miércoles, 18 de febrero de 2026

Oración para el Miércoles de Ceniza

Señor Jesús:

Como tu pueblo elegido recibimos la ceniza
como señal de arrepentimiento, dolor y penitencia,
concédenos que al recibirla hoy en el inicio de la Cuaresma,
exprese nuestro deseo de conversión,
nuestro compromiso para apartarnos del pecado,
reconciliarnos contigo y crecer en la fe, esperanza y amor,
a través de los caminos que ofrece la Iglesia:
 "oración", para dialogar a diario contigo, nuestro amigo,
"caridad," para estar atentos a los otros y ayudarlos en su necesidad,
"ayuno y abstinencia" para aprender a dominarnos
y a privarnos de bienes para compartirlos con los demás.
Que en nuestro camino cuaresmal tu Palabra sea nuestra luz,
y la Eucaristía el alimento que fortalezca nuestro corazón
para acompañarte hasta la cruz
y llegar a la Pascua para celebrar contigo la Resurrección.

El sucesor del rey

                    José Martínez Colín | Catholic.net

Érase una vez un rey que vivía bien su fe cristiana y no tenía hijos. Por ello, envió a sus heraldos a colocar un anuncio en todos los pueblos diciendo que cualquier joven que reuniera los requisitos para aspirar a ser el sucesor al trono, debería entrevistarse con el Rey. Pero debía cumplir dos requisitos: Amar a Dios y a su prójimo.
En una aldea lejana, un joven huérfano leyó el anuncio real. Su abuelo, que lo conocía bien, no dudó en animarlo a presentarse, pues sabía que cumplía los requisitos, pues amaba a Dios y a todos en la aldea. Pero era tan pobre que no contaba con vestimentas dignas, ni con dinero para las provisiones de tan largo viaje.
Su abuelo lo animó a trabajar y el joven así lo hizo. Ahorró al máximo sus gastos y cuando tuvo una cantidad suficiente, vendió sus escasas pertenencias, compró ropas finas, algunas joyas y emprendió el viaje. Al final del viaje, casi sin dinero, se le acercó un pobre limosnero. Tiritando de frío, vestido de harapos, imploraba:
“Estoy hambriento y tengo frío, por favor ayúdeme...”
El joven, conmovido, de inmediato se deshizo de sus ropas nuevas y abrigadas y se puso los harapos del limosnero. Sin pensarlo dos veces le dio también parte de las provisiones que llevaba.
Cruzando los umbrales de la ciudad, una mujer con dos niños sucios, le suplicó:
“¡Mis niños tienen hambre y yo no tengo trabajo!”
Sin pensarlo dos veces, le dio su anillo y su cadena de oro, junto con el resto de las provisiones.
Entonces, en forma titubeante, llegó al castillo vestido con harapos y sin provisiones para el regreso. Un asistente del Rey lo llevó a un grande y lujoso salón donde estaba el rey. Cuál no sería su sorpresa cuando alzó los ojos y se encontró con los del Rey. Atónito dijo:
“¡Usted... usted! ¡Usted es el limosnero que estaba a la vera del camino!”
En ese instante entró una criada y dos niños trayéndole agua, para que se lavara y saciara su sed. Su sorpresa fue también mayúscula:
“¡Ustedes también! ¡Ustedes estaban en la puerta de la ciudad!”
El Soberano sonriendo dijo: “Sí, yo era ese limosnero, y mi criada y sus niños también estuvieron allí”.
El joven tartamudeó:
“Pero... pe... pero... ¡usted es el Rey! ¿Por qué me hizo eso?”
El monarca contestó: “Porque necesitaba descubrir si tus intenciones eran auténticas frente a tu amor a Dios y a tu prójimo. Sabía que, si me acercaba a ti como Rey, podrías fingir y no sabría realmente lo que hay en tu corazón. Como limosnero, no sólo descubrí que de verdad amas a Dios y a tu prójimo, sino que eres el único en haber pasado la prueba. ¡Tú serás mi heredero! --sentenció el Rey-- ¡Tú heredaras mi reino!”.

viernes, 13 de febrero de 2026

Una semilla con tu nombre

                 Patxi Loidi 

Tú eres, Jesús, la primera semilla del reino de Dios.
Tú eres el primer árbol, la primera levadura.
El reino de Dios viene contigo.
Si tengo fe, yo también seré reino de Dios.
Y creceré. Y tendré sitio para todos los que vengan.
Y fermentaré. Y haré transformarse a todos los que encuentre.
Crecerá en la oscuridad tu semilla dentro de mí, ¡con toda seguridad!
Y crecerá en mis compañeros.
Y sembraremos, todos juntos, contigo, una semilla;
una semilla con tu nombre en el campo del mundo.
Y será la tierra, por nosotros,
un poco más que antes, el reino de Dios.

El Espejo

                     Anónimo japonés

Un joven samurái vivía junto a su esposa e hija en una casa muy humilde, de una manera sobria y sin lujos. La mujer era tímida, no muy sociable y de pocas palabras.
Un día ese samurái tuvo que ir a la ciudad a saludar al rey y pasó por un mercado y con alguno de sus ahorros compró dos regalos: una muñeca para su hija y un espejito de mano para su amada mujer. Ella nunca había tenido uno.
Tremenda fue su sorpresa cuando se vio en el espejo. No sabía lo que era y extrañada le preguntó a su marido:
— Y esta mujer tan linda ¿quién es?
—¿Cómo qué quién es? ¡Eres tú! ¡Es tu reflejo! La mujer avergonzada por su ignorancia, escondió el espejo en un cajón de un ropero y decidió dejarlo allí para que no se rompiera. Era un regalo delicado lleno de amor de su marido.
Pasaron los años, un día la mujer enfermó gravemente y llamó a su hija para despedirse antes de su muerte. Le dijo:
— Cuando muera quiero que saques un objeto del cajón del ropero. Al mirarte en él, ¡me verás!
La mujer murió. La hija, recordando sus palabras, sacó el espejo del cajón, y al mirarse, vio a una mujer joven y muy linda, que se reía con ella… Todos los días miraba el espejo, y le dedicaba bellas y tiernas palabras. Un día, su padre la descubrió hablando con el espejo:
— ¿Qué haces, hija mía? -le preguntó su padre.
– Mira papá… ¡Es la mamá! Sonríe cuando yo sonrío. Está aquí con nosotros. Está muy linda y sigue joven…

miércoles, 11 de febrero de 2026

¡Dios te ama siempre!

                Me gustó mucho

Dios te ama,
aunque a veces te sientas lejos, aunque dudes,
aunque el corazón se canse de esperar respuestas.
Eres su ovejita,
no porque seas débil, sino porque eres valiosa.
Porque, incluso cuando te alejas del camino,
Él no deja de buscarte,
no se olvida de tu nombre, no se cansa de llamarte.
Hay días en los que te sientes sola,
incomprendida, pequeña frente al mundo.
Pero en lo invisible, en lo que no se ve,
hay un amor que no te abandona,
unos brazos que no se cierran,
una voz que te guía en silencio.
Dios no te ama solo cuando eres fuerte,
te ama también cuando lloras,
cuando dudas, cuando te sientes perdida.
Porque una ovejita puede extraviarse,
pero nunca deja de ser amada.
Y aunque no lo entiendas ahora,
cada paso que das, cada caída, cada lágrima,
Él la convierte en camino.

Pablo y su gato

                Braedon Smith

Me llamo Pablo. Y todo empezó el martes antes de Navidad. Yo estaba en mi sillón, con el móvil en la mano, mirando el chat familiar como si, entre dos emojis, fuera a aparecer por fin un “voy para allá”.
“Lo siento, papá”, escribió mi hijo Álvaro. “Estamos con los suegros por las fiestas. Hablamos el 24, ¿vale?” Unos segundos después, mi hija Claudia: “Papá, voy desbordada. Imposible escaparme. ¿Después de Navidad?”
Apagué la pantalla y miré la silla de enfrente.
No estaba realmente vacía. Allí estaba Pino, un gato de cuatro años. Un nubarrón pelirrojo, enorme, con esa dignidad tranquila que te hace pensar que él pone las normas de la casa. Se sentó con las patas bien colocadas y me miró con sus ojos color ámbar como si entendiera todo: la decepción, la soledad, ese sabor amargo que uno se traga sin hacer ruido.
— Bueno… pues seremos dos -murmuré.
Pino ni parpadeó. Soltó un trino corto, su manera de decir: estoy aquí.
Dos noches después me desperté con la garganta seca. Solo quería un vaso de agua. No encendí la luz. Conozco este piso desde hace quince años.
Pero no vi el agua. Una fuga junto al radiador. El talón resbaló. Las piernas se me fueron. Caí sobre la cadera derecha con un crujido grande.
El dolor me cortó el aire: seco, cegador. Intenté incorporarme, pero el cuerpo no me obedecía. Me agarré al suelo como si pudiera pegarme otra vez, como si eso fuera suficiente.
— ¡Ayuda…! -me salió apenas.
Las paredes son gruesas. Y la mayoría de la gente duerme. El móvil estaba en la mesilla, en el dormitorio. Tres metros. Una distancia imposible.
El frío me entró en los huesos. Empecé a temblar, y luego a temblar demasiado fuerte, y ese temblor dolía casi tanto como la cadera. Sentía la cabeza irse, volver, irse… como una lámpara que parpadea.
Pensé en mis hijos. Me dije que solo se preocuparían si yo no contestaba el 24. Y aun así… lo achacarían al cansancio, a “cosas de la edad”, a un viejo que “estará durmiendo”.
Entonces noté un peso sobre el pecho: mi gato Pino. Se subió sobre mí sin dudarlo. Pegó todo su cuerpo caliente contra el mío, pesado, firme, y me acercó la cola al cuello, como si me pusiera una bufanda.
Y empezó a ronronear. Un ronroneo profundo, vibrante. Un motor. Una presencia. Me estaba dando calor. Como si hubiera entendido que, el frío era intenso.
No sé cuánto tiempo estuve así. Cuando recuperé un poco de conciencia estaba amaneciendo. Tenía los labios secos. Los pensamientos, espesos.
Pino se incorporó de golpe. Me olfateó la nariz. Y en su mirada había algo inquieto. Saltó al suelo. Oí sus patas correr, rápidas, decididas. Hacia la puerta de entrada. Y soltó un grito que no le había oído jamás.
No fue un maullido. Fue un aullido ronco, profundo, casi huma no. Se lanzó contra la puerta con todo su peso, arañó abajo, volvió a hacerlo. Golpe. Uñas. Aullido. Una y otra vez. Otra vez.
— Estuve a punto de ignorarlo -me contó Isabel, la vecina de enfrente-. Piensas… “un gato hace ruido”.
Pero se detuvo, ¿por qué grita Pino? Era como si pidiera auxilio.
Isabel llamó a mi puerta. Primero suave. Luego más fuerte.
— ¿Don Pablo? ¿Todo bien?
Pino oyó su voz y redobló los golpes. Arañaba justo en la parte baja, como diciendo: es aquí, es aquí.
Isabel llamó a emergencias. Fue a buscar las llaves para poder abrir. Pino no salió corriendo. Echó a correr por el pasillo, hacia mí, y se plantó junto a mi, vigilante.
En urgencias la enfermera Rojas, me habló con esa dulzura firme que no se olvida.
— Don Pablo, hay que estabilizar la cadera. Luego habrá que organizar ayuda para cuando vuelva a casa. ¿Podemos llamar a algún familiar?
Cogí el móvil. Me temblaban los dedos. Llamé a Álvaro. Buzón. Llamé a Claudia. Contestó sin aliento.
— ¿Papá? No puedo hablar mucho, entro a una reunión… ¿qué pasa?
— Me… me he caído. Estoy en el hospital.
Un silencio. Y luego:
— Dios mío… ¿estás bien?
— No mucho.
— Dime en qué hospital estás -dijo rápido-. Llamo a Álvaro. Pero hoy no puedo ir. Te llamo en cuanto pueda. Un beso.
Y colgó. Bajé el móvil. La señora Rojas me miró con esa comprensión que duele más que la pena.
— No hay nadie -susurré.
— Sí hay -dijo una voz desde la puerta-. Estoy yo.
Isabel estaba allí, todavía con la ropa del trabajo, un vaso de café en la mano. Había seguido a la ambulancia. Había esperado.
— Soy su vecina -dijo-. Tengo copia de sus llaves. Me ocupo del gato cuando él se va. Puedo ayudar a organizar la vuelta a casa.
Más tarde mi hijo devolvió la llamada. Hablaba alto, como si yo estuviera lejos.
— Papá, dicen que estás bien. Menos mal. Pero hay que pensar… tu piso es peligroso. Y, sinceramente, un gato puede ser un riesgo. Podríamos llevarlo a casa de alguien, mientras te recuperas. ¿No te caíste por culpa de él?
Quise responder. Isabel lo hizo por mí, solo con una frialdad limpia.
— Hola, Álvaro. Soy Isabel, la vecina. Su padre no se cayó por el gato. Resbaló por agua. Y durante seis horas Pino se quedó encima de él para darle calor. Después aulló hasta que yo abrí. Aún tiene la voz rota.
Silencio.
— Si tiene que preocuparse -añadió Isabel-, no es por el gato.
Y colgó.
Dos días después, Isabel me llevó de vuelta a casa. El trayecto hasta la puerta fue una aventura con el andador. Y cuando abrió, vi un relámpago rojizo. Pino.
No se me echó encima. Me rodeó despacio, me rozó la mejilla contra una rueda de plástico, como comprobando que no me dolía. Soltó un sonido pequeño y áspero: la voz todavía no le había vuelto.
Me dejé caer en el sillón, agotado. Isabel puso agua a calentar, ordenó mis papeles, alineó mis pastillas como si fuera lo más normal del mundo. Pino se subió a la mesita y luego al brazo del sillón. Me apoyó una pata sobre la mano. No pedía nada. Solo comprobaba que yo estaba allí.
El móvil vibró. Un mensaje de Claudia: “Te mandamos flores. Perdón por no poder ir.”
Miré a Isabel, que unos días antes no era nadie para mí. Miré a Pino, que se dejó la voz para que yo no perdiera la mía.
Y ese día entendí algo sencillo y terrible: Uno cree que la familia es automática. Por la sangre. Por la costumbre. Por las fechas. Pero el amor no es quien promete cuando la mesa está llena. El amor es quien se queda cuando estás roto sobre el suelo frío. A veces, el corazón más fiel de tu vida no lleva tu apellido. No habla tu idioma. Camina sobre cuatro patas. Y aúlla hasta que la puerta se abre.

domingo, 8 de febrero de 2026

Tiene sólo nuestras manos

 

Jesús, no tienes manos.
Tienes sólo nuestras manos
para construir un mundo donde reine la justicia.
Jesús, no tienes pies.
Tienes sólo nuestros pies
para poner en marcha la libertad y el amor.
Jesús, no tienes labios.
Tienes sólo nuestros labios
para anunciar al mundo la Buena Noticia de los pobres.
Jesús, no tienes medios.
Tienes sólo nuestra acción
para lograr que todos seamos hermanos.
Jesús, nosotros somos tu Evangelio,
el único Evangelio que la gente puede leer,
si nuestras vidas son obras y palabras eficaces.
Jesús, danos tu amor y tu fuerza
para proseguir tu causa
y darte a conocer a todos cuantos podamos.