miércoles, 11 de febrero de 2026

¡Dios te ama siempre!

                Me gustó mucho

Dios te ama,
aunque a veces te sientas lejos, aunque dudes,
aunque el corazón se canse de esperar respuestas.
Eres su ovejita,
no porque seas débil, sino porque eres valiosa.
Porque, incluso cuando te alejas del camino,
Él no deja de buscarte,
no se olvida de tu nombre, no se cansa de llamarte.
Hay días en los que te sientes sola,
incomprendida, pequeña frente al mundo.
Pero en lo invisible, en lo que no se ve,
hay un amor que no te abandona,
unos brazos que no se cierran,
una voz que te guía en silencio.
Dios no te ama solo cuando eres fuerte,
te ama también cuando lloras,
cuando dudas, cuando te sientes perdida.
Porque una ovejita puede extraviarse,
pero nunca deja de ser amada.
Y aunque no lo entiendas ahora,
cada paso que das, cada caída, cada lágrima,
Él la convierte en camino.

Pablo y su gato

                Braedon Smith

Me llamo Pablo. Y todo empezó el martes antes de Navidad. Yo estaba en mi sillón, con el móvil en la mano, mirando el chat familiar como si, entre dos emojis, fuera a aparecer por fin un “voy para allá”.
“Lo siento, papá”, escribió mi hijo Álvaro. “Estamos con los suegros por las fiestas. Hablamos el 24, ¿vale?” Unos segundos después, mi hija Claudia: “Papá, voy desbordada. Imposible escaparme. ¿Después de Navidad?”
Apagué la pantalla y miré la silla de enfrente.
No estaba realmente vacía. Allí estaba Pino, un gato de cuatro años. Un nubarrón pelirrojo, enorme, con esa dignidad tranquila que te hace pensar que él pone las normas de la casa. Se sentó con las patas bien colocadas y me miró con sus ojos color ámbar como si entendiera todo: la decepción, la soledad, ese sabor amargo que uno se traga sin hacer ruido.
— Bueno… pues seremos dos -murmuré.
Pino ni parpadeó. Soltó un trino corto, su manera de decir: estoy aquí.
Dos noches después me desperté con la garganta seca. Solo quería un vaso de agua. No encendí la luz. Conozco este piso desde hace quince años.
Pero no vi el agua. Una fuga junto al radiador. El talón resbaló. Las piernas se me fueron. Caí sobre la cadera derecha con un crujido grande.
El dolor me cortó el aire: seco, cegador. Intenté incorporarme, pero el cuerpo no me obedecía. Me agarré al suelo como si pudiera pegarme otra vez, como si eso fuera suficiente.
— ¡Ayuda…! -me salió apenas.
Las paredes son gruesas. Y la mayoría de la gente duerme. El móvil estaba en la mesilla, en el dormitorio. Tres metros. Una distancia imposible.
El frío me entró en los huesos. Empecé a temblar, y luego a temblar demasiado fuerte, y ese temblor dolía casi tanto como la cadera. Sentía la cabeza irse, volver, irse… como una lámpara que parpadea.
Pensé en mis hijos. Me dije que solo se preocuparían si yo no contestaba el 24. Y aun así… lo achacarían al cansancio, a “cosas de la edad”, a un viejo que “estará durmiendo”.
Entonces noté un peso sobre el pecho: mi gato Pino. Se subió sobre mí sin dudarlo. Pegó todo su cuerpo caliente contra el mío, pesado, firme, y me acercó la cola al cuello, como si me pusiera una bufanda.
Y empezó a ronronear. Un ronroneo profundo, vibrante. Un motor. Una presencia. Me estaba dando calor. Como si hubiera entendido que, el frío era intenso.
No sé cuánto tiempo estuve así. Cuando recuperé un poco de conciencia estaba amaneciendo. Tenía los labios secos. Los pensamientos, espesos.
Pino se incorporó de golpe. Me olfateó la nariz. Y en su mirada había algo inquieto. Saltó al suelo. Oí sus patas correr, rápidas, decididas. Hacia la puerta de entrada. Y soltó un grito que no le había oído jamás.
No fue un maullido. Fue un aullido ronco, profundo, casi huma no. Se lanzó contra la puerta con todo su peso, arañó abajo, volvió a hacerlo. Golpe. Uñas. Aullido. Una y otra vez. Otra vez.
— Estuve a punto de ignorarlo -me contó Isabel, la vecina de enfrente-. Piensas… “un gato hace ruido”.
Pero se detuvo, ¿por qué grita Pino? Era como si pidiera auxilio.
Isabel llamó a mi puerta. Primero suave. Luego más fuerte.
— ¿Don Pablo? ¿Todo bien?
Pino oyó su voz y redobló los golpes. Arañaba justo en la parte baja, como diciendo: es aquí, es aquí.
Isabel llamó a emergencias. Fue a buscar las llaves para poder abrir. Pino no salió corriendo. Echó a correr por el pasillo, hacia mí, y se plantó junto a mi, vigilante.
En urgencias la enfermera Rojas, me habló con esa dulzura firme que no se olvida.
— Don Pablo, hay que estabilizar la cadera. Luego habrá que organizar ayuda para cuando vuelva a casa. ¿Podemos llamar a algún familiar?
Cogí el móvil. Me temblaban los dedos. Llamé a Álvaro. Buzón. Llamé a Claudia. Contestó sin aliento.
— ¿Papá? No puedo hablar mucho, entro a una reunión… ¿qué pasa?
— Me… me he caído. Estoy en el hospital.
Un silencio. Y luego:
— Dios mío… ¿estás bien?
— No mucho.
— Dime en qué hospital estás -dijo rápido-. Llamo a Álvaro. Pero hoy no puedo ir. Te llamo en cuanto pueda. Un beso.
Y colgó. Bajé el móvil. La señora Rojas me miró con esa comprensión que duele más que la pena.
— No hay nadie -susurré.
— Sí hay -dijo una voz desde la puerta-. Estoy yo.
Isabel estaba allí, todavía con la ropa del trabajo, un vaso de café en la mano. Había seguido a la ambulancia. Había esperado.
— Soy su vecina -dijo-. Tengo copia de sus llaves. Me ocupo del gato cuando él se va. Puedo ayudar a organizar la vuelta a casa.
Más tarde mi hijo devolvió la llamada. Hablaba alto, como si yo estuviera lejos.
— Papá, dicen que estás bien. Menos mal. Pero hay que pensar… tu piso es peligroso. Y, sinceramente, un gato puede ser un riesgo. Podríamos llevarlo a casa de alguien, mientras te recuperas. ¿No te caíste por culpa de él?
Quise responder. Isabel lo hizo por mí, solo con una frialdad limpia.
— Hola, Álvaro. Soy Isabel, la vecina. Su padre no se cayó por el gato. Resbaló por agua. Y durante seis horas Pino se quedó encima de él para darle calor. Después aulló hasta que yo abrí. Aún tiene la voz rota.
Silencio.
— Si tiene que preocuparse -añadió Isabel-, no es por el gato.
Y colgó.
Dos días después, Isabel me llevó de vuelta a casa. El trayecto hasta la puerta fue una aventura con el andador. Y cuando abrió, vi un relámpago rojizo. Pino.
No se me echó encima. Me rodeó despacio, me rozó la mejilla contra una rueda de plástico, como comprobando que no me dolía. Soltó un sonido pequeño y áspero: la voz todavía no le había vuelto.
Me dejé caer en el sillón, agotado. Isabel puso agua a calentar, ordenó mis papeles, alineó mis pastillas como si fuera lo más normal del mundo. Pino se subió a la mesita y luego al brazo del sillón. Me apoyó una pata sobre la mano. No pedía nada. Solo comprobaba que yo estaba allí.
El móvil vibró. Un mensaje de Claudia: “Te mandamos flores. Perdón por no poder ir.”
Miré a Isabel, que unos días antes no era nadie para mí. Miré a Pino, que se dejó la voz para que yo no perdiera la mía.
Y ese día entendí algo sencillo y terrible: Uno cree que la familia es automática. Por la sangre. Por la costumbre. Por las fechas. Pero el amor no es quien promete cuando la mesa está llena. El amor es quien se queda cuando estás roto sobre el suelo frío. A veces, el corazón más fiel de tu vida no lleva tu apellido. No habla tu idioma. Camina sobre cuatro patas. Y aúlla hasta que la puerta se abre.

domingo, 8 de febrero de 2026

Tiene sólo nuestras manos

 

Jesús, no tienes manos.
Tienes sólo nuestras manos
para construir un mundo donde reine la justicia.
Jesús, no tienes pies.
Tienes sólo nuestros pies
para poner en marcha la libertad y el amor.
Jesús, no tienes labios.
Tienes sólo nuestros labios
para anunciar al mundo la Buena Noticia de los pobres.
Jesús, no tienes medios.
Tienes sólo nuestra acción
para lograr que todos seamos hermanos.
Jesús, nosotros somos tu Evangelio,
el único Evangelio que la gente puede leer,
si nuestras vidas son obras y palabras eficaces.
Jesús, danos tu amor y tu fuerza
para proseguir tu causa
y darte a conocer a todos cuantos podamos.

El sacerdote que fracasó

El párroco de un pequeño pueblo llegó a la iglesia animado y motivado para celebrar la Misa vespertina, pero la hora pasaba y nadie llegaba.
Después de 15 minutos de retraso, entraron tres niños, después de 20 minutos entraron dos jóvenes.
Así que el sacerdote decidió comenzar la Misa con las cinco personas.
Durante la Misa, entró una pareja que se sentó en los últimos bancos de la iglesia. Cuando el sacerdote proclamaba el Evangelio, entró otro señor con la ropa sucia y una cuerda en la mano.
Decepcionado y sin entender la causa de la escasa participación de los fieles, el sacerdote celebró la Misa con amor y predicó con entusiasmo y celo.
Cuando volvía a su casa fue asaltado y golpeado por dos ladrones que se llevaron su carpeta donde estaban su Biblia y otras pertenencias de valor.
Llegando a la casa parroquial, mientras se curaba las heridas, describió ese día como el día más triste de mi vida, un fracaso de mi ministerio, y el día más poco fructífero de mi carrera; pero no importa, todo lo hago con Dios y para Él.
Pasaron cinco años, el sacerdote decidió compartir esta historia con los feligreses en la iglesia. Cuando terminaba de contar la historia, una pareja destacada en esa parroquia lo detuvo y dijo:
— “Padre, la pareja de la historia que se sentó en el fondo éramos nosotros. Estábamos al borde de la separación abrumados por problemas y desacuerdos que había en nuestro hogar. Esa noche acordamos finalmente nuestro divorcio, pero primero decidimos venir a la iglesia para dejar nuestras alianzas y luego cada uno seguiría su camino. Después de escuchar su homilía olvidamos la separación esa misma noche. Como consecuencia, hoy estamos aquí con nuestro hogar y familia restaurados”.
Mientras la pareja hablaba, uno de los empresarios más exitosos que ayudaba en el sostenimiento de esa iglesia saludaba, pidiendo hablar con el sacerdote dijo:
— “Padre, soy el señor que entró medio sucio con una cuerda en la mano. Yo estaba al borde de la quiebra, perdido en las drogas, mi esposa y mis hijos se habían ido de casa a causa de mis maltratos. Esa noche traté de suicidarme, pero la cuerda se rompió, así que salí a comprar otra. Cuando me puse en camino, vi la iglesia abierta, decidí entrar aunque estaba muy sucio y con la cuerda en la mano. Esa noche, su homilía tocó mi corazón y salí de aquí con ánimo de vivir.
Hoy estoy libre de las drogas, mi familia volvió a casa y me convertí en el mayor empresario del pueblo.”
En la puerta de la entrada de la sacristía, el Diácono gritó:
— “Padre, fui uno de los ladrones que lo robaron. El otro murió esa misma noche cuando realizábamos el segundo robo. En su maletín, había una Biblia. La leí cada vez que me despertaba por la mañana. Después de tanto leer, decidí venir a esta iglesia.”
El Padre se quedó paralizado y empezó a llorar junto con los fieles. Después de todo, esa noche que consideraba como una noche de fracaso fue una noche llena de frutos y de vida.

Moraleja - Ejerce tu trabajo, tu misión con dedicación y celo independiente del número de participantes. Da lo mejor de ti todos los días, porque cada día eres un instrumento del bien para la vida de alguien. En los peores días de tu vida todavía puedes ser una bendición en la vida de alguien.

jueves, 5 de febrero de 2026

Bienaventurados

        Álvaro Lobo, sj

Bienaventurados los jóvenes
porque pueden imaginar un futuro mejor.
Bienaventurados los novios,
Porque puedan vivir desde el amor.
Bienaventurados los padres,
porque pueden cuidar al estilo de Dios.
Bienaventurados los que entregan la vida por otros,
Porque Dios se lo paga a su manera.
Bienaventurados los que sufren,
Porque Dios les sostiene en sus manos.
Bienaventurados los atrapados por la rutina,
Porque algún día encontrarán sentido.
Bienaventurados los que encuentran su vocación,
Porque Dios les guiará desde lo escondido.
Bienaventurados los que sufren hambre, violencia e injusticias,
Porque son, sencillamente, los preferidos de Dios
.

Una taza de té

             Anónimo japonés

Un sabio japonés, conocido por sus doctrinas, recibió la visita de un profesor universitario que había ido a verlo para preguntarle sobre su pensamiento. El profesor tenía fama entre sus alumnos de ser orgulloso, soberbio y petulante. No aceptaba las sugerencias de los demás, creyéndose siempre en posesión de la verdad.
El sabio quiso enseñarle algo. Para ello comenzó por servirle una taza de té.
Empezó echando el té poco a poco. La taza se llenó. El sabio aparentando no darse cuenta de que la taza estaba ya llena, siguió echando té y más té. Hasta que la taza rebosó y comenzó a manchar el mantel. El sabio mantenía su expresión serena y sonriente.
El profesor miró desbordarse el té y sin contenerse le dijo al anciano:
— “¡Está llena, no cabe más maestro!”
El sabio imperturbable y sin inmutarse, le dijo:
— Tú también estás lleno de tu cultura, de tus opiniones y conjeturas eruditas y completas, igual como le ocurre a esta taza. ¿Cómo puedo hablarte de sabiduría, que sólo es comprensible a los ánimos sencillos abiertos, si antes no vacías tu taza?
El profesor comprendió la lección y desde aquel día se esforzó en escuchar las opiniones de los demás.

martes, 3 de febrero de 2026

Perdóname, Dios

             Me gustó mucho·

Perdóname, Dios,
por los días en que no te busco,
por las veces que me distraigo con el ruido del mundo
y olvido hablar contigo en silencio.
Perdóname por creerme fuerte
cuando en realidad soy frágil, por caminar confiado
cuando en el fondo voy temblando.
Perdóname por acordarme de Ti
solo cuando el peso se vuelve insoportable,
cuando el alma se cansa y las fuerzas ya no alcanzan.
Aun así, Tú sabes la verdad: yo siempre te necesito,
en los días buenos y en los oscuros,
en las sonrisas y en las lágrimas.
Te necesito cuando no entiendo,
cuando no hay respuestas,
cuando el corazón se llena de dudas
y la fe parece pequeña.
Te necesito cuando el miedo me visita de noche,
cuando el cansancio me apaga la esperanza
y siento que ya no puedo más.
A veces me alejo,
no porque no crea en Ti, sino porque me duele,
porque no sé cómo rezar
cuando las palabras no salen
y el alma solo sabe llorar.
Pero incluso en ese silencio,
sé que Tú me escuchas.
Gracias por no soltarme
cuando yo me suelto,
por buscarme cuando me pierdo,
por esperarme sin reproches,
con los brazos abiertos y el amor intacto.
Hoy vuelvo a Ti, Dios,
con el corazón cansado pero sincero.
No prometo ser perfecto, solo permanecer.
Porque aunque a veces no te busque,
aunque a veces me distraiga,
mi alma sabe una cosa con certeza:
sin Ti, nada me sostiene.