viernes, 30 de enero de 2026

Oración por la Paz

              San Juan XXIII

Señor Jesucristo, que eres llamado Príncipe de la Paz,
que eres Tú mismo nuestra paz y reconciliación,
que a menudo dijiste: "La Paz contigo, la paz os doy."
Haz que todos hombres y mujeres den testimonio de la verdad,
de la justicia y del amor fraternal.
Destierra de nuestros corazones cualquier cosa
que pueda poner en peligro la paz.
Ilumina a nuestros gobernantes para que ellos garanticen
y puedan defender el gran regalo de la paz.
Que todas las personas de la tierra se sientan hermanos y hermanas.
Que el anhelo por la paz se haga presente
y perdure por encima de cualquier situación.

La mano del sabio

             Anónimo japonés

Un hombre no sabía qué hacer con la avaricia de su mujer. Era tacaña y miserable incluso con su familia y amigos. No dejaba pasar una oportunidad para ganar o ahorrar algo.
Cansado de estas conductas fue a visitar a un viejo sabio que vivía en su aldea. Le contó su situación y juntos volvieron conversando.
Al entrar en la casa y sin una palabra. El viejo cerró su puño y lo colocó frente a la mujer. Ella asombrada le preguntó qué quería decir. El sabio le dijo:
-Imagínate que mi mano fuera siempre así. ¿Cómo la definirías?
- Deforme, enferma, contestó la mujer.
Entonces abrió su mano y le preguntó:
-“ Y si mi mano estuviera siempre extendida, ¿cómo la definirías?
La mujer contestó: -También deforme.
Si entiendes esto, eres una buena mujer y estás en el buen camino, continúa por él, concluyó el sabio.
La mujer comprendió la lección y ayudó al marido no sólo a ahorrar, sino también a ayudar y ser solidarios con los más necesitados.

jueves, 29 de enero de 2026

Viniste, Señor, como haces siempre

                 Jaime Foces (Rezando voy)

Viniste, Señor, como haces siempre, a llamar a mi casa.
Un día era el trabajo y me dije «Mañana abro».
Otro, el cansancio, y no te oí.
Un tercero la prisa, y me olvidé de ti.
Y de nuevo llegaste, con tu Luz, a encender mi sombra.
Te creí en el relámpago; mas no estabas allí.
Quise verte en los luceros;
pero solo eran fantasías de mis ojos.
Me sedujeron los fuegos de artificio;
sin embargo, tampoco allí morabas.
Y te encontré en el hermano,
y en la riqueza de darse entero,
y en el sabor de unas lágrimas,
y en la risa cristalina de una niña,
y en la llama temblorosa y amable de un candil.
Y, entonces, te supe, te abrí mi puerta
y me dejé llenar por tu Palabra.

La Universidad de los Jueves

Cada jueves, a las 10:00 en punto, en el aula 3B de una facultad del centro de Bucarest, un grupo peculiar toma asiento. Nadie baja de los 70 años. Algunos llegan en bastón, otros en bicicleta. Una señora trae pasteles caseros. Otro reparte frases de autores griegos. Todos sonríen como niños que van a su primera excursión.
Se hacen llamar “La Universidad de los Jueves”, aunque no hay matrículas ni exámenes. Solo ganas de aprender.
Todo comenzó con Mihnea Dragomir, un profesor de literatura rumana que, tras jubilarse, sintió que algo dentro de él se apagaba.
— Tenía libros, tenía tiempo… pero me faltaban ojos que brillaran cuando contaba algo.
Así que pidió permiso para usar un aula vacía una vez a la semana. Publicó un anuncio en la panadería del barrio: Clases para mayores de 65. Gratis. Sin deberes. Solo curiosidad.”
La primera vez, fueron tres personas. La segunda, siete. La tercera, veinte. Ahora, cada jueves, más de cuarenta mayores se reúnen a hablar de todo: historia, poesía, cine, tecnología, neurociencia, arte africano, evolución, inteligencia emocional. Cada clase empieza con una ronda:
— ¿Qué aprendiste esta semana fuera del aula?
Y las respuestas sorprenden:
— Aprendí a hacer videollamadas con mi nieta en Berlín.
— Descubrí que las ballenas cantan en distintos dialectos.
— Vi una película coreana sin entender nada… pero lloré igual.
Mihnea no cobra. No pasa lista. Solo ofrece una pizarra, una historia y una taza de té al final de cada sesión. Pero lo que ocurre en ese aula va más allá del saber.
— Yo vine por la cultura -dice Adela, 82 años-, pero encontré algo más urgente: pertenecer.
Muchos de ellos vivían solos. Algunos habían dejado de salir. Uno incluso confesó que llevaba años sin conversar más de cinco minutos con nadie. Ahora se mandan mensajes. Se prestan libros. Se celebran los cumpleaños. Y si alguien falta un jueves, suena el teléfono:
— ¿Estás bien? ¿Necesitas algo?
La Universidad de los Jueves no da títulos, pero entrega algo más valioso: sentido. En una sociedad que empuja a los mayores al rincón del olvido, este grupo demuestra que el hambre de aprender no envejece. Solo cambia de forma.
Hace unos meses, fueron invitados a una conferencia universitaria sobre innovación educativa. El público se quedó en silencio cuando vio entrar a aquel grupo de canas, andadores y risas lentas. Uno de los estudiantes preguntó:
— ¿Y qué innovan ustedes?
El más veterano, Pavel, de 90 años, respondió:
— Innovamos en no rendirnos. En seguir haciéndonos preguntas. ¿No es eso lo que hace un buen científico? -El auditorio aplaudió de pie.
Hoy, varios jóvenes se han sumado como oyentes. Algunos dicen que entienden mejor a sus abuelos. Otros, que por fin aprendieron a escuchar sin prisas.
Y Mihnea, el profesor que no quería dejar de enseñar, dice que ya no tiene miedo a envejecer.
— Porque ahora sé que, mientras haya un jueves, habrá un motivo para despertar con ilusión.”

domingo, 25 de enero de 2026

Cristo, alegría del mundo

Cristo, alegría del mundo,
resplandor de la gloria del Padre.
¡Bendita la mañana
que anuncia tu esplendor al universo!
En el día primero,
tu resurrección alegraba
el corazón del Padre.
En el día primero,
vio que todas las cosas eran buenas
porque participaban de tu gloria.
La mañana celebra
tu resurrección y se alegra
con claridad de Pascua.
Se levanta la tierra
como un joven discípulo en tu busca,
sabiendo que el sepulcro está vacío.
En la clara mañana,
tu sagrada luz se difunde
como una gracia nueva.
Que nosotros vivamos
como hijos de luz y no pequemos
contra la claridad de tu presencia.

Los caballos

Esta es la historia de un padre y un hijo que viven en el campo y que se dedican a cuidar y domar caballos. El hijo es joven e impulsivo, el padre es viejo y sabio.
- Vete con estos animales al campo y déjales comer en los pastos y beber en el río, y al atardecer vuelves a casa con ellos -dijo el padre a su hijo.
Volvió el hijo diciendo a su padre
- Papá ¡qué mala suerte tengo! se me han escapado en el campo varios caballos
- Tranquilo, no te preocupes ¡mala suerte o buena suerte no lo sabemos, confía en Dios
Al cabo de unos días, los caballos perdidos vuelven acompañados de varios caballos más...
- Papá, ¡qué buena suerte! Los caballos perdidos han traído con ellos a varios más, ya somos ricos.
- Tranquilo, ¡buena suerte o mala suerte no lo sabemos, Dios sabrá... Confía en Él!
Al aumentar el número de bestias en el patio y tener el mismo espacio, las bestias estaban más apretujadas, y el hijo al ir a echarles agua recibe una patada y se parte una pierna.
- Papá ¡qué mala suerte tengo! Ahora que todo nos iba bien me rompo la pierna....
- Tranquilo hijo ¡mala suerte o buena suerte, no lo sabemos, Dios sabrá... confía en Dios...
Al cabo de unos días, el rey manda a llamar a todos los jóvenes a filas, ya que el país acaba de entrar en guerra con sus vecinos, pero al hijo no lo llevan porque tenía la pierna rota.
- Papá ¡qué buena suerte, no me han llevado a la guerra!
- Tranquilo hijo mío ¡buena suerte o mala suerte!, no lo sabemos, Dios lo dirá, confía en Dios.

Este es un cuento que nunca termina, porque es el cuento de las cosas que nos pasan cada día, en la que tenemos que aprender a mirar los acontecimientos desde la tranquilidad y la confianza en que Dios nunca nos deja solos, sino que está siempre con nosotros en la vida de cada día.