jueves, 3 de septiembre de 2026

Con el Espíritu

     (Ignacio IV Hazin, patriarca de la Iglesia greco-ortodoxa de Antioquía)

Sin el Espíritu Santo, Dios está lejos,
Cristo permanece en el pasado,
el Evangelio es letra muerta,
la Iglesia una simple organización,
la autoridad sería dominación,
la misión una propaganda,
el culto una evocación
y el actuar cristiano una moral de esclavos.
Pero con la presencia del Espíritu,
el cosmos se eleva y gime en el parto del Reino,
Cristo resucitado está presente,
el Evangelio es potencia de vida,
la Iglesia significa la comunión trinitaria.
la autoridad es un servicio de liberación,
la misión es un Pentecostés,
la liturgia una memoria y anticipación,
el actuar humano se deifica.

El santo que bajó al Niño Jesús a un pozo

Existe una hermosa tradición sobre San Gerardo Majella que ha pasado de generación en generación y nos habla de una confianza extraordinaria en Dios.
En una ocasión, el superior del convento tuvo que salir y dejó a Gerardo al cuidado de las llaves. Mientras sacaba agua del pozo, las llaves resbalaron de sus manos y cayeron hasta el fondo.
Gerardo quedó muy preocupado. No sabía cómo recuperar aquello que le habían confiado.
Entonces fue a la capilla. Allí se arrodilló ante una imagen de la Virgen que sostenía al Niño Jesús y, con la sencillez de un niño, le dijo:
— “Jesús, tú las vas a sacar”.
Tomó cuidadosamente la pequeña imagen del Niño Jesús, la ató con una cuerda y la bajó lentamente al interior del pozo.
Los religiosos que presenciaban la escena no entendían lo que estaba haciendo.
La tradición cuenta que, cuando Gerardo comenzó a subir la cuerda, el Niño Jesús apareció con las llaves en una de sus pequeñas manos.
Más allá del carácter milagroso de esta tradición, su enseñanza permanece viva: San Gerardo confiaba en Dios antes de dejarse dominar por la angustia.
Y nosotros, con frecuencia, hacemos lo contrario. Primero calculamos, nos desesperamos, imaginamos todo lo que puede salir mal… y solo al final recurrimos al Señor.
Hoy quizá tú también tengas unas “llaves” en el fondo de un pozo: una deuda, un problema familiar, una decisión difícil o una preocupación que parece no tener solución.
Confiar en Dios no significa que Él resolverá todo exactamente como nosotros esperamos. Significa algo todavía más grande: que nunca tendremos que afrontar nuestras cargas sin Él.

martes, 1 de septiembre de 2026

Pedir, Buscar, Llamar

               José Mª Rodríguez Olaizola SJ

Sí, Señor, yo te pido el pan de cada día,
la paz en mis fronteras, la luz de tu palabra.
Pido que no me falte sencillez en los gestos,
cordura en el afecto, limpieza en la mirada.
Busco tu voz discreta que ni grita ni abruma,
tu presencia callada que todo lo transforma.
Voy buscando en mi entorno de tu paso las huellas,
de tu cruz las secuelas, de tu amor los reflejos.
Y llamo, sí, te llamo en los días felices
y en las noches oscuras.
Es tu nombre un tesoro que comparto, en voz baja,
sintiendo que al llamarte la bruma se disipa
y enciendes la esperanza.

La Pulga y El Piojo

Había una vez, en una granja muy alegre y llena de animales juguetones, dos amigos inseparables: una pulga saltarina llamada Pili y un piojo muy elegante llamado Papo. Pili tenía unas patitas traseras tan fuertes que podía saltar tan alto como quisiera, y Papo siempre llevaba un sombrerito negro imaginario y un bigote muy bien peinado.
Pili y Papo vivían en el lomo de un caballo llamado Perico. A los dos amigos les encantaba organizar fiestas todas las tardes, donde tocaban música con pajitas secas y bailaban al compás del viento.
Un día caluroso de verano, Perico el caballo se metió al establo para descansar, y el abuelo Juan, el granjero, trajo una tinaja gigante llena de agua tibia y jabón con olor a manzanas.
— ¡Hora del baño, Perico! -dijo el abuelo Juan con una gran sonrisa.
Al escuchar esto, Pili y Papo abrieron los ojos de par en par. ¡El agua y el jabón significaban que tenían que mudarse de lugar y rápido!
— ¡Aventureros a la carrera! -gritó Pili.
¡Plop! Pili dio un salto larguísimo y cayó sobre la crin brillante del caballo. Pero Papo, por andar presu-miendo de su sombrero, tropezó con un pelo y empezó a rodar cuesta abajo como una bola de nieve.
— ¡Auxilio, me caigo! -gimió Papo, dando vueltas hasta quedar atrapado dentro de una bota de goma vieja que estaba tirada en el suelo.
Pili, al ver que su mejor amigo no estaba con ella, detuvo su salto de inmediato. Sabía que en el equipo nadie se queda atrás. Así que preparó sus patitas, respiró hondo y... ¡zuum! Voló por los aires como un cohete diminuto, esquivó un balde de agua y aterrizó justo al borde de la bota.
— ¡No temas, Papo! Aquí estoy yo -dijo Pili dándole la pata.
Papo salió rodando de la bota, sacudiéndose el polvo y ajustándose el sombrero con una sonrisa de alivio. En ese momento, se dieron cuenta de que la bota estaba sobre una alfombra mágica de tréboles de cuatro hojas, un lugar súper seguro y divertido donde podían construir una nueva casita de juegos lejos de las burbujas de jabón.
Los dos amigos se abrazaron felices y aprendieron que, aunque los saltos largos y las carreras son divertidos, lo más valioso de cualquier aventura es tener un buen amigo que te ayude cuando te da un traspié. Desde entonces, en la granja se escuchaban las risas de Pili y Papo, explorando cada rincón juntos y demostrando que los amigos pequeños también pueden hacer grandes hazañas.

domingo, 30 de agosto de 2026

Otras cruces


Señor, dame la valentía de arriesgar la vida por ti,
el gozo desbordante de gastarme en tu servicio.

Dame, Señor, alas para volar
y pies para caminar al paso de las personas necesitadas;
y entrega para “dar la vida” desde la vida, la de cada día.

Infúndenos, Señor, el deseo de darnos y entregarnos,
de dejar la vida en el servicio a los débiles.

Señor, haznos constructores de tu vida, propagadores de tu reino,
ayúdanos a poner la tienda en medio de la humanidad,
para llevarles el tesoro de tu amor que salva.

Haznos, Señor, dóciles a tu Espíritu,
para ser conducidos a dar la vida desde la cruz,
desde la vida que brota cuando el grano muere en el surco.

A veces, también nosotros queremos enseñar a Dios
a hacer las cosas, como Pedro.
No nos dejamos sorprender por Jesús.

Enséñale a rugir

Una mujer caminaba sola por la selva, con el alma llena de dudas y miedos. De repente, frente a ella, apareció una leona.
Pero en lugar de lanzarse al ataque, la leona se acercó con calma.
— ¿Todo bien, mi chica? -preguntó la leona con una voz firme, pero llena de ternura.
La mujer, sorprendida, dio un paso atrás.
— Estoy embarazada... y tengo un miedo que no me suelta. Quiero proteger a mi criatura, que no sufra, que no le falte nada. Pero no sé si lo estoy haciendo bien.
La leona se sentó a su lado y la miró con esos ojos sabios que solo dan los años.
— Yo también soy mamá -dijo-. Y aunque la naturaleza a veces es pequeña, he aprendido algo muy importante: la sobreprotección solo cría debilidad.
Cuando mis cachorros nacen, los cuido con toda mi alma. Pero en cuanto crecen, dejo que se rocen con el mundo. No es porque no los quiera... al contrario, es porque los amo demasiado como para condenarlos a depender de mí para siempre.
La mujer escuchaba con el corazón en la mano.
— ¿Y si les pasa algo malo? ¿Y si los atacan?
La leona bajó la mirada un segundo.
— A veces pasa. A veces se caen y se dan sus buenos porrazos. Pero yo no puedo rugir por ellos. No puedo pasarme la vida cazando por ellos. Yo solo puedo enseñarles el camino. Pero el zarpazo, lo tienen que dar ellos solitos.
— ¿No te duele eso? -preguntó la mujer bajito.
— Cada vez que los veo fallar, el corazón se me encoge -respondió la leona-. Pero me dolería más verlos crecer sin fuerzas, inseguros, sin saber cómo rascarse con sus propias uñas. Mis cachorros tienen que entender que nada llega gratis. Hay que aprender a esforzarse el lomo y luchar.
— Entonces... ¿tengo que dejar que mi hijo se equivoque?
La leona se puso de pie y, antes de irse, le dijo:
— Deja que aprenda a rugir. No le quites la oportunidad de descubrir su propia fuerza. Quédate ahí cerquita, guíalo... pero no hagas todo por él. Los hijos no necesitan madres que los escondan del mundo, sino madres que los preparen para enfrentarlo.
La mujer se acarició la tripa con ternura. Y por primera vez -en lugar de solo querer proteger- le regaló a su hijo la libertad.
— Gracias, mamá leona.

Moraleja: Si quieres que tu hijo sea fuerte y afronte la vida con ganas, no lo encierres en una jaula de miedo. Enséñale a rugir. A caerse, a levantarse y a seguir luchando. A luchar por sus sueños. Porque el amor de verdad no es evitarle el dolor a toda costa... es enseñarle a tener coraje para aguantarlo y salir adelante.

viernes, 28 de agosto de 2026

Tarde te amé

         San Agustín,    en el día de su fiesta

¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!
Y ves que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba;
y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste.
Tú estabas conmigo mas yo no lo estaba contigo.
Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían.
Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera;
brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera;
exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti;
gusté de ti, y siento hambre y sed;
me tocaste, y me abrase en tu paz.