de Angel Arias
Casi todos los domingos, como todavía no había agua corriente en la casa del pueblo en donde pasábamos los tres meses de vacaciones, mi padre llevaba a los tres mayores al río, para disfrutar de un par de horas de distensión, chapoteando y haciendo aguadillas.
Había generalmente unas jóvenes lavando la ropa y, después de enjabonarla y aclararla bien, tendían las sábanas y ropa blanca sobre los matorrales junto a las piedras de la orilla, para que se secaran al sol.
Aquel día, mi padre trajo un objeto muy especial, con el que nos prometíamos la mejor diversión: una cámara interior de un neumático de camión, que inflamos con una bomba para bicicleta.
Era una gozada y, como era el mayor de mis hermanos, pronto me hice con la posesión del artilugio. Iba de acá para allá, teniéndolo por una barcaza a mi medida.
De pronto, me pareció que, desde la orilla, las mujeres que estaban lavando me gritaban algo. Al fin, entre aspavientos y gritos, entendí lo que querían decirme:
-¡Angelín, ten cuidado con los remolinos! ¡La corriente es muy peligrosa!.
En efecto, estirando el cuello por encima de mis piernas y levantando algo el culo embutido en el neumático para ver mejor, pude comprobar que, en mi estúpida distracción, llevado por la emoción, me había metido de hoz y coz en un fiero remolino, que me estaba llevando rio abajo hacia las rocas contra las que acabaría estrellándome en cuestión de segundos.
Guiado por el miedo más que por la pericia, abandoné de inmediato el flotador y no se si a brincos, brazadas o saltos de gigante sobre las piedras, llegué a la orilla. No pensaba más que en no perder de vista la rueda, por lo que corría, a todo meter, aunque no tardé en percatarme que nunca la alcanzaría.
Así que, resoplando y muy compungido por haber perdido la goma, desanduve el camino río arriba, encontrándome casi de bruces con mi padre que, sin haber visto el final de mi peripecia, temiendo que me hubiera ahogado, no sabía si llorar o reír.
Solo había yo empezado a balbucear mi excusa:
-Perdona, papá. No pude atrapar el neumático…
Me encontré con la bofetada que, sin poder contenerse, mi padre me propinó, al tiempo que explotaba en un exabrupto. Creo que nunca había visto a mi padre tan enfadado y, fue la única vez que me pegó.
-¡Vaya susto me has dado! La rueda no vale nada. Lo que temí rato haberte perdido para siempre.
Nos abrazamos llorando, para reencontrarnos con el resto de la familia y las lavanderas, que se alegraron mucho de volver a verme.