jueves, 16 de octubre de 2025

Heridas del mundo...

                   (Rezandovoy.org)

Sangra este mundo, por muchas heridas abiertas.
Sangra en el hambre innecesaria.
En la violencia de los pueblos.
En las barreras y alambradas que dividen países y separan a las personas.
Sangra en las heridas infligidas a la creación, agotando la tierra de todos.
Lloran los que no pueden hablar, los que no encuentran salida, respuestas o ayuda.
Sigue alzándose al cielo el clamor de un mundo herido…
y sigue siendo trágica la indiferencia de los satisfechos,
la ceguera de los acomodados y la crueldad de los egoístas.
¡Ay de vosotros! que seguís silenciando las voces que estorban,
acallando a los profetas, riéndoos de quien toma la vida en serio,
convirtiendo el amor en un pobre sucedáneo.
¡Ay de vosotros, los que elegís encerraros en burbujas donde no entra nadie más!
¡Ay de vosotros, que atesoráis títulos, conocimientos y experiencias,
como tesoro privado en lugar de convertirlas en herramienta para todos!
¡Ay de vosotros, que seguís crucificando al ser humano
con clavos de silencio, de olvido o de injusticia! ¡Ay!...

El martillo y el clavo

        Silvia Morales

El clavo le dijo al martillo:
— ¿Por qué siempre eres tú quien me golpea?
El martillo respondió:
— No lo hago para lastimarte, lo hago para ayudarte a cumplir tu misión.
— Pero duele… -susurró el clavo.
— Lo sé -dijo el martillo-, pero sin ese golpe nunca entrarías en la madera, nunca sostendrías nada, nunca servirías de apoyo para nadie.
— ¿Y tú? ¿No te cansas de golpear?
— Claro que sí, pero vale la pena cuando veo que gracias a eso tú logras tu misión.
El clavo guardó silencio, y con una pequeña sonrisa dijo:
— Gracias por empujarme, aunque duela. Gracias por no dejarme a medias.

Moraleja: a veces la vida nos golpea no para destruirnos, sino para colocarnos justo donde debemos estar. El dolor también puede ser una forma de avance, de Amor.

martes, 14 de octubre de 2025

Himno de Laudes

Señor de nuestras horas, Origen, Padre, Dueño,
que, con el sueño, alivias y, en la tregua de un sueño,
tu escala tiendes a Jacob:
Al filo de los gallos, en guardia labradora,
despiertan en los montes los fuegos de la aurora,
y de tus manos sube el sol.
Incendia el cielo en sombras el astro matutino,
y el que pecó en tinieblas recobra su camino
en la inocencia de la luz.
Convoca brazo y remo la voz de la marea,
y llora Pedro, el duro patrón de Galilea,
cimiento y roca de Jesús.
El gallo nos increpa; su canto al sol dispara,
desvela al soñoliento, y al que pecó lo encara
con el fulgor de la verdad;
a su gozosa alerta, la vida se hace fuerte,
renace la esperanza, da un paso atrás la muerte,
y el mundo sabe a pan y a hogar.
Del seno de la tierra, convocas a tu Ungido,
y el universo entero, recién amanecido,
encuentra en Cristo su esplendor.
Él es la piedra viva donde se asienta el mundo,
la imagen que lo ordena, su impulso más profundo
hacia la nueva creación.
Por él, en cuya sangre se lavan los pecados,
estamos a tus ojos recién resucitados
y plenos en su plenitud.
Y, con el gozo nuevo de la criatura nueva,
al par que el sol naciente, nuestra oración se eleva
en nombre del Señor Jesús. Amén.

Vuelve cuando quieras

Matilde tiene 76 años y una costumbre que sorprende a cualquiera. Cada mañana, antes de barrer la acera, coloca un cartel en la puerta de su casa. No vende nada. No pide ayuda. Solo escribe un mensaje nuevo.
Uno de esos carteles decía: “Si hoy te sientes triste, toca el timbre. No tengo solución, pero sí café.”
Otro decía: “Si tuviste un mal día, aquí hay pan dulce y silencio. El silencio también cura.”
Al principio, nadie hacía caso. Pero con el tiempo, empezaron a llegar. Un señor al que acaban de despedir. Una muchacha sola en la ciudad. Un niño con miedo de volver al colegio.
No hablaban mucho. Se sentaban en una silla de plástico, tomaban un café, y seguían su camino.
La regla era simple: No hacía falta contar toda la vida. Solo saber que había alguien al otro lado de la puerta.
Una vecina le preguntó:
— “¿Por qué hace esto, Doña Matilde?”
Y ella respondió, sonriendo:
— “Porque no quiero que el barrio se vuelva un conjunto de puertas cerradas. Antes la gente se buscaba. Ahora cada quien se encierra. Yo solo estoy recordando que seguimos necesitando a alguien.”
La historia se hizo conocida cuando una joven hizo una foto al cartel y la publicó.
Miles de personas comentaron: “No todos los héroes usan capa. Algunos ponen café y sillas en la puerta.”
Hoy, cada mañana, el barrio se detiene frente a la casa de Doña Matilde a ver qué dice el cartel.
A veces es un mensaje tierno. Otras veces, uno gracioso. Otras, un simple: “Si no tienes con quién comer, toca el timbre. Aquí siempre hay una tortilla caliente.”
No todo el mundo pasa. No todo el mundo se sienta. Pero todos saben que pueden hacerlo.
Y eso, en un mundo donde cada vez hay más distancia, es un acto de resistencia.
Doña Matilde siempre dice la misma frase cuando alguien se despide:
— “Vuelve cuando quieras. Aquí no se cura la tristeza, pero sí se acompaña.”