sábado, 19 de septiembre de 2026

Porque es eterno su amor

          Salmo 136

Dad gracias al Señor, porque es bueno:
porque es eterno su amor.
Dios perdonó mi debilidad:
porque es eterno su amor.
Y me liberó de la oscuridad:
porque es eterno su amor.
Con mano poderosa, con brazo fuerte:
porque es eterno su amor.
Dios me ofrece su gracia:
porque es eterno su amor.
Dios creó en mí una nueva esperanza:
porque es eterno su amor.
Y me llamó a una nueva vida:
porque es eterno su amor.
En nuestra humillación se acordó de nosotros:
porque es eterno su amor.
Y nos libró de nuestros opresores:
porque es eterno su amor.
El da alimento a todo viviente:
porque es eterno su amor.
Dad gracias al Dios del cielo:
porque es eterno su amor.

Otra leyenda del árbol Baobad

En un paraje muy lejano de África, hace muchísimo tiempo, vivía una familia de conejos muy pobres y papá conejo se ganaba la vida como podía para llegar por la noche a casa con solo unas cuantas monedas. Mamá preparaba la comida para sus hijos con unas pocas patatas y en una cocina demasiado vieja. Cierto día, papá conejo se cansó de tanto caminar por el caluroso desierto y se tumbó a descansar bajo la sombra de un árbol grueso y de enormes ramas.
— ¡Oh, qué buena sombra da este árbol! -dijo el conejo- creo que descansaré un rato, hace mucho calor y no he almorzado todavía.
El conejo ahí tumbado comenzó a lamentar su suerte. Empezó por maldecir al sol que tanto le quemaba, a la arena que siempre se le metía entre las patas y a la lluvia por inundar su aldea. Cuando de pronto, el robusto árbol sobre el cual él estaba empezó a hablarle con una voz muy dulce.
— Amigo conejo, ¿Por qué te lamentas de tu suerte?, ¿Acaso no estás contento con cómo eres?- Replicó el árbol
— Vaya, qué triste y desdichada es mi vida. Si tan solo pudiera ser un árbol como tú… ¡Claro!, todo el día quieto, sin tener que trabajar, tan solo estiras tus hojas y recibes el alimento del sol y de la lluvia. ¡Qué más se podría pedir! -se lamentaba el conejo- En cambio yo tengo que trabajar muy duro para darle de comer a mis hijos… ¡Qué triste es mi vida!
El árbol se puso muy triste al escuchar las palabras del conejo y le dijo con su melodiosa voz
— ¿Sabes?, soy un Baobab, y, a pesar de que nunca hablo con los animales, me has conmovido amigo conejo
Al oír estas palabras, el conejo se puso de pie y miró al árbol de arriba abajo. El conejo no se había percatado de que aquel árbol era un baobab, y sabía lo que decían todos sobre el baobab: “El baobab guarda muchas riquezas en su corazón, pero son pocas las personas que logran descubrir tal tesoro”. Por esto, papá conejo se asustó mucho y se arrodilló ante el baobab.
— Perdóneme señor Baobab por maldecir a la naturaleza, le prometo que no volveré a quejarme de mi suerte, solo déjeme ir y seguiré trabajando firme para no tener que lamentarme por lo que soy -dijo el conejo mientras se disponía a seguir con su trabajo.
— Espera un momento amigo conejo, no te vayas aún…
De pronto, el baobab estiró sus ramas y el corazón que tenía entre ellas quedó al descubierto. Papá conejo se quedó asombrado, pero a la vez temeroso de que el baobab le hiciera daño por hablar mal de la naturaleza. El baobab dio un suspiro de gozo y el corazón del baobab se abrió lentamente y comenzó a descubrir todo lo que tenía en su interior: joyas, diamantes, monedas de oro, perlas, rubíes, piedras preciosas, telas finas, etc. Papá conejo se quedó asombrado y el baobab le dijo con voz tierna:
— Coge lo que quieras, acepta esta ayuda que quiero ofrecerte mi buen amigo.
El conejo, muy agradecido, cogió lo que cabía entre sus manos y se marchó muy contento después de darle las gracias al baobab por su generosidad.
Al llegar a su casa, le contó a su familia lo que le había sucedido y, por fin, pudieron cambiar de forma de vida. Papá conejo iba en coche al trabajo, vestía elegantemente. Mamá usaba ropas finas, podía cocinar ricas comidas para sus hijos y llevaba un collar de perlas a las reuniones con sus amigas. En una de esas reuniones la señora hiena sintió mucha envidia las riquezas de mamá conejo y al llegar a casa, le exigió a su marido que también le comprase a ella un collar de perlas, un coche y todas las cosas que el marido de mamá coneja le había comprado a ésta.
El señor hiena le preguntó a papá conejo qué es lo que había hecho. Papá conejo, que tenía un corazón noble, le contó al señor hiena todo lo sucedido con el baobab. El señor hiena se emocionó y sin perder ni un segundo se fue hacia donde estaba el baobab para robarle todos los tesoros que había en su corazón y así llenarse de lujos como los que poseía el conejo. Se tumbó a la sombra de éste, como le había indicado el conejo y empezó a gritar con voz muy fuerte:
— “¡Ay! ¡Qué desdichada es mi vida, qué pobre soy, qué mala suerte la mía, soy tan desdichado!”.
El baobab, empezó a sacudir sus ramas suavemente…
— Mi buen amigo hiena, qué alegría me das con tu visita, ¿por qué te quejas de tu suerte?, ¿es que acaso no eres feliz con lo que eres? -dijo el baobab.
— Pues no, la verdad no soy todo lo feliz que quisiera, si pudiera tener tanta riqueza como el conejo mi vida sería distinta, dijo la hiena.
De pronto, las hojas del baobab se estiraron muy fuertes y éste dio un gran y tierno suspiro. La hiena, impaciente, no podía dejar de caminar de un lado para otro sin dejar de mirar lo que descubrían las hojas del baobab. Entonces, el corazón del árbol apareció y comenzó a abrirlo y mostrar los tesoros. El señor hiena comenzó a sacar sus garras. El baobab dio otro suspiro y dijo con su tranquilo tono de voz :
— Coge lo que creas necesario, acepta esta ayuda que quiero ofrecerte señor hiena.
El señor hiena pensó que si le arrancaba el corazón al baobab no solo se llevaría lo que cabía en sus manos, sino todos los tesoros escondidos en su interior. Así que se lanzó salvajemente sobre el baobab y, con sus afiladas garras, empezó a desgarrar el corazón del árbol, haciéndole mucho daño al baobab.
Fue un momento muy doloroso para el baobab, que lloraba de dolor y de tristeza por la decepción sufrida a causa de la hiena. De repente, el corazón del baobab se cerró bruscamente y se ocultó nuevamente entre sus hojas. La hiena, que no pudo conseguir ningún tesoro comenzó a maldecir al árbol y a rasgar su tronco pero fue inútil, pues el tronco del baobab se había vuelto áspero y duro. El señor hiena dio media vuelta y se fue a su casa sin tesoro por su avaricia.
Cuenta la leyenda que desde entonces nadie ha vuelto a ver jamás el corazón del baobab y que éste ya no deja que se le acerquen los animales porque su áspero tronco emana muy mal olor.

jueves, 17 de septiembre de 2026

¡Enamórate!

          Joseph P. Whelan, SJ –atribuido a Pedro Arrupe, SJ

Nada puede importar más que encontrar a Dios.
Es decir, enamorarse de Él
de una manera definitiva y absoluta.
Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación,
y acaba por ir dejando su huella en todo.
Será lo que decida qué es
lo que te saca de la cama en la mañana,
qué hacer con tus atardeceres,
en qué empleas tus fines de semana,
lo que lees, lo que conoces,
lo que rompe tu corazón,
y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud.
¡Enamórate! ¡Permanece en el amor!
Todo será de otra manera.

El tren guardado en su caja

           Braedon Smith·

— «No toques eso, por favor», dije demasiado seco.
El niño apartó las manos al instante. Tendría unos ocho años. Era delgadito, con las zapatillas gastadas por los lados y una sudadera que le quedaba algo grande.
No me miró a la cara. Miró al suelo, como hacen algunos niños que ya han aprendido a no pedir demasiado.
Su madre se acercó enseguida. Tenía el pelo recogido de cualquier manera, la cara cansada y una chaqueta sencilla. Llevaba esas manos de quien trabaja mucho y descansa poco.
— «Perdone, dijo deprisa. Pablo, ven aquí. Solo estamos mirando.»
Yo asentí. No había querido asustarlo. No era culpa suya. Desde que murió mi mujer, Carmen, muchas veces hablaba peor de lo que sentía. Más seco. Más brusco. Como si la casa vacía se me hubiera metido en la garganta.
Aquel sábado había sacado una mesa plegable delante del garaje, en una calle tranquila de mi ciudad. No era un mercadillo de verdad. Solo un viejo vendiendo trozos de su vida. Herramientas antiguas. Vajilla. Libros. Una lámpara. Cajas llenas de cosas que ya no podía seguir viendo todos los días sin que me doliera algo por dentro.
Y al fondo de la mesa estaba él. El tren eléctrico. Todavía en su caja original. Era un tren en miniatura de los años sesenta. Carmen y yo lo compramos poco después de casarnos. Éramos jóvenes. Teníamos poco dinero, pero muchas ilusiones. «Lo guardamos para cuando tengamos un niño», me dijo ella aquella vez. Pero ese niño nunca llegó. Así que el tren se quedó cerrado. Primero en un armario. Luego en el trastero. Después en el garaje. Lo protegí del polvo, de los golpes, de los arañazos y de las manos torpes. Lo mantuve perfecto. Y sin darme cuenta, también lo mantuve muerto.
Pablo miraba aquella caja como si dentro hubiera algo mágico. Su madre vio el precio. 50 euros. No dijo nada, pero le cambió la cara. Para algunas personas no era tanto. Para ella, en ese momento, era demasiado. Le puso una mano en el hombro al niño.
— «Venga, cariño», dijo bajito. Habíamos venido a buscarte un abrigo, ¿te acuerdas?»
Pablo asintió enseguida. No protestó. No insistió. No hizo una rabieta. Solo miró la caja una última vez.
Y aquel silencio me dolió más que cualquier súplica. No sé qué me pasó. Quizá estaba cansado de volver a una casa donde nadie me esperaba. Quizá vi en los ojos de aquel niño todo lo que Carmen y yo habíamos imaginado durante años.
— «Esperad un momento», dije.
Se pararon junto a la puerta del garaje. Cogí la caja entre los brazos. Pesaba más de lo que recordaba. O quizá yo ya no tenía la misma fuerza. Me acerqué a Pablo.
— «¿Cómo te llamas?»
— «Pablo», respondió casi en un susurro.
— «Pues mira, Pablo», dije. «Un tren como este no está hecho para pasar la vida metido en una caja. Necesita un buen jefe de estación.»
Su madre se quedó blanca.
— «No, señor. De verdad que no puedo. No tengo ese dinero.» «No se lo estoy vendiendo», dije. «Se lo estoy confiando.»
Pablo miró a su madre. Ella me miró a mí. Tenía los ojos brillantes, pero intentaba aguantar. Al final, asintió despacio. Pablo abrazó la caja como si tuviera miedo de que se rompiera con solo tocarla.
— «Lo voy a cuidar mucho», dijo.
Tragué saliva.
— «Lo sé.»
Pensé que aquello acabaría ahí. Un gesto bonito. Un buen recuerdo. Nada más. Me equivoqué.
Tres días después encontré un papel en el buzón. Era una cartulina amarilla, recortada torcida.
Encima, escrito con rotulador negro, ponía: billete de tren expreso Pablo. Sábado a las 10 en el patio
Me quedé delante del buzón con aquel papel en la mano. Y por primera vez en meses sentí algo muy simple. Alguien me estaba esperando.
El sábado fui a su casa con mi vieja caja de herramientas. Vivían en un bajo de un bloque pequeño, a tres calles de la mía. El patio era sencillo. Unas macetas. Dos sillas de plástico. Un tendedero recogido en una esquina.
Pablo ya estaba allí. Había puesto las vías formando un círculo torcido sobre las baldosas.
— «¡Ha traído el billete!», gritó.
— «Claro», respondí. «Sin billete no se sube nadie.»
Su madre, Laura, salió con tres vasos de agua con un poco de sirope.
— «Gracias», dijo en voz baja. «Lleva días hablando de esto.»
Me senté junto a Pablo. Durante dos horas intentamos colocar bien los cables. Me temblaban un poco las manos. Desde que Carmen murió, casi no había arreglado nada. Ni siquiera las cosas pequeñas. Pero con los cables pasa una cosa. O están bien puestos, o no funcionan. No engañan.
Cuando la locomotora arrancó, despacio y con un ruido torpe sobre las vías, Pablo se levantó de golpe.
— «¡Alaaaa! ¡Anda de verdad!»
Laura se tapó la boca con una mano. Y yo me reí. No fue una sonrisa educada. Fue una risa de verdad. Una de esas que salen de un sitio que uno creía cerrado.
Desde aquel día, el Expreso Pablo salía todos los sábados. Pablo tenía sus normas. El tren tenía que parar en la estación. El vagón de carga nunca podía ir vacío. A veces llevaba un botón. A veces una piedra pequeña. A veces una llave vieja que yo había encontrado en mi caja de herramientas.
Laura se sentaba con nosotros algunos ratos. Hablaba de sus turnos en la residencia de mayores. Del cansancio. De las facturas. De esas noches en las que solo quería sentarse cinco minutos sin que nadie le pidiera nada.
Yo hablaba de Carmen. Poco al principio. Luego un poco más.
Un sábado, Pablo tropezó con los cordones mientras llevaba el último vagón rojo. El vagón cayó contra las baldosas. Una rueda se partió.
Pablo se quedó quieto. Después se le llenaron los ojos de lágrimas.
— «Lo he roto, susurró. He estropeado su tren.»
Laura se levantó enseguida, muy apurada.
— «Lo siento muchísimo, dijo. De verdad, lo siento.»
Yo miré el vagón. Durante un segundo volvió el hombre que yo había sido. El que quería guardarlo todo entero. Todo limpio. Todo a salvo. Luego abrí mi caja de herramientas.
— «Pablo», dije, «los trenes se salen de la vía a veces. Las cosas se rompen. Por eso hacen falta mecánicos.»
Me miró con la cara mojada.
— «¿Ya no sirve?»
— «Claro que sirve», dije. «Ahora tiene historia.»
Pegamos la rueda. Desde entonces, aquel vagón se tambalea un poco en cada vuelta. Pablo lo quiere más que antes. Lo llama el vagón valiente.
Hoy, algunos sábados, también bajan otros niños del bloque. El tren está rayado, pegado y un poco torcido por varias partes. Pero está vivo.
Y yo he entendido algo sencillo. Durante años esperé el momento perfecto. El día perfecto. La vida perfecta. Mientras tanto, el tren seguía cerrado. Y yo también.
Hay alegrías que no se pueden guardar demasiado tiempo. Hay que abrir la caja. Aunque se raye. Aunque se rompa un poco. Porque lo que se usa, se comparte y se arregla no pierde valor. Al contrario. Empieza, por fin, a formar parte de la vida.

martes, 8 de septiembre de 2026

A la Natividad de la Virgen María

            Liturgia de las Horas

Hoy nace una clara estrella,
tan divina y celestial,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo Sol nace de ella.
De Ana y de Joaquín, oriente
de aquella estrella divina,
sale su luz clara y digna
de ser pura eternamente:
el alba más clara y bella
no le puede ser igual,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo Sol nace de ella.
No le iguala lumbre alguna
de cuantas bordan el cielo,
porque es el humilde suelo
de sus pies la blanca luna:
nace en el suelo tan bella
y con luz tan celestial,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo Sol nace de ella.
Gloria al Padre, y gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos. Amén.

La leyenda de la Campana de Plata

            El cofre de las historias

Hace muchísimos años, en la cima de una montaña cubierta por la niebla, existía una pequeña torre de piedra donde colgaba una campana de plata. Los habitantes del valle contaban que aquella campana nunca sonaba por el viento. Solo lo hacía cuando alguien realizaba un acto de verdadera bondad.
Durante años, muchas personas subieron a la montaña intentando hacerla sonar. Algunos llevaban cofres llenos de monedas. Otros ofrecían joyas, coronas o regalos muy valiosos. Pero la campana permanecía en silencio.
Una fría mañana de invierno, una niña llamada Elisa encontró a un anciano que había perdido el camino entre la nieve. Sin pensarlo dos veces, compartió con él su abrigo, su pan y lo acompañó hasta que pudo regresar sano y salvo al pueblo.
Cuando Elisa descendía por el sendero, el aire quedó completamente en silencio. De repente... ¡Dong...! La campana de plata sonó una sola vez. Su sonido recorrió montañas, bosques y ríos. Las flores comenzaron a abrirse antes de la primavera. Los pájaros regresaron a cantar. Y la niebla desapareció por primera vez en mucho tiempo.
Los habitantes comprendieron entonces el verdadero secreto de la campana. No respondía a la riqueza. No respondía al poder. Solo despertaba cuando un corazón hacía el bien sin esperar nada a cambio.
Desde ese día, quienes escuchan una campana sonar en medio de la montaña aseguran que, en algún lugar, alguien acaba de realizar una buena acción que merece ser recordada.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Tú eres perdón, Señor

         Mari Patxi Ayerra

Tú nos perdonas siempre, contigo todo es fácil.
A nosotros, en cambio, nos cuesta perdonar.
Decimos que olvidamos, pero nuestra cabeza guarda,
y se nos escapa el reproche en cualquier ocasión.
Ayúdanos, Señor, a perdonar a tu manera,
sin guardar recuento de ningún mal.
Regálanos tu amnesia, Señor, esa que Tú tienes
y que olvida al momento cualquier cosa que te hagan.
Danos un corazón blando como el tuyo,
que perdona siempre y no guarda rencor.
Danos palabras sabias para corregir a los otros,
disculpa oportuna y caricia tierna,
la discreción y la tolerancia que necesitamos
para vivir unidos y llevarnos mejor.
Eso es vivir tu Amor.