miércoles, 5 de agosto de 2026

Aquí estoy, Señor

Aquí estoy, porque me has llamado, Señor.
Aquí estoy, para entrar en tu proyecto
y hacerlo carne en mi vida.
Aquí estoy, Señor Jesús,
quiero aceptar tu plan con riesgo
y lanzarme a tu programa de vida,
en tu manera de vivir para alumbrar vida.
Aquí estoy, Señor Jesús,
para cumplir tu voluntad,
la misma que tú cumpliste en la llamada del Padre.
Aquí estoy, en Comunión
para hacer de mi existencia
llama que no se apague.
Quiero ser, Señor Jesús, como la arcilla en tus manos.
Me pongo en tus manos, Señor de mi vida
para que se realice tu obra.
Tú estás presente
en la fuerza de tu Espíritu que hermana a los hombres
que se olvidan de sus cosas y se dan sin recibir nada.
Tú estás presente, Señor, en tu espíritu.
Tú caminas conmigo. Amén.

Las dos ranas

Sucedió una vez que dos ranitas salieron a dar un paseo. Como hacían a menudo, recorrían los prados que rodeaban su charca saltando alegremente. Hasta que un día sucedió algo inesperado: tras un salto largo cayeron dentro de un balde que el vaquero había olvidado cerca del establo y que aún guardaba bastante leche.
Al principio las ranitas no comprendían qué había sucedido, incluso encontraban divertida la situación. Pero pronto se dieron cuenta que aquello se estaba convirtiendo en una trampa: por mucho que se esforzaban por salir del cubo, las paredes metálicas eran demasiado lisas y el borde quedaba demasiado alto. Y así lo único que podían hacer era nadar y nadar para no ahogarse en la leche.
Pero el tiempo pasaba y el cansancio se apoderaba de ellas.
— ¿Te has dado cuenta de que nunca vamos a salir de aquí?, le dijo la ranita mayor a la más joven. Nuestras patas no podrán soportarlo mucho tiempo y nunca saldremos de ésta. Moriremos aquí.
— No importa, respondió la otra ranita. No podemos hacer otra cosa que nadar. Nada y no te lamentes. Conserva tus fuerzas.
Y las ranitas siguieron nadando y nadando y nadando sin descanso. Al cabo de un buen rato, la ranita mayor volvió a quejarse:
— Nunca saldremos de aquí, éste será nuestro final. Me duelen las ancas y ya casi me es imposible seguir nadando. En verdad ha llegado nuestro fin.
A lo que la ranita pequeña respondió:
— Nada y calla; no pierdas la esperanza. Simplemente confía y sigue luchando.
Y así siguieron, nadando y nadando; pero el tiempo pasaba y sus fuerzas menguaban, pues no paraban de dar vueltas, una detrás de la otra, concentradas en el movimiento de sus patitas y en mantener la cabeza fuera del líquido.
— No puedo más, volvió a quejarse la ranita mayor, De verdad te digo que ya no puedo más. Ya no siento las ancas, ya no sé si las muevo o no. No veo bien y no sé hacia dónde me muevo. Ya no sé nada.
— Continúa nadando, replicó la otra ranita. No importa cómo te sientas, no pienses siquiera en ello. Sigue adelante, continúa.
Sacaron fuerza de flaqueza y siguieron nadando y nadando. Por poco tiempo, pues la rana mayor pronto cejó en el empeño y con apenas un aliento de voz susurró:
— Es inútil. No tiene ningún sentido seguir luchando. No entiendo qué estamos haciendo, por qué he de seguir nadando. Nunca podremos escapar.
— ¡Sigue nadando! ¡No te rindas!
Y aún reunieron fuerzas para nadar unos instantes más, hasta que la ranita mayor, extenuada, abandonó y murió ahogada. Y también la ranita más joven sintió la tentación de abandonar la lucha, de dejarse vencer y acabar con aquello, pero siguió nadando y nadando mientras se repetía a sí misma: Nada, nada. Un poco más, sólo un poco más. Continúa nadando. ¡Nada! ¡Nada!
Pero el tiempo pasaba y la ranita se sentía cada vez más débil. Le dolían las ancas, todo el cuerpo le dolía, pero ella seguía nadando, nadando, moviendo sin cesar sus pequeñas extremidades.
Y de pronto sucedió algo sorprendente. Bajo sus patitas empezó a notar algo sólido, así que reunió las últimas fuerzas que le quedaban, se apoyó en aquella masa y saltó… justo por encima del borde del balde, para ir a parar a la seguridad del prado.
¡Con el movimiento continuo de sus patas la leche había empezado a convertirse en mantequilla! Y la consistencia de la mantequilla le había ofrecido un punto de apoyo desde el que saltar.

Gracias a la perseverancia en su esfuerzo y a que no se había dejado derrotar por el cansancio o el sin sentido, había sido capaz de transformar una situación terrible en una ocasión de liberación. En los momentos más difíciles lo único que no podemos perder es la esperanza. Si pones tu corazón en tu propósito, ningún esfuerzo te parecerá difícil.

domingo, 2 de agosto de 2026

Sed

            José María R. Olaizola, sj

Danos el agua que colma sin ahogar,
que limpia las entrañas
empapa el corazón,
y acuna en lo yermo la vida.
Danos tu pan, que sacia sin hartar
y restaura las fuerzas gastadas;
pan que alimenta la acogida,
el encuentro y la fiesta
al partirse en mesa de hermanos.
Danos tu espíritu que habla sin grito,
hace audaz al cobarde y libera al cautivo
cuando inspira justicia, libertad, paz.
Danos tu verdad que seduce sin trampa,
que hace sabio al pequeño
y hace sencillo al sabio,
al afirmar un amor invencible.
En agua, pan y amor inquieto,
en espíritu y verdad.
Tenemos sed de ti, Señor.

Gatos del Mundo

Mi padre tiene 68 años. Vive en una pequeña casa de campo en un tranquilo suburbio a las afueras de Cleveland. Tiene el mismo gato desde hace nueve años: un gato atigrado naranja con sobrepeso llamado Clyde, que casi siempre duerme en el sillón reclinable y nunca ha hecho nada extraordinario en su vida.
Un martes por la tarde del pasado marzo, mi padre estaba solo en casa. Mi madre estaba en el supermercado. Él estaba sentado en su sillón reclinable viendo las noticias cuando sufrió el derrame cerebral. Perdió el conocimiento y se desplomó de lado en la silla.
Clyde dormía en el sofá al otro lado de la habitación.
Mi madre encontró a mi padre cuarenta y cinco minutos después, cuando regresó a casa con la compra. Seguía inconsciente en el sillón reclinable. Clyde estaba de pie sobre su pecho, lamiéndole la cara. No con delicadeza. Mi madre contó que el gato le lamía con agresividad: lamidas ásperas, persistentes y centradas en la mejilla, la frente y los ojos cerrados. La cara de mi padre estaba roja e irritada.
El médico que llegó le dijo a mi madre que, en casos de ictus en los que la persona está sola e inconsciente, la estimulación física continua en la cara y la cabeza puede ayudar a mantener cierto nivel de respuesta neurológica. Dijo que no podía hacer una afirmación médica sobre las acciones del gato, pero añadió:
— «Cuarenta y cinco minutos es mucho tiempo estando inconsciente sin estimulación. Una hora más y estaríamos teniendo una conversación muy diferente».
Mi padre pasó cuatro días en el hospital. Tuvo parálisis en el lado izquierdo durante varias semanas. Hizo fisioterapia durante todo el verano. Ahora está recuperado en un 90 %. Conduce. Pasea por el barrio. Ve las noticias en su sillón reclinable todas las tardes.
Clyde sigue durmiendo en el sofá al otro lado de la habitación. No ha vuelto a hacer nada parecido desde entonces. Ha regresado a ser un gato completamente normal que suelta pelo por todas partes y tira las tazas de la encimera.
Pero cuando mi madre entró aquel martes, las patas de Clyde estaban mojadas. El veterinario explicó que las almohadillas de las patas de los gatos pueden producir humedad bajo estrés extremo; es una respuesta de sudoración que solo se produce cuando el organismo del gato está angustiado. Ese gato sabía que algo iba mal. No se estaba acicalando, ni siendo cariñoso. Estaba trabajando durante cuarenta y cinco minutos, sobre el pecho de un hombre que no respondía.
Mi padre no habla mucho de ello. No es sentimental con los animales. Él alimenta a Clyde y lo deja sentarse en el sillón reclinable cuando no lo usa, y ahí termina toda su relación.
Pero la semana pasada lo visité y noté algo que nunca había visto. Mi padre estaba dormido en el sillón reclinable. Clyde estaba sobre su pecho. La mano de mi padre descansaba sobre el lomo del gato.
Le pregunté a mi madre cuándo empezó todo esto. Me dijo que el día que regresó del hospital.
Él no lo admite. Pero lo sabe. Todos lo sabemos.

viernes, 31 de julio de 2026

Himno a San Ignacio de Loyola

        Patrono de Guipúzcoa

Desde el solio do reinas gozoso, mira, Ignacio, a tus hijos guerreros;
De tu nombre y tu celo herederos, solo anhelan vencer o morir.
De Jesús tú les muestras la enseña, a la lid los convidas valiente,
Y tu mano corona su frente que el peligro jamás anubló.
Cada paso les cuesta un combate; cada día encrudece la guerra:
Con su sangre conquistan la tierra do tu voz inmortal los llamó.
Fuerte acero sus diestras empuñan; de Jesús el emblema sagrado
Entre rayos de luz esmaltado brilla, hermoso, en el aúreo broquel.
Gloria cantan sus voces alegres, y la gloria enardece sus almas;
solo ansían ganar nuevas palmas; solo ansían celeste laurel.
Acometen de nuevo con brío; sucumbir en la lid es su gloria;
y al gritar en su campo ¡victoria! se renueva en su pecho el ardor.
Tu escuadrón no abandones, Ignacio; seas siempre su norte y su guía,
En él crezca la noble porfía, que en sus pechos engendra el amor.
Cuando ruja la fiera tormenta, negro el cielo, los astros sangrientos,
ronco el mar, encontrados los vientos, ven ¡oh Padre! tu nave a salvar.
Con tu manto cobija tus hijos, dales fuerza, valor y consuelo;
haz que logren tu triunfo en el cielo victoriosos por siempre cantar.

El árbol de los problemas

El carpintero que había contratado para ayudarme a reparar una vieja granja, acababa de finalizar un duro primer día de trabajo. Su sierra eléctrica se estropeó y le hizo perder una hora de trabajo y ahora su viejo camión se negó a arrancar.
Mientras le llevaba a su casa, se sentó en silencio. Cuando llegamos, me invitó a conocer a su familia.
Mientras nos dirigíamos a la puerta de su casa, se detuvo brevemente frente a un árbol, tocando las puntas de las ramas con ambas manos. Cuando se abrió la puerta, el rostro de aquel hombre se transformó, sonrió, abrazó a sus dos hijos pequeños y le dio un beso a su esposa. Luego me acompañó hasta el coche.
Cuando pasamos cerca del árbol, sentí curiosidad y le pregunté por lo que había hecho un rato antes.
— "Oh, ese es mi árbol de problemas, contestó. Sé que no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los problemas no pertenecen a la casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así que simplemente los cuelgo en el árbol cada noche cuando llego a casa. Luego, a la mañana siguiente, los recojo otra vez. Lo bueno es -concluyó sonriendo- que cuando salgo por la mañana a recogerlos, no hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior".

jueves, 30 de julio de 2026

Me llamaste ‘amigo’

          José María R. Olaizola, SJ

Tú me buscabas a mí. Yo buscaba respuestas.
Te pedí un horizonte, huellas en el mapa,
instrucciones claras.
Esperaba plazos, señas, objetivos.
Tenía miedo de no saber,
de no poder, de no llegar.
Reclamaba un equipaje
que me diera seguridad,
una ruta que prometiera llegadas.
Exigía garantías, condiciones tolerables.
Me llamaste 'amigo'.
Y en esa palabra desmontaste agobios,
rompiste exigencias, callaste temores.
Tú eras la respuesta, el plazo, la ofrenda.
Tú eras el camino, y la única meta.
Sin más condiciones. No dándome nada
de lo que pedía, me lo diste todo.