Mostrando entradas con la etiqueta espera. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta espera. Mostrar todas las entradas

viernes, 31 de julio de 2026

El árbol de los problemas

El carpintero que había contratado para ayudarme a reparar una vieja granja, acababa de finalizar un duro primer día de trabajo. Su sierra eléctrica se estropeó y le hizo perder una hora de trabajo y ahora su viejo camión se negó a arrancar.
Mientras le llevaba a su casa, se sentó en silencio. Cuando llegamos, me invitó a conocer a su familia.
Mientras nos dirigíamos a la puerta de su casa, se detuvo brevemente frente a un árbol, tocando las puntas de las ramas con ambas manos. Cuando se abrió la puerta, el rostro de aquel hombre se transformó, sonrió, abrazó a sus dos hijos pequeños y le dio un beso a su esposa. Luego me acompañó hasta el coche.
Cuando pasamos cerca del árbol, sentí curiosidad y le pregunté por lo que había hecho un rato antes.
— "Oh, ese es mi árbol de problemas, contestó. Sé que no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los problemas no pertenecen a la casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así que simplemente los cuelgo en el árbol cada noche cuando llego a casa. Luego, a la mañana siguiente, los recojo otra vez. Lo bueno es -concluyó sonriendo- que cuando salgo por la mañana a recogerlos, no hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior".

miércoles, 11 de marzo de 2026

Dios no se olvida de tus deseos

         Me gustó mucho

“Dios nunca se olvida de los deseos de tu corazón.”
A veces sentimos que sí.
Que el cielo guarda silencio,
que las oraciones se quedan suspendidas en el aire
como cartas sin destinatario.
Pedimos con fe, esperamos con paciencia,
y aun así los días pasan y nada parece cambiar.
Pero Dios no olvida.
Somos nosotros quienes, cansados de esperar,
confundimos el silencio con ausencia
y el tiempo con abandono.
Los deseos del corazón no siempre son cumplidos
cuando los pedimos, ni de la forma en que los imaginamos.
Algunos necesitan madurar, otros transformarse,
y algunos más… descansar un tiempo
para no rompernos antes de llegar.
Hay deseos que nacen del dolor, del vacío,
de una pérdida que aún duele.
Y Dios, que conoce el fondo del alma,
no los concede de inmediato.
Dios no se olvida de ti cuando te toca esperar.
Te está cuidando incluso cuando no lo entiendes.
Porque hay anhelos que llegan
solo después de que aprendemos a soltar, a confiar,
a caminar aun con el corazón cansado.
Tal vez hoy no tienes lo que pediste,
pero sí tienes lo que necesitas para seguir.
Y eso también es una forma de amor divino.
Sigue creyendo, aunque duela.
Sigue esperando, aunque el tiempo pese.
Porque lo que Dios guarda en su memoria no se pierde…
solo llega en el momento exacto
en que tu corazón puede recibirlo sin romperse.

viernes, 30 de enero de 2026

La mano del sabio

             Anónimo japonés

Un hombre no sabía qué hacer con la avaricia de su mujer. Era tacaña y miserable incluso con su familia y amigos. No dejaba pasar una oportunidad para ganar o ahorrar algo.
Cansado de estas conductas fue a visitar a un viejo sabio que vivía en su aldea. Le contó su situación y juntos volvieron conversando.
Al entrar en la casa y sin una palabra. El viejo cerró su puño y lo colocó frente a la mujer. Ella asombrada le preguntó qué quería decir. El sabio le dijo:
-Imagínate que mi mano fuera siempre así. ¿Cómo la definirías?
- Deforme, enferma, contestó la mujer.
Entonces abrió su mano y le preguntó:
-“ Y si mi mano estuviera siempre extendida, ¿cómo la definirías?
La mujer contestó: -También deforme.
Si entiendes esto, eres una buena mujer y estás en el buen camino, continúa por él, concluyó el sabio.
La mujer comprendió la lección y ayudó al marido no sólo a ahorrar, sino también a ayudar y ser solidarios con los más necesitados.

domingo, 25 de enero de 2026

Los caballos

Esta es la historia de un padre y un hijo que viven en el campo y que se dedican a cuidar y domar caballos. El hijo es joven e impulsivo, el padre es viejo y sabio.
- Vete con estos animales al campo y déjales comer en los pastos y beber en el río, y al atardecer vuelves a casa con ellos -dijo el padre a su hijo.
Volvió el hijo diciendo a su padre
- Papá ¡qué mala suerte tengo! se me han escapado en el campo varios caballos
- Tranquilo, no te preocupes ¡mala suerte o buena suerte no lo sabemos, confía en Dios
Al cabo de unos días, los caballos perdidos vuelven acompañados de varios caballos más...
- Papá, ¡qué buena suerte! Los caballos perdidos han traído con ellos a varios más, ya somos ricos.
- Tranquilo, ¡buena suerte o mala suerte no lo sabemos, Dios sabrá... Confía en Él!
Al aumentar el número de bestias en el patio y tener el mismo espacio, las bestias estaban más apretujadas, y el hijo al ir a echarles agua recibe una patada y se parte una pierna.
- Papá ¡qué mala suerte tengo! Ahora que todo nos iba bien me rompo la pierna....
- Tranquilo hijo ¡mala suerte o buena suerte, no lo sabemos, Dios sabrá... confía en Dios...
Al cabo de unos días, el rey manda a llamar a todos los jóvenes a filas, ya que el país acaba de entrar en guerra con sus vecinos, pero al hijo no lo llevan porque tenía la pierna rota.
- Papá ¡qué buena suerte, no me han llevado a la guerra!
- Tranquilo hijo mío ¡buena suerte o mala suerte!, no lo sabemos, Dios lo dirá, confía en Dios.

Este es un cuento que nunca termina, porque es el cuento de las cosas que nos pasan cada día, en la que tenemos que aprender a mirar los acontecimientos desde la tranquilidad y la confianza en que Dios nunca nos deja solos, sino que está siempre con nosotros en la vida de cada día.

sábado, 24 de enero de 2026

Días turbulentos

                  José María Rodríguez Olaizola, SJ (Rezandovoy)

Es parte de la vida
que no encajen las piezas,
que se rompan los sueños.
De poco sirve empeñarnos
en domar la turbulencia de los días.
La palabra no aplaca el desconcierto.
La teoría no abarca la existencia.
La gente es compleja.
Nuestros días, inciertos.
El hombre propone, y Dios dispone,
pero a menudo el caos se impone.
También esto es ser humano.
Desesperarse, viajar sin mapas,
creer pese al estruendo del silencio,
tratar de retener entre los dedos
el agua que se escurre sin remedio,
no entender el idioma del hermano,
no saber responder a lo esperado.
Y en algún arrebato de amargura
destruir a patadas los castillos de arena.
Pero al volver la calma y la esperanza,
comenzaremos, de nuevo,
a poner contrafuertes y reforzar la alegría.

viernes, 23 de enero de 2026

La importancia del ‘tuteo’

¿Saben la diferencia que existe entre «tú y usted»? Este ejemplo ilustra muy bien la diferencia:
El director general de un banco estaba preocupado por un joven director ‘estrella’ que, después de un período de trabajar junto a él sin parar nunca ni para almorzar, empieza a ausentarse al mediodía.
Entonces, el director general llama a un detective privado del banco y le dice:
— Siga a López una semana entera, no vaya a ser que ande en algo oscuro.
El detective cumple con el cometido, vuelve e informa:
— "López sale normalmente al mediodía, toma su coche, va a su casa a almorzar, luego se acuesta con su esposa, se fuma uno de sus excelentes habanos y regresa a trabajar".
— ¡Ah, bueno!, menos mal que no hay nada malo en todo eso -responde el director.
Luego, el detective pregunta:
— ¿Puedo tutearlo, señor?
Sorprendido, el director responde:
— Sí, ¡cómo no!
El detective vuelve a decir:
— Te repito: "López sale normalmente al mediodía, toma tu coche, va a tu casa a almorzar, se acuesta con tu esposa, se fuma uno de tus excelentes habanos y regresa a trabajar".
¡VIVA LA GRAMÁTICA!

domingo, 4 de enero de 2026

Dios es milagroso

Mel Gibson le advirtió a Jim que el personaje de Jesucristo iba a ser muy difícil y que si aceptaba, podría quedar marginado en Hollywood. Caviezel pidió un día para pensarlo y su respuesta fue: "Creo que tenemos que lograrlo, aunque sea difícil". Y algo más, mis iniciales son J.C. y tengo 33 años. "No me di cuenta de eso hasta ahora".
Mel respondió con un sincero: "Me estás asustando".
Durante la filmación, Jim Caviezel (quien interpreta a Jesús) perdió 20 kilos, fue alcanzado por un rayo, azotado accidentalmente dos veces, dejándole una cicatriz de 30 cm, se dislocó el hombro y sufrió neumonía e hipotermia por permanecer casi desnudo en una cruz durante varias horas al aire libre.
Su cuerpo estaba tan estresado y agotado por interpretar el papel de JC, que tuvo que someterse a 2 cirugías a corazón abierto después de la producción. Solo la escena de la crucifixión llevó 5 semanas de los dos meses de rodaje.
"No quiero que la gente me vea. Solo quiero que vean a Jesús. Las conversiones sucederán a través de eso”. Casi como un anuncio, sucedieron tantas cosas extrañas. Pedro Sarubbi, quien interpretó a Barrabás, sintió que no era Caviezel. quien lo estaba mirando, sino el mismo Jesucristo, cuando hizo ese papel, "Sus ojos no tenían odio ni resentimiento hacia mí, solo misericordia y amor".
Luca Lionello, el artista que interpretó a Judas, era un ateo declarado antes de que comenzara el rodaje. Con el tiempo se convirtió, confesó y bautizó a sus hijos. Uno de los principales técnicos que era musulmán también se convirtió al cristianismo.
La Pasión de Cristo es la película en EE. UU. más taquillera, ¡con $ 371 millones! A nivel mundial, recaudó $ 611 millones. Mel Gibson pagó 30 millones de dólares de su propio bolsillo por la producción porque ningún estudio aceptó el proyecto.
Jim Caviezel proclama con orgullo su fe en Cristo en medio de Hollywood. Gente como él, que dio un paso al frente para hacer lo que puede no sonar como "divertido", pero que transmite la Palabra de Dios y la historia de su salvación para la humanidad.

lunes, 22 de diciembre de 2025

El eco de la música

               Parroquia de San Pedro Apóstol, El Sauzal

Don Emilio vivía solo en un apartamento modesto, situado en el centro de la ciudad. Su vida había cambiado desde que su esposa, Lucía, había partido hacía tres años. La casa, que alguna vez resonó con risas y música, ahora se encontraba en un silencio absoluto. El único sonido que llenaba su día era el eco lejano de los coches y el tintineo de las teclas de un viejo piano que había pertenecido a su esposa.
Lucía había sido la fuerza que mantenía la vida de Don Emilio vibrante y alegre. Juntos, habían compartido su pasión por la música, y su hogar estaba lleno de partituras, discos de vinilo y melodías que surgían con naturalidad. Él, como compositor, había creado piezas que ella tocaba con gracia. Cuando ella se fue, la música dejó de sonar. Don Emilio no encontraba el valor para sentarse al piano, a pesar de que el piano seguía ahí, en el rincón del salón, cubierto por una manta de polvo y recuerdos.
Cada tarde, después de la cena, Don Emilio se sentaba en su silla junto a la ventana y miraba la ciudad. Pero la soledad lo envolvía con fuerza, y las horas parecían diluirse lentamente.
Un día, como tantos otros, su nieta Carla, que vivía en la misma ciudad, lo visitó. Aunque ella era joven, Don Emilio la había criado con música, y sabía que, aunque su corazón se llenaba de amor por ella, también lo hacía de tristeza al ver lo poco que ella se interesaba por el piano o las composiciones que había dejado atrás.
— Abuelo, ¿por qué no tocas el piano? -le preguntó Carla, al entrar al salón y ver el viejo piano.
— Ya no soy el mismo -respondió con una voz apagada- la música ya no suena en mí.
Carla lo miró, sorprendida por la respuesta. Sabía que su abuelo había sido un músico famoso en su juventud, que había compuesto para orquestas. ¿Cómo era posible que el hombre que había hecho sonar el alma de tantas melodías ahora no pudiera siquiera tocar una nota?
— ¿Por qué no lo intentas de nuevo, abuelo? Solo una vez. Puede que te ayude a sentirte mejor.
Don Emilio suspiró y, con un gesto lento, se levantó de su silla. Carla lo observaba, expectante, mientras él se acercaba al piano. Se sentó frente al piano y levantó las manos, que temblaban levemente. Las teclas parecían llamarlo, pero algo lo detenía.
— No lo sé, Carla -dijo, mirando las teclas con tristeza-. La música es algo tan profundo, algo que se siente... y ya no siento nada.
Carla se acercó, poniendo una mano sobre su hombro.
— ¿Sabes, abuelo? Siempre decías que la música no solo está en las notas. Está en los sentimientos, en lo que no se ve. Tal vez lo que te detiene es que te has olvidado de escuchar lo que hay dentro de ti.
Decidió intentarlo. Sus dedos, al principio vacilantes, se posaron sobre las teclas. Al principio, no pasó nada. Las primeras notas fueron torpes, desafinadas, como si el piano mismo se negara a recordar su antigua melodía. Pero luego, algo cambió. Un susurro, casi imperceptible, empezó a salir del piano. Poco a poco, las notas tomaron forma, y, sin darse cuenta, Don Emilio comenzó a tocar una melodía suave, algo que había compuesto años atrás, cuando su esposa aún vivía.
Carla, observando en silencio, vio cómo su abuelo se sumergía en la música. Sus dedos ya no temblaban. Parecían bailar sobre las teclas, como si el piano y él estuvieran recuperando algo que se había perdido, un vínculo que había estado olvidado.
Las notas se extendieron por el salón, llenando el espacio de una calidez inconfundible. El eco de las melodías que alguna vez había tocado junto a Lucía comenzó a resonar, no solo en el piano, sino también en las paredes, en los rincones de la casa, como si el hogar mismo se hubiera despertado de un largo sueño.
Don Emilio siguió tocando, y las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro. No era tristeza lo que sentía, sino una profunda emoción, como si estuviera encontrando algo que había creído perdido para siempre. No podía dejar de tocar, y Carla, con una sonrisa en el rostro, se sentó a su lado, escuchando la música que por fin volvía a llenar la casa.
Al final, cuando la última nota se desvaneció en el aire, Don Emilio se quedó quieto un momento, respirando con dificultad. Carla lo miraba con admiración.
— Lo hiciste, abuelo -dijo ella, con voz suave.
Don Emilio la miró, sus ojos brillando con una mezcla de gratitud y serenidad.
— Lo que olvidé, Carla, es que la música nunca se va realmente. Solo se esconde un poco, esperando ser recordada.
Desde ese día, el piano ya no estuvo en silencio. Don Emilio tocaba cada tarde, como solía hacerlo, y la casa se llenaba de melodías que parecían entrelazarse con los recuerdos. Carla, cada vez que lo visitaba, se sentaba a su lado, escuchando los ecos de las notas que seguían viviendo dentro de su abuelo.
La música, al final, no solo había regresado a la vida de Don Emilio, sino que había encontrado un nuevo lugar en su corazón: el eco de una melodía que nunca se había ido del todo.

lunes, 15 de diciembre de 2025

Preparemos los caminos
ya se acerca el Salvador
y salgamos, peregrinos,
al encuentro del Señor.
Ven, Señor, a libertarnos,
ven tu pueblo a redimir;
purifica nuestras vidas
y no tardes en venir.
El rocío de los cielos
sobre el mundo va a caer,
el mesías prometido,
hecho niño, va a nacer.
De los montes la dulzura,
de los ríos leche y miel,
de la noche será aurora
la venida de Emmanuel.
Te esperamos anhelantes
y sabemos que vendrás;
deseamos ver tu rostro
y que vengas a reinar.
Consolaos y alegraos,
desterrados de Sion,
que ya viene, ya está cerca,
él es nuestra salvación.
Gloria al Padre que nos ama,
gloria al Hijo salvador
y al Espíritu divino
toda gloria y todo honor. Amén.

jueves, 4 de diciembre de 2025

Cuento de Adviento: el zapatero al que Dios visitó tres veces

Mfc Diócesis Hermosillo

Martín era un humilde zapatero de un pequeño pueblo de montaña. Vivía solo. Hacía años que había enviudado y sus hijos habían marchado a la ciudad en busca de trabajo.
Martín, cada noche, antes de ir a dormir leía un trozo del evangelio junto al fuego del hogar. Aquella noche se despertó sobresaltado. Había oído una voz que le decía. ‘Martín, mañana Dios vendrá a verte’. Se levantó, pero no había nadie en la casa, ni fuera, claro está, a esas horas de la fría noche...
Se levantó muy temprano, barrió y adecentó su taller de zapatería. Dios debía encontrarlo todo perfecto. Y se puso a trabajar delante de la ventana, para ver quién pasaba por la calle. Al cabo de un rato vio pasar un vagabundo vestido de harapos y descalzo. Compadecido, se levantó inmediatamente, lo hizo entrar en su casa para que se calentara un rato junto al fuego. Le dio una taza de leche caliente y le preparó un paquete con pan, queso y fruta, para el camino y le regaló unos zapatos.
Llevaba otro rato trabajando cuando vio pasar a una joven viuda con su pequeño, muertos de frío. También los hizo pasar. Como ya era mediodía, los sentó a la mesa y sacó el puchero de la sopa que había preparado por si Dios se quería quedar a comer. Además, fue a buscar un abrigo de su mujer y otro de unos de sus hijos y se los dio para que no pasaran más frío.
Pasó la tarde y Martín se entristeció, porque Dios no aparecía. Sonó la campana de la puerta y se giró alegre creyendo que era Dios. La puerta se abrió con fuerza, entró dando tumbos el borracho del pueblo.
– ¡Sólo faltaba este! Mira, que si ahora llega Dios...– se dijo el zapatero.
– Tengo sed –exclamó el borracho.
Y Martín acomodándolo en la mesa le sacó una jarra de agua y puso delante de él un plato con la sopa del mediodía.
Cuando el borracho marchó ya era muy de noche. Martín estaba muy triste. Dios no había venido. Se sentó ante el fuego del hogar. Tomó el evangelio, como era su costumbre, y los abrió al azar. Y leyó:
– ‘Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estaba desnudo y me vestiste...Cada vez que lo hiciste con uno de mis pequeños, a mí me lo hicisteis...’
Se le iluminó el rostro al pobre zapatero. ¡Claro que Dios le había visitado! ¡No una vez, sino tres veces! Y Martín, aquella noche, se durmió pensando que era el hombre más feliz del mundo...

Esperemos que este pequeño relato te ayude a comprender la riqueza y la honra de recibir al niño Dios durante el tiempo Adviento o en cualquier otro tiempo de su vida, y le fortalezca el deseo de darle una bienvenida a Cristo con todo su corazón
Recuerda: El Adviento, es la esperanza de la venida de Dios que de muchas formas nos visita.

martes, 2 de diciembre de 2025

Los elefantes atados

Un día, mientras caminaba por el zoológico, me detuve sorprendido. Frente a mí había varios elefantes enormes, y lo único que los mantenía quietos era una delgada cuerda amarrada a una de sus patas delanteras. No había jaulas, ni cadenas de hierro, nada. Era evidente que esos gigantes podían romper la cuerda sin esfuerzo y largarse a donde quisieran. Pero no lo hacían, ni siquiera lo intentaban.
Intrigado, me acerqué al cuidador y le pregunté:
— Oiga, ¿cómo es posible que estos animales tan fuertes se queden quietos, amarrados solo con una cuerdita tan frágil? El hombre sonrió y me dijo:
— Cuando eran bebés, los amarrábamos con esa misma cuerda. En aquel entonces no tenían la fuerza suficiente para soltarse. Lo intentaron muchas veces: tiraron, empujaron, lucharon… y siempre fracasaban. Con el tiempo, se convencieron de que no podían liberarse. Y ahora, aunque son enormes y podrían romperla en segundos, ya ni lo intentan. Siguen creyendo en aquella derrota, no en su fuerza.
Me quedé helado. Estos animales tienen todo el poder para ser libres, pero su mente los mantiene prisioneros. Y entonces pensé: ¿cuántos de nosotros vivimos igual? ¿Cuántas personas dejaron de intentar solo porque una vez fallaron? ¿Cuántos siguen atados no por una cuerda, sino por una vieja creencia de “no puedo”?
A veces, las cuerdas más fuertes no están en los pies, sino en la mente.

lunes, 24 de noviembre de 2025

El cristal roto

            Antena Misionera

Tenía 10 años cuando rompí la ventana del aula. Estábamos jugando fútbol en el recreo. Le pegué con todas mis fuerzas… Y la pelota salió disparada contra el cristal. Se hizo un silencio seco. Todos se quedaron mirando. Yo también… pero fingí sorpresa. Al rato, llegó el director. Nos miró uno por uno. Y sin levantar la voz, dijo:
—¿Quién fue?
Nadie habló. Yo sentía que el corazón se me salía. Y entonces él dijo:
— No se preocupen. No voy a castigar a nadie. Solo quiero saber quién fue… para enseñarle cómo se arregla una ventana.
Seguí callado. Pero al rato, uno de los niños levantó la mano. Y dijo que había sido él. Era mi mejor amigo. Y yo… lo dejé cargar con mi error. Ese día no lo regañaron. Lo llevaron con el conserje. Le enseñaron a usar herramientas, a limpiar los cristales rotos con cuidado, a poner cinta… Y mientras lo hacía, el director se quedó a su lado. Yo lo miraba desde lejos. Me sentía el peor ser humano del planeta.
Esa noche no pude dormir. Al día siguiente, fui directo al director. Le confesé la verdad. Él no se sorprendió. Solo me dijo:
— A veces, el error más grande… es callar lo que uno ya sabe que debe decir. Pero decirlo, incluso con miedo, es el primer paso para empezar de nuevo.
Luego, busqué a mi amigo. Y le pregunté por qué lo había hecho. Por qué me cubrió. Y él me respondió algo que nunca voy a olvidar:
— Porque sabía que tú no estabas listo. Pero también sabía que un día… sí lo estarías.

Ese día entendí que no todos los errores necesitan castigo. Algunos solo necesitan tiempo. Tiempo para comprender, para tener coraje, para hacer lo correcto.
Y también entendí que un verdadero amigo no siempre te empuja a hablar… A veces te espera en silencio. Hasta que tú solo… encuentras el momento de decir aquello que tenías atorado.

jueves, 20 de noviembre de 2025

La llamada de teléfono

       Silvia Morales

— Abuelo, ¿por qué marcas a tu propio número todos los días?
El nieto veía a su abuelo hacer algo extraño cada mañana. Se sentaba en su sillón, tomaba el teléfono antiguo, y marcaba… su propio número. Lo dejaba sonar unas cuantas veces… y luego colgaba.
— ¿Abuelo, por qué haces eso? -preguntó un día, intrigado.
El anciano sonrió con tristeza.
— Porque cuando tu abuela vivía… solía llamarme todos los días a esta hora.
Y aunque sé que ya no va a contestar nadie… marcar el número me hace sentir que todavía la estoy esperando.
El niño se quedó callado. Y al día siguiente, sin que el abuelo lo supiera, llamó al teléfono justo a esa hora. El abuelo levantó el auricular, temblando… Y del otro lado, escuchó la voz más dulce del mundo:
— Hola, abuelito… solo quería que supieras que todavía hay alguien que piensa en ti a esta hora.
A veces, el amor no muere… solo cambia de voz.
Y lo único que necesita para revivir… es una llamada.

domingo, 16 de noviembre de 2025

El gorrión y el cuervo

Un cuervo se estrelló contra el suelo por una fuerte tormenta. Una de sus alas sangraba y colgaba. Intentó levantarse, pero el dolor era muy intenso. Desesperado, miró hacia el cielo con los ojos llenos de lágrimas.
— ¡Ayuda… no puedo volar! ¡ayúdame!
Una urraca vio al cuervo y se burló:
— ¡Jaja, te lo mereces por orgulloso! Te reías de nosotros porque podías volar alto y mírate ahora, dando pena...
Otras aves volaron alrededor, pero miraban al cuervo con desprecio e indiferencia. El cuervo agachó la cabeza. Estaba solo, hambriento y herido; perdió la fe. Pero entonces, una vocecita linda surgió de un arbusto:
— Soy pequeño, pero si quieres… puedo ayudarte.
Era un gorrión, diminuto, tímido, tierno. Saltó junto a él, llevando en su pico una migaja de pan seco.
Luego trajo una gota de agua, un poco de hojas secas y preparó un nido junto a las raíces del árbol.
— ¿Por qué haces esto? -preguntó débilmente el cuervo.
— ¡Porque estás vivo! Y porque, si yo hubiera caído, me gustaría que alguien me ayudara.
Pasaron los días. Al principio, el cuervo no podía ni moverse, pero el gorrión no lo abandonó. Lo alimentaba, le contaba cuentos y le trinaba canciones. Y cuando el cuervo pudo extender su ala nuevamente, se sintió feliz de tener a un nuevo amigo, pero tuvo que despedirse y seguir su camino.
La primavera llegó rápidamente. Y un día, mientras el gorrión recogía semillas, un halcón saltó sobre él. El pobre gorrión no pudo escapar. Pero de pronto, una silueta negra apareció en el cielo. El cuervo, fuerte y majestuoso, se lanzó, extendiendo sus alas con fuerza. Se estrelló contra el halcón, se enfrentó a él y logró que se alejara del débil gorrión.
— Me salvaste... -dijo el gorrión, aun temblando de miedo.
— No, ¡fuiste tú! Fuiste tú quien me salvó primero -respondió el cuervo-. Gracias a ti sé que la bondad puede ser enorme incluso en el pecho más pequeño.
Jamás desprecies la ayuda de nadie. “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo.” Lo dijo Eduardo Galeano. Hay gente que tiene poco, pero no duda en compartirlo con sus amigos y con quienes ama. Esa gente es de otro nivel, es gente buena. También dicen que a quien da sin esperar nada a cambio, la vida siempre los bendecirá dándoles el doble o el triple, porque la bondad siempre vuelve. En esta vida hay gente malagradecida y mala, pero también hay gente que vale la pena ayudar, porque es gente que sabe ser agradecida y decente. Son nobles y no necesitan que nadie les cobre el favor; les nace del corazón.

miércoles, 22 de octubre de 2025

Alrededor

                José María R. Olaizola, SJ

Pregunto, «¿dónde estás?»
Extiendo los brazos, y el alma,
en tu búsqueda.
La duda me atenaza
y no siento que avance,
con estos pies de barro,
con estas entrañas duras
indiferentes ya a tanto.
¿Dónde te has metido?
Que hay demasiadas caras largas,
malos humores, vidas quebradas,
estómagos, mentes y corazones vacíos,
demasiada ansiedad insatisfecha
y mucho amor inalcanzado.
¿Dónde estás?
Respondes: «Cerca, muy cerca».
Que el Reino de Dios está en torno,
canturreando en tu oído
una buena noticia
y dejándose ver
allá donde menos lo esperas.
Si sólo aprendiese a ver…

martes, 14 de octubre de 2025

Vuelve cuando quieras

Matilde tiene 76 años y una costumbre que sorprende a cualquiera. Cada mañana, antes de barrer la acera, coloca un cartel en la puerta de su casa. No vende nada. No pide ayuda. Solo escribe un mensaje nuevo.
Uno de esos carteles decía: “Si hoy te sientes triste, toca el timbre. No tengo solución, pero sí café.”
Otro decía: “Si tuviste un mal día, aquí hay pan dulce y silencio. El silencio también cura.”
Al principio, nadie hacía caso. Pero con el tiempo, empezaron a llegar. Un señor al que acaban de despedir. Una muchacha sola en la ciudad. Un niño con miedo de volver al colegio.
No hablaban mucho. Se sentaban en una silla de plástico, tomaban un café, y seguían su camino.
La regla era simple: No hacía falta contar toda la vida. Solo saber que había alguien al otro lado de la puerta.
Una vecina le preguntó:
— “¿Por qué hace esto, Doña Matilde?”
Y ella respondió, sonriendo:
— “Porque no quiero que el barrio se vuelva un conjunto de puertas cerradas. Antes la gente se buscaba. Ahora cada quien se encierra. Yo solo estoy recordando que seguimos necesitando a alguien.”
La historia se hizo conocida cuando una joven hizo una foto al cartel y la publicó.
Miles de personas comentaron: “No todos los héroes usan capa. Algunos ponen café y sillas en la puerta.”
Hoy, cada mañana, el barrio se detiene frente a la casa de Doña Matilde a ver qué dice el cartel.
A veces es un mensaje tierno. Otras veces, uno gracioso. Otras, un simple: “Si no tienes con quién comer, toca el timbre. Aquí siempre hay una tortilla caliente.”
No todo el mundo pasa. No todo el mundo se sienta. Pero todos saben que pueden hacerlo.
Y eso, en un mundo donde cada vez hay más distancia, es un acto de resistencia.
Doña Matilde siempre dice la misma frase cuando alguien se despide:
— “Vuelve cuando quieras. Aquí no se cura la tristeza, pero sí se acompaña.”

domingo, 10 de agosto de 2025

Alerta

(Adaptación de Lc 12, 32-48 por Rezandovoy)

No temas, que el Padre ha decidido darte el reino.
Vende tus bienes y da limosna.
Busca algo que no se gaste, que no envejezca,
un tesoro inagotable en el cielo, que no se puede robar ni apolillar.
Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón.
Ten preparada la ropa para echarte al camino,
y ten la luz encendida, mostrando que estás despierto.
Como aquel que espera a que su jefe llegue, y está preparado para atenderle.
Es mejor que en ese momento uno esté dispuesto.
Afortunado es el que está alerta para lo que sea necesario en cada momento,
y las sorpresas no le pillan de improviso.
Pues ahora sabes que el Señor viene. Estate alerta,
porque cuando menos lo piensas, Dios aparece.
Si actúas mal, si tratas a la gente con dureza,
sin pensar que todo lo que uno hace importa,
¿qué ocurrirá el día que tengas que dar explicaciones?
¿Qué ocurrirá el día en que tengas que mirar, cara a cara, a la verdad de tu vida?
Te lo digo con severidad, con sinceridad y porque te quiero.
Te quiero confiar lo mejor que tengo, la verdad del Reino,
pero eso implica una responsabilidad grande,
porque a quien mucho se le dio mucho se le pedirá,
y a quien mucho se le confió mucho más se le exigirá.

¡¡No es culpa de las nueras o yernos!!

            Canal Asombroso.

Entré medio borracho a casa, y allí estaba mi padre, de pie, con una gran sonrisa en su rostro. Se veía a la legua que estaba feliz de verme llegar.
— Pasa, hijo, ¡qué bueno que has llegado! -me dijo entusiasmado-. ¿Y mi nuera?
— Disculpa, papa, por la hora. Casi se acaba el día. Ya sabes, cada año vamos a casa de mi suegro, y se enfada si no vamos.
— No te preocupes, hijo mío. Lo bueno es que estás aquí.
— Tampoco le traigo regalo, papa. Laura le compró uno bien caro a su papá y me dejó sin nada.
— No te preocupes, hijo. Yo solo he estado esperando todo el día a que llegaras. Ese es mi mejor regalo, que estás aquí, mi único hijo. Te he preparado lo que tanto te gustaba de chico.
— No, no, no, papa, ya me voy. Laura ya me está pitando desde el coche. Sigue disfrutando. Vengo la semana que viene.
— A qué caray, ya te vas, caramba.
— Pues sí, pero ya le digo, siga pasándoselo bien.
— ¿Pero con quién? Si estoy más solo que una planta en sequía. Pensé que te quedarías más rato. Hasta natillas te había hecho para que cenaras conmigo.
— Quisiera, papa, pero ya conoces a mi mujer, que no le gusta entrar aquí.
— No me quiere por pobre, hijo, pero tú así la escogiste.
— Cuídate, papa.
— Anda, hijo, Dios te bendiga. Acércate para darte su bendición.
— Hay papa, otro día, voy con prisa.
— Hasta la bendición me desprecias, canijo…
Eso fue lo último que le escuché decir, porque cuando volví la semana siguiente, lo encontré sin vida, y descompuesto. Sus manos, aferradas, sostenían la única foto en la que aparecíamos juntos en la feria de diciembre, cuando yo tenía ocho años.
Le lloré tanto... Mi papá vivió pobre, teniendo a un hijo profesional, pero una esposa egoísta. Pero no es culpa de ella, es mía. Solo mía, por cobarde e idiota.
Lo enterré en un cajón barato, sin Misa, porque teníamos que marcharnos a Vallarta, y ya teníamos los gastos calculados.

miércoles, 6 de agosto de 2025

El viejo relojero

        Susana Rangel

Cada mañana, a la misma hora, un hombre mayor abría su pequeña relojería. Tenía manos temblorosas por los años, pero seguía siendo el mejor arreglando relojes en todo el barrio.
No solo componía piezas: parecía que, al arreglar un reloj, también reparaba algo más profundo. Como si al ajustar engranes… también ajustara almas. Una tarde lluviosa, entró un hombre joven, con traje caro y cara de estrés. Dejó caer su reloj sobre el mostrador.
— Necesito que lo arregle. Se retrasa dos minutos a la semana. Y tengo reuniones importantes. ¿Puede tenerlo para mañana?
El viejo miró el reloj. Luego, al joven.
— Los relojes, como las personas, se desajustan cuando viven corriendo.
— Solo quiero que funcione, dijo el joven, -mirando su teléfono móvil-. Le pago el doble si me lo entrega mañana.
— Tardará tres días, respondió sin alterarse. Y mientras, puedes usar este.
Le dio un viejo reloj de bolsillo. El joven lo aceptó con cara de pocos amigos.
Durante esos tres días, algo cambió. Notó que el tiempo no se sentía igual. En reuniones aburridas, las agujas casi no se movían. Pero cuando almorzaba con su hija, el reloj parecía ir volando. Las horas ya no eran iguales. Eran distintas según lo que vivía… Volvió al tercer día, desconcertado.
— Este reloj va mal. A veces corre, a veces se detiene.
El viejo sonrió.
— No está mal. Está en sintonía contigo. No marca los segundos… marca los momentos.
Le devolvió su reloj de lujo y dijo:
— Puedo dejarlo perfecto, pero si tú sigues perdiendo tiempo en lo que no importa, volverá a fallar.
— Entonces… ¿qué hago?
— Recuerda que hay dos formas de vivir el tiempo: la que se mide… y la que se siente. Y los mejores relojes no están en la muñeca. Están en el corazón.
El joven se quedó pensativo. Preguntó cuánto debía.
— Por el arreglo, lo que tú creas justo. Por la lección… esa se paga viviendo distinto.
Semanas después, regresó. Traía en la mano el reloj de bolsillo.
— ¿Se descompuso?
— No, respondió con una sonrisa. Quiero quedármelo. Renuncié a mi trabajo. Abriré algo pequeño aquí. Quiero poder recoger a mi hija del colegio cada día.
El viejo le dijo:
— Ese reloj no se vende. Se hereda. Guárdalo. Algún día vas a entender que el tiempo más valioso es … el que estás presente cuando más te necesitan.
Ese invierno, el relojero falleció. En su testamento dejó su taller al joven, con una nota: “Para quien entendió que no se trata de arreglar relojes… sino de reparar la vida.”
Hoy, si pasas por esa tienda, verás un letrero que dice: “Aquí no vendemos tiempo. Solo te recordamos cómo vivirlo.”

Moraleja: A veces, lo que necesitamos no es que un reloj marque la hora perfecta… sino que nuestro corazón vuelva a marcar lo importante.

domingo, 20 de julio de 2025

El amor de la ratita y el burro

El burro se desmayó en el establo tras ser molido a palos por el granjero. Temblaba. Tenía los ojos en blanco.
Una ratita lo encontró así y corrió al bosque, recogió hierbas y preparó un té medicinal. Era pequeña, pero con esfuerzo arrastró una cáscara llena de té hasta él. Llegó jadeando, toda empapada.
Cuando el burrito despertó, la miró con desprecio y le gritó:
— ¡Lárgate! ¡No necesito tu caridad! ¡Sé curarme solo!
De un manotazo tiró el té. El líquido caliente le salpicó la cara. La ratita no dijo nada. Solo se fue con una sonrisa fingida… y, al llegar a su agujero, rompió en llanto.
Esa noche escuchó los quejidos del burro. Tenía fiebre. Y aunque le dolía el alma, arrastró su nido hasta el establo y se quedó a su lado.
Al día siguiente, el burro volvió a gritarle:
— ¡Te odio! ¡No quiero que estés aquí!
Y la golpeó con una coz. Herida, la ratita volvió a su agujero, en silencio.
Días después, fue cojeando hasta la casa de la cascada, donde vivía un sabio.
— Maestro… ¿Algún día el burro entenderá cuánto lo quiero?
El sabio la miró con ternura y le respondió:
—Lo sabrá… cuando escuche a alguien decir: “Cinco minutos para enterrarla.”
La ratita bajó en silencio. Pero ya no era la misma. Las heridas y los desprecios le habían roto el alma. Dejó de corretear, de sonreír… Y nunca más volvió al establo.
Pasaron los días y el burro empezó a notar su ausencia. Extrañaba el té, la sombra compartida, su compañía silenciosa. Y entonces pensó:
— ¿Y si fue mi culpa?
Un día, un ruiseñor se posó en la cerca lleno de tristeza:
— La ratita ha muerto. Están por enterrarla… ¿no vas a despedirte?
El burro corrió. Cada paso era una lágrima. Pero las que más dolían… eran las del arrepentimiento.
Ahí estaba ella. La que nunca se rindió. La que siempre estuvo. Solo que ahora… con las patitas cruzadas sobre el pecho, dentro del ataúd.
El sepulturero habló fuerte:
— ¡Cinco minutos para enterrarla!
Y esas palabras le apretaron el alma al burro. Se acercó llorando, se inclinó sobre ella y, entre llantos, dijo:
— Ella era buena… Siempre estuvo para mí. Yo la amaba… ¡Y no se lo dije a tiempo!
Cinco minutos de palabras… que ella nunca escuchó en vida. Pero justo antes de que la enterraran, algo inesperado pasó. La ratita abrió los ojos, se incorporó y le sonrió.
— Yo también te amo, burro. Y sí… tú eres todo eso que acabas de decir.
El burro la miró, entre coraje y alivio:
— ¡¿No estabas muerta?!
— No. Solo quería que me dieras… amor.
Él suspiró… y la abrazó. Como si quisiera recuperar todo el tiempo. Como si por fin entendiera lo que tenía.

Reflexión final:
A veces, el orgullo nos hace ciegos ante quienes nos aman de verdad. Creemos que siempre estarán allí, esperando… Hasta que un día ya no están, y lo único que queda es el silencio del arrepentimiento.
No esperes que la vida te enseñe con dolor lo que podrías entender con amor. No guardes palabras que podrían sanar. No ignores los gestos sencillos de quien te cuida sin esperar nada a cambio.
Un “te valoro”, un “me importas” o un simple “gracias por estar” pueden ser más poderosos de lo que imaginas. Porque quizás… esas palabras sean justo lo que alguien necesita para seguir adelante.
Di lo que sientes hoy. Abraza antes de que falten brazos. Ama sin reservas, mientras todavía hay tiempo.