sábado, 27 de diciembre de 2025
Escuchar tu voz, Señor
con la misma decisión y generosidad de Juan Evangelista.
Cuando lo llamaste, a orillas del lago Tiberiades,
inmediatamente dejo la barca y a su padre y te siguió.
No lo dejó para dentro de un rato, o para mañana.
Casi no te conocía. No sabía qué le esperaba,
pero tu voz resonó en su corazón con tal fuerza
que lo dejó todo y te siguió.
Señor, ayúdame a escuchar tu voz y a responderte,
con decisión y generosidad.
Señor, ayúdame a acercarme a ti cada día
y a dejar que tu cercanía me transforme, como a Juan.
Juan y su hermano Santiago iban en busca de privilegios.
Pero estar a tu lado les fue cambiando.
Entendieron que es menester beber el cáliz del amor,
del servicio y de la entrega hasta la última gota.
Experimentaron que el camino de la gloria
pasa por Getsemaní y por el Calvario.
Señor, ayúdame a acercarme a ti cada día
y a dejar que tu cercanía me transforme.
El sacerdote de la Navidad silenciosa
Parroquia de San Pedro Apóstol, El Sauzal.
El amanecer del 24 de diciembre llegó con un cielo gris pálido, típico del invierno en las montañas del norte de España. El viento helado hacía crujir las ramas de los árboles desnudos y un fino velo de escarcha cubría los caminos de piedra. Pero nada de eso parecía importarle al padre Anselmo. Se levantó al amanecer, como siempre. A sus 83 años, el cuerpo le dolía al principio de la jornada, pero nunca se quejaba. "Son los achaques del tiempo, nada más", solía decir. Se lavó la cara con agua fría, se peinó con cuidado, se puso la sotana negra y, antes de salir, se detuvo frente al crucifijo de la pared.
- Gracias, Señor, por otro día más para servirte -murmuró mientras hacía la señal de la cruz.
El padre Anselmo llevaba 59 años siendo sacerdote, y los últimos 20 había estado a cargo de tres pequeñas parroquias rurales. Cada una en una aldea diferente, separadas por varios kilómetros de carreteras estrechas y serpenteantes. No era fácil, especialmente en invierno, pero nunca pensó en dejarlo. "Mientras pueda caminar, celebraré la Misa" decía con una sonrisa.
Primera parada: San Bartolomé de la Sierra
El viejo Renault 4 rugía como un león cansado mientras subía la cuesta hacia la pequeña aldea. El motor tosía en las curvas, pero nunca fallaba. "Como yo", pensaba Anselmo con una sonrisa.
Llegó a la iglesia de piedra cubierta de musgo. Las campanas no sonaban desde hacía años, pero el padre Anselmo sacó una campanilla de mano y la agitó en la puerta. "Ding, ding, ding"... el sonido resonó por la plaza vacía.
- ¡Buenos días, padre! -saludó Tomás, un anciano que se acercó con un bastón-. Hoy somos pocos, pero aquí estamos.
- Lo importante no es la cantidad, Tomás, sino la fe -respondió el sacerdote con una sonrisa.
La Misa comenzó con solo cuatro personas en los bancos. Tomás, su esposa Rosa y dos vecinos más. Los cantos fueron sencillos, pero el padre Anselmo los cantó con el corazón lleno de amor. Levantó la Eucaristía con manos temblorosas, pero firmes. En ese momento, la iglesia vacía se llenó de una presencia invisible, pero poderosa.
- "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" -dijo con voz serena.
Y en los rostros de esas cuatro personas había paz.
Al final de la Misa, Tomás se acercó con una bolsa de papel.
- Padre, le traje unas castañas asadas. Para que tenga algo especial esta noche.
- Gracias, Tomás. ¡Dios te lo pague! -dijo Anselmo, conmovido.
Subió al coche, puso la bolsa de castañas en el asiento de al lado y arrancó rumbo a la siguiente parroquia.
Segunda parada: Santa María del Camino
La niebla se había levantado y el padre Anselmo avanzaba despacio por la carretera mojada. "Señor, guíame tú, que yo no veo bien", rezó mientras sus manos firmes sujetaban el volante. Cuando llegó a la parroquia, había dos personas esperando en la puerta: Margarita y su nieto Dani, de 9 años.
- ¡Padre, llegaste justo a tiempo! -dijo Margarita mientras se sacudía el abrigo-. Pensé que la niebla te iba a retrasar.
- Los pastores también cruzaron la niebla para llegar a Belén -bromeó Anselmo con una sonrisa-. No se preocupen, ya estoy aquí.
La Misa fue breve, pero especial. Dani miraba todo con atención, siguiendo cada movimiento del sacerdote. Cuando el padre alzó la Eucaristía, el niño, con asombro, le susurró a su abuela:
- Abuela, ¿es Jesús de verdad?
- Sí, hijo, de verdad -respondió Margarita, con una sonrisa llena de fe.
Al terminar la Misa, Margarita se acercó con un pequeño paquete envuelto en papel de colores.
- Padre, para usted. No es mucho, pero espero que le guste.
- Gracias, hija mía -dijo, sintiendo un nudo en la garganta.
No abrió el paquete, pero lo guardó con cuidado en el asiento del coche, junto a la bolsa de castañas.
Tercera parada: San Pedro de la Montaña
La subida a la última parroquia fue la más difícil. La carretera estaba llena de charcos y barro, y las ruedas patinaban en algunos tramos. Pero el padre Anselmo sabía que el Señor siempre lo llevaba a buen puerto. Cuando llegó, vio la iglesia sola, sin nadie en la entrada. Se quedó un momento dentro del coche, mirando la puerta cerrada. Por un instante, pensó en regresar, pero su corazón le dijo: "Anselmo, tú nunca estás solo".
Entró, encendió las luces y comenzó a preparar la Misa. No había nadie, pero eso no importaba. Se puso la casulla blanca, encendió las velas y comenzó la celebración.
- "En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" -dijo con voz firme.
El eco de su voz rebotó por las paredes de piedra. Pero no estaba solo. Él lo sabía.
- "El Señor esté con vosotros" -continuó.
Y en su corazón, sintió que la respuesta venía desde el cielo: "Y con tu espíritu."
Celebró la Misa con el mismo amor de siempre. Ofreció la Eucaristía con sus manos arrugadas, y en su mente se vio a sí mismo, joven, en su primera Misa. "59 años, Señor... y sigo aquí."
Cuando volvió a su casa, el padre Anselmo encendió la calefacción, se quitó la sotana y se puso un viejo jersey de lana. Sacó la bolsa de castañas y el paquete de Margarita. Al abrirlo, encontró una bufanda de lana verde tejida a mano. La tocó con cuidado, sintiendo el cariño en cada puntada. Se la puso de inmediato.
- Perfecta, Margarita. Me queda perfecta -dijo con una sonrisa.
Preparó una cena sencilla: pan, queso, un caldo caliente y las castañas asadas. Se sentó frente a la mesa, en silencio. A muchos les parecería una cena triste, pero para él no lo era.
- Gracias, Señor, por esta mesa llena de tu amor -dijo, mirando la luz de una pequeña vela que había encendido.
Comió despacio, saboreando cada bocado. No estaba solo. Sabía que, en cada lugar donde había celebrado Misa, había una parte de él. Y sabía que Jesús estaba allí, sentado con él, como siempre.
Cuando terminó de cenar, se levantó, tomó su guitarra vieja y comenzó a cantar:
- ♪ Noche de paz, noche de amor... Todo duerme en derredor... ♪
La voz del padre Anselmo, aunque anciana, sonó cálida y fuerte. Su canto se mezcló con el crujir del fuego en la estufa. Los ángeles en el cielo debieron detenerse a escuchar.
Esa noche, antes de dormir, miró el crucifijo de la pared.
- No estoy solo, Señor. Nunca lo estuve.
Se acostó, y mientras el sueño lo abrazaba, sintió una paz inmensa. Como la luz de la vela, su vida no se había apagado. No importaba si había pocas personas en las Misas, ni si cenaba solo. La Luz seguía brillando. En la soledad de una pequeña casa, en un rincón del mundo, un sacerdote de 83 años dormía con la certeza de que la Navidad había llegado. No con ruido ni fiestas, sino con la misma paz con la que llegó aquella noche en Belén.
viernes, 26 de diciembre de 2025
Encarnación
José María Rodríguez Olaizola
Con nosotros, a nuestro lado,
en cada pliegue de nuestra historia,
en gritos y silencios,
en soledades y encuentros,
en avances y regresos
cuando te buscamos,
y aun si te perdemos
Tú nunca te alejas.
Elegiste ser un Dios cercano
y eres tenaz en el empeño
No impones tu presencia, pero estás.
Te presentas, discreto,
en una mano tendida,
en el gesto de aprecio,
en la palabra oportuna,
en los ojos compasivos,
en la llamada incisiva,
en destellos de evangelio
en la entraña conmovida
por el dolor inocente,
en el bien que perseguimos,
en el calor que ofrecemos.
en la alegría que brota
al asomarse al misterio,
Dios con nosotros, Dios nuestro
Camiseta de bebé de Cristo
Comunidad Waldorf
Hace mucho tiempo, la Virgen María se preparaba para la primera Navidad. Había llegado el momento de que ella tejiera una prenda para el bebé Cristo que pronto nacería.
Viajó entre las estrellas y las estrellas le dieron hilos cristalinos para la camisa del bebé. Cuando llegó a la luna, le dio hilos de plata. El sol le dio brillantes hilos de oro. La Virgen María reunió todos los hilos brillantes y comenzó a tejer. Pero ¡ay! Los hilos se deslizaban todo el tiempo y no se dejaban entrelazar. La Virgen María partió en busca y búsqueda...
— "Oh, piedras y cristales queridos", dijo la Virgen María, "sois tan fuertes y firmes". ¿Podéis ayudarme a tejer estos hilos en una camisa de Cristo Niño?
— No, Madre María. Te mostraremos el camino hacia el establo y apoyaremos firmemente sus pasos, pero no podemos ayudarlo a tejer la camiseta.
— "Oh, plantas queridas", dijo la Virgen María, "sois tan verdes y hermosas". Algunas sois verdes incluso en pleno invierno. ¿Puedes ayudarme a tejer estos hilos en una camisa de Cristo Niño?
— No, Madre María. Te haremos un jardín donde la rosa navideña podrá florecer, pero no podemos ayudarte a tejer la camiseta.
— Oh, queridos animales, sois tan ágiles y animados. ¿Podéis ayudarme a tejer estos hilos en una camisa de Cristo Niño?
— No, Madre María. Te haremos un jardín donde la rosa navideña podrá florecer, pero no podemos ayudarte a tejer la camiseta.
— Oh, queridos animales, sois tan ágiles y animados. ¿Podéis ayudarme a tejer estos hilos en una camisa de Cristo Niño?
— No, Madre María. Nuestro hermano, el burro, te ayudará en tu largo viaje, pero no podemos ayudarte a tejer la camiseta.
Ahora María no sabía qué camino tomar en busca de ayuda. Pero entonces llegó un ángel y le habló gentilmente así:
— Madre María, debes pedirle a los niños que te den amor de corazón. Cuando los niños de la Tierra te envíen su amor, entonces podrás tejer la camisa del Niño de Cristo.
Y así sucedió.
Y desde entonces, cada año, en la época de Navidad, el Ángel desciende y nos trae luz a nosotros, la gente de la tierra, en la oscuridad. De esta luz traída por el Ángel, cada niño puede encender una pequeña luz. Estas luces enviarán a María el amor del corazón, y ella, la Madre, podrá tejer la camisa del Niño de Cristo.
martes, 23 de diciembre de 2025
Himno de Adviento
¡Cielos, lloved vuestra justicia!
¡Ábrete, tierra! ¡Haz germinar al Salvador!
Oh Señor, Pastor de la casa de Israel,
que conduces a tu pueblo,
ven a rescatarnos por el poder de tu brazo.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!
Oh Sabiduría, salida de la boca del Padre,
anunciada por profetas,
ven a enseñarnos el camino de la salvación.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!
Oh Hijo de David, estandarte de los pueblos y los reyes,
a quien clama el mundo entero,
ven a libertarnos, Señor, no tardes ya.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!
Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel,
tú que reinas sobre el mundo,
ven a libertar a los que en tinieblas te esperan.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!
Oh Sol naciente, esplendor de la luz eterna
y sol de justicia,
ven a iluminar a los que yacen en sombras de muerte.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!
Oh Rey de las naciones y Piedra angular de la Iglesia,
tú que unes a los pueblos,
ven a libertar a los hombres que has creado.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!
Oh Emmanuel, nuestro rey, salvador de las naciones,
esperanza de los pueblos,
ven a libertarnos, Señor, no tardes ya.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!
El Belén de Francisco de Asís
Cuando hoy pensamos en un Belén, imaginamos figuras, paisajes, luces, caminos, montañas, pastores y reyes. Sin embargo, nada de eso estaba en el origen. El Belén, tal como lo conocemos, es el resultado de siglos de evolución.
Su comienzo fue mucho más austero, casi incómodo, y profundamente intencional.
Para encontrar su origen hay que situarse en el año 1223 en un pequeño pueblo
de los Apeninos italianos llamado Greccio. Francisco de Asís ya llevaba años
predicando un cristianismo radicalmente encarnado: Humildad, cercanía con los
marginados, fraternidad con la naturaleza y rechazo explícito del lujo
religioso.
En su época, la Navidad ya se celebraba litúrgicamente, pero en muchos lugares era
una festividad solemne, distante, cargada de símbolos teológicos, pero alejada
de la experiencia concreta del nacimiento de Jesús. Francisco no cuestiona la
doctrina, cuestiona la distancia emocional y existencial.
Su pregunta no es teológica, sino humana. ¿Cómo nació realmente Jesús? Según
relata Tomás de Celano, su primer biógrafo y testigo cercano, Francisco quiso
ver con los ojos del cuerpo cómo había nacido Cristo. No pidió permiso para
innovar una tradición; pidió algo mucho más simple: reproducir un lugar.
Solicitó a un noble local, Juan de Greccio, que preparara una cueva, un pesebre
y que llevara un buey y un asno de carne y hueso. No encargó figuras, ni
organizó una representación teatral, ni pidió que nadie hiciera de María y de
José. La escena estaba incompleta a propósito.
Así, en la Nochebuena de 1223, la gente acudió con antorchas. Se celebró la Misa
frente al pesebre vacío. El centro no era una imagen, sino un espacio.
Un espacio preparado para ser comprendido, no consumido. El pesebre sin niño
obligaba a hacerse una pregunta. ¿Qué significa que Dios haya elegido esto?
Lo que sí se relata es la emoción profunda de los presentes y el impacto que
produjo aquella forma de celebrar la Navidad: por lo esencial. La famosa
estrella de Belén pertenece al relato evangélico de Mateo y a interpretaciones
posteriores, pero no fue un elemento central en Greccio.
Y aquí aparece algo relevante: el trasfondo cultural. En la mentalidad
medieval, el universo no estaba dividido en compartimentos estancos. El cielo,
la tierra, los animales y el ser humano formaban un todo coherente. Su gesto en
Greccio puede entenderse como una reconexión entre lo cósmico y lo cotidiano.
El misterio más alto expresado en la materia más humilde.
Tras la muerte de Francisco, la idea se difundió. Primero en los conventos
franciscanos, luego en iglesias y hogares. Con el tiempo se añadieron figuras,
escenas y elementos narrativos. En el Renacimiento y el Barroco, el Belén se
convirtió en arte. En Nápoles, casi en teatro.
Pero el núcleo permaneció. Hacer visible lo invisible. Y hacer cercano lo que
había vuelto abstracto.
El Belén no nació para adornar. Nació para recordar una elección: la elección
de la fragilidad.
No fue una invención estética, sino un acto pedagógico y espiritual. Francisco
no quiso explicar el nacimiento de Jesús. Quiso que se intuyera. Por eso dejó
el pesebre vacío. Porque el centro no era la figura, sino la pregunta.
Y quizá ahí radique la razón por la que, ocho siglos después, seguimos montando
belenes: no para repetir una escena, sino para volver a acercarnos a un
misterio que solo se comprende cuando se mira sin exceso de adornos.
lunes, 22 de diciembre de 2025
Lucha con esperanza
No hay que temer al fracaso, a la lucha,
al dolor, a los pies de barro o a la debilidad.
No hay que temer a la propia historia,
con sus aciertos y tropiezos;
ni a las dudas; ni al desamor;
que la vida es así, compleja,
turbulenta, hermosa, incierta.
Pero luchemos contra la tristeza perenne,
esa que se instala en el alma y ahoga el canto.
Alimentemos la semilla de alegría
que Dios nos plantó muy dentro.
Que surja, poderosa, la voz esperanzada,
esa que clama en desiertos y montes,
en calles y aulas, en hospitales, en prisiones,
en hogares y en veredas.
Cantemos, hasta la extenuación,
la vida del Dios hecho niño,
del Niño hecho Hombre,
del Hombre crucificado
que ha de vencer a la cruz, una vez más.
Nadie va a detener al Amor
que se despliega, invencible,
en este mundo que aguarda.
Aunque aún no lo veamos.
El eco de la música
Parroquia de San Pedro Apóstol, El Sauzal
Don Emilio vivía solo en un apartamento modesto, situado en el centro de la ciudad. Su vida había cambiado desde que su esposa, Lucía, había partido hacía tres años. La casa, que alguna vez resonó con risas y música, ahora se encontraba en un silencio absoluto. El único sonido que llenaba su día era el eco lejano de los coches y el tintineo de las teclas de un viejo piano que había pertenecido a su esposa.
Lucía había sido la fuerza que mantenía la vida de Don Emilio vibrante y alegre. Juntos, habían compartido su pasión por la música, y su hogar estaba lleno de partituras, discos de vinilo y melodías que surgían con naturalidad. Él, como compositor, había creado piezas que ella tocaba con gracia. Cuando ella se fue, la música dejó de sonar. Don Emilio no encontraba el valor para sentarse al piano, a pesar de que el piano seguía ahí, en el rincón del salón, cubierto por una manta de polvo y recuerdos.
Cada tarde, después de la cena, Don Emilio se sentaba en su silla junto a la ventana y miraba la ciudad. Pero la soledad lo envolvía con fuerza, y las horas parecían diluirse lentamente.
Un día, como tantos otros, su nieta Carla, que vivía en la misma ciudad, lo visitó. Aunque ella era joven, Don Emilio la había criado con música, y sabía que, aunque su corazón se llenaba de amor por ella, también lo hacía de tristeza al ver lo poco que ella se interesaba por el piano o las composiciones que había dejado atrás.
— Abuelo, ¿por qué no tocas el piano? -le preguntó Carla, al entrar al salón y ver el viejo piano.
— Ya no soy el mismo -respondió con una voz apagada- la música ya no suena en mí.
Carla lo miró, sorprendida por la respuesta. Sabía que su abuelo había sido un músico famoso en su juventud, que había compuesto para orquestas. ¿Cómo era posible que el hombre que había hecho sonar el alma de tantas melodías ahora no pudiera siquiera tocar una nota?
— ¿Por qué no lo intentas de nuevo, abuelo? Solo una vez. Puede que te ayude a sentirte mejor.
Don Emilio suspiró y, con un gesto lento, se levantó de su silla. Carla lo observaba, expectante, mientras él se acercaba al piano. Se sentó frente al piano y levantó las manos, que temblaban levemente. Las teclas parecían llamarlo, pero algo lo detenía.
— No lo sé, Carla -dijo, mirando las teclas con tristeza-. La música es algo tan profundo, algo que se siente... y ya no siento nada.
Carla se acercó, poniendo una mano sobre su hombro.
— ¿Sabes, abuelo? Siempre decías que la música no solo está en las notas. Está en los sentimientos, en lo que no se ve. Tal vez lo que te detiene es que te has olvidado de escuchar lo que hay dentro de ti.
Decidió intentarlo. Sus dedos, al principio vacilantes, se posaron sobre las teclas. Al principio, no pasó nada. Las primeras notas fueron torpes, desafinadas, como si el piano mismo se negara a recordar su antigua melodía. Pero luego, algo cambió. Un susurro, casi imperceptible, empezó a salir del piano. Poco a poco, las notas tomaron forma, y, sin darse cuenta, Don Emilio comenzó a tocar una melodía suave, algo que había compuesto años atrás, cuando su esposa aún vivía.
Carla, observando en silencio, vio cómo su abuelo se sumergía en la música. Sus dedos ya no temblaban. Parecían bailar sobre las teclas, como si el piano y él estuvieran recuperando algo que se había perdido, un vínculo que había estado olvidado.
Las notas se extendieron por el salón, llenando el espacio de una calidez inconfundible. El eco de las melodías que alguna vez había tocado junto a Lucía comenzó a resonar, no solo en el piano, sino también en las paredes, en los rincones de la casa, como si el hogar mismo se hubiera despertado de un largo sueño.
Don Emilio siguió tocando, y las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro. No era tristeza lo que sentía, sino una profunda emoción, como si estuviera encontrando algo que había creído perdido para siempre. No podía dejar de tocar, y Carla, con una sonrisa en el rostro, se sentó a su lado, escuchando la música que por fin volvía a llenar la casa.
Al final, cuando la última nota se desvaneció en el aire, Don Emilio se quedó quieto un momento, respirando con dificultad. Carla lo miraba con admiración.
— Lo hiciste, abuelo -dijo ella, con voz suave.
Don Emilio la miró, sus ojos brillando con una mezcla de gratitud y serenidad.
— Lo que olvidé, Carla, es que la música nunca se va realmente. Solo se esconde un poco, esperando ser recordada.
Desde ese día, el piano ya no estuvo en silencio. Don Emilio tocaba cada tarde, como solía hacerlo, y la casa se llenaba de melodías que parecían entrelazarse con los recuerdos. Carla, cada vez que lo visitaba, se sentaba a su lado, escuchando los ecos de las notas que seguían viviendo dentro de su abuelo.
La música, al final, no solo había regresado a la vida de Don Emilio, sino que había encontrado un nuevo lugar en su corazón: el eco de una melodía que nunca se había ido del todo.