domingo, 22 de febrero de 2026

CUARESMA: tiempo de superarse

 






No caigas en la tentación

               Florentino Ulibarri

Cuando sea tentado por el hambre,
no me dejes caer en soluciones fáciles.
No a la pereza, no a la vida cómoda y satisfecha.
Dame sólo el pan nuestro de cada día.
Cuando sea tentado por la fama,
no me dejes caer en la soberbia.
No a la imagen, no al orgullo,
no a una vida ambiciosa y fácil.
Dame sólo la grandeza de tener hermanos y Padre.
Cuando sea tentado por el poder,
no me dejes caer en sus redes.
No al uso de su fuerza, no al dominio,
no a una vida arrogante y prepotente.
Dame sólo el gozo del servicio humilde.
Cuando sea tentado por lo que sea,
no me dejes solo con mi pena ni con mi osadía.
Y aunque no te lo pida,
ni haya apreciado tu ejemplo y propuesta,
dame tu segura compañía para andar por la vida.
Y mientras caminemos por el desierto,
que tu Espíritu, sólo tu Espíritu, me empuje
y guíe a los corazones y a los oasis
en los que Tú estás presente, aunque no lo invoque.
¡No me dejes caer en estas
ni en otras tentaciones!

Los tres árboles

Había una vez tres árboles en una colina de un bosque. Hablaban acerca de sus sueños y esperanzas y el primero dijo:
"Algún día seré cofre de tesoros. Estaré lleno de oros, plata y piedras preciosas. Estaré decorado con labrados artísticos y tallados finos, todos verán mi belleza".
El segundo árbol dijo: "Algún día seré una poderosa embarcación. Llevaré a los más grandes reyes y reinas a través de los océanos, e iré a todos los rincones del mundo. Todos se sentirán seguros por mi fortaleza, fuerza y mi poderoso casco".
Finalmente, el tercer árbol dijo: "Yo quiero crecer para ser el más recto y grande de todos los árboles en el bosque. La gente me verá en la cima de la colina, mirará mis poderosas ramas y pensarán en el Dios de los cielos, y cuán cerca estoy de alcanzarlo. Seré el más grande árbol de todos los tiempos y la gente siempre me recordará".
Después de unos años de que los árboles esperaran que sus sueños se convirtieran en realidad, un grupo de leñadores vino donde estaban los árboles.
Cuando uno vio al primer árbol dijo: "Este parece un árbol fuerte, creo que podría vender su madera a un carpintero", y comenzó a cortarlo. El árbol estaba muy feliz debido a que sabía que el carpintero podría convertirlo en cofre para tesoros.
El otro leñador dijo mientras observaba al segundo árbol: "Parece un árbol fuerte, creo que lo podré vender al carpintero del puerto". El segundo árbol se puso muy feliz porque sabía que estaba en camino a convertirse en una poderosa embarcación.
El último leñador se acercó al tercer árbol, este muy asustado, pues sabía que, si lo cortaban, su sueño nunca se volvería realidad. El leñador dijo entonces: "No necesito nada especial del árbol que corte, así que tomaré éste", y cortó el tercer árbol.
Cuando el primer árbol llegó donde el carpintero, fue convertido en un cajón de comida para animales, y fue puesto en un pesebre y llenado con paja. Se sintió muy mal pues eso no era por lo que tanto había orado.
El segundo árbol fue cortado y convertido en una pequeña balsa de pesca, ni siquiera lo suficientemente grande para navegar en el mar, y fue puesto en un lago. Y vio como sus sueños de ser una gran embarcación cargando reyes habían llegado a su final.
El tercer árbol fue cortado en largas y pesadas tablas y dejado en la oscuridad de una bodega.
Años más tarde, los árboles olvidaron sus sueños y esperanzas por las que tanto habían orado. Entonces un día un hombre y una mujer llegaron al pesebre. Ella dio a luz un niño, y lo colocó en la paja que había dentro del cajón en que fue transformado el primer árbol. El hombre deseaba haber podido tener una cuna para su bebé, pero este cajón debería serlo. El árbol sintió la importancia de este acontecimiento y supo que había contenido el más grande tesoro de la historia.
Años más tarde, un grupo de hombres entraron en la balsa en la cual habían convertido al segundo árbol. Uno de ellos estaba cansado y se durmió en la barca. Mientras ellos estaban en el agua una gran tormenta se desató y el árbol pensó que no sería lo suficientemente fuerte para salvar a los hombres. Los hombres despertaron al que dormía, éste se levantó y dijo: "¡Calma! ¡Quédate quieto!" y la tormenta y las olas se detuvieron. En ese momento el segundo árbol se dio cuenta de que había llevado al Rey de Reyes y Señor de Señores.
Finalmente, un tiempo después alguien vino y tomó al tercer árbol convertido en tablas. Fue cargado por las calles al mismo tiempo que la gente escupía, insultaba y golpeaba al Hombre que lo cargaba. Se detuvieron en una pequeña colina y el Hombre fue clavado al árbol y levantado para morir en la cima de la colina. Cuando llegó el domingo, el tercer árbol se dio cuenta que él fue lo suficientemente fuerte para permanecer erguido en la cima de la colina, y estar tan cerca de Dios como nunca, porque Jesús había sido crucificado en él.

viernes, 20 de febrero de 2026

Oración a Jesús Eucaristía

            Monseñor Carlo María Martini 

Jesús, hoy estoy a tus pies,
tengo la dicha de estar ante ti
que estás en la Eucaristía,
Tendría ganas de contarte mis méritos,
pero prefiero reconocer ante Ti,
que tengo errores y pecados.
Señor, no soy siempre como querría ser,
no siempre rezo contento,
a menudo me vencen las distracciones.
Señor, con frecuencia me molesto con mis compañeros,
tengo resentimientos, me irrito,
y expreso mi ira con palabras y gestos.
Señor,
innumerables veces no dejo el primer puesto a los otros,
me pongo yo en el primer lugar,
convencido de que me pertenece.
Señor, ilumina mi vida.
Hazme entender quién soy verdaderamente,
entra en mí como luz,
que ilumina, purifica y alienta,
haz que me deje conocer por ti hasta el fondo.
Señor, quisiera poderte gritar,
que te acuerdes de mí a la hora de mi muerte,
confío en ti…. Amén

El envío de ropa usada

           Que me quiten lo bailao·

Publiqué un anuncio: regalo ropa para una niña de dos a tres años. Al poco tiempo me escribió una mujer desconocida. Sus palabras eran casi avergonzadas. Me contó que estaba pasando por un momento muy difícil, que su pequeña tenía muy poca ropa, y me preguntó con cuidado si podría enviarla por correo.
Mi primera reacción fue brusca. «¿Y yo? Yo también tengo mis propios problemas.»
Pero enseguida apareció otro pensamiento: «¿Y si está diciendo la verdad?»
Tomé una caja. Coloqué dentro vestidos, medias, una chaqueta abrigada y un pequeño abrigo. Hice fila en la oficina de correos. Pagué cinco euros por el envío. No era una gran cantidad, pero ese día la sentí. Después regresé a mi rutina y con el tiempo olvidé todo.
Pasó un año. Un día recibí un paquete. Una caja ligera con un nombre que me resultaba familiar. La abrí con cuidado. Dentro no había ropa ni regalos caros. Había dibujos infantiles llenos de color, flores silvestres secas y varios frascos de mermelada casera. Encima, una carta.
«No sé si me recuerda. Hace un año envió ropa para mi hija. Fue la primera ayuda que recibí de una persona desconocida. Vivíamos en una casa fría. Cuando llegó su paquete, mi niña se probó cada prenda y reía frente al espejo. Ahora estamos un poco mejor. He encontrado trabajo y mi esposo regresó. Queremos devolverle una parte de la dulzura que nos regaló. Los dibujos son de mi hija. Las flores las recogimos juntas. Y la mermelada… para un día lluvioso, cuando beba té y piense en nosotras.»
Leí esa carta varias veces. Recordé lo cansada que estaba el día que preparé la caja. Lo cerca que estuve de ignorar su mensaje. Y pensé: qué bueno que no lo hice.
Los dibujos estaban llenos de sol. Una casita torcida bajo un cielo enorme. Una niña con vestido verde. Un árbol cubierto de manzanas, coloreadas con tanto cuidado que el lápiz casi perforó el papel.
Solo le escribí: «He recibido el paquete. Gracias.»
Me respondió de inmediato: «¡Qué alegría! Mi hija saltó de felicidad cuando le dije que lo había recibido.»
Y así comenzó todo. De vez en cuando nos escribíamos. Me hablaba de los días difíciles y de pequeñas victorias. Trabajaba en una farmacia. Su esposo era camionero de larga distancia. La niña empezó el jardín de infancia. Nunca se quejaba directamente, pero entre líneas se percibía el cansancio.
Un día descubrí que vivíamos cerca la una de la otra. Le propuse encontrarnos para tomar un café. Aceptó. La puerta de la cafetería se abrió. Una mujer delgada, con el cabello recogido y un bolso algo gastado al hombro. A su lado, una niña con vestido rosa y ojos enormes.
— ¿Eres tú?
— Sí.
Nos abrazamos como si nos conociéramos desde hace años. La pequeña me entregó un peluche.
— Es para ti.
En ese instante comprendí que existen lazos que nacen de un gesto pequeño y se convierten en algo infinito.
Hasta hoy seguimos en contacto. Intercambiamos libros, mermelada, pensamientos. Y cada vez que miro esas flores secas y los dibujos, recuerdo una cosa: Nunca sabemos qué vida tocamos cuando elegimos la bondad y la generosidad. A veces basta una sola caja con ropa usada para cambiar dos destinos.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Oración para el Miércoles de Ceniza

Señor Jesús:

Como tu pueblo elegido recibimos la ceniza
como señal de arrepentimiento, dolor y penitencia,
concédenos que al recibirla hoy en el inicio de la Cuaresma,
exprese nuestro deseo de conversión,
nuestro compromiso para apartarnos del pecado,
reconciliarnos contigo y crecer en la fe, esperanza y amor,
a través de los caminos que ofrece la Iglesia:
 "oración", para dialogar a diario contigo, nuestro amigo,
"caridad," para estar atentos a los otros y ayudarlos en su necesidad,
"ayuno y abstinencia" para aprender a dominarnos
y a privarnos de bienes para compartirlos con los demás.
Que en nuestro camino cuaresmal tu Palabra sea nuestra luz,
y la Eucaristía el alimento que fortalezca nuestro corazón
para acompañarte hasta la cruz
y llegar a la Pascua para celebrar contigo la Resurrección.

El sucesor del rey

                    José Martínez Colín | Catholic.net

Érase una vez un rey que vivía bien su fe cristiana y no tenía hijos. Por ello, envió a sus heraldos a colocar un anuncio en todos los pueblos diciendo que cualquier joven que reuniera los requisitos para aspirar a ser el sucesor al trono, debería entrevistarse con el Rey. Pero debía cumplir dos requisitos: Amar a Dios y a su prójimo.
En una aldea lejana, un joven huérfano leyó el anuncio real. Su abuelo, que lo conocía bien, no dudó en animarlo a presentarse, pues sabía que cumplía los requisitos, pues amaba a Dios y a todos en la aldea. Pero era tan pobre que no contaba con vestimentas dignas, ni con dinero para las provisiones de tan largo viaje.
Su abuelo lo animó a trabajar y el joven así lo hizo. Ahorró al máximo sus gastos y cuando tuvo una cantidad suficiente, vendió sus escasas pertenencias, compró ropas finas, algunas joyas y emprendió el viaje. Al final del viaje, casi sin dinero, se le acercó un pobre limosnero. Tiritando de frío, vestido de harapos, imploraba:
“Estoy hambriento y tengo frío, por favor ayúdeme...”
El joven, conmovido, de inmediato se deshizo de sus ropas nuevas y abrigadas y se puso los harapos del limosnero. Sin pensarlo dos veces le dio también parte de las provisiones que llevaba.
Cruzando los umbrales de la ciudad, una mujer con dos niños sucios, le suplicó:
“¡Mis niños tienen hambre y yo no tengo trabajo!”
Sin pensarlo dos veces, le dio su anillo y su cadena de oro, junto con el resto de las provisiones.
Entonces, en forma titubeante, llegó al castillo vestido con harapos y sin provisiones para el regreso. Un asistente del Rey lo llevó a un grande y lujoso salón donde estaba el rey. Cuál no sería su sorpresa cuando alzó los ojos y se encontró con los del Rey. Atónito dijo:
“¡Usted... usted! ¡Usted es el limosnero que estaba a la vera del camino!”
En ese instante entró una criada y dos niños trayéndole agua, para que se lavara y saciara su sed. Su sorpresa fue también mayúscula:
“¡Ustedes también! ¡Ustedes estaban en la puerta de la ciudad!”
El Soberano sonriendo dijo: “Sí, yo era ese limosnero, y mi criada y sus niños también estuvieron allí”.
El joven tartamudeó:
“Pero... pe... pero... ¡usted es el Rey! ¿Por qué me hizo eso?”
El monarca contestó: “Porque necesitaba descubrir si tus intenciones eran auténticas frente a tu amor a Dios y a tu prójimo. Sabía que, si me acercaba a ti como Rey, podrías fingir y no sabría realmente lo que hay en tu corazón. Como limosnero, no sólo descubrí que de verdad amas a Dios y a tu prójimo, sino que eres el único en haber pasado la prueba. ¡Tú serás mi heredero! --sentenció el Rey-- ¡Tú heredaras mi reino!”.