Lucas Prados
Las arañas desde que nacen, sueltan un hilo de seda que segregan en su abdomen; y así, colgadas por el hilo y movidas por el viento, van “volando” de un lugar a otro.
Pues bien, el cuento de hoy va sobre una araña recién nacida que, movida por un fuerte viento, fue a parar a un bosque lejano y el hilito que pendía de su abdomen se enredó en la copa de un árbol muy alto. Como estaba anocheciendo, se acurrucó debajo de la hoja de una rama y allí pasó la noche.
Por fin se hizo de día. Los primeros rayos de sol iluminaron todo el bosque. Nuestra arañita, después de estirar las ocho patas, pensó que era ya hora de tomarse un buen desayuno. Como se encontraba en lo alto del árbol, comenzó a descender soltando un largo hilo de seda; y así, en pocos segundos, llegó al suelo y comenzó a tejer una trampa para cazar algún insecto despistado.
Hecho el marco de su tela de araña, tiró otros hilos empezando desde el centro, como si fueran los radios de una rueda de bicicleta. Y después, dando vueltas y vueltas en espiral fue tejiendo una finísima y preciosa telaraña. Una vez terminada su trampa, fue corriendo a esconderse.
No tuvo que esperar mucho tiempo, enseguida notó que algo vibraba, enredado en la telaraña. Era una mosca casi recién nacida. Con rapidez saltó sobre la mosca, que pasó a mejor vida.
El día pasó rápido. Varios insectos cayeron en la trampa. Antes de que se diera cuenta, el sol desaparecía por el horizonte, y pocos minutos después la oscuridad se apoderó del bosque. Para evitar los peligros nocturnos, usando el hilo maestro por el que había descendido, subió a lo alto del árbol para pasar la noche.
A la mañana siguiente bajó otra vez para cazar y comer. Así estuvo muchos días, hasta que un atardecer, sintiéndose segura y sin miedo, decidió pasar la noche junto a su red y ahorrarse subir al árbol. Como no pasó nada malo, se estableció definitivamente allí. Los días fueron pasando. Nuestra arañita iba creciendo sana y robusta; se sentía muy lista y feliz. Cada día estaba más gorda y peluda.
Vivió tanto tiempo a ras del suelo que olvidó para qué servía el primer hilo que un día había tirado de lo alto del árbol y del que pendía toda la telaraña; así que sin pensárselo dos veces, un día que estaba reparando la telaraña, al ver aquel hilo viejo, fue y lo cortó. En ese mismo momento toda la telaraña se le vino encima, y con ella, los restos de todos los incautos que había comido desde que tendió su tela. Atrapada en la misma tela pegajosa que le había servido a ella misma de trampa para cazar, y agotada por el esfuerzo y el calor, se fue sintiendo cada vez más débil hasta que al final murió.