sábado, 3 de enero de 2026

¡Al comienzo del 2026!

Gracias, Dios, por todo lo vivido,
incluso por aquello que dolió
pero me enseñó a mirar la vida con más verdad.
Gracias por lo aprendido,
por las caídas que me hicieron fuerte,
por los silencios que me llevaron
a escucharme y a volver a Ti.
Hoy no empiezo desde la exigencia,
empiezo desde la confianza.
Suelto el control, descanso en tus tiempos
y dejo en tus manos lo que aún no entiendo.
Sé que nada llega tarde cuando camina contigo.
Comienzo este nuevo ciclo
con fe que no grita, con gratitud que abraza,
y con una esperanza tranquila
que no depende de promesas,
sino de la certeza de que no camino solo.
Que este año me encuentre
más consciente, más humilde, más fiel a mí mismo
y a lo que Tú quieres para mi vida.
Que no me falte salud, que no me falte paz,
y que aun en los días difíciles no me falte Tu presencia.
Comienzo del 2026… no pido perfección, pido dirección.
No pido caminos fáciles, pido fuerza para recorrerlos.
Y con el corazón en calma, doy este primer paso
con fe, gratitud y esperanza.

𝗖𝗮𝗿𝘁𝗮 𝗮 Los Reyes Magos

Mi queridos y mágicos Reyes Magos:
De niña casi no te pedía nada. O tal vez sí… pero no lo recuerdo.
Lo que sí recuerdo es esa sensación: con tan poco, todo parecía mágico.
Había algo en esos días que hacía que la vida se sintiera buena, posible, suficiente.
Cuando lo pienso ahora, se me humedecen un poco los ojos.
Hoy, ya soy adulta, os escribo otra vez. No porque espere regalos, sino porque necesito volver a creer.
No os pido cosas. Os pido fe. Fe en las personas, en los gestos simples, en los pequeños milagros que todavía existen, aunque a veces cueste verlos.
Quisiera vivir esta Navidad como lo que realmente es... ¡un nacimiento!
Un volver a empezar. Una oportunidad para hacerlo mejor, para ser más humana, más amable, más consciente.
Y si podéis, dejadme sentir paz. Paz en el pecho, en la mesa compartida, en los silencios.
Que esta Navidad no sea ruidosa, llena de alegría, cordialidad y buenos sentimientos y acciones.
Tampoco pretendo que sea perfecta. Pero que sea verdadera. Y que, al menos por un rato, todo vuelva a sentirse mágico !

viernes, 2 de enero de 2026

Aquí vamos de nuevo

Aquí vamos de nuevo,
a darle otra vueltita al sol,
no desde la prisa, sino desde la fe.
De la mano de Dios,
con el corazón un poco cansado,
pero aún dispuesto a creer y a crecer.
Con cicatrices que ya no se esconden,
porque también cuentan la historia
de todo lo que se sobrevivió.
Aquí vamos otra vez,
con más silencios que certezas,
con menos expectativas y más gratitud.
Sabiendo que no todo depende de nosotros,
pero que cada paso dado con fe siempre tiene sentido.
Que este nuevo giro alrededor del sol
nos encuentre más humildes, más conscientes,
más agradecidos por lo sencillo:
un día en paz, un abrazo sincero,
la fuerza para levantarnos cuando el alma pesa.
Vamos de la mano de Dios,
dejando atrás lo que ya cumplió su ciclo,
confiando en que lo que viene
llegará a su tiempo, ni antes ni después.
Aquí vamos de nuevo…
con fe, con esperanza tranquila,
y el corazón abierto
a todo lo bueno que aún falta por vivir.

Saber escuchar

Un sabio indio tenía un amigo que vivía en Roma. Agradecido el amigo italiano por las atenciones dispensadas había invitado al indio a su casa. El italiano y el indio paseaban juntos por el centro de la ciudad. De repente, el indio se paró y dijo:
— Por casualidad, ¿oyes tú lo que yo estoy oyendo? El italiano agudizó el oído. No oía nada más que el ruido del tráfico y de la gente que pasaba.
— Por aquí cerca hay un grillo que está cantando, dijo el sabio indio.
— Te equivocas. ¡Yo sólo oigo el tráfico de los coches y el ruido de la ciudad!
Al poco rato señalaba a su amigo, entre las ramas, a un pequeño bicho. ¿Ves como era un grillo?
— Tienes razón. Vosotros los hindúes tenéis un oído más fino que los europeos.
— Te equivocas. Fíjate. Sacó una moneda del bolsillo, la dejó caer sobre la acera... Enseguida le echaron el ojo cuatro o cinco personas.
— ¿Has visto?, replicó el sabio. El ruido de la moneda al caer es más débil que el canto del grillo y, sin embargo, ¿te has dado cuenta cómo la han oído?
En el fondo escuchamos aquello que más nos interesa

jueves, 1 de enero de 2026

Oración para comenzar el Año

Gracias Padre, por todo cuanto me diste en el año que acaba de terminar.
Gracias por los días de sol y los nublados tristes;
por las tardes tranquilas y las noches oscuras.
Gracias por la salud y la enfermedad, por las penas y las alegrías.
Gracias por todo cuanto me prestaste y luego me pediste.
Gracias Señor por la sonrisa amable y por la mano amiga,
por el amor y por todo lo hermoso y por todo lo dulce.
Por las flores y las estrellas,
por la existencia de los niños y de las personas buenas.
Gracias por la soledad, por el trabajo, por las inquietudes,
las dificultades y las lágrimas. Por todo lo que me acercó a Ti...
Gracias por haberme conservado la vida
y por haberme dado techo, abrigo y sustento...
¿Qué me traerá el año que empieza? Lo que Tú quieras Señor.
Pero te pido FE para mirarte en todo,
ESPERANZA para no desfallecer
y CARIDAD para amarte cada día más y para hacerte amar.
Dame paciencia y humildad, desprendimiento y generosidad.
Dame, Señor, lo que Tú sabes que me conviene y yo no sé pedir.
Que tenga el corazón alerta, el oído atento, las manos y la mente activas;
y que me halle siempre dispuesto a hacer tu Santa Voluntad.
Derrama Señor, tus gracias sobre todos los que amo
y concede Tu paz al mundo entero...

Celebrando la Nochevieja

A las seis de la tarde desconecté el timbre de la puerta. No tenía motivos para celebrar la fiesta.
Afuera, el cielo de Madrid empezaba a oscurecerse. Se escuchaban los primeros petardos estallar en las calles. Bajé las persianas hasta el fondo, bloqueando el frío de diciembre y esa alegría artificial que inundaba la ciudad.
Me llamo Antonio, tengo 78 años, y odio la Nochevieja. Para el resto del mundo, esta noche es magia. Para mí, es un recordatorio cruel de que mi tiempo se agota y de que la silla frente a la mía sigue vacía. Mi esposa, Carmen, falleció hace cuatro años. ¿Qué tiene de "feliz" un año nuevo cuando te haces viejo en soledad?
Me senté en mi sillón orejero. Nada de cava, nada de turrón. Solo una taza de caldo caliente. En la televisión los presentadores hablaban emocionados sobre las Campanadas en la Puerta del Sol. Pulse el botón de "Silencio". Solo quería dormir y despertar cuando todo este circo hubiera terminado.
De repente, un golpe seco. ¡Pum! Venía del techo. Luego, el sonido de algo rompiéndose contra el suelo.
Miré hacia arriba. En el piso de arriba vivía un estudiante. Un chico joven, de esos que siempre van con prisas y mirando el móvil. Nunca habíamos cruzado más de dos palabras en el ascensor. "Buenos días" y "Hasta luego".
Escuché pasos. Pasos rápidos, torpes, corriendo por las escaleras. Y segundos después, alguien llamó a mi puerta.
— «¡Señor! ¡Señor Antonio! ¡Por favor!». Era una voz llena de angustia
Me arrastré hasta la entrada, pero dejé la cadena de seguridad puesta. Abrí apenas una rendija.
Ahí fuera, en el rellano oscuro, estaba el chico. Se llamaba Javi. Estaba pálido, despeinado, y en la mano sostenía una sartén que humeaba intensamente.
— ¿Qué pasa? -dije, intentando mantener mi fachada de viejo gruñón.
— ¡La cena! -jadeó él, con los ojos llenos de lágrimas-. ¡He quemado la cena! El extractor no funciona y hay humo por todas partes. Si saltan los detectores del edificio... el casero me mata.
Un olor acre a aceite quemado y carne carbonizada invadía el pasillo.
— ¿Qué demonios estabas cocinando? -pregunté, mirando el desastre negro en la sartén.
— Pollo en pepitoria -susurró, con la voz rota-. Era la receta de mi abuela. Es mi primer año viviendo solo en Madrid. Quería... quería que oliera a casa.
Me quedé mirando al chico. Tenía manchas de harina en la camiseta y una tristeza infinita en la mirada.
En ese instante, mi fortaleza se derrumbó. No vi a un vecino molesto. Vi el reflejo de mi propio miedo. Él tenía miedo de afrontar la vida adulta solo, y yo tenía miedo de enfrentar el final de la vida solo. Ambos estábamos atrapados en la misma trinchera, rodeados de ruido y soledad.
— Pasa -gruñí, quitando la cadena-. Antes de que apestes todo el edificio.
Javi entró, temblando. Le quité la sartén y la saqué a la pequeña terraza que daba al patio interior. El aire helado de la noche madrileña golpeó mi cara. Fuimos a la cocina. Le serví un vaso de agua.
— Lo siento mucho, señor Antonio -dijo Javi, mirando la mesa vacía. Mis amigos están de fiesta en el centro. Pero yo no tengo dinero para entrar a la discoteca, y la verdad... no tenía ganas. Echo de menos a mi familia. Pensé que si cocinaba algo bueno, no me sentiría tan solo. Ahora solo tengo hambre y ganas de llorar.
Me levanté. Fui a la despensa. Allí, guardado para nadie, tenía un plato de jamón serrano y un trozo de queso manchego curado. Carmen, mi esposa, solía decir que "las penas con jamón son menos penas".
— Saca el pan que está en la bolsa -dije, poniendo el jamón en la mesa-. No es un banquete, pero es mejor que respirar humo.
Esa noche, mientras Madrid estallaba en luces y gritos, nosotros no estábamos de fiesta. Estábamos en mi cocina, bajo la luz amarilla de la lámpara. Un jubilado de 78 años y un estudiante de 20.
No hablamos de política ni de fútbol. Él me contó de sus estudios en la universidad, y yo le conté cómo conocí a Carmen en un baile de verbena hace cincuenta años.
Cuando faltaban cinco minutos para la medianoche, me di cuenta de algo terrible.
— Las uvas -dije-. No he comprado uvas.
Hace años que no las compraba. ¿Para qué?
Javi sonrió y se metió la mano en el bolsillo del pantalón. Sacó una bolsita de plástico arrugada.
—Yo sí compré -dijo-. Son las baratas del supermercado, y algunas están un poco espachurradas, pero hay suficientes para los dos.
Pusimos la televisión. El reloj de la Puerta del Sol apareció en la pantalla. La plaza estaba llena de gente, pero nosotros teníamos nuestro propio rincón en el mundo.
Cuando bajó el carrillón y sonaron los cuartos, el corazón me latió fuerte. No por angustia, sino por vida.
— Una... dos... tres... -contamos juntos, atragantándonos un poco, riéndonos mientras intentábamos comer las doce uvas al ritmo de las campanadas.
Cuando sonó la última, no hubo fuegos artificiales en mi cocina. Solo un abrazo torpe entre dos desconocidos que ya no lo eran tanto.
— Feliz año, señor Antonio -dijo Javi.
— Feliz año, hijo -respondí.
Cuando se fue, volví a conectar el timbre. Subí un poco las persianas. La calle seguía siendo ruidosa, el mundo seguía estando loco y yo seguía siendo viejo. Pero mi casa ya no era un búnker. Era un hogar de nuevo. Y pensé, mientras recogía los platos, que la soledad no se cura con tiempo, se cura compartiendo un poco de jamón y unas uvas aplastadas con quien llama a tu puerta.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

El sembrador de medianoche

La ciudad de Santiago vibraba con una gran energía. Faltaba apenas una hora para la medianoche y el aire olía a pólvora, cena familiar y esa mezcla extraña de nostalgia y ansiedad que solo ocurre cada 31 de diciembre.
Elena estaba en la azotea de su edificio, lejos del bullicio de la fiesta de sus vecinos. Tenía 28 años y sentía que el año que terminaba había sido como un libro leído a medias: muchas páginas pasadas, pero poca historia recordada. Se sentía estancada, como si el calendario avanzara y ella se quedara mirando el segundero.
Justo cuando pensaba en bajar, vio a Don Julián, el vecino del primero, un hombre de ochenta años que siempre llevaba boina y una sonrisa enigmática. Estaba arrodillado frente a una maceta grande, ignorando los fuegos artificiales que ya empezaban a surgir en el horizonte.
— ¿No debería estar adentro brindando, Don Julián? -preguntó Elena acercándose.
El anciano levantó la vista y sonrió. Tenía las manos manchadas de tierra negra.
— Verás, Elena, la gente cree que el Año Nuevo es algo que te "pasa", como si fuera una ola que te arrastra. Yo prefiero pensar que es algo que se siembra.
Don Julián le explicó que cada año, exactamente a las 12:01, plantaba una semilla. No importaba si era una flor, una hierba o un pequeño árbol.
— El año no es nuevo porque cambie el número en el calendario, dijo él con voz suave. Es nuevo porque tú decides poner algo en marcha que antes no existía.
Elena lo miró con curiosidad. Él le extendió un pequeño sobre de papel. Eran semillas de jazmín.
— Toma. El año pasado dijiste que querías volver a pintar, pero no tenías espacio ni luz. El jazmín crece buscando el sol, aunque sea poco. Planta esto hoy. Deja que la tierra sea el primer testigo de tu intención.
El reloj comenzó la cuenta atrás. Los gritos subían desde la calle: ¡Diez! ¡Nueve! ¡Ocho!
Elena sintió un nudo en la garganta. No era tristeza, era la emoción de la posibilidad. Metió sus dedos en la tierra fresca de una maceta vacía, sintiendo el frío y la vida contenida en ese puñado de suelo.
¡Tres! ¡Dos! ¡Uno! ¡Feliz Año Nuevo!
Mientras las luces de colores estallaban sobre sus cabezas y las sirenas sonaban en toda la ciudad, Elena metió las semillas bajo la superficie. En ese momento, entendió que no necesitaba tener todas las respuestas para el próximo año. Solo necesitaba la voluntad de regar algo pequeño y ver qué pasaba.
Se puso de pie, se sacudió la tierra de los pantalones y abrazó a Don Julián. Por primera vez en meses, no tenía miedo del futuro.
Al fin y al cabo, acababa de empezar su propia primavera en medio del invierno.

Al final del año: Agradecemos y reconocemos

A veces no hace falta decirlo todo.
Basta detenernos, mirar atrás
y reconocer cuánto bien nos sostuvo.
Hoy no pedimos.
Hoy agradecemos.
Porque reconocer el bien recibido
también abre el corazón a lo que viene.
¡¡GRACIAS DIOS!!
Por la vida y la salud que me has dado.
Por mi familia, mi hogar
y el amor compartido.
Por el trabajo, los proyectos
y las oportunidades que recibí.
Por el aprendizaje, la constancia
y el esfuerzo diario.
Por los vínculos que fortalecieron mi caminar.
Por la fe que maduró y fue reforzada
y la esperanza renovada en este Jubileo.
Por tu divina Providencia,
presente en el día a día de mi vida.
Todo ha sido un regalo tuyo.
Todo ha sido una gracia recibida de Ti.

Cuando mamá se vuelve eternidad

                     Juanita  

Todos conocemos el sabor amargo de la ausencia, pero hay pérdidas que atraviesan el alma con un silencio más hondo. En estas fechas donde la vida invita a celebrar, la nostalgia se sienta a la mesa cuando falta quien nos dio la vida. Recordamos risas, tradiciones, abrazos que ya no están, y el calendario parece cambiar de sentido.
Sin embargo, cuando la que falta es mamá, el dolor se vuelve más profundo, porque ella no solo habitaba nuestros días, habitaba nuestro corazón. Las madres son cuna del gran milagro de la vida, regalos insuperables de Dios, mujeres valientes que dijeron sí incluso sin entenderlo todo. Su amor no conoce fronteras: escucha cuando nadie más oye, siente cuando otros ignoran, permanece cuando el mundo se va. El amor de mamá es paz que aquieta, medicina que sana decepciones y luz que no se apaga ni siquiera en la noche más oscura.
Por eso, a quien aún la tiene, el consejo es urgente y lleno de verdad: ámala, disfrútala, abrázala hoy. Cuando una madre se va, algo nuestro viaja con ella, porque no hay amor comparable al suyo. Se va un pedacito del corazón para hacerse eterno, para convertirse en ángel que nos cuida desde otra orilla.
Hoy, reza por tu madre: si camina a tu lado, agradéceselo; si está ya en el cielo, confíala a Dios. Dar gracias también es una forma de amar, y recordar es una manera de mantenerla viva.

martes, 30 de diciembre de 2025

Aquí está la salvación de Dios

              Benjamín G. Buelta, SJ

Donde acaba la ciudad
y empieza el miedo,
donde terminan los caminos
y empiezan las preguntas,
cerca de los pastores
y lejos de los dueños,
en el calor de María
y en el frío del invierno,
viniendo de la eternidad
y gestándose en el tiempo,
salvación poderosa para todos
en una fragilidad recién nacida,
liberador de todos los yugos
atado a un edicto del imperio,
rebajado hasta un pesebre de animales
el que a todos nos sube hasta los cielos,
nació el Hijo del Padre,
Jesús, el hijo de María.
Sólo abajo está el Señor del mundo
que nosotros soñamos en lo alto.
Aquí se ve la grandeza de Dios
contemplando la humildad de este pequeño.
Aquí está la lógica de Dios,
rompiendo el discurso de los sabios.
Aquí ya está toda la salvación de Dios
que llenará todos los pueblos y los siglos.

La leyenda del acebo

Era diciembre, la gente se quedaba dentro de sus casas con calor porque hacía mucho frío y las calles estaban cubiertas de nieve y hielo.
Un ratoncito en medio del campo estaba temblando y rechinando los dientes. Atrapado por la tormenta, no pudo llegar a su refugio a tiempo. Se sentía perdido y no sabía cómo no morir de frío. De repente, en medio de la nieve, vio un arbusto verde a lo lejos. El ratón se sintió seguro y comenzó a correr en esa dirección. Antes de refugiarse entre las ramas de esa planta, la saludó y le pidió hospitalidad. El arbusto le dijo que le daba la bienvenida, pero debía saber que sus hojas eran espinosas para protegerse de los ataques de rumiantes.
- ¡Si quieres, puedes sentarte entre mis ramas! He cumplido con mi deber de advertirte del peligro que estás a punto de enfrentar -subrayó la planta.
El ratoncito pensó en ello, pero, al no poder sobrevivir a la tormenta, se metió entre las ramas del arbusto.
- ¡Mejor unos cuantos pinchazos que morir ahogado en la nieve! Pensó para mí mismo.
De repente se levantó un viento helado impetuoso y el ratón, para no dejarse llevar en su remolino, se agarró con fuerza con sus patas a una hoja del arbusto olvidando sus espinas.
- ¡Hay, qué dolor!, gritó el pobre ratón.
Las espinas se le clavaron y pequeñas gotas de su sangre cayeron entre las ramas de la planta. La noche era muy fría y congeló las gotas convirtiéndolas en bolitas de hielo rojas. A la luz de la luna brillaban como rubíes. El arbusto con esas bolas rojas era realmente hermoso y elegante. Le agradeció al ratón por haberle hecho ese hermoso regalo. La planta, sin embargo, tenía miedo de perder esas bolas una vez que el aire se calentara y la helada desapareciera, así que recurrió a la reina de las plantas y le rogó que se las dejara para siempre.
Su deseo fue concedido y, tocándola con su varita mágica, dijo:
- Quiero recompensarte porque has sido generoso, bueno y honesto con el ratón y te mereces un bonito regalo de Navidad, que ya está cerca. De ahora en adelante también tendrás, como todos los árboles, flores y frutas y no solo hojas espinosas. Para recordar a todos que tus frutos rojos vienen de la sangre del ratón te llamarán “Acebo".
La planta se movió, agradeció en repetidas ocasiones a la buena reina al desaparecer de su vista. El acebo pensó que siempre es mejor ser bueno en este mundo.
La planta quedó sorprendida por la belleza adquirida con esas bayas rojas que la adornaban. Desde entonces, cada Navidad, su felicidad es grande y completa, cuando la gente, con sus ramitas, decoran sus hogares. Desde entonces se convirtió en una planta ornamental navideña que todo el mundo quiere tener en su casa porque trae suerte y es propicia.