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jueves, 6 de agosto de 2026

Deformación de versiones

ORDEN INICIAL DEL CORONEL AL COMANDANTE: «Mañana a las nueve y media habrá un eclipse de Sol, hecho que no ocurre todos los días, que formen los soldados en el patio en traje de campaña para presenciar el fenómeno. Yo les daré las explicaciones necesarias. En caso de que llueva, que formen en el gimnasio».
EL COMANDANTE AL CAPITÁN: «Por orden del señor coronel, mañana a las nueve y media habrá un eclipse de Sol, según el señor coronel, si llueve no se verá nada al aire libre, entonces en traje de campaña el eclipse tendrá lugar en el gimnasio, hecho que no ocurre todos los días. El dará las órdenes oportunas».
EL CAPITÁN AL TENIENTE: «Por orden del señor coronel, mañana a las nueve y media en traje de campaña inauguración del eclipse de Sol en el gimnasio. El señor coronel dará las órdenes oportunas de si debe llover, hecho que no ocurre todos los días. Si hace buen tiempo y no llueve, el eclipse tendrá lugar en el patio».
EL TENIENTE AL SARGENTO: «Mañana a las nueve y media, por orden del señor coronel lloverá en el patio del cuartel. El señor coronel en traje de campaña dará las órdenes en el gimnasio para que el eclipse se celebre en el patio».
EL SARGENTO AL CABO: «Mañana a las nueve y media, tendrá lugar el eclipse del señor coronel en traje de campaña por efecto del Sol. Si llueve en el gimnasio, hecho que no ocurre todos los días, se saldrá al patio».
EL CABO A LOS SOLDADOS: «Mañana, a eso de las nueve y media, parece ser que el Sol en traje de campaña eclipsará al señor coronel en el gimnasio, lástima que esto no ocurra todos los días».

miércoles, 5 de agosto de 2026

Las dos ranas

Sucedió una vez que dos ranitas salieron a dar un paseo. Como hacían a menudo, recorrían los prados que rodeaban su charca saltando alegremente. Hasta que un día sucedió algo inesperado: tras un salto largo cayeron dentro de un balde que el vaquero había olvidado cerca del establo y que aún guardaba bastante leche.
Al principio las ranitas no comprendían qué había sucedido, incluso encontraban divertida la situación. Pero pronto se dieron cuenta que aquello se estaba convirtiendo en una trampa: por mucho que se esforzaban por salir del cubo, las paredes metálicas eran demasiado lisas y el borde quedaba demasiado alto. Y así lo único que podían hacer era nadar y nadar para no ahogarse en la leche.
Pero el tiempo pasaba y el cansancio se apoderaba de ellas.
— ¿Te has dado cuenta de que nunca vamos a salir de aquí?, le dijo la ranita mayor a la más joven. Nuestras patas no podrán soportarlo mucho tiempo y nunca saldremos de ésta. Moriremos aquí.
— No importa, respondió la otra ranita. No podemos hacer otra cosa que nadar. Nada y no te lamentes. Conserva tus fuerzas.
Y las ranitas siguieron nadando y nadando y nadando sin descanso. Al cabo de un buen rato, la ranita mayor volvió a quejarse:
— Nunca saldremos de aquí, éste será nuestro final. Me duelen las ancas y ya casi me es imposible seguir nadando. En verdad ha llegado nuestro fin.
A lo que la ranita pequeña respondió:
— Nada y calla; no pierdas la esperanza. Simplemente confía y sigue luchando.
Y así siguieron, nadando y nadando; pero el tiempo pasaba y sus fuerzas menguaban, pues no paraban de dar vueltas, una detrás de la otra, concentradas en el movimiento de sus patitas y en mantener la cabeza fuera del líquido.
— No puedo más, volvió a quejarse la ranita mayor, De verdad te digo que ya no puedo más. Ya no siento las ancas, ya no sé si las muevo o no. No veo bien y no sé hacia dónde me muevo. Ya no sé nada.
— Continúa nadando, replicó la otra ranita. No importa cómo te sientas, no pienses siquiera en ello. Sigue adelante, continúa.
Sacaron fuerza de flaqueza y siguieron nadando y nadando. Por poco tiempo, pues la rana mayor pronto cejó en el empeño y con apenas un aliento de voz susurró:
— Es inútil. No tiene ningún sentido seguir luchando. No entiendo qué estamos haciendo, por qué he de seguir nadando. Nunca podremos escapar.
— ¡Sigue nadando! ¡No te rindas!
Y aún reunieron fuerzas para nadar unos instantes más, hasta que la ranita mayor, extenuada, abandonó y murió ahogada. Y también la ranita más joven sintió la tentación de abandonar la lucha, de dejarse vencer y acabar con aquello, pero siguió nadando y nadando mientras se repetía a sí misma: Nada, nada. Un poco más, sólo un poco más. Continúa nadando. ¡Nada! ¡Nada!
Pero el tiempo pasaba y la ranita se sentía cada vez más débil. Le dolían las ancas, todo el cuerpo le dolía, pero ella seguía nadando, nadando, moviendo sin cesar sus pequeñas extremidades.
Y de pronto sucedió algo sorprendente. Bajo sus patitas empezó a notar algo sólido, así que reunió las últimas fuerzas que le quedaban, se apoyó en aquella masa y saltó… justo por encima del borde del balde, para ir a parar a la seguridad del prado.
¡Con el movimiento continuo de sus patas la leche había empezado a convertirse en mantequilla! Y la consistencia de la mantequilla le había ofrecido un punto de apoyo desde el que saltar.

Gracias a la perseverancia en su esfuerzo y a que no se había dejado derrotar por el cansancio o el sin sentido, había sido capaz de transformar una situación terrible en una ocasión de liberación. En los momentos más difíciles lo único que no podemos perder es la esperanza. Si pones tu corazón en tu propósito, ningún esfuerzo te parecerá difícil.

jueves, 30 de julio de 2026

El águila

El águila es una de las aves de mayor vida. Llega a vivir 70 años. Pero a los 40 años, sus uñas se han vuelto tan largas y flexibles que no puede sujetar a las presas de las cuales se alimenta. El pico alargado y en punta, se curva demasiado y ya no le sirve. Apuntando contra el pecho están las alas, envejecidas y pesadas en función del gran tamaño de sus plumas, y para entonces, volar se vuelve muy difícil. Tiene sólo dos alternativas: dejarse estar y morir... o enfrentarse a un doloroso proceso de renovación que le llevará aproximadamente 150 días. Ese proceso consiste en volar a lo alto de una montaña y recogerse en un nido, próximo a un paredón donde no necesita volar y se siente protegida. Una vez encontrado el lugar adecuado, el águila comienza a golpear la roca con el pico... hasta arrancarlo.
Después espera que le nazca un nuevo pico con el cual podrá arrancar sus viejas uñas inservibles. Cuando las nuevas uñas comienzan a crecer, desprende una a una sus viejas plumas. 
Al cabo de esos largos y dolorosos cinco meses de heridas, cicatrices y crecimiento, consigue realizar su famoso vuelo de renovación, renacimiento y festejo para vivir otros 30 años más.

En nuestra vida también nos toca sufrir procesos de reconversión para no sucumbir. Tenemos que resguardarnos un tiempo, meditar, someternos a ciertos sacrificios para llevar a cabo algunos cambios.

lunes, 27 de julio de 2026

De una en una

Cierto día, caminando por la playa me fijé en un hombre que se agachaba a cada momento, recogía algo de la arena y lo lanzaba al mar. Hacía lo mismo una y otra vez.
Cuando me aproximé, observé que lo que agarraba eran estrellas de mar que las olas dejaban en la arena, y una a una las arrojaba de nuevo al mar. Le pregunté por qué lo hacía, y me respondió:
— "Estoy lanzando estas estrellas marinas nuevamente al océano. Como ves, la marea está baja y estas estrellas han quedado en la orilla. Si no las devuelvo morirán aquí por falta de oxígeno."
— "Entiendo -le dije-, pero debe haber miles de estrellas de mar sobre la playa, no puedes lanzarlas todas. Son demasiadas, quizás no te des cuenta que esto sucede probablemente en cientos de playas a lo largo de la costa. ¿No estás haciendo algo que no tiene sentido?"
El hombre sonrió, se inclinó y tomó una estrella marina y mientras la lanzaba de vuelta al mar me respondió:
— "¡Para ésta sí lo ha tenido!"

sábado, 25 de julio de 2026

El fósforo y la vela

Cierto día, el fósforo le dijo a la vela:
— Hoy te encenderé.
— ¡Oh no!, dijo la vela, tú no te das cuenta que, si me enciendes, mis días estarán contados; no me hagas una maldad como esa.
— ¿Entonces tú quieres permanecer así toda tu vida? ¿Dura, fría y sin haber brillado nunca? preguntó el fósforo.
— ¿Pero tienes que quemarme? Eso duele y además consume todas mis fuerzas, murmuró la vela.
Entonces respondió el fósforo:
— ¡Tienes toda la razón! Pero esa es nuestra misión. Tú y yo fuimos hechos para ser luz y lo que yo como fósforo puedo hacer es muy poco, mi llama es pequeña y mi tiempo es corto. Pero si te paso mi llama, habré cumplido con el propósito de mi vida; yo fui hecho justamente para eso, para comenzar el fuego.
Ahora, tú eres una vela y tu misión es brillar. Todo tu dolor y energía se transformará en luz y calor por un buen tiempo.
Oyendo eso, la vela miró al fósforo que ya estaba en el final de su llama y le dijo:
— ¡Por favor, enciéndeme!
Y así produjo una hermosa y brillante llama.
Así como la vela, a veces, es necesario pasar por experiencias duras, experimentar el dolor y sufrimiento para que lo mejor que tenemos surja, sea compartido y podamos ser LUZ.


domingo, 19 de julio de 2026

Regalos de Dios

Se cuenta que en la plaza del pueblo habían abierto una nueva tienda con un rótulo: ‘Regalos de Dios’.
Un ángel atendía a los clientes.
- ¿Qué es lo que vendes, ángel del Señor? pregunté.
- Vendo todos los dones de Dios.
- ¿Son muy caros?
- No, los dones de Dios son todos gratis.
Las estanterías estaban llenas de ánforas de amor, frascos de fe, cajas de salvación y muchas cosas más.
Yo tenía gran necesidad de todas esas cosas. Me armé de valor y le dije al ángel:
- Dame, por favor, bastante amor de Dios, dame perdón de Dios, una bolsa de esperanza, un frasco de fe y una caja de salvación.
Todo lo que había pedido me fue servido en una cajita diminuta. Sorprendido, le pregunté:
- ¿Está todo ahí?
El ángel me explicó:
- Ahí está todo. Dios no da nunca frutos maduros. Él sólo da semillas que cada cual tiene la obligación de cultivar y hacer crecer.

sábado, 13 de junio de 2026

Lo que damos , regresa

            Autor desconocido.

Su nombre era Fleming y era un pobre agricultor inglés. Un día, mientras trataba de ganarse la vida para ayudar a su familia, escuchó a alguien pidiendo auxilio desde un pantano cercano. Inmediatamente soltó sus herramientas y corrió hacia el pantano. Allí, enterrado hasta la cintura en el lodo negro, estaba un niño aterrorizado, gritando y luchando, tratando de liberarse del lodo. El agricultor Fleming salvó al niño de lo que pudo ser una muerte lenta y terrible.
Al día siguiente, un carruaje muy pomposo llegó hasta el caserío del agricultor inglés. Un noble inglés, elegantemente vestido, se bajó y se presentó como el padre del niño que Fleming había salvado.
— Yo quiero recompensarlo -dijo el noble inglés-. Usted salvó la vida de mi hijo.
— No; yo no puedo aceptar una recompensa por lo que hice -respondió Fleming, rechazando la oferta.
En ese momento el hijo del agricultor salió a la puerta de la casa de la familia.
— ¿Es tu hijo? -preguntó el noble inglés.
— Sí -respondió el agricultor, lleno de orgullo.
— Le voy a proponer un trato. Déjeme llevarme a su hijo y ofrecerle una buena educación. Si se parece a su padre, crecerá hasta convertirse en un hombre del cual usted estará muy orgulloso.
El agricultor aceptó.
Con el paso del tiempo el hijo de Fleming el agricultor se graduó en la Escuela de Medicina del St. Mary's Hospital de Londres y se convirtió en un personaje conocido en todo el mundo: el premio Nobel sir Alexander Fleming, descubridor de la penicilina.
Algunos años después, el hijo del noble inglés cayó enfermo de pulmonía. ¿Qué lo salvó? La penicilina.
¿El nombre del noble inglés? Randolph Churchill. ¿El nombre de su hijo? Winston Churchill.

jueves, 11 de junio de 2026

La Fabrica de Sueños

Hace muchos, muchos años, existió un hombre muy bueno que soñaba con realizar sueños ajenos. Desde pequeño, los sueños habían sido muy importantes para él. A medida que fue creciendo, se dio cuenta que a muchas personas les era dificultoso hacer realidad lo que soñaban y, lo que era peor, a muchos otros, les era imposible soñar.
Y entonces, soñó la manera de ayudar a la gente a concretar sus sueños, y como lo soñó con todo el corazón, lo hizo realidad. Con todos sus ahorros, construyó así la primera (y única) “Fábrica de sueños”.
Muchos dijeron que estaba loco, otros lo ayudaron a cumplir su meta. Trabajaron mucho y construyeron un edificio con muchas dependencias: “Sueños de grandeza”, “Sueños de gloria”, “Sueños sencillos”, “Sueños de amor”. En el último piso, atendida por su dueño, la oficina de los “Sueños Imposibles”.
A esta última costaba un poco llegar, pero se llegaba siempre porque para Mario, su dueño, no había ningún sueño que no se pudiera hacer realidad. Después de mucho trabajo, muchas críticas y algunos elogios, la fábrica se inauguró. Como de sueños se trataba, de esos que se sueñan despiertos, cada persona que entraba veía a la fábrica de diferente manera.
A quienes tenían sueños de grandeza, la fábrica les parecía el edificio más imponente que hubiesen visto jamás. Por el contrario, los que soñaban una vida simple, veían en ella sólo una simple construcción, cálida y agradable. Dicen que quienes soñaban con ser artistas, podían escuchar, al entrar, música que nadie tocaba y aplausos que nadie brindaba. Los que soñaban con un gran amor, aseguraban haber sido atendidos por un angelito que los guiaba con una flecha a su destino tan ansiado. Y como siempre se dijo que “soñar no cuesta nada”, Mario jamás cobró por sus servicios.
La fábrica trabajaba día y noche buscando amores correspondidos, teatros a sala llena con público que aplaudiera, o logrando –simplemente- un helado de siete sabores. Pero, sin duda, su mayor esfuerzo era enseñarles a las personas que para los sueños, también hay que trabajar y luchar.
Esta era la parte más difícil del trabajo de Mario. La gente llegaba a su fábrica creyendo que, con sólo expresar en voz alta su deseo, el sueño ya podría ser cumplido.
A un sueño, hay que ayudarlo –decía siempre Mario- hay que trabajar para lograr lo que uno desea y a veces, mucho -añadía a sus sorprendidos clientes.
Muchos no lo entendían y se retiraban de la fábrica enfadados y desilusionados. Por el contrario, quienes sí entendían de qué se trataba, trabajaban duramente por lograr su cometido.
Y así podía verse en cada oficina, personas estudiando mucho, entrenando, ensayando, reflexionando sobre sus defectos para poder hacer felices a otros. Magos que aprendían trucos sin trucos, payasos que ensayaban rutinas insólitas por lograr la risa más sonora que se hubiese escuchado jamás.
También había cocineros probando sabores nuevos, recetas locas, combinaciones exóticas, todo por lograr el plato ideal, la comida más rica jamás preparada. Había muchos escritores que borraban, volvían a escribir, hacían bolas de papel y todo en busca de su tan ansiado libro y otros, que soñaban con salvar el planeta, iban recolectando y reciclando todos los residuos que la fábrica generaba.
Fueron tiempos felices, donde la mayoría de la gente empezó a entender que un sueño no sólo se sueña, se construye, se defiende, se sostiene y luego se logra.
Dicen, quienes recuerdan aquellos tiempos, que mientras la fábrica estuvo abierta hubo menos robos y los noticieros daban más noticias buenas que malas. También aseguran que la gente enfermaba menos y médicos y enfermeras dedicaban el tiempo libre que tenían en concretar sus propios sueños.
Los ahorros de Mario se iban acabando, mucho había invertido y nada ganaba, sin embargo él no pensaba en eso y seguía adelante.
— Deberíamos empezar a cobrar ¿no le parece Mario? preguntaba Tomás, fiel colaborador.
— De ninguna manera ¡Cobrar por ayudar a cumplir un sueño! ¡Ni soñando!
— Las reservas se acaban, yo sé lo que le digo, insistió el joven.
Sin embargo, Mario hizo oídos sordos a lo que decía su colaborador. Era consciente que ya casi no había dinero para sostener la fábrica en marcha, pero su deseo de seguir ayudando pudo más.
Tomás trataba de ajustar lo más que podía el presupuesto, pero sabía que más temprano que tarde, el dinero se acabaría por completo.
— ¿Has visto Tomás? Esa joven ha encontrado el amor, comentó entusiasmado, un día Mario.
— No queda dinero en el banco, dijo el joven.
— A propósito, se ha recibido de doctor a Don Julio, a los setenta años.
— Me alegra señor, respondió el joven.
— Pues sonríe entonces ¿dónde está tu alegría?
— No hay dinero señor, no lo hay ¿cómo podremos seguir?
Mario no respondió. No toleraba la idea de perder la fábrica. Pero llegó el día tan temido. La fábrica cerró sus puertas. Mario no fue el único que sufrió la pérdida, pero si fue el que más perdió. Sentado en la puerta del gran edificio ya vacío, pensaba en que no había hecho las cosas bien y se culpaba por no haber escuchado a Tomás.
Comenzó a invadirle una gran sensación de fracaso. Al día siguiente de cerrar la fábrica, Tomás volvió a ella, sabiendo que encontraría a Mario, como siempre, como todos los días. Se sentó a su lado, en el umbral de la puerta. Mario no apartaba la mirada del suelo.
— He fracasado, dijo Mario sin mirar al joven.
— Ya lo veremos, respondió Tomás.
Mario no entendió las palabras de su amigo, pero no tardaría en hacerlo. Con el tiempo comenzó a darse cuenta que la mayoría de las personas habían aprendido que soñar era mucho más que desear algo. Vio que el fruto de su esfuerzo se reflejaba en niños sanos, amores correspondidos, aplausos sentidos y gente feliz. Se dio cuenta que, a pesar de que la fábrica tuvo que cerrar sus puertas, la gente no sólo no había dejado de soñar, sino que trabajaba con ahínco por lograr sus metas. No había sido en vano, no había soñado un sueño imposible. Había abierto en cada persona una puerta que ya no se cerraría.
Y entonces fue feliz, aún más de lo que había sido siempre.

lunes, 1 de junio de 2026

Los zapatos del jardinero

Un estudiante universitario salió un día a dar un paseo por los jardines del campus con un profesor, a quien los alumnos consideraban un buen amigo debido a su bondad para con todos. Mientras caminaban, vieron encima de un banco del jardín, un par de zapatos viejos y un abrigo. Supusieron que pertenecían al que trabajaba en el jardín y que estaría por terminar sus labores diarias.
El alumno dijo al profesor:
— Vamos a gastarle una broma. Escondamos los zapatos y ocultémonos detrás de esos arbustos para ver su cara cuando no los encuentre.
— Querido amigo -le dijo el profesor- nunca debemos divertirnos a expensas de los pobres. Tú eres rico y puedes darle una alegría a este hombre. Coloca una moneda en cada zapato y luego nos ocultaremos para ver cómo reacciona cuando las encuentre.
Eso hizo y ambos se ocultaron entre los arbustos cercanos. El hombre pobre, terminó sus tareas del día, y fue en busca de sus zapatos y su abrigo.
Una vez que se hubo puesto el abrigo, deslizó el pie derecho en un zapato, pero al sentir algo dentro, cogió el zapato con la mano para ver qué era, y encontró una moneda. Pasmado, se preguntó qué podía haber pasado. Miró a su alrededor, para todos lados, pero no se veía a nadie. Guardó la moneda en el bolsillo del abrigo y se puso el otro zapato. Su sorpresa fue doble al encontrar la otra moneda.
En ese momento cayó de rodillas y levantando los ojos al cielo pronunció una ferviente oración de agradecimiento en voz alta…; en ella se le oía hablar de su esposa enferma y de sus hijos que no tenían pan y que debido a una mano desconocida no morirían de hambre.
El estudiante quedó profundamente conmovido y se le llenaron los ojos de lágrimas.
— Ahora -dijo el profesor- ¿No estás más complacido que si le hubieras gastado una broma?
El joven respondió:
— Usted me ha enseñado una doble lección que jamás olvidaré: “Nunca es bueno reírse de los demás” y “es mejor dar que recibir”.

miércoles, 27 de mayo de 2026

La torpeza del abuelo

El abuelo se había hecho muy viejo. Sus piernas flaqueaban, veía y oía cada vez menos, babeaba y tenía serias dificultades para tragar. En una ocasión -prosigue la escena de aquella novela de Tolstoi- cuando su hijo y su nuera le servían la cena, al abuelo se le cayó el plato y se hizo añicos en el suelo. 
La nuera comenzó a quejarse de la torpeza de su suegro, diciendo que lo rompía todo, y que a partir de aquel día le darían de comer en una palangana de plástico. 
El anciano suspiraba asustado, sin atreverse a decir nada.
Poco después, vieron al hijo pequeño rebuscando en el armario. Movido por la curiosidad, su padre le preguntó:
- "¿Qué haces, hijo?" 
El chico, sin levantar la cabeza, contestó:
- "Estoy preparando una palangana para daros de comer a mamá y a ti cuando seáis viejos." 
El marido y su esposa se miraron y se sintieron tan avergonzados que empezaron a llorar. Pidieron perdón al abuelo y a su hijo, y las cosas cambiaron radicalmente a partir de aquel día. 
Su hijo pequeño les había dado una severa lección de sensibilidad y de buen corazón.


domingo, 17 de mayo de 2026

Nora y el perro Teo

Mi hija Nora tenía nueve años cuando la atropellaron.
Un vehículo en el paso de cebra. Un segundo que lo cambió todo. Y el mundo tal como lo conocíamos desapareció de golpe. Físicamente fue recuperándose. Pero Nora dejó de hablar. Primero las respuestas se fueron haciendo más cortas. Luego se limitaba a asentir o negar con la cabeza. Y finalmente silencio completo.
Los especialistas lo diagnosticaron de origen traumático: el cerebro a veces construye una muralla para protegerse del daño. Que requería paciencia y podía prolongarse durante meses... Fueron dos años. Durante ese tiempo probamos todo lo que estaba en nuestra mano. Psicólogos, una especialista en trauma infantil, terapia de juego, terapia de expresión corporal, con elementos naturales. Nora participaba en cada sesión. Estaba allí, con una mirada de alguien que ha aprendido a existir en silencio.
En casa acomodamos nuestra forma de vivir. Bajamos el tono de voz, pusimos música suave de fondo, intentamos no ejercer ninguna presión sobre ella. Su hermano mayor Marcos desarrolló con ella un sistema de señas propias que solo entendían los dos. Yo aprendí a interpretar sus gestos: un movimiento de hombros, el ritmo de su respiración, la forma de enlazar sus dedos con los míos cuando algo le agradaba.
Mi hermana Beatriz es voluntaria desde hace años en una fundación de terapia asistida con animales que trabaja en la zona de Granada. Cuando vino a visitarnos lo hizo acompañada de Teo, un labrador de doce años. Tiene ya el morro casi blanco de canas, se mueve despacio, y tiene la serenidad de los perros mayores y sabios. Beatriz me contó que llevaba más de seis años trabajando con niños en hospitales, centros educativos y domicilios particulares.
Le pedí intentarlo. Sin hacernos ilusiones. El primer día Nora lo miró desde el otro extremo de la habitación y no se aproximó. Teo tampoco avanzó hacia ella. Se tumbó en el suelo, en el espacio intermedio entre los dos, y cerró los ojos como diciendo ‘estoy aquí, no tengo ninguna prisa’.
El segundo día Nora se sentó en el suelo, a algo más de un metro de distancia. Sin tocarlo. Solo los dos compartiendo el mismo silencio. Yo los observaba desde el pasillo, conteniendo el aliento.
El tercer día estaba en la cocina cuando percibí una voz. La voz inconfundible de mi hija. Caminé hasta el salón y me detuve en el marco de la puerta, paralizada.
Nora estaba en el suelo con las piernas cruzadas. Teo tenía el morro apoyado sobre sus rodillas. Y ella le hablaba. Sin mirarme a mí. Hablándole a él. Contándole algo que yo no alcanzaba a descifrar — sus palabras eran apenas un murmullo. Tuve que apoyar la espalda contra la pared del pasillo porque las piernas se tambaleaban.
No entré en el salón. Me quedé allí con ambas manos tapándome la boca y llorando. Lloré dos años de silencio, de noches con el grifo abierto, dos años de haber aprendido a entender el mundo a través de gestos porque no existían las palabras.
Ese día no llamé a ningún médico. Llamé a mi madre. Y cuando ella descolgó, fui yo la que no pudo hablar.
Eso fue hace ocho meses. Nora continúa con la recuperación. Todavía hay jornadas duras, instantes en que las palabras se le atascan en la garganta. Pero habla. Le cuenta historias a su hermano. Me pregunta qué hay de cenar. Se ríe, con esa risa suya que creí que no volvería a escuchar.
Teo sigue viniendo los miércoles. Nora lo espera junto a la puerta desde diez minutos antes. No sé qué pasó aquel día entre ellos. Qué le contó ella, qué comprendió él. Solo sé que un perro viejo con el hocico lleno de canas logró en setenta y dos horas lo que dos años de tratamientos no habían podido conseguir.
Hay momentos en que pienso que los animales perciben dimensiones que a nosotros se nos escapan. Que acceden a lugares a los que el lenguaje humano no puede llegar.

domingo, 3 de mayo de 2026

Dios aprieta pero no ahoga

Había un hombre muy rico que poseía muchos bienes, una gran estancia, mucho ganado, varios empleados, y un único hijo, su heredero.
Un día, el padre, ya avanzado en edad, dijo a sus empleados que le construyeran un pequeño establo. Dentro de él, el propio padre preparó una horca y, junto a ella, una placa con algo escrito: “Para que nunca desprecies las palabras de tu padre”.
Llamó a su hijo, lo llevó hasta el establo y le dijo:
— ¡Esta horca es para ti! Te conozco muy bien y sé que cuando yo falte dilapidarás toda la herencia viviendo malamente. Quiero que me prometas que, si sucede lo que yo te he dicho, no te suicidarás con veneno o disparándote un tiro sino que te ahorcarás en este establo.
El joven se echo a reír, pensó que era un absurdo, pero para no contradecir a su padre le prometió que así lo haría, pensando que eso jamás sucedería.
El tiempo pasó, el padre murió, y su hijo se encargó de todo, y así como su padre había previsto, el joven gastó todo, vendió los bienes, perdió sus amigos y hasta la propia dignidad.
Desesperado y afligido, comenzó a reflexionar sobre su vida y vio que había sido un tonto. Se acordó de las palabras de su padre y comenzó a decir:
— ¡Ah, padre mío…! ¡Si yo hubiese escuchado tus consejos…! Pero ahora es demasiado tarde. Yo nunca seguí sus palabras, pero esta vez lo haré. No me queda nada más…
Entonces, subió los escalones y se colocó la cuerda en el cuello, y pensó:
— ¡Ah, si yo tuviese una nueva oportunidad…!
Entonces, se tiró desde lo alto de los escalones y, por un instante, sintió que la cuerda apretaba su garganta… Sin embargo, el brazo de la horca estaba hueco y se rompió fácilmente, cayendo el joven al suelo. Sobre él cayeron joyas, esmeraldas, rubíes, zafiros y brillantes. La horca estaba llena de piedras preciosas. Entre lo que cayó encontró una nota. En ella estaba escrito:
— Esta es tu nueva oportunidad, no cometas errores. ¡Te quiero mucho! Con amor, Tu padre.

lunes, 23 de marzo de 2026

Un tsunami sobre el pueblo de campesinos

Hace ya mucho tiempo, había un misionero en Filipinas que atendía a los cristianos de varios pueblecitos. Para hablarles del amor de Dios y de los caminos que a veces utilizaba para enseñarles, solía inventarse cuentos sencillos como éste, cargados de una profunda enseñanza.
Había en las costas de Filipinas a mediados del siglo XX un pequeño pueblo llamado Hinuatán lleno de pescadores y campesinos bastante descreídos. Sus gentes vivían de la pesca y del arroz que cultivaban en los arrozales de las laderas de las montañas cercanas al pueblo.
Casi en lo alto de la montaña vivía un anciano con su nieto. Desde allí contemplaban el ir y venir de los pescadores con sus barcas y de los campesinos cuando iban a sus arrozales. Conocían y querían a todos los vecinos y a éstos les gustaba saber que, desde la altura, el abuelo velaba por ellos con afecto.
Un día, estando ya el arroz casi maduro, el abuelo oteaba a lo lejos preocupado. Había percibido algo extraño. A lo lejos se levantaba una gigantesca cortina de agua, como si el mar y el cielo se hubiesen unido. El abuelo se puso la mano en la frente, a modo de visera, para observar mejor. Al cabo de unos instantes, se volvió hacia la casa y gritó:
— ¡Juan! vete al fuego y trae dos tizones encendidos! ¡Corre!
Juan obedeció al instante. El abuelo, cogió uno de los tizones y salió corriendo hacia el arrozal más cercano; al tiempo que le decía a su nieto que le siguiera con el otro tizón. Juan no entendía nada, hasta que vio, lleno de espanto, cómo el abuelo lanzó el trozo de leña encendido en medio del arroz.
— Pero abuelo, ¿qué hace?
— ¡De prisa, rápido, lanza el tuyo, no te pares, prende fuego!
Juan no entendía nada. Creía que su abuelo se había vuelto loco. Pese a todo, obedeció y lanzó su tizón.
Grandes llamas se extendieron por los campos mientras una negra humareda subía hacia el cielo. Desde abajo, la gente del pueblo vio el incendio de los arrozales y gritando: ¡fuego, fuego! se apresuraron a subir al monte. Nadie quedó en el pueblo. Hasta las madres, con los pequeños al cuello, subían corriendo. A los pocos minutos llegaron a los campos, y cuando vieron quemados sus magníficos arrozales, se dirigieron hasta la casa del abuelo y se pusieron a gritar furiosos:
— ¿Cómo ha podido suceder esto? ¿Sabe quién lo ha hecho?
— He sido yo -contestó el abuelo con calma.
— Y yo le he ayudado -dijo Juan llorando.
Se arremolinaron a su alrededor gritando:
— ¿Por qué lo habéis hecho? ¡Estáis locos! ¡Habéis arruinado toda la cosecha!
Entonces el anciano se volvió hacia el mar y extendiendo la mano señaló el horizonte y dijo:
— Mirad.
Se dieron la vuelta y vieron como se levantaba una enorme cortina de agua, una ola gigantesca. Todos se quedaron en silencio llenos de miedo y asombro. Ni un solo grito se escuchó, sólo temor en todos. Inmediatamente una gran ola llegó a la playa, alcanzó el pueblecito con un estruendo horrible y luego se rompió contra la montaña. Después otra ola; y otra menor y otra… Cuando el mar se calmó sólo quedó una gran extensión de agua. El pueblo había desaparecido bajo las aguas.
Afortunadamente, toda la gente había podido escapar y estaba a salvo en lo alto de la montaña. Ahora ya, más serenos y calmados, entendieron lo que había hecho y le dieron gracias al abuelo, alabando su inteligencia y su rapidez al buscar la única solución posible. Todos se dieron cuenta de que, a pesar de la tristeza de ver arrasados los arrozales, la acción del abuelo había salvado a todos de ahogarse por el furioso e inesperado tsunami.

jueves, 19 de marzo de 2026

Asamblea en la carpintería

Cuentan que en la carpintería hubo una vez una extraña asamblea. Fue una reunión de herramientas para arreglar sus diferencias.
El martillo ejerció la presidencia, pero la asamblea le notificó que tenía que renunciar. ¿La causa? ¡Pues que hacía demasiado ruido!. Y, además, se pasaba el tiempo golpeando.
El martillo aceptó su culpa, pero pidió que también fuera expulsado el tornillo; dijo que había que darle muchas vueltas, quizás demasiadas, para que sirviera de algo.
Ante el ataque, el tornillo aceptó también, pero a su vez pidió la expulsión de la lija. Hizo ver que era muy áspera en su trato y siempre tenía fricciones con el resto de las herramientas.
Y la lija estuvo de acuerdo, a condición de que fuera expulsado el metro que siempre se pasaba la vida midiendo a los demás según su propia medida, como si fuera él la única herramienta perfecta.
En eso entró el carpintero, se puso el delantal e inició su trabajo. Utilizó el martillo, la lija, el metro y el tornillo. Finalmente, la tosca madera inicial se convirtió en un fino mueble.
Cuando la carpintería quedó nuevamente sola, la asamblea reanudó la deliberación. Fue entonces cuando tomó la palabra el serrucho, y dijo:
— "Escuchadme todos, ha quedado demostrado que tenemos defectos, pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades. Eso es lo que nos hace valiosos. Así que no pensemos ya en nuestros puntos malos y concentrémonos en la utilidad de nuestros puntos buenos".
La asamblea encontró entonces que el martillo era fuerte, el tornillo unía y daba fuerza, la lija era especial para afinar y limar asperezas y observaron que el metro era preciso y exacto.
Se sintieron entonces un equipo capaz de producir muebles de calidad. Se sintieron orgullosos de sus fortalezas y de trabajar juntos.

miércoles, 18 de marzo de 2026

El beso de Dios

Una madre joven y piadosa solía dar un beso a su hijo chiquitín cada vez que volvía de comulgar.
— Toma, hijo -le decía-. Este beso me lo ha dado Jesús para ti.
Un día, el pequeño, que ya hablaba, al recibir el habitual beso de Jesús se cuelga del cuello de su madre y la besa en su rostro diciéndole:
— Toma, éste es para Él.

¡Qué sencillez! ¡Qué hermosura! Sólo un segundo, pero ¡que hermoso gesto! Y es que cuando se ama a Dios, hasta el más pequeño gesto hecho por amor puede ayudar a que otra persona descubra a Jesús.

sábado, 28 de febrero de 2026

Compartiendo el bocadillo

            Esto no tiene nombre

Cuando tenía unos doce años, cargaba con una vergüenza silenciosa. Éramos tan pobres que muchas mañanas iba a la escuela sin haber comido nada. En el recreo, mientras los demás abrían sus taper -manzanas, galletas, sándwiches- yo fingía que no tenía hambre. Me dolía el estómago vacío, pero más la vergüenza de ocultar que tenía hambre.
Y un día, una niña se dio cuenta. No dijo nada. No hizo preguntas. Simplemente se acercó y me ofreció la mitad de su almuerzo. Me sentí avergonzado. Pero la acepté.
Al día siguiente lo volvió a hacer. Y al otro también. Y otra vez.
Por primera vez en mucho tiempo sentí que alguien me veía de verdad.
Pero un día… desapareció. Su familia se mudó a otra ciudad y nunca volvió. Aun así, su bondad se quedó en silencio dentro de mí como un recuerdo imborrable.
Pasaron los años. Crecí. La vida siguió. La recordaba de vez en cuando, siempre con gratitud, aunque sin ninguna posibilidad de volver a decirle “gracias”.
Y ayer ocurrió algo que me dejó completamente inmóvil. Mi hija pequeña llegó de la escuela y me dijo:
— Papá, ¿puedes ponerme mañana dos meriendas?
— ¿Dos? -le pregunté sorprendido. Si a veces ni siquiera te terminas una…
Me miró con esa seriedad que solo los niños pueden tener.
— Es para un niño de mi clase. Hoy no comió nada. Yo compartí la mía con él.
Se me erizó la piel. Porque en ese instante la vi a ella. A la niña de mi infancia. A la que me alimentó cuando nadie más se daba cuenta.
Su bondad no desapareció. Solo viajó en el tiempo. Pasó a través de mí… y ahora vive en mi hija.
Salí afuera y miré al cielo. Sentí una gratitud inmensa por saber que, alguna vez, a alguien sí le importé.
Quizás esa niña ya no me recuerde. Quizás nunca sepa lo que hizo. Pero yo jamás la olvidaré. Ella me enseñó algo que llevo conmigo toda la vida: el gesto más pequeño de bondad puede cambiar a una persona para siempre.
Y ahora sé algo más: mientras mi hija siga compartiendo su merienda con otro niño… la bondad nunca morirá.

domingo, 22 de febrero de 2026

Los tres árboles

Había una vez tres árboles en una colina de un bosque. Hablaban acerca de sus sueños y esperanzas y el primero dijo:
"Algún día seré cofre de tesoros. Estaré lleno de oros, plata y piedras preciosas. Estaré decorado con labrados artísticos y tallados finos, todos verán mi belleza".
El segundo árbol dijo: "Algún día seré una poderosa embarcación. Llevaré a los más grandes reyes y reinas a través de los océanos, e iré a todos los rincones del mundo. Todos se sentirán seguros por mi fortaleza, fuerza y mi poderoso casco".
Finalmente, el tercer árbol dijo: "Yo quiero crecer para ser el más recto y grande de todos los árboles en el bosque. La gente me verá en la cima de la colina, mirará mis poderosas ramas y pensarán en el Dios de los cielos, y cuán cerca estoy de alcanzarlo. Seré el más grande árbol de todos los tiempos y la gente siempre me recordará".
Después de unos años de que los árboles esperaran que sus sueños se convirtieran en realidad, un grupo de leñadores vino donde estaban los árboles.
Cuando uno vio al primer árbol dijo: "Este parece un árbol fuerte, creo que podría vender su madera a un carpintero", y comenzó a cortarlo. El árbol estaba muy feliz debido a que sabía que el carpintero podría convertirlo en cofre para tesoros.
El otro leñador dijo mientras observaba al segundo árbol: "Parece un árbol fuerte, creo que lo podré vender al carpintero del puerto". El segundo árbol se puso muy feliz porque sabía que estaba en camino a convertirse en una poderosa embarcación.
El último leñador se acercó al tercer árbol, este muy asustado, pues sabía que, si lo cortaban, su sueño nunca se volvería realidad. El leñador dijo entonces: "No necesito nada especial del árbol que corte, así que tomaré éste", y cortó el tercer árbol.
Cuando el primer árbol llegó donde el carpintero, fue convertido en un cajón de comida para animales, y fue puesto en un pesebre y llenado con paja. Se sintió muy mal pues eso no era por lo que tanto había orado.
El segundo árbol fue cortado y convertido en una pequeña balsa de pesca, ni siquiera lo suficientemente grande para navegar en el mar, y fue puesto en un lago. Y vio como sus sueños de ser una gran embarcación cargando reyes habían llegado a su final.
El tercer árbol fue cortado en largas y pesadas tablas y dejado en la oscuridad de una bodega.
Años más tarde, los árboles olvidaron sus sueños y esperanzas por las que tanto habían orado. Entonces un día un hombre y una mujer llegaron al pesebre. Ella dio a luz un niño, y lo colocó en la paja que había dentro del cajón en que fue transformado el primer árbol. El hombre deseaba haber podido tener una cuna para su bebé, pero este cajón debería serlo. El árbol sintió la importancia de este acontecimiento y supo que había contenido el más grande tesoro de la historia.
Años más tarde, un grupo de hombres entraron en la balsa en la cual habían convertido al segundo árbol. Uno de ellos estaba cansado y se durmió en la barca. Mientras ellos estaban en el agua una gran tormenta se desató y el árbol pensó que no sería lo suficientemente fuerte para salvar a los hombres. Los hombres despertaron al que dormía, éste se levantó y dijo: "¡Calma! ¡Quédate quieto!" y la tormenta y las olas se detuvieron. En ese momento el segundo árbol se dio cuenta de que había llevado al Rey de Reyes y Señor de Señores.
Finalmente, un tiempo después alguien vino y tomó al tercer árbol convertido en tablas. Fue cargado por las calles al mismo tiempo que la gente escupía, insultaba y golpeaba al Hombre que lo cargaba. Se detuvieron en una pequeña colina y el Hombre fue clavado al árbol y levantado para morir en la cima de la colina. Cuando llegó el domingo, el tercer árbol se dio cuenta que él fue lo suficientemente fuerte para permanecer erguido en la cima de la colina, y estar tan cerca de Dios como nunca, porque Jesús había sido crucificado en él.

viernes, 20 de febrero de 2026

El envío de ropa usada

           Que me quiten lo bailao·

Publiqué un anuncio: regalo ropa para una niña de dos a tres años. Al poco tiempo me escribió una mujer desconocida. Sus palabras eran casi avergonzadas. Me contó que estaba pasando por un momento muy difícil, que su pequeña tenía muy poca ropa, y me preguntó con cuidado si podría enviarla por correo.
Mi primera reacción fue brusca. «¿Y yo? Yo también tengo mis propios problemas.»
Pero enseguida apareció otro pensamiento: «¿Y si está diciendo la verdad?»
Tomé una caja. Coloqué dentro vestidos, medias, una chaqueta abrigada y un pequeño abrigo. Hice fila en la oficina de correos. Pagué cinco euros por el envío. No era una gran cantidad, pero ese día la sentí. Después regresé a mi rutina y con el tiempo olvidé todo.
Pasó un año. Un día recibí un paquete. Una caja ligera con un nombre que me resultaba familiar. La abrí con cuidado. Dentro no había ropa ni regalos caros. Había dibujos infantiles llenos de color, flores silvestres secas y varios frascos de mermelada casera. Encima, una carta.
«No sé si me recuerda. Hace un año envió ropa para mi hija. Fue la primera ayuda que recibí de una persona desconocida. Vivíamos en una casa fría. Cuando llegó su paquete, mi niña se probó cada prenda y reía frente al espejo. Ahora estamos un poco mejor. He encontrado trabajo y mi esposo regresó. Queremos devolverle una parte de la dulzura que nos regaló. Los dibujos son de mi hija. Las flores las recogimos juntas. Y la mermelada… para un día lluvioso, cuando beba té y piense en nosotras.»
Leí esa carta varias veces. Recordé lo cansada que estaba el día que preparé la caja. Lo cerca que estuve de ignorar su mensaje. Y pensé: qué bueno que no lo hice.
Los dibujos estaban llenos de sol. Una casita torcida bajo un cielo enorme. Una niña con vestido verde. Un árbol cubierto de manzanas, coloreadas con tanto cuidado que el lápiz casi perforó el papel.
Solo le escribí: «He recibido el paquete. Gracias.»
Me respondió de inmediato: «¡Qué alegría! Mi hija saltó de felicidad cuando le dije que lo había recibido.»
Y así comenzó todo. De vez en cuando nos escribíamos. Me hablaba de los días difíciles y de pequeñas victorias. Trabajaba en una farmacia. Su esposo era camionero de larga distancia. La niña empezó el jardín de infancia. Nunca se quejaba directamente, pero entre líneas se percibía el cansancio.
Un día descubrí que vivíamos cerca la una de la otra. Le propuse encontrarnos para tomar un café. Aceptó. La puerta de la cafetería se abrió. Una mujer delgada, con el cabello recogido y un bolso algo gastado al hombro. A su lado, una niña con vestido rosa y ojos enormes.
— ¿Eres tú?
— Sí.
Nos abrazamos como si nos conociéramos desde hace años. La pequeña me entregó un peluche.
— Es para ti.
En ese instante comprendí que existen lazos que nacen de un gesto pequeño y se convierten en algo infinito.
Hasta hoy seguimos en contacto. Intercambiamos libros, mermelada, pensamientos. Y cada vez que miro esas flores secas y los dibujos, recuerdo una cosa: Nunca sabemos qué vida tocamos cuando elegimos la bondad y la generosidad. A veces basta una sola caja con ropa usada para cambiar dos destinos.

viernes, 13 de febrero de 2026

El Espejo

                     Anónimo japonés

Un joven samurái vivía junto a su esposa e hija en una casa muy humilde, de una manera sobria y sin lujos. La mujer era tímida, no muy sociable y de pocas palabras.
Un día ese samurái tuvo que ir a la ciudad a saludar al rey y pasó por un mercado y con alguno de sus ahorros compró dos regalos: una muñeca para su hija y un espejito de mano para su amada mujer. Ella nunca había tenido uno.
Tremenda fue su sorpresa cuando se vio en el espejo. No sabía lo que era y extrañada le preguntó a su marido:
— Y esta mujer tan linda ¿quién es?
—¿Cómo qué quién es? ¡Eres tú! ¡Es tu reflejo! La mujer avergonzada por su ignorancia, escondió el espejo en un cajón de un ropero y decidió dejarlo allí para que no se rompiera. Era un regalo delicado lleno de amor de su marido.
Pasaron los años, un día la mujer enfermó gravemente y llamó a su hija para despedirse antes de su muerte. Le dijo:
— Cuando muera quiero que saques un objeto del cajón del ropero. Al mirarte en él, ¡me verás!
La mujer murió. La hija, recordando sus palabras, sacó el espejo del cajón, y al mirarse, vio a una mujer joven y muy linda, que se reía con ella… Todos los días miraba el espejo, y le dedicaba bellas y tiernas palabras. Un día, su padre la descubrió hablando con el espejo:
— ¿Qué haces, hija mía? -le preguntó su padre.
– Mira papá… ¡Es la mamá! Sonríe cuando yo sonrío. Está aquí con nosotros. Está muy linda y sigue joven…

domingo, 8 de febrero de 2026

El sacerdote que fracasó

El párroco de un pequeño pueblo llegó a la iglesia animado y motivado para celebrar la Misa vespertina, pero la hora pasaba y nadie llegaba.
Después de 15 minutos de retraso, entraron tres niños, después de 20 minutos entraron dos jóvenes.
Así que el sacerdote decidió comenzar la Misa con las cinco personas.
Durante la Misa, entró una pareja que se sentó en los últimos bancos de la iglesia. Cuando el sacerdote proclamaba el Evangelio, entró otro señor con la ropa sucia y una cuerda en la mano.
Decepcionado y sin entender la causa de la escasa participación de los fieles, el sacerdote celebró la Misa con amor y predicó con entusiasmo y celo.
Cuando volvía a su casa fue asaltado y golpeado por dos ladrones que se llevaron su carpeta donde estaban su Biblia y otras pertenencias de valor.
Llegando a la casa parroquial, mientras se curaba las heridas, describió ese día como el día más triste de mi vida, un fracaso de mi ministerio, y el día más poco fructífero de mi carrera; pero no importa, todo lo hago con Dios y para Él.
Pasaron cinco años, el sacerdote decidió compartir esta historia con los feligreses en la iglesia. Cuando terminaba de contar la historia, una pareja destacada en esa parroquia lo detuvo y dijo:
— “Padre, la pareja de la historia que se sentó en el fondo éramos nosotros. Estábamos al borde de la separación abrumados por problemas y desacuerdos que había en nuestro hogar. Esa noche acordamos finalmente nuestro divorcio, pero primero decidimos venir a la iglesia para dejar nuestras alianzas y luego cada uno seguiría su camino. Después de escuchar su homilía olvidamos la separación esa misma noche. Como consecuencia, hoy estamos aquí con nuestro hogar y familia restaurados”.
Mientras la pareja hablaba, uno de los empresarios más exitosos que ayudaba en el sostenimiento de esa iglesia saludaba, pidiendo hablar con el sacerdote dijo:
— “Padre, soy el señor que entró medio sucio con una cuerda en la mano. Yo estaba al borde de la quiebra, perdido en las drogas, mi esposa y mis hijos se habían ido de casa a causa de mis maltratos. Esa noche traté de suicidarme, pero la cuerda se rompió, así que salí a comprar otra. Cuando me puse en camino, vi la iglesia abierta, decidí entrar aunque estaba muy sucio y con la cuerda en la mano. Esa noche, su homilía tocó mi corazón y salí de aquí con ánimo de vivir.
Hoy estoy libre de las drogas, mi familia volvió a casa y me convertí en el mayor empresario del pueblo.”
En la puerta de la entrada de la sacristía, el Diácono gritó:
— “Padre, fui uno de los ladrones que lo robaron. El otro murió esa misma noche cuando realizábamos el segundo robo. En su maletín, había una Biblia. La leí cada vez que me despertaba por la mañana. Después de tanto leer, decidí venir a esta iglesia.”
El Padre se quedó paralizado y empezó a llorar junto con los fieles. Después de todo, esa noche que consideraba como una noche de fracaso fue una noche llena de frutos y de vida.

Moraleja - Ejerce tu trabajo, tu misión con dedicación y celo independiente del número de participantes. Da lo mejor de ti todos los días, porque cada día eres un instrumento del bien para la vida de alguien. En los peores días de tu vida todavía puedes ser una bendición en la vida de alguien.