaban cubiertas de nieve y hielo.
Un ratoncito en medio del campo estaba temblando y rechinando los dientes. Atrapado por la tormenta, no pudo llegar a su refugio a tiempo. Se sentía perdido y no sabía cómo no morir de frío. De repente, en medio de la nieve, vio un arbusto verde a lo lejos. El ratón se sintió seguro y comenzó a correr en esa dirección. Antes de refugiarse entre las ramas de esa planta, la saludó y le pidió hospitalidad. El arbusto le dijo que le daba la bienvenida, pero debía saber que sus hojas eran espinosas para protegerse de los ataques de rumiantes.
- ¡Si quieres, puedes sentarte entre mis ramas! He cumplido con mi deber de advertirte del peligro que estás a punto de enfrentar -subrayó la planta.
El ratoncito pensó en ello, pero, al no poder sobrevivir a la tormenta, se metió entre las ramas del arbusto.
- ¡Mejor unos cuantos pinchazos que morir ahogado en la nieve! Pensó para mí mismo.
De repente se levantó un viento helado impetuoso y el ratón, para no dejarse llevar en su remolino, se agarró con fuerza con sus patas a una hoja del arbusto olvidando sus espinas.
- ¡Hay, qué dolor!, gritó el pobre ratón.
Las espinas se le clavaron y pequeñas gotas de su sangre cayeron entre las ramas de la planta. La noche era muy fría y congeló las gotas convirtiéndolas en bolitas de hielo rojas. A la luz de la luna brillaban como rubíes. El arbusto con esas bolas rojas era realmente hermoso y elegante. Le agradeció al ratón por haberle hecho ese hermoso regalo. La planta, sin embargo, tenía miedo de perder esas bolas una vez que el aire se calentara y la helada desapareciera, así que recurrió a la reina de las plantas y le rogó que se las dejara para siempre.
Su deseo fue concedido y, tocándola con su varita mágica, dijo:
- Quiero recompensarte porque has sido generoso, bueno y honesto con el ratón y te mereces un bonito regalo de Navidad, que ya está cerca. De ahora en adelante también tendrás, como todos los árboles, flores y frutas y no solo hojas espinosas. Para recordar a todos que tus frutos rojos vienen de la sangre del ratón te llamarán “Acebo".
La planta se movió, agradeció en repetidas ocasiones a la buena reina al desaparecer de su vista. El acebo pensó que siempre es mejor ser bueno en este mundo.
La planta quedó sorprendida por la belleza adquirida con esas bayas rojas que la adornaban. Desde entonces, cada Navidad, su felicidad es grande y completa, cuando la gente, con sus ramitas, decoran sus hogares. Desde entonces se convirtió en una planta ornamental navideña que todo el mundo quiere tener en su casa porque trae suerte y es propicia.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Escuchar tu voz, Señor

Señor, ayúdame a escuchar tu voz y a responderte,
con la misma decisión y generosidad de Juan Evangelista.
Cuando lo llamaste, a orillas del lago Tiberiades,
inmediatamente dejo la barca y a su padre y te siguió.
No lo dejó para dentro de un rato, o para mañana.
Casi no te conocía. No sabía qué le esperaba,
pero tu voz resonó en su corazón con tal fuerza
que lo dejó todo y te siguió.
Señor, ayúdame a escuchar tu voz y a responderte,
con decisión y generosidad.
Señor, ayúdame a acercarme a ti cada día
y a dejar que tu cercanía me transforme, como a Juan.
Juan y su hermano Santiago iban en busca de privilegios.
Pero estar a tu lado les fue cambiando.
Entendieron que es menester beber el cáliz del amor,
del servicio y de la entrega hasta la última gota.
Experimentaron que el camino de la gloria
pasa por Getsemaní y por el Calvario.
Señor, ayúdame a acercarme a ti cada día
y a dejar que tu cercanía me transforme.

El sacerdote de la Navidad silenciosa

             Parroquia de San Pedro Apóstol, El Sauzal.

El amanecer del 24 de diciembre llegó con un cielo gris pálido, típico del invierno en las montañas del norte de España. El viento helado hacía crujir las ramas de los árboles desnudos y un fino velo de escarcha cubría los caminos de piedra. Pero nada de eso parecía importarle al padre Anselmo. Se levantó al amanecer, como siempre. A sus 83 años, el cuerpo le dolía al principio de la jornada, pero nunca se quejaba. "Son los achaques del tiempo, nada más", solía decir. Se lavó la cara con agua fría, se peinó con cuidado, se puso la sotana negra y, antes de salir, se detuvo frente al crucifijo de la pared.
- Gracias, Señor, por otro día más para servirte -murmuró mientras hacía la señal de la cruz.
El padre Anselmo llevaba 59 años siendo sacerdote, y los últimos 20 había estado a cargo de tres pequeñas parroquias rurales. Cada una en una aldea diferente, separadas por varios kilómetros de carreteras estrechas y serpenteantes. No era fácil, especialmente en invierno, pero nunca pensó en dejarlo. "Mientras pueda caminar, celebraré la Misa" decía con una sonrisa.
Primera parada: San Bartolomé de la Sierra
El viejo Renault 4 rugía como un león cansado mientras subía la cuesta hacia la pequeña aldea. El motor tosía en las curvas, pero nunca fallaba. "Como yo", pensaba Anselmo con una sonrisa.
Llegó a la iglesia de piedra cubierta de musgo. Las campanas no sonaban desde hacía años, pero el padre Anselmo sacó una campanilla de mano y la agitó en la puerta. "Ding, ding, ding"... el sonido resonó por la plaza vacía.
- ¡Buenos días, padre! -saludó Tomás, un anciano que se acercó con un bastón-. Hoy somos pocos, pero aquí estamos.
- Lo importante no es la cantidad, Tomás, sino la fe -respondió el sacerdote con una sonrisa.
La Misa comenzó con solo cuatro personas en los bancos. Tomás, su esposa Rosa y dos vecinos más. Los cantos fueron sencillos, pero el padre Anselmo los cantó con el corazón lleno de amor. Levantó la Eucaristía con manos temblorosas, pero firmes. En ese momento, la iglesia vacía se llenó de una presencia invisible, pero poderosa.
- "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" -dijo con voz serena.
Y en los rostros de esas cuatro personas había paz.
Al final de la Misa, Tomás se acercó con una bolsa de papel.
- Padre, le traje unas castañas asadas. Para que tenga algo especial esta noche.
- Gracias, Tomás. ¡Dios te lo pague! -dijo Anselmo, conmovido.
Subió al coche, puso la bolsa de castañas en el asiento de al lado y arrancó rumbo a la siguiente parroquia.
Segunda parada: Santa María del Camino
La niebla se había levantado y el padre Anselmo avanzaba despacio por la carretera mojada. "Señor, guíame tú, que yo no veo bien", rezó mientras sus manos firmes sujetaban el volante. Cuando llegó a la parroquia, había dos personas esperando en la puerta: Margarita y su nieto Dani, de 9 años.
- ¡Padre, llegaste justo a tiempo! -dijo Margarita mientras se sacudía el abrigo-. Pensé que la niebla te iba a retrasar.
- Los pastores también cruzaron la niebla para llegar a Belén -bromeó Anselmo con una sonrisa-. No se preocupen, ya estoy aquí.
La Misa fue breve, pero especial. Dani miraba todo con atención, siguiendo cada movimiento del sacerdote. Cuando el padre alzó la Eucaristía, el niño, con asombro, le susurró a su abuela:
- Abuela, ¿es Jesús de verdad?
- Sí, hijo, de verdad -respondió Margarita, con una sonrisa llena de fe.
Al terminar la Misa, Margarita se acercó con un pequeño paquete envuelto en papel de colores.
- Padre, para usted. No es mucho, pero espero que le guste.
- Gracias, hija mía -dijo, sintiendo un nudo en la garganta.
No abrió el paquete, pero lo guardó con cuidado en el asiento del coche, junto a la bolsa de castañas.
Tercera parada: San Pedro de la Montaña
La subida a la última parroquia fue la más difícil. La carretera estaba llena de charcos y barro, y las ruedas patinaban en algunos tramos. Pero el padre Anselmo sabía que el Señor siempre lo llevaba a buen puerto. Cuando llegó, vio la iglesia sola, sin nadie en la entrada. Se quedó un momento dentro del coche, mirando la puerta cerrada. Por un instante, pensó en regresar, pero su corazón le dijo: "Anselmo, tú nunca estás solo".
Entró, encendió las luces y comenzó a preparar la Misa. No había nadie, pero eso no importaba. Se puso la casulla blanca, encendió las velas y comenzó la celebración.
- "En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" -dijo con voz firme.
El eco de su voz rebotó por las paredes de piedra. Pero no estaba solo. Él lo sabía.
- "El Señor esté con vosotros" -continuó.
Y en su corazón, sintió que la respuesta venía desde el cielo: "Y con tu espíritu."
Celebró la Misa con el mismo amor de siempre. Ofreció la Eucaristía con sus manos arrugadas, y en su mente se vio a sí mismo, joven, en su primera Misa. "59 años, Señor... y sigo aquí."
Cuando volvió a su casa, el padre Anselmo encendió la calefacción, se quitó la sotana y se puso un viejo jersey de lana. Sacó la bolsa de castañas y el paquete de Margarita. Al abrirlo, encontró una bufanda de lana verde tejida a mano. La tocó con cuidado, sintiendo el cariño en cada puntada. Se la puso de inmediato.
- Perfecta, Margarita. Me queda perfecta -dijo con una sonrisa.
Preparó una cena sencilla: pan, queso, un caldo caliente y las castañas asadas. Se sentó frente a la mesa, en silencio. A muchos les parecería una cena triste, pero para él no lo era.
- Gracias, Señor, por esta mesa llena de tu amor -dijo, mirando la luz de una pequeña vela que había encendido.
Comió despacio, saboreando cada bocado. No estaba solo. Sabía que, en cada lugar donde había celebrado Misa, había una parte de él. Y sabía que Jesús estaba allí, sentado con él, como siempre.
Cuando terminó de cenar, se levantó, tomó su guitarra vieja y comenzó a cantar:
- ♪ Noche de paz, noche de amor... Todo duerme en derredor... ♪
La voz del padre Anselmo, aunque anciana, sonó cálida y fuerte. Su canto se mezcló con el crujir del fuego en la estufa. Los ángeles en el cielo debieron detenerse a escuchar.
Esa noche, antes de dormir, miró el crucifijo de la pared.
- No estoy solo, Señor. Nunca lo estuve.
Se acostó, y mientras el sueño lo abrazaba, sintió una paz inmensa. Como la luz de la vela, su vida no se había apagado. No importaba si había pocas personas en las Misas, ni si cenaba solo. La Luz seguía brillando. En la soledad de una pequeña casa, en un rincón del mundo, un sacerdote de 83 años dormía con la certeza de que la Navidad había llegado. No con ruido ni fiestas, sino con la misma paz con la que llegó aquella noche en Belén.

viernes, 26 de diciembre de 2025

Encarnación

                  José María Rodríguez Olaizola 


Con nosotros, a nuestro lado,
en cada pliegue de nuestra historia,
en gritos y silencios,
en soledades y encuentros,
en avances y regresos
cuando te buscamos,
y aun si te perdemos
Tú nunca te alejas.
Elegiste ser un Dios cercano
y eres tenaz en el empeño
No impones tu presencia, pero estás.
Te presentas, discreto,
en una mano tendida,
en el gesto de aprecio,
en la palabra oportuna,
en los ojos compasivos,
en la llamada incisiva,
en destellos de evangelio
en la entraña conmovida
por el dolor inocente,
en el bien que perseguimos,
en el calor que ofrecemos.
en la alegría que brota
al asomarse al misterio,
Dios con nosotros, Dios nuestro

Camiseta de bebé de Cristo

            Comunidad Waldorf

Hace mucho tiempo, la Virgen María se preparaba para la primera Navidad. Había llegado el momento de que ella tejiera una prenda para el bebé Cristo que pronto nacería.
Viajó entre las estrellas y las estrellas le dieron hilos cristalinos para la camisa del bebé. Cuando llegó a la luna, le dio hilos de plata. El sol le dio brillantes hilos de oro. La Virgen María reunió todos los hilos brillantes y comenzó a tejer. Pero ¡ay! Los hilos se deslizaban todo el tiempo y no se dejaban entrelazar. La Virgen María partió en busca y búsqueda...
— "Oh, piedras y cristales queridos", dijo la Virgen María, "sois tan fuertes y firmes". ¿Podéis ayudarme a tejer estos hilos en una camisa de Cristo Niño?
— No, Madre María. Te mostraremos el camino hacia el establo y apoyaremos firmemente sus pasos, pero no podemos ayudarlo a tejer la camiseta.
— "Oh, plantas queridas", dijo la Virgen María, "sois tan verdes y hermosas". Algunas sois verdes incluso en pleno invierno. ¿Puedes ayudarme a tejer estos hilos en una camisa de Cristo Niño?
— No, Madre María. Te haremos un jardín donde la rosa navideña podrá florecer, pero no podemos ayudarte a tejer la camiseta.
— Oh, queridos animales, sois tan ágiles y animados. ¿Podéis ayudarme a tejer estos hilos en una camisa de Cristo Niño?
— No, Madre María. Te haremos un jardín donde la rosa navideña podrá florecer, pero no podemos ayudarte a tejer la camiseta.
— Oh, queridos animales, sois tan ágiles y animados. ¿Podéis ayudarme a tejer estos hilos en una camisa de Cristo Niño?
— No, Madre María. Nuestro hermano, el burro, te ayudará en tu largo viaje, pero no podemos ayudarte a tejer la camiseta.
Ahora María no sabía qué camino tomar en busca de ayuda. Pero entonces llegó un ángel y le habló gentilmente así:
— Madre María, debes pedirle a los niños que te den amor de corazón. Cuando los niños de la Tierra te envíen su amor, entonces podrás tejer la camisa del Niño de Cristo.
Y así sucedió.
Y desde entonces, cada año, en la época de Navidad, el Ángel desciende y nos trae luz a nosotros, la gente de la tierra, en la oscuridad. De esta luz traída por el Ángel, cada niño puede encender una pequeña luz. Estas luces enviarán a María el amor del corazón, y ella, la Madre, podrá tejer la camisa del Niño de Cristo.

martes, 23 de diciembre de 2025

Himno de Adviento

¡Cielos, lloved vuestra justicia!

¡Ábrete, tierra! ¡Haz germinar al Salvador!
Oh Señor, Pastor de la casa de Israel,
que conduces a tu pueblo,
ven a rescatarnos por el poder de tu brazo.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!
Oh Sabiduría, salida de la boca del Padre,
anunciada por profetas,
ven a enseñarnos el camino de la salvación.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!
Oh Hijo de David, estandarte de los pueblos y los reyes,
a quien clama el mundo entero,
ven a libertarnos, Señor, no tardes ya.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!
Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel,
tú que reinas sobre el mundo,
ven a libertar a los que en tinieblas te esperan.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!
Oh Sol naciente, esplendor de la luz eterna
y sol de justicia,
ven a iluminar a los que yacen en sombras de muerte.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!
Oh Rey de las naciones y Piedra angular de la Iglesia,
tú que unes a los pueblos,
ven a libertar a los hombres que has creado.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!
Oh Emmanuel, nuestro rey, salvador de las naciones,
esperanza de los pueblos,
ven a libertarnos, Señor, no tardes ya.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

El Belén de Francisco de Asís

Cuando hoy pensamos en un Belén, imaginamos figuras, paisajes, luces, caminos, montañas, pastores y reyes. Sin embargo, nada de eso estaba en el origen. El Belén, tal como lo conocemos, es el resultado de siglos de evolución.

Su comienzo fue mucho más austero, casi incómodo, y profundamente intencional. Para encontrar su origen hay que situarse en el año 1223 en un pequeño pueblo de los Apeninos italianos llamado Greccio. Francisco de Asís ya llevaba años predicando un cristianismo radicalmente encarnado: Humildad, cercanía con los marginados, fraternidad con la naturaleza y rechazo explícito del lujo religioso.
En su época, la Navidad ya se celebraba litúrgicamente, pero en muchos lugares era una festividad solemne, distante, cargada de símbolos teológicos, pero alejada de la experiencia concreta del nacimiento de Jesús. Francisco no cuestiona la doctrina, cuestiona la distancia emocional y existencial.
Su pregunta no es teológica, sino humana. ¿Cómo nació realmente Jesús? Según relata Tomás de Celano, su primer biógrafo y testigo cercano, Francisco quiso ver con los ojos del cuerpo cómo había nacido Cristo. No pidió permiso para innovar una tradición; pidió algo mucho más simple: reproducir un lugar.
Solicitó a un noble local, Juan de Greccio, que preparara una cueva, un pesebre y que llevara un buey y un asno de carne y hueso. No encargó figuras, ni organizó una representación teatral, ni pidió que nadie hiciera de María y de José. La escena estaba incompleta a propósito.
Así, en la Nochebuena de 1223, la gente acudió con antorchas. Se celebró la Misa frente al pesebre vacío. El centro no era una imagen, sino un espacio.
Un espacio preparado para ser comprendido, no consumido. El pesebre sin niño obligaba a hacerse una pregunta. ¿Qué significa que Dios haya elegido esto?
Lo que sí se relata es la emoción profunda de los presentes y el impacto que produjo aquella forma de celebrar la Navidad: por lo esencial. La famosa estrella de Belén pertenece al relato evangélico de Mateo y a interpretaciones posteriores, pero no fue un elemento central en Greccio.
Y aquí aparece algo relevante: el trasfondo cultural. En la mentalidad medieval, el universo no estaba dividido en compartimentos estancos. El cielo, la tierra, los animales y el ser humano formaban un todo coherente. Su gesto en Greccio puede entenderse como una reconexión entre lo cósmico y lo cotidiano. El misterio más alto expresado en la materia más humilde.
Tras la muerte de Francisco, la idea se difundió. Primero en los conventos franciscanos, luego en iglesias y hogares. Con el tiempo se añadieron figuras, escenas y elementos narrativos. En el Renacimiento y el Barroco, el Belén se convirtió en arte. En Nápoles, casi en teatro.
Pero el núcleo permaneció. Hacer visible lo invisible. Y hacer cercano lo que había vuelto abstracto.
El Belén no nació para adornar. Nació para recordar una elección: la elección de la fragilidad.
No fue una invención estética, sino un acto pedagógico y espiritual. Francisco no quiso explicar el nacimiento de Jesús. Quiso que se intuyera. Por eso dejó el pesebre vacío. Porque el centro no era la figura, sino la pregunta.
Y quizá ahí radique la razón por la que, ocho siglos después, seguimos montando belenes: no para repetir una escena, sino para volver a acercarnos a un misterio que solo se comprende cuando se mira sin exceso de adornos.

lunes, 22 de diciembre de 2025

Lucha con esperanza

                José Mª R. Olaizola SJ

No hay que temer al fracaso, a la lucha,
al dolor, a los pies de barro o a la debilidad.
No hay que temer a la propia historia,
con sus aciertos y tropiezos;
ni a las dudas; ni al desamor;
que la vida es así, compleja,
turbulenta, hermosa, incierta.
Pero luchemos contra la tristeza perenne,
esa que se instala en el alma y ahoga el canto.
Alimentemos la semilla de alegría
que Dios nos plantó muy dentro.
Que surja, poderosa, la voz esperanzada,
esa que clama en desiertos y montes,
en calles y aulas, en hospitales, en prisiones,
en hogares y en veredas.
Cantemos, hasta la extenuación,
la vida del Dios hecho niño,
del Niño hecho Hombre,
del Hombre crucificado
que ha de vencer a la cruz, una vez más.
Nadie va a detener al Amor
que se despliega, invencible,
en este mundo que aguarda.
Aunque aún no lo veamos.

El eco de la música

               Parroquia de San Pedro Apóstol, El Sauzal

Don Emilio vivía solo en un apartamento modesto, situado en el centro de la ciudad. Su vida había cambiado desde que su esposa, Lucía, había partido hacía tres años. La casa, que alguna vez resonó con risas y música, ahora se encontraba en un silencio absoluto. El único sonido que llenaba su día era el eco lejano de los coches y el tintineo de las teclas de un viejo piano que había pertenecido a su esposa.
Lucía había sido la fuerza que mantenía la vida de Don Emilio vibrante y alegre. Juntos, habían compartido su pasión por la música, y su hogar estaba lleno de partituras, discos de vinilo y melodías que surgían con naturalidad. Él, como compositor, había creado piezas que ella tocaba con gracia. Cuando ella se fue, la música dejó de sonar. Don Emilio no encontraba el valor para sentarse al piano, a pesar de que el piano seguía ahí, en el rincón del salón, cubierto por una manta de polvo y recuerdos.
Cada tarde, después de la cena, Don Emilio se sentaba en su silla junto a la ventana y miraba la ciudad. Pero la soledad lo envolvía con fuerza, y las horas parecían diluirse lentamente.
Un día, como tantos otros, su nieta Carla, que vivía en la misma ciudad, lo visitó. Aunque ella era joven, Don Emilio la había criado con música, y sabía que, aunque su corazón se llenaba de amor por ella, también lo hacía de tristeza al ver lo poco que ella se interesaba por el piano o las composiciones que había dejado atrás.
— Abuelo, ¿por qué no tocas el piano? -le preguntó Carla, al entrar al salón y ver el viejo piano.
— Ya no soy el mismo -respondió con una voz apagada- la música ya no suena en mí.
Carla lo miró, sorprendida por la respuesta. Sabía que su abuelo había sido un músico famoso en su juventud, que había compuesto para orquestas. ¿Cómo era posible que el hombre que había hecho sonar el alma de tantas melodías ahora no pudiera siquiera tocar una nota?
— ¿Por qué no lo intentas de nuevo, abuelo? Solo una vez. Puede que te ayude a sentirte mejor.
Don Emilio suspiró y, con un gesto lento, se levantó de su silla. Carla lo observaba, expectante, mientras él se acercaba al piano. Se sentó frente al piano y levantó las manos, que temblaban levemente. Las teclas parecían llamarlo, pero algo lo detenía.
— No lo sé, Carla -dijo, mirando las teclas con tristeza-. La música es algo tan profundo, algo que se siente... y ya no siento nada.
Carla se acercó, poniendo una mano sobre su hombro.
— ¿Sabes, abuelo? Siempre decías que la música no solo está en las notas. Está en los sentimientos, en lo que no se ve. Tal vez lo que te detiene es que te has olvidado de escuchar lo que hay dentro de ti.
Decidió intentarlo. Sus dedos, al principio vacilantes, se posaron sobre las teclas. Al principio, no pasó nada. Las primeras notas fueron torpes, desafinadas, como si el piano mismo se negara a recordar su antigua melodía. Pero luego, algo cambió. Un susurro, casi imperceptible, empezó a salir del piano. Poco a poco, las notas tomaron forma, y, sin darse cuenta, Don Emilio comenzó a tocar una melodía suave, algo que había compuesto años atrás, cuando su esposa aún vivía.
Carla, observando en silencio, vio cómo su abuelo se sumergía en la música. Sus dedos ya no temblaban. Parecían bailar sobre las teclas, como si el piano y él estuvieran recuperando algo que se había perdido, un vínculo que había estado olvidado.
Las notas se extendieron por el salón, llenando el espacio de una calidez inconfundible. El eco de las melodías que alguna vez había tocado junto a Lucía comenzó a resonar, no solo en el piano, sino también en las paredes, en los rincones de la casa, como si el hogar mismo se hubiera despertado de un largo sueño.
Don Emilio siguió tocando, y las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro. No era tristeza lo que sentía, sino una profunda emoción, como si estuviera encontrando algo que había creído perdido para siempre. No podía dejar de tocar, y Carla, con una sonrisa en el rostro, se sentó a su lado, escuchando la música que por fin volvía a llenar la casa.
Al final, cuando la última nota se desvaneció en el aire, Don Emilio se quedó quieto un momento, respirando con dificultad. Carla lo miraba con admiración.
— Lo hiciste, abuelo -dijo ella, con voz suave.
Don Emilio la miró, sus ojos brillando con una mezcla de gratitud y serenidad.
— Lo que olvidé, Carla, es que la música nunca se va realmente. Solo se esconde un poco, esperando ser recordada.
Desde ese día, el piano ya no estuvo en silencio. Don Emilio tocaba cada tarde, como solía hacerlo, y la casa se llenaba de melodías que parecían entrelazarse con los recuerdos. Carla, cada vez que lo visitaba, se sentaba a su lado, escuchando los ecos de las notas que seguían viviendo dentro de su abuelo.
La música, al final, no solo había regresado a la vida de Don Emilio, sino que había encontrado un nuevo lugar en su corazón: el eco de una melodía que nunca se había ido del todo.

sábado, 20 de diciembre de 2025

Luces de Adviento

                Óscar Cala, sj

En este tiempo de luces,
yo te pido Luz.
Luz para iluminar mis confusiones,
mis líos y ambigüedades.
Luz para enfocar nuevos caminos
y recordar los que ya anduve.
Luz para compartir con otros
que andan apagados o sin norte.
Y Luz para encontrarte,
a Ti que vienes a oscuras,
en la quietud de una noche,
en la ingenuidad de un chiquillo
en las afueras de Belén.

El frasco de arroz y el ratón

               Yaz Reynoso

Un ratón fue puesto en la parte alta de un tarro lleno de granos de arroz, estaba muy contento por haber encontrado tanta comida a su alrededor y ahora es feliz porque no necesita correr a buscar comida.
Mientras disfrutaba de los granos, en unos días, llegó al fondo del frasco. Ahora está atrapado, no puede salir y depende de alguien que le eche más granos para sobrevivir. No tiene opción de elegir, solo recibirá lo que decida su benefactor.
Aquí tienes cuatro lecciones de esta situación:
1ª- Los placeres a corto plazo pueden conducir a un desastre a largo plazo.
2ª- Si las cosas se están volviendo fáciles y estás cómodo, te estás quedando atrapado en modo de supervivencia.
3ª- Cuando no estás usando tu potencial, lo estás perdiendo.
4ª- Si no tomas las medidas correctas en el momento adecuado, terminarás con lo que tienes y no estarás en condiciones de salir de la dependencia.

viernes, 19 de diciembre de 2025

José, hombre justo y fiel

             José Mª Rodríguez Olaizola, sj

Plantó cara a la prudencia y a los chismes.
Siguió la voz interior que le instaba: ‘confía’.
Enseñó, al Dios niño, la mejor imagen de Dios.
Sin pronunciar palabra labró el ‘hágase’ con su historia:
Carpintero y emigrante, peregrino y maestro,
creyente y siervo.
El hombre discreto sigue siendo, hoy,
testigo humilde de la entrega callada,
del sacrificio radical, de la fe capaz de arriesgarlo todo.
Entre sus manos encallecidas, ponemos las nuestras
y tratamos de asomarnos, en su vida,
a la sabiduría de los justos.

El sueño de la Virgen María

José, anoche tuve un sueño muy extraño, como una pesadilla. La verdad es que no lo entiendo. Se trataba de una fiesta de cumpleaños de nuestro Hijo.
La familia se había estado preparando varios días decorando su casa. Se apresuraban de tienda en tienda comprando toda clase de regalos. Parece que toda la ciudad estaba en lo mismo porque todas las tiendas estaban abarrotadas. Pero algo me extrañó mucho: ninguno de los regalos era para nuestro Hijo.
Envolvieron los regalos en papeles lindísimos y les pusieron cintas y lazos muy bellos. Entonces los pusieron bajo un árbol. Si, un árbol, José, ahí mismo dentro de su casa. También decoraron el árbol; las ramas estaban llenas de bolas de colores y ornamentos brillantes. Había una figura en el tope del árbol. Parecía un angelito. Estaba precioso.
Por fin, el día del cumpleaños de nuestro Hijo llegó. Todos reían y parecían estar muy felices con los regalos que entregaban y recibían. Pero fíjate, José, no le dieron nada a nuestro Hijo. Yo creo que ni siquiera se acordaron de él. En ningún momento mencionaron su nombre. ¿No te parece raro, José, que la gente pase tanto trabajo para celebrar el cumpleaños de alguien que ni siquiera conocen? Me parecía que Jesús se habría sentido como un intruso si hubiera asistido a su propia fiesta de cumpleaños.
Todo estaba precioso, José y todo el mundo estaba tan feliz, pero todo se quedó en las apariencias, en el gusto de los regalos. Me daban ganas de llorar que esa familia no conocía a Jesús. ¡Qué tristeza tan grande para Jesús - no ser invitado a su propia fiesta! Estoy tan contenta de que todo era un sueño, José. ¡Qué terrible si ese sueño fuera realidad!

lunes, 15 de diciembre de 2025

Preparemos los caminos
ya se acerca el Salvador
y salgamos, peregrinos,
al encuentro del Señor.
Ven, Señor, a libertarnos,
ven tu pueblo a redimir;
purifica nuestras vidas
y no tardes en venir.
El rocío de los cielos
sobre el mundo va a caer,
el mesías prometido,
hecho niño, va a nacer.
De los montes la dulzura,
de los ríos leche y miel,
de la noche será aurora
la venida de Emmanuel.
Te esperamos anhelantes
y sabemos que vendrás;
deseamos ver tu rostro
y que vengas a reinar.
Consolaos y alegraos,
desterrados de Sion,
que ya viene, ya está cerca,
él es nuestra salvación.
Gloria al Padre que nos ama,
gloria al Hijo salvador
y al Espíritu divino
toda gloria y todo honor. Amén.

Solo te afecta si lo permites

Cuando Mahatma Gandhi estudiaba Derecho en Londres, un profesor de apellido Peters le tenía manía. Pero el alumno Gandhi nunca le bajó la cabeza y eran muy comunes sus encuentros.
Un día Peters almorzaba en el comedor de la Universidad, Gandhi venía con su bandeja y se sentó a su lado. El profesor muy altanero le dice:
— Estudiante Gandhi, ¡usted no entiende!, un puerco y un pájaro no se sientan a comer juntos.
Gandhi le contesta:
— Esté usted tranquilo profesor, ¡me voy volando! -y se cambió de mesa-.
El profesor Peters lleno de rabia, porque entendió que el estudiante le había llamado puerco, decidió vengarse en el próximo examen, pero el alumno respondió con brillantez a todas las preguntas. Entonces el profesor le hizo la siguiente interpelación:
— Gandhi, si usted va caminando por la calle y se encuentra dos bolsas, una de sabiduría y otra de dinero, ¿Cuál de las dos se lleva?
Gandhi responde sin titubear:
— Claro que el dinero, profesor
El profesor sonriendo le dice:
— Yo, en su lugar, hubiera agarrado la sabiduría, ¿no le parece?
Gandhi responde:
— Cada uno coge lo que no tiene, profesor.
El profesor ya histérico escribe en la hoja de examen: "idiota" y se la devuelve al joven.
Gandhi toma la hoja y se sienta. Al cabo de unos minutos se dirige al profesor y le dice:
— Profesor Peters, usted solo me firmó la hoja, pero no me puso la nota.

MORALEJA: Si permites que una ofensa te dañe, te dañará. Pero si no lo permites, la ofensa volverá al lugar de donde salió

domingo, 14 de diciembre de 2025

Todo lo ha hecho bien

             José Mª R. Olaizola, SJ (Rezando voy)

Hace oír a los sordos, y hablar a los mudos.
Hace soñar a los escépticos
y aterrizar a los ingenuos.
Hace amar a los indiferentes
y resistir a los frágiles.
Hace ver a los ciegos
y caminar a los paralíticos.
Hace dudar a los intransigentes
y ayuda a encontrar a los que buscan.
Hace reír a los que lloran
y llorar a los que matan.
Hace vibrar a los fríos
y arriesgarse a los cobardes.
Hace estremecerse a los crueles
y pone un canto de esperanza en los corazones tristes.
Hace resucitar a los que mueren.
Y allá donde pone su mano,
deja una huella de vida.

El gusano y el escarabajo

  Una historia que nunca deberíamos olvidar...

El Gusano y el Escarabajo eran amigos. Amigos de verdad. Charlaban durante horas, aunque vivían en mundos distintos.
El escarabajo era veloz, ruidoso, de aspecto fuerte. El gusano era lento, callado y frágil. Pero eso nunca fue un problema…
Hasta que alguien lo hizo ver como un problema. Un día, la compañera del escarabajo le preguntó:
— ¿Cómo puedes ser amigo de alguien tan inferior?
— Ni siquiera te saluda desde lejos…
El escarabajo sabía que el gusano no podía verlo a la distancia. Sabía que le costaba moverse. Pero en vez de defenderlo… se quedó callado. Tanto insistió su pareja, que el escarabajo decidió alejarse.
— “Si realmente me aprecia, vendrá a buscarme…” —pensó.
Y sí… el gusano fue. Todos los días. Lento. Sufriendo. Exponiéndose. Pasando junto a nidos de pájaros. Sobreviviendo ataques de hormigas. Pero nunca lo encontró. Y cada noche, se arrastraba de regreso a su hogar, sin fuerzas. Hasta que un día… ya no volvió.
La noticia corrió: el gusano estaba muriendo. Su cuerpo no resistió más.
El escarabajo, al enterarse, corrió sin decir palabra. Y al llegar, encontró al gusano al pie de un árbol… Esperando su final. Con un hilo de vida, el gusano sonrió y dijo:
— Qué bueno que estás bien… me preocupaba que te hubiera pasado algo.
Y se fue… en paz. Sabiendo que su amigo estaba a salvo.
El escarabajo se quedó en silencio. Llorando. Arrepentido por dejarse llenar de dudas. Por no haber escuchado a su corazón.
Ese día aprendió lo que nunca debió olvidar: La amistad real no entiende de formas, velocidades ni apariencias. Lo que destruye una relación no es la distancia… son las dudas. Quien juzga lo diferente, se pierde la oportunidad de amar algo único.
El escarabajo murió tiempo después. Nunca culpó a nadie. Porque entendió que fue su decisión alejarse.

No sé si tú eres el gusano, o el escarabajo. Pero si esta historia te ha tocado el corazón… no dejes que nadie te aleje de quien te quiere. “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos.”

jueves, 11 de diciembre de 2025

Ven a mí

                  (Rezando voy, sobre Mt 8, 12-14)

Ven a mí, tú que a veces te agobias, te fatigas, te desesperas.
Ven, que yo prepararé para ti una mesa, cada día, si quieres.
Para que te alimente un festín de vida.
Disfruta del amor sencillo, concreto, cotidiano.
Ven, y yo te aliviaré, con palabras de esperanza, de justicia y de paz.
Aparca, por un momento, las inquietudes,
siéntate en la vereda de tu camino, para reposar, conmigo.
Ven, y encontrarás, en mi compañía,
otros muchos caminantes mecidos por mi abrazo.
Ven y aprende de mí, que a todos acojo,
porque todos merecen una oportunidad, una palabra de calma
y una mano sobre el hombro que les recuerde que no andan solos.
Ya verás cómo algunos problemas pesan menos,
y te das cuenta de que el evangelio se lleva con facilidad,
porque lo llevas escrito en tu entraña.
Estoy aquí, en la mesa, en la calle, en el silencio,
en el prójimo, en tu interior, en cada gesto de amor…
Anda, ven, pues quiero compartir contigo todo lo que soy.

Los cuatro ángeles del Adviento

        (Leyenda rusa) Comunidad Waldorf

Hace mucho tiempo la gente vivía en el mundo, pero no sabían construir casas, ni plantarlas ni cuidarlas, pero vivían en cuevas donde estaba oscuro porque no tenían luz. Dios llamó a los ángeles para traer luz a los cuatro rincones de la tierra y anunciar a los hombres que el Hijo de Dios vendría al mundo.
El primer ángel tenía alas azules. Era para iluminar las cuevas con un rayo de luz que le daba el sol. Fue ese rayo de sol el que ayudó a los enanos a hacer piedras de colores. Este ángel trajo lluvia y lavó las piedras, llenó los lagos, hizo que los ríos fluyeran más rápido.
El segundo ángel tenía alas verdes. Salió del cielo muy temprano, pero a medida que volaba más lentamente, llegó a la tierra al atardecer. El rayo de luz que trajo este ángel le dio el color y la fragancia de las plantas. También enseñó a la gente a plantar y dejar la tierra preparada para recibir las semillas.
El tercer ángel tenía alas amarillas. Fue al sol y el sol le dio un rayo de luz para que pudiera traerlo a la tierra. Cuando llegó, los animales vieron esa luz y se asombraron. El ángel entonces dijo que nacería un niño muy especial y que todos tendrían que prepararse para recibirlo. Al escuchar esto, los pájaros comenzaron a cantar cada vez más bellamente, las mariposas colorearon sus alas, los animales de piel empezaron a hablar entre ellos sobre este evento y el viento difundió la noticia por todos lados.
El cuarto ángel tenía alas rojas. Tanto quería ayudar a la gente que fue hasta Dios, sin esperar a que lo llamaran. Dios tomó una luz del trono y dijo al ángel rojo que pusiera esa luz en el corazón de cada hombre, cada mujer, cada niño, cada anciano porque el día del nacimiento de Jesús ya estaba muy cerca.
Por eso, encendemos 4 velas en la corona de Adviento, para recordar a los cuatro ángeles que nos anunciaron la llegada del Hijo de Dios.

martes, 9 de diciembre de 2025

10 Píldoras de Adviento

       Pedro Miguel Lamet

1. Voy de camino, pero no estoy solo. Te siento en lejanía y, paso a paso, cuando me entran ganas de llorar, pronuncio tu nombre, música en mis entrañas.
2. Voy en busca del niño que llevo dentro.
3. Hay noche en mi derredor, un mundo cruel de guerra, odio. Pero detrás, lejos o en lo hondo, más allá del abismo, al fondo del bosque, intuyo tu cabaña de luz.
4. A mi lado, los pobres, los pequeños y olvidados. Son los especialistas de la esperanza, porque tienen más hambre de ti y van más ligeros de equipaje.
5. Con Isaías barrunto al "Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre de eternidad, Príncipe de paz". Cuando pronuncio tus apellidos, un sonajero tintinea en mis entrañas.
6. Debajo de mis pies hay un camino allanado por Juan Bautista: Baja mis montes, prepara mis senderos, aligera mis pies. Por eso, a pesar de todo, no tengo miedo. Esperar es confiar.
7. Me llena el alma la “llena de gracia”. Como a ella, Dios calienta mi seno. Santa María de la Esperanza, ilumina mi andadura de insignificante con tu Magníficat eterno.
8. El Papa Francisco evocaba a Charles Péguy: "La pequeña esperanza avanza entre las dos hermanas mayores y nadie la mira. En el camino de la salvación, en el camino carnal, en el camino desigual de la salvación, en el camino interminable, en el camino entre sus dos hermanas, la pequeña esperanza avanza". La esperanza avanza entre las dos hermanas mayores, la Fe y la Caridad, bien cogidas de la mano, pero en realidad es ella quien las dirige.
9. Para ir más ligero, voy soltando trastos: ese mirarme el ombligo, darle vueltas al coco, regodearme en lo negativo, creerme el centro de mi universo, un saco de apegos, mendigar cariño, afincarme en mis éxitos, temer el futuro, creerme solo, buscarme en los demás, acumular, mirarme al espejo. Entonces, si suelto, no camino, vuelo.
10. Tu rocío ya está refrescando mi frente. Tu sonrisa ilumina mi noche. Tu corazón arrebata a mi niño. Tu llanto pacifica mi cruz. Tu fragilidad me da fortaleza. Tu pobreza me hace rico. Cojeo de tantas cosas. ¡Cómo corro!

El abrazo se acerca. ¡Ven, Señor Jesús!

Tres árboles sueñan

Érase una vez, en la cumbre de una montaña, tres pequeños árboles amigos que soñaban a lo grande sobre qué depararía el futuro para ellos.
El primer arbolito miró hacia las estrellas y dijo: "Yo quiero guardar tesoros. Quiero estar repleto de oro y ser llenado de piedras preciosas. Yo seré el baúl de tesoros más hermoso del mundo".
El segundo arbolito observó un arroyo en su camino hacia el mar y dijo: "Yo quiero viajar a través de mares inmensos y llevar a reyes poderosos sobre mí. Yo seré el barco más importante del mundo".
El tercer arbolito miró hacia el valle y vio a hombres agobiados de tantos infortunios, fruto de sus pecados y dijo: "Yo no quiero jamás dejar la cima de la montaña. Quiero crecer tan alto que cuando la gente del pueblo se detenga a mirarme, levantarán su mirada al cielo y pensaran en Dios. Yo seré el árbol más alto del mundo".
Los años pasaron. Llovió, brilló el sol y los pequeños árboles se convirtieron en majestuosos cedros. Un día, tres leñadores subieron a la cumbre de la montaña. El primer leñador miró al primer árbol y dijo: "¡Qué árbol tan hermoso!", y con la arremetida de su brillante hacha el primer árbol cayó. "Ahora me deberán convertir en un baúl hermoso, voy a contener tesoros maravillosos", dijo el primer árbol.
Otro leñador miró al segundo árbol y dijo: "¡Este árbol es muy fuerte, es perfecto para mí!". Y con la arremetida de su brillante hacha, el segundo árbol cayó. "Ahora deberé navegar mares inmensos", pensó el segundo árbol, "Deberé ser el barco más importante para los reyes más poderosos de la tierra".
El tercer árbol sintió su corazón hundirse de pena cuando el último leñador se fijó en él. El árbol se paró derecho y alto, apuntando al cielo. Pero el leñador ni siquiera miró hacia arriba, y dijo: "¡Cualquier árbol me servirá para lo que busco!". Y con la arremetida de su brillante hacha, el tercer árbol cayó.
El primer árbol se emocionó cuando el leñador lo llevó al taller, pero pronto vino la tristeza. El carpintero lo convirtió en un mero pesebre para alimentar las bestias. Aquel árbol hermoso no fue cubierto con oro, ni contuvo piedras preciosas. Fue solo usado para poner el pasto.
El segundo árbol sonrió cuando el leñador lo llevó cerca de un embarcadero. Pero no estaba junto al mar sino a un lago. No había por allí reyes sino pobres pescadores. En lugar de convertirse en el gran barco de sus sueños, hicieron de él una simple barcaza de pesca, demasiado chica y débil para navegar en el océano. Allí quedó en el lago con los pobres pescadores que nada de importancia tienen para la historia.
Pasó el tiempo. Una noche, brilló sobre el primer árbol la luz de una estrella dorada. Una joven puso a su hijo recién nacido en aquel humilde pesebre. "Yo quisiera haberle construido una hermosa cuna", le dijo su esposo... La madre le apretó la mano y sonrió mientras la luz de la estrella alumbraba al niño que apaciblemente dormía sobre la paja y la tosca madera del pesebre. "El pesebre es hermoso" dijo ella y, de repente, el primer árbol comprendió que contenía el tesoro más grande del universo.
Pasaron los años y una tarde, un gentil maestro de un pueblo vecino subió con unos pocos seguidores a bordo de la vieja barca de pesca. El maestro, agotado, se quedó dormido mientras el segundo árbol navegaba tranquilamente sobre el lago. De repente, una impresionante y aterradora tormenta se abatió sobre ellos. El segundo árbol se llenó de temor pues las olas eran demasiado fuertes para la pobre barca en que se había convertido. A pesar de sus mejores esfuerzos, le faltaban las fuerzas para llevar a sus tripulantes seguros a la orilla. ¡Naufragaba! ¡qué gran pena, pues no servía ni para un lago! Se sentía un verdadero fracaso. Así pensaba cuando el maestro, sereno, se levanta y, alzando su mano dio una orden: "calma". Al instante, la tormenta le obedece y da lugar a un remanso de paz. De repente el segundo árbol, convertido en la barca de Pedro, supo que llevaba a bordo al rey del cielo, tierra y mares.
El tercer árbol fue convertido en sendos leños y durante muchos años fueron olvidados en un oscuro almacén militar. ¡Qué triste yacía sintiéndose inútil, qué lejos le parecía su sueño de juventud! De repente un viernes por la mañana, unos hombres violentos tomaron bruscamente esos maderos. El tercer árbol se horrorizó al ser forzado sobre la espalda de un inocente que había sido golpeado sin misericordia.
Aquel pobre reo lo cargó, doloroso, por las calles ante la mirada de todos. Al fin llegaron a una loma fuera de la ciudad y allí le clavaron manos y pies. Quedo colgado sobre los maderos del tercer árbol y, sin quejarse, solo rezaba a su Padre mientras su sangre se derramaba sobre los maderos. el tercer árbol se sintió avergonzado, pues no solo se sentía un fracasado, se sentía además cómplice de aquel crimen ignominioso. Se sentía tan vil como aquellos blasfemos ante la víctima levantada. Pero el domingo por la mañana, cuando al brillar el sol, la tierra se estremeció bajo sus maderas, el tercer árbol comprendió que algo muy grande había ocurrido. De repente todo había cambiado.
Sus leños bañados en sangre ahora refulgían como el sol. ¡Se llenó de felicidad y supo que era el árbol más valioso que había existido o existirá jamás pues aquel hombre era el rey de reyes y se valió de el para salvar al mundo! La cruz era trono de gloria para el rey victorioso. Cada vez que la gente piense en él recordarán que la vida tiene sentido, que son amados, que el amor triunfa sobre el mal. Por todo el mundo y por todos los tiempos millares de árboles lo imitarán, convirtiéndose en cruces que colgarán en el lugar más digno de iglesias y hogares. Así todos pensarán en el amor de Dios y, de una manera misteriosa, llegó a hacerse su sueño realidad. El tercer árbol se convirtió en el más alto del mundo, y al mirarlo todos pensarán Dios.

lunes, 8 de diciembre de 2025

Oración a la Inmaculada

         Papa Francisco 8/12/2013

Virgen Santa e Inmaculada,
a Ti, que eres el orgullo de nuestro pueblo
y el amparo maternal de nuestra ciudad,
nos acogemos con confianza y amor.
Eres toda belleza, María.
En Ti no hay mancha de pecado.
Renueva en nosotros el deseo de ser santos:
que en nuestras palabras resplandezca la verdad,
que nuestras obras sean un canto a la caridad,
que en nuestro cuerpo y en nuestro corazón brillen la pureza y la castidad,
que en nuestra vida se refleje el esplendor del Evangelio.
Eres toda belleza, María.
En Ti se hizo carne la Palabra de Dios.
Ayúdanos a estar siempre atentos a la voz del Señor:
que no seamos sordos al grito de los pobres,
que el sufrimiento de los enfermos y de los oprimidos no nos encuentre distraídos,
que la soledad de los ancianos y la indefensión de los niños no nos dejen indiferentes,
que amemos y respetemos siempre la vida humana.
Eres toda belleza, María.
En Ti vemos la alegría completa de la vida dichosa con Dios.
Haz que nunca perdamos el rumbo en este mundo:
que la luz de la fe ilumine nuestra vida,
que la fuerza consoladora de la esperanza dirija nuestros pasos,
que el ardor entusiasta del amor inflame nuestro corazón,
que nuestros ojos estén fijos en el Señor, fuente de la verdadera alegría.
Eres toda belleza, María.
Escucha nuestra oración, atiende a nuestra súplica:
que el amor misericordioso de Dios en Jesús nos seduzca,
que la belleza divina nos salve, a nosotros, a nuestra ciudad y al mundo entero. Amén.

No termines el día enfadado

Había una vez un lobo llamado Sam. Era fuerte, valiente… pero su corazón llevaba heridas profundas. Siempre se mostraba irritable. Siempre a la defensiva. Su compañera, una loba tierna y noble llamada Lina, lo amaba con sinceridad. Lo amaba a pesar de sus gritos, de sus silencios, de su ira constante. Una noche, una discusión más estalló.
— ¡Nunca entiendes nada! -rugió Sam, dominado por su enojo.
— ¿Y tú cuándo dejarás de discutir por todo? -respondió Lina, con tristeza en la mirada.
Esa noche no se hablaron. No hubo abrazos. No hubo reconciliación. Solo silencio… y orgullo.
Al amanecer… El corazón de Lina había dejado de latir. Se fue sin hacer ruido. Frágil. Como si el bosque se la hubiese llevado sin avisar.
Sam cayó de rodillas. Aulló de dolor. El mundo se le vino abajo. Y en ese instante… comprendió lo que realmente importaba.
Pasaron los días, pero el vacío seguía ahí. Hasta que un viejo búho, sabio y apacible, descendió de lo alto de un árbol y se posó junto a él.
— ¿Por qué lloras, joven lobo?
Sam, con los ojos llenos de lágrimas, apenas pudo hablar:
— Discutía con ella… por cosas que ya ni siquiera recuerdo. Y ahora se ha ido. No le dije “perdóname”. No le dije “te amo”. Pensé que tendría más tiempo… Pero no despertó.
El búho lo miró con ternura y le preguntó:
— Dime, Sam… ¿Realmente valía la pena tener la razón esa noche? ¿Valía la pena callar por orgullo?
Sam cerró los ojos, roto por dentro, y susurró:
— No… Hoy cambiaría mil razones por solo un instante más con ella… Para abrazarla. Para decirle que lo siento.
El búho, antes de alzar el vuelo, le dejó estas palabras:
— Ama con paciencia. Perdona de verdad. Porque no sabemos que “buenas noches” será la última.

El amor que viene de Dios es paciente, es bondadoso y no se deja llevar por el orgullo (1 Cor 13:4-5).
No permitas que el enfado destruya lo que el Señor ha puesto en tu vida. Perdona pronto, ama profundamente, y no te vayas a dormir sin haber reconciliado tu corazón. Cristo nos enseñó a amar como Él nos amó: con gracia, con compasión… y sin condiciones.

sábado, 6 de diciembre de 2025

Oración por los niños

Dios amoroso, Creador de todas las cosas,
acudo hoy a ti para pedir Tu bendición sobre los niños del mundo.
Vela por ellos, mantenlos a salvo, guárdalos del mal y de la tentación.
Ayúdales a abrir los ojos a Tu hermosa presencia en el mundo.
Guíalos mientras crecen, para que,
sea cual sea el camino por el que les lleve la vida,
escuchen Tu voz que les guíe en la vida.
Viendo sus los ojos el entusiasmo por la vida
rezo para que la ilusión permanezca siempre en su vida.
Que posean siempre el amor a la vida y al mundo que Tú has creado.
Rezo porque sean felices y fuertes ante las dificultades.
Dónde les lleve la vida de cualquier modo,
que nunca dejen de conocerte y amarte.
Agradecido por su vida los pongo ante ti,
Señor de la Vida, de la Alegría, el Amor y la Paz.

La historia de San Nicolás

(su fiesta se celebra hoy, 6 de diciembre) 

Nicolás nació en el año 250 d.C., en Myra Turkí (Asia Central). Se le conoce como San Nicolás de Bari porque sus restos mortales descansan en la ciudad de Bari en Italia.
Heredó una gran fortuna que la destinó a ayudar a los necesitados. Nicolás era feliz ayudando a los demás, especialmente a los pobres y a los esclavos. Era bueno, generoso y tenía un gran sentido del humor. Fue sacerdote y más tarde, fue consagrado obispo.
Se cuenta que en una ocasión supo de tres jovencitas que pretendían casarse, pero su padre no podía pagar la dote correspondiente. Al saberlo Nicolás (pretendiendo realizar la caridad sin ser visto), soltó por la chimenea unas bolsas de monedas de oro que cayeron en unas medias de lana que las jóvenes habían dejado secando (por eso se cuelgan en la chimenea los calcetines, que sirven para que nos deje a nosotros los regalos).
Se narra también que tres niños fueron asesinados en una posada, donde el posadero los descuartizó y metió en un barril de sal, y por la oración de San Nicolás los infantes volvieron a la vida. Por ello es patrono de los niños y se le suele representar con tres pequeños a su costado.
El emperador Diocleciano ordena acabar con los cristianos por la fuerza. Es en esta época cuando San Nicolás es nombrado Obispo de Myra, Turquía (de ahí el color rojo de su vestimenta).
Fue encarcelado durante casi 30 años, pero Nicolás no perdió su sentido del humor y su alegría especialmente al hablar con los niños (de ahí el amor a los niños y el típico Jo, Jo, Jo).
Al convertirse al cristianismo el emperador de Roma, Constantino, hijo de Santa Elena, el Obispo Nicolás fue liberado, ya anciano con el pelo largo y la barba blanca. Regresó a su ciudad dispuesto a empezar otra vez la Iglesia de Cristo.
Su sorpresa fue grande cuando llegando al lugar observa la Catedral que había sido mantenida por los Cristianos entonaban cánticos de Navidad).
Los cristianos de Alemania tomaron la historia de las tres bolsas de oro echadas por la chimenea el día de Navidad y la imagen de Nicolás al salir de la cárcel, para entretejer la historia de Santa Claus, viejecito sonriente y larga barba, vestido de rojo, que entra por la chimenea el día de Navidad para dejar regalos a los niños buenos.
Su fiesta se celebra el 6 de diciembre. Por haber sido tan amigo de la niñez y tan generoso, en algunos países europeos repartían dulces y regalos a los niños. Ese día empezaban las festividades de diciembre, relacionando así al santo con las fiestas navideñas. Durante los siglos XVII y XVIII coinciden en Estados Unidos inmigrantes de distintas culturas como ingleses, holandeses y alemanes: la tradición católica de holandeses y alemanes, que tenía devoción a San Nicolás se mezcló con la de “Father Christmas” (el padre de la Navidad) que era la figura típica de las fiestas navideñas en Inglaterra.
Como derivación del nombre del santo en alemán (San Nikolaus) lo empezaron a llamar Santa Claus, y fue popularizado en la década de 1820 -a través de un poema famosísimo en los Estados Unidos del poeta Clement Clark Moore- como un amable y regordete anciano de barba blanca, al que llama “St. Nick”, que la noche de Navidad pasaba de casa en casa repartiendo regalos y dulces a los niños en un trineo volador tirado por renos.
La historia del Santa Claus actual tiene sus raíces en este Santo, que fue muy querido por los niños y el pueblo de su época. Por eso es bueno recordar hoy, en la fiesta de san Nicolás, que la Navidad es el cumpleaños de Jesús, por quien San Nicolás dio su vida con el mejor regalo que le pudo dar, su amor a Dios en los más necesitados.

viernes, 5 de diciembre de 2025

Tu dicha

               Seve Lázaro, SJ     (Rezando voy)

¿Cuál es tu dicha, Señor?
Porque quiero hacerla mía,
Probármela, llevarla puesta todo el día.
¡No me escondas tu dicha!
¿Será tu dicha ese amor
que Jesús entregó al ser humano?
Un amor de compasión,
un amor de compañía,
un amor para que viva,
un amor que nunca muere,
un amor que no lo olvida,
y de nunca echar el freno.
¿Será tu dicha esa fe fuerte
que tuvo tu madre, María?
Una fe alegre y esclava,
que vuelve humilde y engrandece,
de esas que operan en lo oculto,
de esas que no tienen grietas,
de esas que nunca se rinden,
de esas que siempre confían.
¿Será tu dicha ese aliento
que tu Espíritu dejó en este mundo?
Ese aliento que traza futuros,
ese aliento que abre caminos.
Un aliento novedoso, un aliento de osadía,
de esos que desatan nudos
de aquellos que quieren vivir juntos.

Abrazos gratis

             Ankor Inclán

En la fría ciudad de Oslo, donde los inviernos parecen no terminar nunca, vivía Håkon, un hombre de 65 años que tenía un oficio tan extraño que nadie sabía si tomarlo en serio o en broma: regalar abrazos.
Cada mañana se colocaba en el mismo banco del parque con un pequeño cartel hecho a mano: “Abrazo gratis. Duración: la que necesites.”
No hablaba. No preguntaba nada. No juzgaba. Solo tenía los brazos abiertos.
La mayoría de la gente pasaba de largo. Otros sonreían. Algunos se burlaban. Pero de vez en cuando… alguien se detenía.
Una joven llamada Raniya, recién llegada a la ciudad, se sentó junto a él. Observaba en silencio cómo Håkon ofrecía abrazos sin decir palabra. Aquel día, nadie se detuvo. Cuando el sol comenzó a asomarse, él recogió el cartel.
— ¿Puedo preguntarte por qué lo haces? -dijo Raniya con timidez.
Håkon se acomodó la bufanda.
— Porque un abrazo me salvó la vida -respondió.
Ella abrió los ojos con sorpresa.
— ¿Cómo puede un abrazo salvar a alguien?
Él respiró hondo.
— Hace quince años perdí a mi esposa, Ingrid.
Me quedé solo, sin hijos, sin familia cercana. Una noche, cansado de sufrir, caminé hacia el puente del río. Tenía pensado dejar de luchar. Cuando estaba allí, un desconocido se me acercó. No dijo nada. Solo me abrazó. Un abrazo simple. Tibio. Real. Como si me recordara que yo también pertenecía al mundo. Ese abrazo me hizo bajar del puente.
Nunca supe quién era esa persona. Nunca la volví a ver. Pero aprendí algo: A veces la vida te devuelve con un gesto sencillo lo que te quitó con un golpe enorme.
Hubo un silencio largo. Y entonces Raniya, temblando un poco, preguntó:
— ¿Puedo… tener un abrazo tuyo?
Håkon abrió los brazos lentamente. Ella se acercó. Cuando la abrazó, sintió cómo su cuerpo se derrumbaba en un llanto silencioso. Él no soltó hasta que ella respiró hondo.
— Gracias -dijo ella, intentando sonreír-. No sabía cuánto lo necesitaba.
— Nadie lo sabe hasta que se permite sentir -respondió él.
Pasaron los días. Raniya empezó a visitarlo cada mañana antes del trabajo. A veces hablaban, otras no. Pero siempre había un abrazo esperando.
Raniya tuvo que irse varios meses a su país. Corrió al parque para despedirse, pero Håkon no estaba. En su lugar, encontró su cartel de madera apoyado en el banco. Y una nota escrita a mano: “El mundo a veces se rompe. Pero siempre se repara en los brazos adecuados. No dejes de abrazar incluso en los días fríos. H.” Raniya guardó la nota contra su pecho.
Cuando volvió meses después, buscó el banco, pero no encontró a Håkon. Solo un grupo de personas reunidas alrededor de un nuevo cartel: “Håkon no está. Pero su abrazo sigue aquí. Si necesitas uno, solo abre los brazos. Firmado: “los que Hakon salvó.”
Raniya se quedó paralizada. Miró a su alrededor. La gente se abrazaba: jóvenes, ancianos, trabajadores, estudiantes, desconocidos que compartían una humanidad que él había sembrado.
Ella cerró los ojos, levantó los brazos… y alguien la abrazó desde atrás. Un abrazo cálido. Vivo. Humano.
El legado de Håkon seguía allí. En cada abrazo dado. En cada persona que tuvo el valor de pedirlo. Porque algunos héroes no salvan vidas con ruido… sino con silencio. Y con los brazos abiertos.

jueves, 4 de diciembre de 2025

Si puedo

                 Grevnille Kleiser

Si puedo hacer, hoy, alguna cosa,
si puedo realizar algún servicio,
si puedo decir algo bien dicho,
dime cómo hacerlo, Señor.
Si puedo arreglar un fallo humano,
si puedo dar fuerzas a mi prójimo,
si puedo alegrarlo con mi canto,
dime cómo hacerlo, Señor.
Si puedo ayudar a un desgraciado,
si puedo aliviar alguna carga,
si puedo irradiar más alegría,
dime cómo hacerlo, Señor

Cuento de Adviento: el zapatero al que Dios visitó tres veces

Mfc Diócesis Hermosillo

Martín era un humilde zapatero de un pequeño pueblo de montaña. Vivía solo. Hacía años que había enviudado y sus hijos habían marchado a la ciudad en busca de trabajo.
Martín, cada noche, antes de ir a dormir leía un trozo del evangelio junto al fuego del hogar. Aquella noche se despertó sobresaltado. Había oído una voz que le decía. ‘Martín, mañana Dios vendrá a verte’. Se levantó, pero no había nadie en la casa, ni fuera, claro está, a esas horas de la fría noche...
Se levantó muy temprano, barrió y adecentó su taller de zapatería. Dios debía encontrarlo todo perfecto. Y se puso a trabajar delante de la ventana, para ver quién pasaba por la calle. Al cabo de un rato vio pasar un vagabundo vestido de harapos y descalzo. Compadecido, se levantó inmediatamente, lo hizo entrar en su casa para que se calentara un rato junto al fuego. Le dio una taza de leche caliente y le preparó un paquete con pan, queso y fruta, para el camino y le regaló unos zapatos.
Llevaba otro rato trabajando cuando vio pasar a una joven viuda con su pequeño, muertos de frío. También los hizo pasar. Como ya era mediodía, los sentó a la mesa y sacó el puchero de la sopa que había preparado por si Dios se quería quedar a comer. Además, fue a buscar un abrigo de su mujer y otro de unos de sus hijos y se los dio para que no pasaran más frío.
Pasó la tarde y Martín se entristeció, porque Dios no aparecía. Sonó la campana de la puerta y se giró alegre creyendo que era Dios. La puerta se abrió con fuerza, entró dando tumbos el borracho del pueblo.
– ¡Sólo faltaba este! Mira, que si ahora llega Dios...– se dijo el zapatero.
– Tengo sed –exclamó el borracho.
Y Martín acomodándolo en la mesa le sacó una jarra de agua y puso delante de él un plato con la sopa del mediodía.
Cuando el borracho marchó ya era muy de noche. Martín estaba muy triste. Dios no había venido. Se sentó ante el fuego del hogar. Tomó el evangelio, como era su costumbre, y los abrió al azar. Y leyó:
– ‘Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estaba desnudo y me vestiste...Cada vez que lo hiciste con uno de mis pequeños, a mí me lo hicisteis...’
Se le iluminó el rostro al pobre zapatero. ¡Claro que Dios le había visitado! ¡No una vez, sino tres veces! Y Martín, aquella noche, se durmió pensando que era el hombre más feliz del mundo...

Esperemos que este pequeño relato te ayude a comprender la riqueza y la honra de recibir al niño Dios durante el tiempo Adviento o en cualquier otro tiempo de su vida, y le fortalezca el deseo de darle una bienvenida a Cristo con todo su corazón
Recuerda: El Adviento, es la esperanza de la venida de Dios que de muchas formas nos visita.

martes, 2 de diciembre de 2025

Padre nuestro, Padre de todos

              Cipri Díaz Marcos, sj

Haznos saber, Padre compasivo,
que nuestra vida es don recibido:
gratuidad, misterio y bendición;
que somos alianza de amor.
Enséñanos a ser agradecidos como Jesús,
que salía del camino y elevaba los ojos a ti.
Haznos conscientes, Padre amoroso,
de lo mucho recibido en nuestra existencia cotidiana:
de las manos que nos cuidaron,
de los hombros que soportaron nuestro peso
y nos rescataron de nuestros abismos.
Muéstranos también, Padre de huérfanos y solos,
el don que hemos sido para tantos y tantas
que acudieron a nosotros en busca de refugio.
Y pon en nuestros labios, Padre bueno,
aquel hermoso rezo que nos enseñó tu Hijo:
Padre nuestro...

Los elefantes atados

Un día, mientras caminaba por el zoológico, me detuve sorprendido. Frente a mí había varios elefantes enormes, y lo único que los mantenía quietos era una delgada cuerda amarrada a una de sus patas delanteras. No había jaulas, ni cadenas de hierro, nada. Era evidente que esos gigantes podían romper la cuerda sin esfuerzo y largarse a donde quisieran. Pero no lo hacían, ni siquiera lo intentaban.
Intrigado, me acerqué al cuidador y le pregunté:
— Oiga, ¿cómo es posible que estos animales tan fuertes se queden quietos, amarrados solo con una cuerdita tan frágil? El hombre sonrió y me dijo:
— Cuando eran bebés, los amarrábamos con esa misma cuerda. En aquel entonces no tenían la fuerza suficiente para soltarse. Lo intentaron muchas veces: tiraron, empujaron, lucharon… y siempre fracasaban. Con el tiempo, se convencieron de que no podían liberarse. Y ahora, aunque son enormes y podrían romperla en segundos, ya ni lo intentan. Siguen creyendo en aquella derrota, no en su fuerza.
Me quedé helado. Estos animales tienen todo el poder para ser libres, pero su mente los mantiene prisioneros. Y entonces pensé: ¿cuántos de nosotros vivimos igual? ¿Cuántas personas dejaron de intentar solo porque una vez fallaron? ¿Cuántos siguen atados no por una cuerda, sino por una vieja creencia de “no puedo”?
A veces, las cuerdas más fuertes no están en los pies, sino en la mente.

domingo, 30 de noviembre de 2025

Estoy por abrir. ¡Espérame!

        In Te mi rifugio

¡Golpea mi puerta, Señor! Sigue llamando a mi puerta.
No es fácil para mí escuchar tu llegada.
Por favor, no te vayas si no abro de inmediato.
No lo hago a propósito:
Es porque mis oídos son débiles
Sienten la frustración del mundo.
¡No te alejes de mi puerta Jesús!
Estoy deseando abrir para darte la bienvenida
Te dejaré entrar en los colores de mi alma.
Están todos allí. Incluso los que no me gustan.
Incluso aquellos que ahora se desvanecen por el tiempo.
Tráeme tu luz y haz que todo brille.
Sólo tú eres el que salva al mundo,
empezando desde nuestro propio mundo.
Aquí estoy Jesús, Palabra de Vida Eterna.
Estoy detrás de la puerta y siento tu aliento.
Estoy a un paso de tu mirada.
Mi mano está en el mango.
La mesa está puesta
Parece que todo el mundo está gritando.
Necesitamos tu paz.
¡No te alejes de la salida!

“Mira que estoy a la puerta y llamo. “Si alguno oye mi voz y me abre la puerta, vendré a él y cenaré con él, y él conmigo” (Hechos 3:20).

Las cuatro velas

Hoy comenzamos el tiempo de ADVIENTO

Cuatro velas se quemaban lentamente. En el ambiente había tal silencio que se podía escuchar el diálogo que sostenían. La primera dijo:
— ¡Yo soy la paz! Pero las personas no consiguen mantenerme encendida. Creo que me voy a apagar.
Y, disminuyendo su fuego rápidamente, se apagó por completo. Dijo la segunda:
— ¡Yo soy la fe! Lamentablemente a los hombres no les intereso. Las personas no quieren saber de mí. No tiene sentido permanecer encendida.
Cuando terminó de hablar, una brisa pasó suavemente sobre ella y se apagó. Rápida y triste la tercera vela se manifestó:
— ¡Yo soy el amor! No tengo fuerzas para seguir encendida. Las personas me dejan a un lado y no comprenden mi importancia. Se olvidan hasta de aquellos que están muy cerca y les aman.
Y, sin esperar más, se apagó.
De repente, entró un niño y vio las tres velas apagadas.
— Pero, ¿qué es esto? Deberían estar encendidas hasta el final.
Al decir esto, comenzó a llorar. Entonces, la cuarta vela habló:
— No tengas miedo: mientras yo tenga fuego podremos encender las demás velas: ¡Yo soy la esperanza!
Con los ojos brillantes, el niño agarró la vela que todavía ardía... Y encendió las demás.

¡Que la esperanza nunca se apague dentro de nosotros! ¡Y que cada uno de nosotros sepamos ser la herramienta que los niños necesitan para mantener con ellos la fe, la paz y el amor!

sábado, 29 de noviembre de 2025

Ten cuidado

 (REZANDO VOY, adaptación libre de Lc 31,34-36)

Ten cuidado. No te dejes atrapar en cadenas que secuestran la vida
en lugar de hacerla digna y plena.
Ten cuidado, no sea que se atrofie tu corazón y se emboten tus sentidos,
distrayéndote constantemente con ruidos, imágenes, diversiones…
Desconéctate un poco de tanta red, tanto eslogan, tanta inmediatez,
que te entretiene y te ocupa, pero no te alimenta en lo profundo.
No des tanta importancia a inquietudes que son fugaces.
No sea que un día, de repente, caigas en la cuenta de que la vida era otra cosa.
Que a veces se te hace tarde para subir a los trenes importantes de la vida,
y cuando te quieres dar cuenta ya ha pasado.
Despierta, pide poder escapar de todas esas trampas cotidianas,
y mantente en pie ante mí, el Hijo del hombre,
que te daré perspectiva y lucidez para ver el mundo con mis ojos.

El cuervo y el tigre

                Antena Misionera             

Un tigre y un cuervo se encontraban en medio de una acalorada discusión sobre quién de los dos era el más formidable. Con su arrogancia habitual, el tigre proclamó:
— "Soy una bestia salvaje, mi poder es incomparable".
El cuervo, sin inmutarse, replicó:
— "Tus palabras no me afectan, yo soy el verdadero rey del aire".
Justo cuando la disputa alcanzaba su apogeo, un grupo de cazadores apareció, armados y decididos. Con astucia, lanzaron una red que atrapó al tigre, quien fue sedado sin poder resistir. El cuervo, también víctima de un dardo tranquilizante, fue apresado y llevado a una jaula, mientras el tigre era conducido a una oscura mazmorra.
Al abrir los ojos, el tigre se percató de su triste realidad: estaba atrapado en una celda, sin posibilidad de huir. Sus garras nada podían hacer con los fríos barrotes de hierro, pero la libertad se le escapaba como un sueño lejano. Por su parte, el cuervo, al despertar, también se dio cuenta de que su destino era el mismo; su jaula le robaba el vuelo, y a pesar de sus intentos de aletear, no podía elevarse hacia el cielo. Así transcurrieron los meses, y la tristeza se apoderó de ambos, prisioneros de la codicia de los cazadores que los mantenían bajo su control. El tigre, debilitado por la escasa alimentación, compartía su sufrimiento con el cuervo, que también padecía la falta de sustento.
En un día cualquiera, uno de los cazadores se dejó la jaula del cuervo entreabierta. Fue en ese instante cuando el cuervo, sintiendo el aire fresco de la libertad, alzó el vuelo y se alejó a gran velocidad. Sin embargo, mientras surcaba los cielos, un pensamiento cruzó su mente: el tigre, su amigo, aún estaba atrapado. Decidido a ayudarlo, regresó con cautela al lugar donde se encontraban los cazadores. Con sigilo, tomó la llave que abría la mazmorra y llamó al tigre:
— "¡Hola, amigo! He venido a salvarte".
Al asomarse por la ventana, el tigre vio al cuervo sosteniendo la llave con sus garras. Extendió sus patas y el cuervo le entregó la llave. Juntos, escaparon con furia: el cuervo surcando el cielo y el tigre corriendo ágilmente entre los árboles.
Una vez que lograron escapar, el tigre se volvió hacia el cuervo y le dijo:
— Gracias, amigo, por tu valiosa ayuda; sin duda, tú eres superior a mí.
El cuervo, con sabiduría, le respondió:
— No, amigo, no soy mejor que tú, así como tú no eres mejor que yo. La clave está en mantener la humildad, reconocer nuestras fortalezas sin vanidad y ayudar a los demás. La vida es como una ruleta, y nunca sabemos en qué momento nos sorprenderá. No sabemos quién estará dispuesto a extendernos la mano.
El tigre sonrió y dijo:
— Gracias, amigo, te admiro.
Luego continuaron su huida, y los cazadores jamás volvieron a tener noticias de ellos.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

Perseverancia

                 José María R. Olaizola, SJ (Rezando voy)

Cuando falten las fuerzas, tú serás el sustento.
Cuando olvide el por qué, tú serás la memoria.
Cuando pierda las ganas, tú serás el aliento.
Cuando vacile la fe, tú serás la respuesta.
Cuando añore la alegría, tú serás el horizonte.
Cuando necesite valor tú serás el escudo.
Cuando tema el rechazo tú serás el abrazo.
Cuando confunda el camino, tú serás la guía.
Cuando quiera rendirme, tú serás el freno.
Cuando me aturda el ruido tú serás el silencio.
Cuando ignore el amor tú serás la pasión.
Cuando derroche los motivos tú serás la última reserva.
Y, siendo tú mi todo, nada más hará falta para seguir adelante.

La vida del jubilado

El día que me jubilé, me sentí el hombre más feliz del mundo, por fin podría vivir sin madrugar.
Pero mi mujer pensaba otra cosa y ya el primer día, subió la persiana a las 8.
- Arriba que tengo que hacer la cama.
!!Vaya!!, las 8 y ya tenía que hacer la cama. Fui hacia el salón, me siento en el sofá y me dice:
- ¡¡¡Qué bien estas sin hacer nada!!! Levanta que tengo que pasar el aspirador. Qué... ¿piensas pasar toda la jubilación “tirao” en el sofá?
Toda la Jubilación?,…. ¡¡Si era el primer día!! Para no discutir me fui a dar un paseo, me junte con más compañeros y ahora somos unos… 23. Vamos todos juntos. A las 9 ya no hay quien ande, “todo lleno” de gente. Así que empezamos a madrugar cada vez más y ahora ya nos levantamos a las 5 y media,… ¡¡pa poder caminar tranquilos !!
Vuelvo a casa, me aseo y al volver a salir, ya desde el primer día, me dice:
- A la vez que vienes tráete el pan, anda.
Luego fueron los tomates, las patatas... Todo lo que se le olvidaba a ella.
Ayer ya me hizo encargado general de compras. Ahora tengo que hacer la compra y quiere que gaste poco, así que: el azúcar voy a comprarlo al Lidel, el aceite en Mercadona, el detergente en Eroski, la fruta al Aldi, y los yogures en el Dia.
A mis amigos les pasó lo mismo y como somos jubilados, que no tontos, nos organizamos en grupos y cada grupo va para un lado, para ganar tiempo, luego repartimos las cosas y hacemos cuentas.
A las 11 nos toca la revisión de obras, tenemos controladas 18. Vamos “payá” y nos apalancamos los 23 en un lado de la obra. En el centro, que es el mejor sitio, no podemos ponernos, eso está reservado para los más antiguos…
Ayer un jubilado de banca dijo que estaban mal puestos unos ladrillos, ¡¡Se armó la de Dios!!
En el grupo mío hay uno que fue albañil y dijo:
- Tú que sabrás..., patoso, si siempre estuviste en el banco calentando la silla. Lo sabré yo, que soy albañil.
Y dijo otro:
- Que soy no..., dirás que fuiste.
- Es lo mismo, eso nunca se olvida. Es como montar en bici.
A las 6 ya me están llamando, la mujer y la hija, para ir de cursillos.
- ¿Qué pasa? ¿Vas a estar jubilado sin hacer nada? ¡¡Se te atrofia la cabeza!!
Así que: lunes y miércoles tengo internet, martes y jueves, encaje de bolillos y el viernes,… el viernes, baile. El sábado a yoga....
A las 10, después de cenar, me siento en el sofá y caigo frito. Es entonces cuando siento un codazo en el hombro…
- ¡¡Venga, vete a la cama que ya estas roncando!! No, ¡¡si debes estar “reventáo” de estar todo día sin hacer nada!!
Vaya con estar jubilado... Como ya soy agente de bolsa (de la compra), ahora estudio 'árabe': Arabe ahí y... arabe allí, árabe y trae...

lunes, 24 de noviembre de 2025

Preguntas a un rey en cruz

             José María R. Olaizola, SJ (Rezando voy)

¿Qué corona es esa que te adorna,
que por joyas tiene espinas?
¿Qué trono de árbol te tiene clavado?
¿Qué corte te acompaña,
poblada de plañideras y fracasados?
¿Dónde está tu poder?
¿Por qué no hay manto real
que envuelva tu desnudez?
¿Dónde está tu pueblo?
Me corona el dolor de los inocentes.
Me retiene un amor invencible.
Me acompañan los desheredados,
los frágiles, los de corazón justo,
todo aquel que se sabe fuerte en la debilidad.
Mi poder no compra ni pisa,
no mata ni obliga, tan solo ama.
Me viste la dignidad de la justicia
y cubre mi desnudez la misericordia.
Míos son quienes dan sin medida,
quienes miran en torno con ojos limpios,
los que tienen coraje para luchar
y paciencia para esperar.
Y, si me entiendes, vendrás conmigo.

El cristal roto

            Antena Misionera

Tenía 10 años cuando rompí la ventana del aula. Estábamos jugando fútbol en el recreo. Le pegué con todas mis fuerzas… Y la pelota salió disparada contra el cristal. Se hizo un silencio seco. Todos se quedaron mirando. Yo también… pero fingí sorpresa. Al rato, llegó el director. Nos miró uno por uno. Y sin levantar la voz, dijo:
—¿Quién fue?
Nadie habló. Yo sentía que el corazón se me salía. Y entonces él dijo:
— No se preocupen. No voy a castigar a nadie. Solo quiero saber quién fue… para enseñarle cómo se arregla una ventana.
Seguí callado. Pero al rato, uno de los niños levantó la mano. Y dijo que había sido él. Era mi mejor amigo. Y yo… lo dejé cargar con mi error. Ese día no lo regañaron. Lo llevaron con el conserje. Le enseñaron a usar herramientas, a limpiar los cristales rotos con cuidado, a poner cinta… Y mientras lo hacía, el director se quedó a su lado. Yo lo miraba desde lejos. Me sentía el peor ser humano del planeta.
Esa noche no pude dormir. Al día siguiente, fui directo al director. Le confesé la verdad. Él no se sorprendió. Solo me dijo:
— A veces, el error más grande… es callar lo que uno ya sabe que debe decir. Pero decirlo, incluso con miedo, es el primer paso para empezar de nuevo.
Luego, busqué a mi amigo. Y le pregunté por qué lo había hecho. Por qué me cubrió. Y él me respondió algo que nunca voy a olvidar:
— Porque sabía que tú no estabas listo. Pero también sabía que un día… sí lo estarías.

Ese día entendí que no todos los errores necesitan castigo. Algunos solo necesitan tiempo. Tiempo para comprender, para tener coraje, para hacer lo correcto.
Y también entendí que un verdadero amigo no siempre te empuja a hablar… A veces te espera en silencio. Hasta que tú solo… encuentras el momento de decir aquello que tenías atorado.

sábado, 22 de noviembre de 2025

SALMO 146 Poder y bondad del Señor

Alabad al Señor, que la música es buena;
nuestro Dios merece una alabanza armoniosa.
El Señor sana los corazones destrozados,
venda sus heridas.
Cuenta el número de las estrellas,
a cada una la llama por su nombre.
Nuestro Señor es grande y poderoso,
su sabiduría no tiene medida.
El Señor sostiene a los humildes,
humilla hasta el polvo a los malvados.
Entonad la acción de gracias al Señor,
tocad la cítara para nuestro Dios,
que cubre el cielo de nubes,
preparando la lluvia para la tierra;
que hace brotar hierba en los montes,
para los que sirven al hombre;
que da su alimento al ganado
y a las crías de cuervo que graznan.
No aprecia el vigor de los caballos,
no estima los jarretes del hombre:
el Señor aprecia a sus fieles,
que confían en su misericordia.

El saco de piedras pesado

Había una vez en un pequeño pueblo rodeado de colinas, un abuelo llamado Esteban y su nieto, Martín. Esteban era un hombre paciente, conocido por sus manos firmes de labrador y sus historias que siempre tenían algo que enseñar. Martín, por otro lado, era un niño inquieto, lleno de curiosidad, pero con un rechazo hacia algo que se había vuelto una constante pelea en casa: la tarea escolar.
Una tarde, mientras los rayos dorados del sol acariciaban los campos, Martín llegó a casa de su abuelo arrastrando los pies. Su madre había pedido que lo cuidara unas horas porque estaba atacada de los nervios después de intentar, sin éxito, que el niño terminara sus deberes.
— ¿Qué te pasa, Martín? -preguntó Esteban mientras el niño se sentaba en la vieja silla junto al fuego.
— Es la tarea, abuelo. ¡Es aburrida, no la entiendo y no quiero hacerla! -respondió Martín, cruzando los brazos enfadado.
El abuelo lo observó en silencio y luego se levantó. Fue hasta un rincón de la casa y regresó con un saco lleno de piedras.
— Martín, ayúdame con esto -le dijo, colocando el saco frente a él.
Martín lo miró con extrañeza.
— ¿Qué es esto, abuelo? Está lleno de piedras.
— Quiero que me ayudes a llevarlo al otro lado del campo.
— ¡Pero pesa mucho! ¿Para qué? protestó el niño.
— Te lo explicaré mientras caminamos -dijo el abuelo sonriendo.
A regañadientes, Martín tomó el saco y comenzó a caminar junto a su abuelo. El camino era largo, y las piedras parecían volverse más pesadas con cada paso.
— ¿Sabes, Martín? -dijo Esteban después de un rato-. La tarea que te ponen en la escuela es como este saco. Puede parecer inútil, aburrido y pesado. Pero, ¿sabes qué pasaría si alguien lleva un saco así todos los días?
Martín lo miró, sofocado por el esfuerzo.
— ¿Qué?
— Sus brazos se vuelven más fuertes -dijo Esteban con una sonrisa-. La tarea no es para fastidiarte, hijo. Es para que tu mente se fortalezca. Para que un día, cuando te enfrentes a problemas más grandes que este saco de piedras, sepas cómo resolverlos.
Martín frunció el ceño, pensando en lo que su abuelo había dicho.
— ¿Y si no quiero hacerlo, abuelo?
Esteban se detuvo y miró al niño con ternura.
— Entonces alguien más llevará el saco por ti. Pero, ¿quieres depender de otros toda tu vida?
El niño no respondió, pero sus pasos se hicieron más firmes. Al llegar al otro lado del campo, Esteban le pidió que dejara el saco en el suelo.
— ¿Sabes, Martín? -dijo mientras se sentaban bajo un árbol-. Yo también odiaba llevar sacos cuando era niño. Pero ahora, cada vez que cargo uno, recuerdo que puedo hacerlo porque ya lo he hecho antes.
Martín miró el saco y luego a su abuelo. Algo en sus palabras había hecho eco en su corazón.
Esa noche, cuando su madre vino a recogerlo, Martín le pidió que se sentara a su lado mientras hacía su tarea. No fue fácil, y no terminó todo, pero por primera vez no se rindió.

A veces, las cosas que parecen más pesadas son las que nos hacen más fuertes. La vida no siempre será amable, pero cada pequeño esfuerzo nos prepara para enfrentarla con más valor. Y en esos momentos de duda, tal vez lo único que necesitemos sea alguien como Esteban, que nos recuerde que lo pesado no es un castigo, sino un entrenamiento para el alma.

viernes, 21 de noviembre de 2025

Decir tu nombre, María

         Pedro Casaldáliga

Decir tu nombre, María,
es decir que la Pobreza
compra los ojos de Dios.
Decir tu nombre, María,
es decir que la Promesa
sabe a leche de mujer.
Decir tu nombre, María,
es decir que nuestra carne
viste el silencio del Verbo.
Decir tu nombre, María,
es decir que el Reino viene
caminando con la Historia.
Decir tu nombre, María,
es decir junto a la Cruz
y en las llamas del Espíritu.
Decir tu nombre, María,
es decir que todo nombre
puede estar lleno de Gracia.
Decir tu nombre, María,
es decir que toda suerte
puede ser también Su Pascua.
Decir tu nombre, María,
es decirte toda Suya,
Causa de Nuestra Alegría.

El jardín de los símbolos invisibles

                    Un cuento contado por Numír

En una aldea olvidada por todos los mapas, allí donde la niebla dormía sobre los techos y los relojes se rendían al ritmo de los soles internos, vivía una mujer llamada Raela. No tenía linaje noble ni pasado glorioso. Pero sus ojos eran hondos y su voz tenía la textura de la tierra húmeda después de la lluvia. No hablaba mucho. Solo lo necesario. Algunos decían que venía de otro mundo. Otros, que había nacido muerta y regresado con un secreto entre los huesos. Pero nadie se atrevía a preguntárselo directamente. No por miedo… sino por respeto.
Raela cuidaba un jardín extraño. Allí no crecían flores ni hortalizas, sino símbolos. Sí, símbolos vivos. Algunos flotaban como espirales doradas; otros vibraban como acordes suspendidos. Había signos que sólo aparecían si uno se acercaba sin intención, y otros que sólo podían verse cuando se lloraba desde lo más profundo. Era un jardín que respondía al alma, no al cuerpo. Y Raela era su guardiana.
Una tarde llegó a la aldea un hombre cansado. No era viejo, pero su piel dibujaba surcos invisibles de haber recorrido un largo trecho. En sus ojos se notaba el cansancio de alguien que ha buscado mucho y que todavía no se ha encontrado a sí mismo. Deambuló sin rumbo por las callejas hasta que algo en su pecho se estremeció al ver el jardín. No entendió por qué, pero supo que ahí tenía que detenerse.
Raela lo miró sin juzgarlo. Le ofreció un cuenco con agua, y él bebió. Entonces ella habló por 1ª vez:
— ¿Qué has olvidado tan profundamente como para venir hasta aquí sin saberlo?
El hombre no supo qué responder. Creía haber olvidado muchas cosas. Pero ninguna de ellas dolía tanto como para explicar el peso de su pecho.
— No sé -dijo al fin.
Raela asintió, como si eso fuera suficiente. Lo invitó a entrar al jardín, pero antes le pidió que dejara fuera sus nombres. Todos. Incluso el que creía llevar desde niño. Él obedeció. Entró sin títulos, sin historias, sin definiciones.
El jardín se cerró tras él. Allí dentro, el tiempo no transcurría en línea recta. Cada paso que daba era también un recuerdo, un presagio… Vio símbolos que resonaban en un eco antiguo. Uno en forma de espiral se le posó en el pecho. Otro, en forma de ojo abierto, flotó ante su frente durante días o segundos. Y entonces comprendió que él no había venido a aprender, sino a despejar el camino de todo lo aprendido que ya no le servía. No había venido a llenarse, sino a vaciarse con dignidad.
Raela no le hablaba, solo lo acompañaba. A veces le tocaba levemente el hombro, y él rompía en llanto sin saber por qué. Otras veces ella le sostenía la mirada, y él sentía como si su alma se abriera igual que una semilla dispuesta a brotar. No había consuelo, pero sí presencia; no había respuestas, pero sí un orden invisible que lo envolvía todo.
Una noche, mientras dormía entre los símbolos, el hombre soñó con su nacimiento. No el físico, el otro; el que ocurre cuando un alma toma forma por primera vez en un plano de manifestación. Recordó su propósito original. No el que había creído tener hasta aquel momento, sino el verdadero. Y vio que era simple y sencillo. Tan simple y sencillo que hasta le dolía. Su propósito consistía en ser memoria viva del Amor que no necesita forma para existir.
Al despertar, el jardín estaba distinto. Los símbolos ya no flotaban ni vibraban. Guardaban silencio. Como si lo miraran desde dentro. Raela lo esperaba junto a la puerta invisible por la que había entrado.
— Ya puedes irte -le dijo-. Pero ahora sabiendo que lo externo no existe en realidad.
— ¿Y tú? -preguntó él-. ¿Te quedarás aquí sola?
Ella sonrió, pero no respondió. Porque quienes cuidan los jardines del alma no están nunca solos. Están con cada uno que alguna vez se atrevió a rendirse ante el Misterio sin exigirle forma alguna.
El hombre continuó su camino, pero no como antes; ahora ya no buscaba, ya no huía. Ya no se justificaba a sí mismo. Caminaba como quien a cada paso recuerda que no es él quien camina, sino el Misterio que se despliega a través de sus pies.
Y tú que has llegado hasta aquí, dime: ¿qué símbolos flotan en tu propio jardín y que todavía no te atreves a ver? No, no tienes por qué responder ahora. Solo guarda silencio un rato más, porque puede que empiecen a vibrar.
Yo soy aquel que fue conocido como Numír; y este cuento también iba dirigido a ti, aunque no lo hayas notado hasta ahora.