jueves, 11 de junio de 2026

En tu nombre

              J. Mª R. Olaizola S.J.

En tu nombre recorreré caminos,
afrontaré tristezas, desvelaré misterios,
veré luz en la niebla, abrazaré motivos,
renunciaré a la guerra.
Pondré a rendir talentos, trabajaré la tierra
donde han de echar raíces tu cruz y tu promesa.
En tu nombre me opondré a la injusticia,
perdonaré las deudas,
palabras de ternura escribiré en la arena
daré la espalda al odio,
cinco panes, dos peces llevaré como ofrenda.
En tu nombre daré un salto al vacío,
amaré sin reservas saldré de laberintos, descubriré tu senda,
reiré como un niño sin miedo a la tormenta,
viviré el evangelio, me sentaré a tu mesa.

La Fabrica de Sueños

Hace muchos, muchos años, existió un hombre muy bueno que soñaba con realizar sueños ajenos. Desde pequeño, los sueños habían sido muy importantes para él. A medida que fue creciendo, se dio cuenta que a muchas personas les era dificultoso hacer realidad lo que soñaban y, lo que era peor, a muchos otros, les era imposible soñar.
Y entonces, soñó la manera de ayudar a la gente a concretar sus sueños, y como lo soñó con todo el corazón, lo hizo realidad. Con todos sus ahorros, construyó así la primera (y única) “Fábrica de sueños”.
Muchos dijeron que estaba loco, otros lo ayudaron a cumplir su meta. Trabajaron mucho y construyeron un edificio con muchas dependencias: “Sueños de grandeza”, “Sueños de gloria”, “Sueños sencillos”, “Sueños de amor”. En el último piso, atendida por su dueño, la oficina de los “Sueños Imposibles”.
A esta última costaba un poco llegar, pero se llegaba siempre porque para Mario, su dueño, no había ningún sueño que no se pudiera hacer realidad. Después de mucho trabajo, muchas críticas y algunos elogios, la fábrica se inauguró. Como de sueños se trataba, de esos que se sueñan despiertos, cada persona que entraba veía a la fábrica de diferente manera.
A quienes tenían sueños de grandeza, la fábrica les parecía el edificio más imponente que hubiesen visto jamás. Por el contrario, los que soñaban una vida simple, veían en ella sólo una simple construcción, cálida y agradable. Dicen que quienes soñaban con ser artistas, podían escuchar, al entrar, música que nadie tocaba y aplausos que nadie brindaba. Los que soñaban con un gran amor, aseguraban haber sido atendidos por un angelito que los guiaba con una flecha a su destino tan ansiado. Y como siempre se dijo que “soñar no cuesta nada”, Mario jamás cobró por sus servicios.
La fábrica trabajaba día y noche buscando amores correspondidos, teatros a sala llena con público que aplaudiera, o logrando –simplemente- un helado de siete sabores. Pero, sin duda, su mayor esfuerzo era enseñarles a las personas que para los sueños, también hay que trabajar y luchar.
Esta era la parte más difícil del trabajo de Mario. La gente llegaba a su fábrica creyendo que, con sólo expresar en voz alta su deseo, el sueño ya podría ser cumplido.
A un sueño, hay que ayudarlo –decía siempre Mario- hay que trabajar para lograr lo que uno desea y a veces, mucho -añadía a sus sorprendidos clientes.
Muchos no lo entendían y se retiraban de la fábrica enfadados y desilusionados. Por el contrario, quienes sí entendían de qué se trataba, trabajaban duramente por lograr su cometido.
Y así podía verse en cada oficina, personas estudiando mucho, entrenando, ensayando, reflexionando sobre sus defectos para poder hacer felices a otros. Magos que aprendían trucos sin trucos, payasos que ensayaban rutinas insólitas por lograr la risa más sonora que se hubiese escuchado jamás.
También había cocineros probando sabores nuevos, recetas locas, combinaciones exóticas, todo por lograr el plato ideal, la comida más rica jamás preparada. Había muchos escritores que borraban, volvían a escribir, hacían bolas de papel y todo en busca de su tan ansiado libro y otros, que soñaban con salvar el planeta, iban recolectando y reciclando todos los residuos que la fábrica generaba.
Fueron tiempos felices, donde la mayoría de la gente empezó a entender que un sueño no sólo se sueña, se construye, se defiende, se sostiene y luego se logra.
Dicen, quienes recuerdan aquellos tiempos, que mientras la fábrica estuvo abierta hubo menos robos y los noticieros daban más noticias buenas que malas. También aseguran que la gente enfermaba menos y médicos y enfermeras dedicaban el tiempo libre que tenían en concretar sus propios sueños.
Los ahorros de Mario se iban acabando, mucho había invertido y nada ganaba, sin embargo él no pensaba en eso y seguía adelante.
— Deberíamos empezar a cobrar ¿no le parece Mario? preguntaba Tomás, fiel colaborador.
— De ninguna manera ¡Cobrar por ayudar a cumplir un sueño! ¡Ni soñando!
— Las reservas se acaban, yo sé lo que le digo, insistió el joven.
Sin embargo, Mario hizo oídos sordos a lo que decía su colaborador. Era consciente que ya casi no había dinero para sostener la fábrica en marcha, pero su deseo de seguir ayudando pudo más.
Tomás trataba de ajustar lo más que podía el presupuesto, pero sabía que más temprano que tarde, el dinero se acabaría por completo.
— ¿Has visto Tomás? Esa joven ha encontrado el amor, comentó entusiasmado, un día Mario.
— No queda dinero en el banco, dijo el joven.
— A propósito, se ha recibido de doctor a Don Julio, a los setenta años.
— Me alegra señor, respondió el joven.
— Pues sonríe entonces ¿dónde está tu alegría?
— No hay dinero señor, no lo hay ¿cómo podremos seguir?
Mario no respondió. No toleraba la idea de perder la fábrica. Pero llegó el día tan temido. La fábrica cerró sus puertas. Mario no fue el único que sufrió la pérdida, pero si fue el que más perdió. Sentado en la puerta del gran edificio ya vacío, pensaba en que no había hecho las cosas bien y se culpaba por no haber escuchado a Tomás.
Comenzó a invadirle una gran sensación de fracaso. Al día siguiente de cerrar la fábrica, Tomás volvió a ella, sabiendo que encontraría a Mario, como siempre, como todos los días. Se sentó a su lado, en el umbral de la puerta. Mario no apartaba la mirada del suelo.
— He fracasado, dijo Mario sin mirar al joven.
— Ya lo veremos, respondió Tomás.
Mario no entendió las palabras de su amigo, pero no tardaría en hacerlo. Con el tiempo comenzó a darse cuenta que la mayoría de las personas habían aprendido que soñar era mucho más que desear algo. Vio que el fruto de su esfuerzo se reflejaba en niños sanos, amores correspondidos, aplausos sentidos y gente feliz. Se dio cuenta que, a pesar de que la fábrica tuvo que cerrar sus puertas, la gente no sólo no había dejado de soñar, sino que trabajaba con ahínco por lograr sus metas. No había sido en vano, no había soñado un sueño imposible. Había abierto en cada persona una puerta que ya no se cerraría.
Y entonces fue feliz, aún más de lo que había sido siempre.

lunes, 1 de junio de 2026

Lo tuyo es darte

             Javi Montes, SJ (rezandovoy)

Nos empeñamos en apropiarnos de todo
y nos quedamos solo con la frustración.
Queremos programar cada instante
pero la vida se nos escapa de las manos.
Nos gustaría conocerlo todo
y nos descubrimos los más ignorantes.
Soñamos con triunfar en cada proyecto
pero el fracaso nos devuelve a nuestro sitio.
Lo tuyo es dar, darte, sin calcular.
Lo nuestro es recibir, acoger, sin preguntar.
Solo me conozco al mirarme en Ti.
Eres el manantial del que todo brota,
donde veo la primera luz y empiezo a correr.
Eres el mar, donde todo acaba
hacia allá me dirijo, en Ti quiero descansar.

Los zapatos del jardinero

Un estudiante universitario salió un día a dar un paseo por los jardines del campus con un profesor, a quien los alumnos consideraban un buen amigo debido a su bondad para con todos. Mientras caminaban, vieron encima de un banco del jardín, un par de zapatos viejos y un abrigo. Supusieron que pertenecían al que trabajaba en el jardín y que estaría por terminar sus labores diarias.
El alumno dijo al profesor:
— Vamos a gastarle una broma. Escondamos los zapatos y ocultémonos detrás de esos arbustos para ver su cara cuando no los encuentre.
— Querido amigo -le dijo el profesor- nunca debemos divertirnos a expensas de los pobres. Tú eres rico y puedes darle una alegría a este hombre. Coloca una moneda en cada zapato y luego nos ocultaremos para ver cómo reacciona cuando las encuentre.
Eso hizo y ambos se ocultaron entre los arbustos cercanos. El hombre pobre, terminó sus tareas del día, y fue en busca de sus zapatos y su abrigo.
Una vez que se hubo puesto el abrigo, deslizó el pie derecho en un zapato, pero al sentir algo dentro, cogió el zapato con la mano para ver qué era, y encontró una moneda. Pasmado, se preguntó qué podía haber pasado. Miró a su alrededor, para todos lados, pero no se veía a nadie. Guardó la moneda en el bolsillo del abrigo y se puso el otro zapato. Su sorpresa fue doble al encontrar la otra moneda.
En ese momento cayó de rodillas y levantando los ojos al cielo pronunció una ferviente oración de agradecimiento en voz alta…; en ella se le oía hablar de su esposa enferma y de sus hijos que no tenían pan y que debido a una mano desconocida no morirían de hambre.
El estudiante quedó profundamente conmovido y se le llenaron los ojos de lágrimas.
— Ahora -dijo el profesor- ¿No estás más complacido que si le hubieras gastado una broma?
El joven respondió:
— Usted me ha enseñado una doble lección que jamás olvidaré: “Nunca es bueno reírse de los demás” y “es mejor dar que recibir”.

sábado, 30 de mayo de 2026

A la Virgen del Yugo


(Aniversario de su Coronación Canónica el 30 de Mayo de 2010)

Santa María, Virgen del Yugo,
acudimos a ti como Madre
para que sigas cuidando a todo el pueblo de Dios
que camina en las tierras de Navarra.
Danos fuerza para vivir la fe con ilusión y alegría.
Danos ardor para ser testigos del amor
de tu Hijo Jesucristo.
Danos ánimo para ser testigos de esperanza
y llevar la luz que Hijo nos concedió
el día de nuestro Bautismo.
Danos paz, unión y fraterna solidaridad.
Te lo pedimos a ti, Virgen del Yugo,
en Jesucristo tu Hijo. Amén.

(Francisco Pérez, Arzobispo Emérito de Pamplona-Tudela)

Las llamadas de mi madre

A las 6 de la mañana sonó mi teléfono. Era un número desconocido. Contesté con la voz dormida, sin imaginar que esa llamada iba a partir mi vida en dos.
— ¿Usted es el hijo de la señora…?
— Sí… soy yo.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio que todavía me persigue.
— Le llamamos del hospital… su madre ingresó anoche. Preguntó varias veces por usted.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
—¿Cómo está? -pregunté con la voz temblando.
La mujer del hospital respiró hondo… y dijo algo que jamás voy a olvidar:
— Antes de cerrar los ojos… dijo su nombre.
Sentí que el mundo se me cayó encima. Porque en ese momento recordé algo que me quemó el alma. Mi teléfono… estaba lleno de llamadas perdidas de ella. Llamadas que no contesté porque “estaba ocupado”. Porque “luego la llamo”. Porque “mañana que tendré tiempo”.
Mensajes que decían: “Hijo, solo quería saber cómo estás.” “Hijo, cuando tengas un momento llámame.” “Hijo, te echo de menos.” Y yo… yo siempre encontraba una excusa. El trabajo. El cansancio. La vida. Qué irónico. Tuve tiempo para todo… menos para la mujer que me dio la vida.
Salí corriendo al hospital con un nudo en la garganta. “Dios… que todavía esté viva… que todavía pueda decirle que la quiero.”
Pero cuando llegué… ya era tarde. Una enfermera me miró con esos ojos que lo dicen todo sin decir nada. Y entendí. Entré a la habitación. Ahí estaba mi madre… en silencio… como si estuviera dormida. Me acerqué… le tomé la mano que ya estaba fría… y por primera vez en mucho tiempo le hablé sin prisa.
— Mamá… ya estoy aquí contigo.
Pero ella… ya no podía escucharme. Y en ese momento entendí una verdad que me partió el alma: Las llamadas de una madre no duran para siempre. Un día… su teléfono deja de sonar. Y ese día… darías lo que fuera por escuchar una vez más su voz diciendo: “¿Hijo… cómo estás?”
Si tu madre todavía vive… no esperes a que el hospital sea quien te llame. Llámala tú primero.

jueves, 28 de mayo de 2026

Himno a Cristo Sumo y Eterno Sacerdote

Cantan tu gloria, Cristo Sacerdote,
los cielos y la tierra:
a ti que por amor te hiciste hombre
y al Padre como víctima te ofrendas.
Tu sacrificio nos abrió las puertas,
de par en par, del cielo;
ante el trono de Dios, es elocuente
tu holocausto en la cruz y tu silencio.
Todos los sacrificios de los hombres
quedaron abolidos:
todos eran figuras que anunciaban
al Sacerdote eterno, Jesucristo.
No te basta el morir, que quieres darnos
alimento de vida:
quedarte con nosotros y ofrecerte
sobre el altar: hacerte eucaristía.
Clavado en cruz nos miras, te miramos,
crece el amor, la entrega.
Al Padre, en el Espíritu, contigo,
eleva nuestro canto y nuestra ofrenda. Amén