sábado, 30 de mayo de 2026

A la Virgen del Yugo


(Aniversario de su Coronación Canónica el 30 de Mayo de 2010)

Santa María, Virgen del Yugo,
acudimos a ti como Madre
para que sigas cuidando a todo el pueblo de Dios
que camina en las tierras de Navarra.
Danos fuerza para vivir la fe con ilusión y alegría.
Danos ardor para ser testigos del amor
de tu Hijo Jesucristo.
Danos ánimo para ser testigos de esperanza
y llevar la luz que Hijo nos concedió
el día de nuestro Bautismo.
Danos paz, unión y fraterna solidaridad.
Te lo pedimos a ti, Virgen del Yugo,
en Jesucristo tu Hijo. Amén.

(Francisco Pérez, Arzobispo Emérito de Pamplona-Tudela)

Las llamadas de mi madre

A las 6 de la mañana sonó mi teléfono. Era un número desconocido. Contesté con la voz dormida, sin imaginar que esa llamada iba a partir mi vida en dos.
— ¿Usted es el hijo de la señora…?
— Sí… soy yo.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio que todavía me persigue.
— Le llamamos del hospital… su madre ingresó anoche. Preguntó varias veces por usted.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
—¿Cómo está? -pregunté con la voz temblando.
La mujer del hospital respiró hondo… y dijo algo que jamás voy a olvidar:
— Antes de cerrar los ojos… dijo su nombre.
Sentí que el mundo se me cayó encima. Porque en ese momento recordé algo que me quemó el alma. Mi teléfono… estaba lleno de llamadas perdidas de ella. Llamadas que no contesté porque “estaba ocupado”. Porque “luego la llamo”. Porque “mañana que tendré tiempo”.
Mensajes que decían: “Hijo, solo quería saber cómo estás.” “Hijo, cuando tengas un momento llámame.” “Hijo, te echo de menos.” Y yo… yo siempre encontraba una excusa. El trabajo. El cansancio. La vida. Qué irónico. Tuve tiempo para todo… menos para la mujer que me dio la vida.
Salí corriendo al hospital con un nudo en la garganta. “Dios… que todavía esté viva… que todavía pueda decirle que la quiero.”
Pero cuando llegué… ya era tarde. Una enfermera me miró con esos ojos que lo dicen todo sin decir nada. Y entendí. Entré a la habitación. Ahí estaba mi madre… en silencio… como si estuviera dormida. Me acerqué… le tomé la mano que ya estaba fría… y por primera vez en mucho tiempo le hablé sin prisa.
— Mamá… ya estoy aquí contigo.
Pero ella… ya no podía escucharme. Y en ese momento entendí una verdad que me partió el alma: Las llamadas de una madre no duran para siempre. Un día… su teléfono deja de sonar. Y ese día… darías lo que fuera por escuchar una vez más su voz diciendo: “¿Hijo… cómo estás?”
Si tu madre todavía vive… no esperes a que el hospital sea quien te llame. Llámala tú primero.

jueves, 28 de mayo de 2026

Himno a Cristo Sumo y Eterno Sacerdote

Cantan tu gloria, Cristo Sacerdote,
los cielos y la tierra:
a ti que por amor te hiciste hombre
y al Padre como víctima te ofrendas.
Tu sacrificio nos abrió las puertas,
de par en par, del cielo;
ante el trono de Dios, es elocuente
tu holocausto en la cruz y tu silencio.
Todos los sacrificios de los hombres
quedaron abolidos:
todos eran figuras que anunciaban
al Sacerdote eterno, Jesucristo.
No te basta el morir, que quieres darnos
alimento de vida:
quedarte con nosotros y ofrecerte
sobre el altar: hacerte eucaristía.
Clavado en cruz nos miras, te miramos,
crece el amor, la entrega.
Al Padre, en el Espíritu, contigo,
eleva nuestro canto y nuestra ofrenda. Amén

Piloto por accidente

El hecho es real y ocurrió en la segunda Guerra mundial.
Un gran avión bombardero se dirigía a Alemania desde una de las bases inglesas. Iba con una escuadrilla cuando los cazas alemanes los atacaron. Una ráfaga de ametralladora cruzó el avión de parte a parte hiriendo a los dos pilotos y al radiotelegrafista. Solamente un soldado irlandés, católico, que iba en el avión como ayudante, quedó ileso.
El radiotelegrafista avisó a la base que iban a tirar las bombas en el primer objetivo y que regresarían, que prepararan las ambulancias. Al cabo de media hora, tiradas las bombas, giraron para volver a Inglaterra. Quedaban todavía dos horas de vuelo, y los heridos perdían mucha sangre. El segundo piloto se desmayó, y el irlandés lo quitó del asiento y lo tumbó en la suelo del avión. El piloto le indicó que se sentara en el puesto vacío.
— Yo no puedo más. Por favor, dirige tú.
— ¡Pero si yo no he tocado nunca los mandos de un avión…!
— Siéntate. Yo te iré diciendo.
— Da más gas… Sube… Comprueba el altímetro… Estamos bajando demasiado…
Y así continuamente, mientras él rezaba y rezaba a la Virgen. Por fin, estaban sobre Inglaterra.
Se veían las luces del aeródromo y ambulancias que preparadas junto a la pista.
La voz del piloto siguió diciéndole:
— Reduce el combustible… baja el tren de aterrizaje… menos combustible… inclina los alerones, más, más…
El avión dio un suave golpe en el suelo y se deslizó sobre la pista de cemento. El soldado apretó los frenos y el gran bombardero se paró en unos segundos.
Aturdido, el ayudante saltó del asiento para abrir la puerta. Dos doctores y tres enfermeras penetraron en el avión mientras el soldado, nervioso, explicaba la aventura y su emoción de haber guiado un aparato por primera vez.
Un enfermero apareció en la puerta,agarró al soldado por las solapas y le dijo:
— Pero, ¿quién ha dirigido el avión a la vuelta?
— El piloto me llamó al segundo asiento y me decía lo que debía hacer cada momento.
— ¡Imposible!
— Pues así ha sido, doctor.
— Imposible. El primer piloto está ya frío, ha muerto hace al menos hora y media. El segundo piloto ha muerto antes. El radiotelegrafista está también muerto…
— Ahora lo entiendo, -dijo el irlandés despertando de un sueño. Yo iba rezando a la Virgen, y una voz me iba dirigiendo. Yo creía que el piloto perdía mucha sangre y apenas podía hablar. No tuve ni tiempo de mirarlo, siempre había que hacer algo nuevo. Pero esa voz me lo iba diciendo.
Y el soldado irlandés se echó a llorar. Al llevarse las manos a la cara, las cuentas del rosario le acariciaron las mejillas. Entonces lo comprendió todo.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Pedí a Dios...

Le pedí a Dios estar en primera fila. y Él me colocó en el último lugar para que conociera la paciencia y la humildad.
Le pedí a Dios ser yo el centro del mundo. y Él me enseñó que la vanidad me aparta del centro de cualquier cosa.
Le pedí a Dios fama y gloria, y Él me concedió sencillez y comprensión para que mi ego no hiera a los demás.
Le pedí a Dios un auto que viajara veloz, y Él me concedió un paso firme por el sendero correcto para que no atropellara mis sentimientos.
Le pedí a Dios tener una mansión, pero Él me dio una pequeña casa llena de ternura y amor.
Le pedí a Dios poseer mucho dinero para tener muchos amigos... pero Él me concedió algo mejor. me ofreció una amistad, no a cambio de dinero, sino de mi sinceridad.
Le pedí a Dios mucha salud para conquistar mis anhelos... pero Él me concedió enfermedad para que conquistara la paciencia y uno que otro sueño. para que creyera más en Él y mi ego se elevara hasta el cielo.
Le pedí a Dios una bella apariencia física y sin embargo. Él me dio sensibilidad y belleza espiritual para que no me sintiera más que los demás.
Le pedí a Dios ser siempre feliz... pero Él me hizo conocer la tristeza para que comprendiera que la vida no solo está compuesta de cosas bellas, y aprendiera a tener la compasión de todos los demás.
Le pedí a Dios un carácter fuerte... pero Él me concedió un corazón blando y un carácter pasivo para que aprendiera a amar y ayudar a los demás.
Le pedí a Dios nunca llorar y, sin embargo. Él me hizo derramar una lágrima en el corazón al sentirme impotente para ayudar a un ser amado. por no poder transmitirle palabras de aliento. por no poder demostrarle lo mucho que lo quiero.
Le pedí a Dios tener el mundo a mis pies... pero Él me hizo comprender que es mejor tener amigos en el corazón.
Por eso, Dios mío. nunca me concedas todo lo que te pido, solo concédeme lo que Tú, hasta hoy, me has concedido".

La torpeza del abuelo

El abuelo se había hecho muy viejo. Sus piernas flaqueaban, veía y oía cada vez menos, babeaba y tenía serias dificultades para tragar. En una ocasión -prosigue la escena de aquella novela de Tolstoi- cuando su hijo y su nuera le servían la cena, al abuelo se le cayó el plato y se hizo añicos en el suelo. 
La nuera comenzó a quejarse de la torpeza de su suegro, diciendo que lo rompía todo, y que a partir de aquel día le darían de comer en una palangana de plástico. 
El anciano suspiraba asustado, sin atreverse a decir nada.
Poco después, vieron al hijo pequeño rebuscando en el armario. Movido por la curiosidad, su padre le preguntó:
- "¿Qué haces, hijo?" 
El chico, sin levantar la cabeza, contestó:
- "Estoy preparando una palangana para daros de comer a mamá y a ti cuando seáis viejos." 
El marido y su esposa se miraron y se sintieron tan avergonzados que empezaron a llorar. Pidieron perdón al abuelo y a su hijo, y las cosas cambiaron radicalmente a partir de aquel día. 
Su hijo pequeño les había dado una severa lección de sensibilidad y de buen corazón.


domingo, 17 de mayo de 2026

Ascensión de Jesús al cielo

              Florentino Ulibarri

Haced discípulos míos, no maestros; haced personas, no esclavos;
haced caminantes, no gente asentada; haced servidores, no jefes.
Haced hermanos.
Haced creyentes, no gente creída;
haced buscadores de verdad, no amos de certezas;
haced creadores, no copiadores; haced ciudadanos, no extranjeros.
Haced hermanos.
Haced poetas, no pragmáticos;
haced gente de sueños y memoria, no de títulos, arcas y mapas;
haced personas arriesgadas, no espectadores.
Haced hermanos.
Haced profetas, no cortesanos; haced gente inquieta, no satisfecha;
haced personas libres, no leguleyas; haced gente evangélica, no agorera.
Haced hermanos.
Haced sembradores, no coleccionistas; haced artistas, no soldados;
haced testigos, no inquisidores; haced amigos de camino, no enemigos.
Haced hermanos.
Haced personas de encuentro, con entrañas y ternura,
con promesas y esperanzas, con presencia y paciencia,
con misión y envío.
Haced hermanos.
Haced discípulos míos; dadles todo lo que os he dado;
descargad vuestras espaldas y sentíos hermanos.