domingo, 20 de septiembre de 2026

Oración por el Aniversario Sacerdotal

Padre celestial y misericordioso,
te damos gracias por el don del sacerdocio
y por la vida de nuestro sacerdote Santi],
a quien llamaste a servirte con amor y fidelidad.
Hoy, al conmemorar 45 años de su consagración,
te pedimos que lo bendigas con gracia abundante,
paz en el corazón y fortaleza física y espiritual.
Renueva en él la alegría de la primera llamada
y unge sus manos para que sigan bendiciendo,
sus labios para que proclamen tu Palabra
y su corazón para que refleje tu infinita compasión.
Guíalo cada día con tu Espíritu Santo,
sosténlo en los momentos de prueba
y haz que su ministerio dé frutos abundantes en nuestra Parroquia.
Que cada vida que él toque sea transformada por tu amor,
y que él mismo se sienta siempre acompañado y amado por Ti.
Madre María, Reina de los Apóstoles y madre de los sacerdotes,
cuidadora fiel de sus pasos, abrázalo y protégelo hoy y siempre.
Amén

El secreto del zafiro azul

Había una vez, en lo profundo de una montaña de cristal, una pequeña piedra llamada Zafiro. A diferencia de sus hermanos los diamantes, que brillaban con destellos blancos y claros, Zafiro guardaba en su interior un pedacito del cielo nocturno y del mar más hondo.
Un día, una niña llamada Sofía se perdió en el bosque cercano. La noche comenzó a caer, le entró miedo y comenzó a llorar, pues los senderos se apagaron y la oscuridad lo cubrió todo.
Zafiro, desde el fondo de su cueva secreta, sintió la tristeza de la niña. Decidió que ya era hora de salir a la luz. Usando toda su magia, la pequeña piedra comenzó a brillar con un azul intenso y cálido, iluminando las hojas de los árboles como si fueran estrellas fugaces caídas en la hierba.
Sofía vio el destello azul y, guiada por esa luz suave y protectora, encontró el camino de regreso a casa. Desde entonces, se cuenta que quien lleva un zafiro cerca del corazón nunca pierde el rumbo en la oscuridad y siempre encuentra la paz.


sábado, 19 de septiembre de 2026

Porque es eterno su amor

          Salmo 136

Dad gracias al Señor, porque es bueno:
porque es eterno su amor.
Dios perdonó mi debilidad:
porque es eterno su amor.
Y me liberó de la oscuridad:
porque es eterno su amor.
Con mano poderosa, con brazo fuerte:
porque es eterno su amor.
Dios me ofrece su gracia:
porque es eterno su amor.
Dios creó en mí una nueva esperanza:
porque es eterno su amor.
Y me llamó a una nueva vida:
porque es eterno su amor.
En nuestra humillación se acordó de nosotros:
porque es eterno su amor.
Y nos libró de nuestros opresores:
porque es eterno su amor.
El da alimento a todo viviente:
porque es eterno su amor.
Dad gracias al Dios del cielo:
porque es eterno su amor.

Otra leyenda del árbol Baobad

En un paraje muy lejano de África, hace muchísimo tiempo, vivía una familia de conejos muy pobres y papá conejo se ganaba la vida como podía para llegar por la noche a casa con solo unas cuantas monedas. Mamá preparaba la comida para sus hijos con unas pocas patatas y en una cocina demasiado vieja. Cierto día, papá conejo se cansó de tanto caminar por el caluroso desierto y se tumbó a descansar bajo la sombra de un árbol grueso y de enormes ramas.
— ¡Oh, qué buena sombra da este árbol! -dijo el conejo- creo que descansaré un rato, hace mucho calor y no he almorzado todavía.
El conejo ahí tumbado comenzó a lamentar su suerte. Empezó por maldecir al sol que tanto le quemaba, a la arena que siempre se le metía entre las patas y a la lluvia por inundar su aldea. Cuando de pronto, el robusto árbol sobre el cual él estaba empezó a hablarle con una voz muy dulce.
— Amigo conejo, ¿Por qué te lamentas de tu suerte?, ¿Acaso no estás contento con cómo eres?- Replicó el árbol
— Vaya, qué triste y desdichada es mi vida. Si tan solo pudiera ser un árbol como tú… ¡Claro!, todo el día quieto, sin tener que trabajar, tan solo estiras tus hojas y recibes el alimento del sol y de la lluvia. ¡Qué más se podría pedir! -se lamentaba el conejo- En cambio yo tengo que trabajar muy duro para darle de comer a mis hijos… ¡Qué triste es mi vida!
El árbol se puso muy triste al escuchar las palabras del conejo y le dijo con su melodiosa voz
— ¿Sabes?, soy un Baobab, y, a pesar de que nunca hablo con los animales, me has conmovido amigo conejo
Al oír estas palabras, el conejo se puso de pie y miró al árbol de arriba abajo. El conejo no se había percatado de que aquel árbol era un baobab, y sabía lo que decían todos sobre el baobab: “El baobab guarda muchas riquezas en su corazón, pero son pocas las personas que logran descubrir tal tesoro”. Por esto, papá conejo se asustó mucho y se arrodilló ante el baobab.
— Perdóneme señor Baobab por maldecir a la naturaleza, le prometo que no volveré a quejarme de mi suerte, solo déjeme ir y seguiré trabajando firme para no tener que lamentarme por lo que soy -dijo el conejo mientras se disponía a seguir con su trabajo.
— Espera un momento amigo conejo, no te vayas aún…
De pronto, el baobab estiró sus ramas y el corazón que tenía entre ellas quedó al descubierto. Papá conejo se quedó asombrado, pero a la vez temeroso de que el baobab le hiciera daño por hablar mal de la naturaleza. El baobab dio un suspiro de gozo y el corazón del baobab se abrió lentamente y comenzó a descubrir todo lo que tenía en su interior: joyas, diamantes, monedas de oro, perlas, rubíes, piedras preciosas, telas finas, etc. Papá conejo se quedó asombrado y el baobab le dijo con voz tierna:
— Coge lo que quieras, acepta esta ayuda que quiero ofrecerte mi buen amigo.
El conejo, muy agradecido, cogió lo que cabía entre sus manos y se marchó muy contento después de darle las gracias al baobab por su generosidad.
Al llegar a su casa, le contó a su familia lo que le había sucedido y, por fin, pudieron cambiar de forma de vida. Papá conejo iba en coche al trabajo, vestía elegantemente. Mamá usaba ropas finas, podía cocinar ricas comidas para sus hijos y llevaba un collar de perlas a las reuniones con sus amigas. En una de esas reuniones la señora hiena sintió mucha envidia las riquezas de mamá conejo y al llegar a casa, le exigió a su marido que también le comprase a ella un collar de perlas, un coche y todas las cosas que el marido de mamá coneja le había comprado a ésta.
El señor hiena le preguntó a papá conejo qué es lo que había hecho. Papá conejo, que tenía un corazón noble, le contó al señor hiena todo lo sucedido con el baobab. El señor hiena se emocionó y sin perder ni un segundo se fue hacia donde estaba el baobab para robarle todos los tesoros que había en su corazón y así llenarse de lujos como los que poseía el conejo. Se tumbó a la sombra de éste, como le había indicado el conejo y empezó a gritar con voz muy fuerte:
— “¡Ay! ¡Qué desdichada es mi vida, qué pobre soy, qué mala suerte la mía, soy tan desdichado!”.
El baobab, empezó a sacudir sus ramas suavemente…
— Mi buen amigo hiena, qué alegría me das con tu visita, ¿por qué te quejas de tu suerte?, ¿es que acaso no eres feliz con lo que eres? -dijo el baobab.
— Pues no, la verdad no soy todo lo feliz que quisiera, si pudiera tener tanta riqueza como el conejo mi vida sería distinta, dijo la hiena.
De pronto, las hojas del baobab se estiraron muy fuertes y éste dio un gran y tierno suspiro. La hiena, impaciente, no podía dejar de caminar de un lado para otro sin dejar de mirar lo que descubrían las hojas del baobab. Entonces, el corazón del árbol apareció y comenzó a abrirlo y mostrar los tesoros. El señor hiena comenzó a sacar sus garras. El baobab dio otro suspiro y dijo con su tranquilo tono de voz :
— Coge lo que creas necesario, acepta esta ayuda que quiero ofrecerte señor hiena.
El señor hiena pensó que si le arrancaba el corazón al baobab no solo se llevaría lo que cabía en sus manos, sino todos los tesoros escondidos en su interior. Así que se lanzó salvajemente sobre el baobab y, con sus afiladas garras, empezó a desgarrar el corazón del árbol, haciéndole mucho daño al baobab.
Fue un momento muy doloroso para el baobab, que lloraba de dolor y de tristeza por la decepción sufrida a causa de la hiena. De repente, el corazón del baobab se cerró bruscamente y se ocultó nuevamente entre sus hojas. La hiena, que no pudo conseguir ningún tesoro comenzó a maldecir al árbol y a rasgar su tronco pero fue inútil, pues el tronco del baobab se había vuelto áspero y duro. El señor hiena dio media vuelta y se fue a su casa sin tesoro por su avaricia.
Cuenta la leyenda que desde entonces nadie ha vuelto a ver jamás el corazón del baobab y que éste ya no deja que se le acerquen los animales porque su áspero tronco emana muy mal olor.

jueves, 17 de septiembre de 2026

¡Enamórate!

          Joseph P. Whelan, SJ –atribuido a Pedro Arrupe, SJ

Nada puede importar más que encontrar a Dios.
Es decir, enamorarse de Él
de una manera definitiva y absoluta.
Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación,
y acaba por ir dejando su huella en todo.
Será lo que decida qué es
lo que te saca de la cama en la mañana,
qué hacer con tus atardeceres,
en qué empleas tus fines de semana,
lo que lees, lo que conoces,
lo que rompe tu corazón,
y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud.
¡Enamórate! ¡Permanece en el amor!
Todo será de otra manera.

El tren guardado en su caja

           Braedon Smith·

— «No toques eso, por favor», dije demasiado seco.
El niño apartó las manos al instante. Tendría unos ocho años. Era delgadito, con las zapatillas gastadas por los lados y una sudadera que le quedaba algo grande.
No me miró a la cara. Miró al suelo, como hacen algunos niños que ya han aprendido a no pedir demasiado.
Su madre se acercó enseguida. Tenía el pelo recogido de cualquier manera, la cara cansada y una chaqueta sencilla. Llevaba esas manos de quien trabaja mucho y descansa poco.
— «Perdone, dijo deprisa. Pablo, ven aquí. Solo estamos mirando.»
Yo asentí. No había querido asustarlo. No era culpa suya. Desde que murió mi mujer, Carmen, muchas veces hablaba peor de lo que sentía. Más seco. Más brusco. Como si la casa vacía se me hubiera metido en la garganta.
Aquel sábado había sacado una mesa plegable delante del garaje, en una calle tranquila de mi ciudad. No era un mercadillo de verdad. Solo un viejo vendiendo trozos de su vida. Herramientas antiguas. Vajilla. Libros. Una lámpara. Cajas llenas de cosas que ya no podía seguir viendo todos los días sin que me doliera algo por dentro.
Y al fondo de la mesa estaba él. El tren eléctrico. Todavía en su caja original. Era un tren en miniatura de los años sesenta. Carmen y yo lo compramos poco después de casarnos. Éramos jóvenes. Teníamos poco dinero, pero muchas ilusiones. «Lo guardamos para cuando tengamos un niño», me dijo ella aquella vez. Pero ese niño nunca llegó. Así que el tren se quedó cerrado. Primero en un armario. Luego en el trastero. Después en el garaje. Lo protegí del polvo, de los golpes, de los arañazos y de las manos torpes. Lo mantuve perfecto. Y sin darme cuenta, también lo mantuve muerto.
Pablo miraba aquella caja como si dentro hubiera algo mágico. Su madre vio el precio. 50 euros. No dijo nada, pero le cambió la cara. Para algunas personas no era tanto. Para ella, en ese momento, era demasiado. Le puso una mano en el hombro al niño.
— «Venga, cariño», dijo bajito. Habíamos venido a buscarte un abrigo, ¿te acuerdas?»
Pablo asintió enseguida. No protestó. No insistió. No hizo una rabieta. Solo miró la caja una última vez.
Y aquel silencio me dolió más que cualquier súplica. No sé qué me pasó. Quizá estaba cansado de volver a una casa donde nadie me esperaba. Quizá vi en los ojos de aquel niño todo lo que Carmen y yo habíamos imaginado durante años.
— «Esperad un momento», dije.
Se pararon junto a la puerta del garaje. Cogí la caja entre los brazos. Pesaba más de lo que recordaba. O quizá yo ya no tenía la misma fuerza. Me acerqué a Pablo.
— «¿Cómo te llamas?»
— «Pablo», respondió casi en un susurro.
— «Pues mira, Pablo», dije. «Un tren como este no está hecho para pasar la vida metido en una caja. Necesita un buen jefe de estación.»
Su madre se quedó blanca.
— «No, señor. De verdad que no puedo. No tengo ese dinero.» «No se lo estoy vendiendo», dije. «Se lo estoy confiando.»
Pablo miró a su madre. Ella me miró a mí. Tenía los ojos brillantes, pero intentaba aguantar. Al final, asintió despacio. Pablo abrazó la caja como si tuviera miedo de que se rompiera con solo tocarla.
— «Lo voy a cuidar mucho», dijo.
Tragué saliva.
— «Lo sé.»
Pensé que aquello acabaría ahí. Un gesto bonito. Un buen recuerdo. Nada más. Me equivoqué.
Tres días después encontré un papel en el buzón. Era una cartulina amarilla, recortada torcida.
Encima, escrito con rotulador negro, ponía: billete de tren expreso Pablo. Sábado a las 10 en el patio
Me quedé delante del buzón con aquel papel en la mano. Y por primera vez en meses sentí algo muy simple. Alguien me estaba esperando.
El sábado fui a su casa con mi vieja caja de herramientas. Vivían en un bajo de un bloque pequeño, a tres calles de la mía. El patio era sencillo. Unas macetas. Dos sillas de plástico. Un tendedero recogido en una esquina.
Pablo ya estaba allí. Había puesto las vías formando un círculo torcido sobre las baldosas.
— «¡Ha traído el billete!», gritó.
— «Claro», respondí. «Sin billete no se sube nadie.»
Su madre, Laura, salió con tres vasos de agua con un poco de sirope.
— «Gracias», dijo en voz baja. «Lleva días hablando de esto.»
Me senté junto a Pablo. Durante dos horas intentamos colocar bien los cables. Me temblaban un poco las manos. Desde que Carmen murió, casi no había arreglado nada. Ni siquiera las cosas pequeñas. Pero con los cables pasa una cosa. O están bien puestos, o no funcionan. No engañan.
Cuando la locomotora arrancó, despacio y con un ruido torpe sobre las vías, Pablo se levantó de golpe.
— «¡Alaaaa! ¡Anda de verdad!»
Laura se tapó la boca con una mano. Y yo me reí. No fue una sonrisa educada. Fue una risa de verdad. Una de esas que salen de un sitio que uno creía cerrado.
Desde aquel día, el Expreso Pablo salía todos los sábados. Pablo tenía sus normas. El tren tenía que parar en la estación. El vagón de carga nunca podía ir vacío. A veces llevaba un botón. A veces una piedra pequeña. A veces una llave vieja que yo había encontrado en mi caja de herramientas.
Laura se sentaba con nosotros algunos ratos. Hablaba de sus turnos en la residencia de mayores. Del cansancio. De las facturas. De esas noches en las que solo quería sentarse cinco minutos sin que nadie le pidiera nada.
Yo hablaba de Carmen. Poco al principio. Luego un poco más.
Un sábado, Pablo tropezó con los cordones mientras llevaba el último vagón rojo. El vagón cayó contra las baldosas. Una rueda se partió.
Pablo se quedó quieto. Después se le llenaron los ojos de lágrimas.
— «Lo he roto, susurró. He estropeado su tren.»
Laura se levantó enseguida, muy apurada.
— «Lo siento muchísimo, dijo. De verdad, lo siento.»
Yo miré el vagón. Durante un segundo volvió el hombre que yo había sido. El que quería guardarlo todo entero. Todo limpio. Todo a salvo. Luego abrí mi caja de herramientas.
— «Pablo», dije, «los trenes se salen de la vía a veces. Las cosas se rompen. Por eso hacen falta mecánicos.»
Me miró con la cara mojada.
— «¿Ya no sirve?»
— «Claro que sirve», dije. «Ahora tiene historia.»
Pegamos la rueda. Desde entonces, aquel vagón se tambalea un poco en cada vuelta. Pablo lo quiere más que antes. Lo llama el vagón valiente.
Hoy, algunos sábados, también bajan otros niños del bloque. El tren está rayado, pegado y un poco torcido por varias partes. Pero está vivo.
Y yo he entendido algo sencillo. Durante años esperé el momento perfecto. El día perfecto. La vida perfecta. Mientras tanto, el tren seguía cerrado. Y yo también.
Hay alegrías que no se pueden guardar demasiado tiempo. Hay que abrir la caja. Aunque se raye. Aunque se rompa un poco. Porque lo que se usa, se comparte y se arregla no pierde valor. Al contrario. Empieza, por fin, a formar parte de la vida.

martes, 8 de septiembre de 2026

A la Natividad de la Virgen María

            Liturgia de las Horas

Hoy nace una clara estrella,
tan divina y celestial,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo Sol nace de ella.
De Ana y de Joaquín, oriente
de aquella estrella divina,
sale su luz clara y digna
de ser pura eternamente:
el alba más clara y bella
no le puede ser igual,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo Sol nace de ella.
No le iguala lumbre alguna
de cuantas bordan el cielo,
porque es el humilde suelo
de sus pies la blanca luna:
nace en el suelo tan bella
y con luz tan celestial,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo Sol nace de ella.
Gloria al Padre, y gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos. Amén.

La leyenda de la Campana de Plata

            El cofre de las historias

Hace muchísimos años, en la cima de una montaña cubierta por la niebla, existía una pequeña torre de piedra donde colgaba una campana de plata. Los habitantes del valle contaban que aquella campana nunca sonaba por el viento. Solo lo hacía cuando alguien realizaba un acto de verdadera bondad.
Durante años, muchas personas subieron a la montaña intentando hacerla sonar. Algunos llevaban cofres llenos de monedas. Otros ofrecían joyas, coronas o regalos muy valiosos. Pero la campana permanecía en silencio.
Una fría mañana de invierno, una niña llamada Elisa encontró a un anciano que había perdido el camino entre la nieve. Sin pensarlo dos veces, compartió con él su abrigo, su pan y lo acompañó hasta que pudo regresar sano y salvo al pueblo.
Cuando Elisa descendía por el sendero, el aire quedó completamente en silencio. De repente... ¡Dong...! La campana de plata sonó una sola vez. Su sonido recorrió montañas, bosques y ríos. Las flores comenzaron a abrirse antes de la primavera. Los pájaros regresaron a cantar. Y la niebla desapareció por primera vez en mucho tiempo.
Los habitantes comprendieron entonces el verdadero secreto de la campana. No respondía a la riqueza. No respondía al poder. Solo despertaba cuando un corazón hacía el bien sin esperar nada a cambio.
Desde ese día, quienes escuchan una campana sonar en medio de la montaña aseguran que, en algún lugar, alguien acaba de realizar una buena acción que merece ser recordada.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Tú eres perdón, Señor

         Mari Patxi Ayerra

Tú nos perdonas siempre, contigo todo es fácil.
A nosotros, en cambio, nos cuesta perdonar.
Decimos que olvidamos, pero nuestra cabeza guarda,
y se nos escapa el reproche en cualquier ocasión.
Ayúdanos, Señor, a perdonar a tu manera,
sin guardar recuento de ningún mal.
Regálanos tu amnesia, Señor, esa que Tú tienes
y que olvida al momento cualquier cosa que te hagan.
Danos un corazón blando como el tuyo,
que perdona siempre y no guarda rencor.
Danos palabras sabias para corregir a los otros,
disculpa oportuna y caricia tierna,
la discreción y la tolerancia que necesitamos
para vivir unidos y llevarnos mejor.
Eso es vivir tu Amor.

"Ritual del perdón"

Una tribu de África celebra el siguiente ritual para corregir la conducta antisocial de sus miembros.
Si un miembro de la comunidad actúa irresponsablemente se le coloca en la plaza del pueblo. El trabajo cesa, y todos los hombres, mujeres y niños forman un gran círculo alrededor del acusado. Y uno a uno, incluidos los niños van diciendo las virtudes y todas las cosas buenas que el acusado ha realizado. No se puede ni mentir ni exagerar ni inventarse nada. No se puede decir ninguna cosa negativa del acusado.
La ceremonia dura un par de días hasta que todos han tenido la oportunidad de contar sus bondades.
Al final el círculo se rompe, la fiesta comienza y la persona es acogida de nuevo en la comunidad. El acusado se siente fortalecido y animado a vivir de acuerdo con las normas e ideales de la comunidad.

jueves, 3 de septiembre de 2026

Con el Espíritu

     (Ignacio IV Hazin, patriarca de la Iglesia greco-ortodoxa de Antioquía)

Sin el Espíritu Santo, Dios está lejos,
Cristo permanece en el pasado,
el Evangelio es letra muerta,
la Iglesia una simple organización,
la autoridad sería dominación,
la misión una propaganda,
el culto una evocación
y el actuar cristiano una moral de esclavos.
Pero con la presencia del Espíritu,
el cosmos se eleva y gime en el parto del Reino,
Cristo resucitado está presente,
el Evangelio es potencia de vida,
la Iglesia significa la comunión trinitaria.
la autoridad es un servicio de liberación,
la misión es un Pentecostés,
la liturgia una memoria y anticipación,
el actuar humano se deifica.

El santo que bajó al Niño Jesús a un pozo

Existe una hermosa tradición sobre San Gerardo Majella que ha pasado de generación en generación y nos habla de una confianza extraordinaria en Dios.
En una ocasión, el superior del convento tuvo que salir y dejó a Gerardo al cuidado de las llaves. Mientras sacaba agua del pozo, las llaves resbalaron de sus manos y cayeron hasta el fondo.
Gerardo quedó muy preocupado. No sabía cómo recuperar aquello que le habían confiado.
Entonces fue a la capilla. Allí se arrodilló ante una imagen de la Virgen que sostenía al Niño Jesús y, con la sencillez de un niño, le dijo:
— “Jesús, tú las vas a sacar”.
Tomó cuidadosamente la pequeña imagen del Niño Jesús, la ató con una cuerda y la bajó lentamente al interior del pozo.
Los religiosos que presenciaban la escena no entendían lo que estaba haciendo.
La tradición cuenta que, cuando Gerardo comenzó a subir la cuerda, el Niño Jesús apareció con las llaves en una de sus pequeñas manos.
Más allá del carácter milagroso de esta tradición, su enseñanza permanece viva: San Gerardo confiaba en Dios antes de dejarse dominar por la angustia.
Y nosotros, con frecuencia, hacemos lo contrario. Primero calculamos, nos desesperamos, imaginamos todo lo que puede salir mal… y solo al final recurrimos al Señor.
Hoy quizá tú también tengas unas “llaves” en el fondo de un pozo: una deuda, un problema familiar, una decisión difícil o una preocupación que parece no tener solución.
Confiar en Dios no significa que Él resolverá todo exactamente como nosotros esperamos. Significa algo todavía más grande: que nunca tendremos que afrontar nuestras cargas sin Él.

martes, 1 de septiembre de 2026

Pedir, Buscar, Llamar

               José Mª Rodríguez Olaizola SJ

Sí, Señor, yo te pido el pan de cada día,
la paz en mis fronteras, la luz de tu palabra.
Pido que no me falte sencillez en los gestos,
cordura en el afecto, limpieza en la mirada.
Busco tu voz discreta que ni grita ni abruma,
tu presencia callada que todo lo transforma.
Voy buscando en mi entorno de tu paso las huellas,
de tu cruz las secuelas, de tu amor los reflejos.
Y llamo, sí, te llamo en los días felices
y en las noches oscuras.
Es tu nombre un tesoro que comparto, en voz baja,
sintiendo que al llamarte la bruma se disipa
y enciendes la esperanza.

La Pulga y El Piojo

Había una vez, en una granja muy alegre y llena de animales juguetones, dos amigos inseparables: una pulga saltarina llamada Pili y un piojo muy elegante llamado Papo. Pili tenía unas patitas traseras tan fuertes que podía saltar tan alto como quisiera, y Papo siempre llevaba un sombrerito negro imaginario y un bigote muy bien peinado.
Pili y Papo vivían en el lomo de un caballo llamado Perico. A los dos amigos les encantaba organizar fiestas todas las tardes, donde tocaban música con pajitas secas y bailaban al compás del viento.
Un día caluroso de verano, Perico el caballo se metió al establo para descansar, y el abuelo Juan, el granjero, trajo una tinaja gigante llena de agua tibia y jabón con olor a manzanas.
— ¡Hora del baño, Perico! -dijo el abuelo Juan con una gran sonrisa.
Al escuchar esto, Pili y Papo abrieron los ojos de par en par. ¡El agua y el jabón significaban que tenían que mudarse de lugar y rápido!
— ¡Aventureros a la carrera! -gritó Pili.
¡Plop! Pili dio un salto larguísimo y cayó sobre la crin brillante del caballo. Pero Papo, por andar presu-miendo de su sombrero, tropezó con un pelo y empezó a rodar cuesta abajo como una bola de nieve.
— ¡Auxilio, me caigo! -gimió Papo, dando vueltas hasta quedar atrapado dentro de una bota de goma vieja que estaba tirada en el suelo.
Pili, al ver que su mejor amigo no estaba con ella, detuvo su salto de inmediato. Sabía que en el equipo nadie se queda atrás. Así que preparó sus patitas, respiró hondo y... ¡zuum! Voló por los aires como un cohete diminuto, esquivó un balde de agua y aterrizó justo al borde de la bota.
— ¡No temas, Papo! Aquí estoy yo -dijo Pili dándole la pata.
Papo salió rodando de la bota, sacudiéndose el polvo y ajustándose el sombrero con una sonrisa de alivio. En ese momento, se dieron cuenta de que la bota estaba sobre una alfombra mágica de tréboles de cuatro hojas, un lugar súper seguro y divertido donde podían construir una nueva casita de juegos lejos de las burbujas de jabón.
Los dos amigos se abrazaron felices y aprendieron que, aunque los saltos largos y las carreras son divertidos, lo más valioso de cualquier aventura es tener un buen amigo que te ayude cuando te da un traspié. Desde entonces, en la granja se escuchaban las risas de Pili y Papo, explorando cada rincón juntos y demostrando que los amigos pequeños también pueden hacer grandes hazañas.

domingo, 30 de agosto de 2026

Otras cruces


Señor, dame la valentía de arriesgar la vida por ti,
el gozo desbordante de gastarme en tu servicio.

Dame, Señor, alas para volar
y pies para caminar al paso de las personas necesitadas;
y entrega para “dar la vida” desde la vida, la de cada día.

Infúndenos, Señor, el deseo de darnos y entregarnos,
de dejar la vida en el servicio a los débiles.

Señor, haznos constructores de tu vida, propagadores de tu reino,
ayúdanos a poner la tienda en medio de la humanidad,
para llevarles el tesoro de tu amor que salva.

Haznos, Señor, dóciles a tu Espíritu,
para ser conducidos a dar la vida desde la cruz,
desde la vida que brota cuando el grano muere en el surco.

A veces, también nosotros queremos enseñar a Dios
a hacer las cosas, como Pedro.
No nos dejamos sorprender por Jesús.

Enséñale a rugir

Una mujer caminaba sola por la selva, con el alma llena de dudas y miedos. De repente, frente a ella, apareció una leona.
Pero en lugar de lanzarse al ataque, la leona se acercó con calma.
— ¿Todo bien, mi chica? -preguntó la leona con una voz firme, pero llena de ternura.
La mujer, sorprendida, dio un paso atrás.
— Estoy embarazada... y tengo un miedo que no me suelta. Quiero proteger a mi criatura, que no sufra, que no le falte nada. Pero no sé si lo estoy haciendo bien.
La leona se sentó a su lado y la miró con esos ojos sabios que solo dan los años.
— Yo también soy mamá -dijo-. Y aunque la naturaleza a veces es pequeña, he aprendido algo muy importante: la sobreprotección solo cría debilidad.
Cuando mis cachorros nacen, los cuido con toda mi alma. Pero en cuanto crecen, dejo que se rocen con el mundo. No es porque no los quiera... al contrario, es porque los amo demasiado como para condenarlos a depender de mí para siempre.
La mujer escuchaba con el corazón en la mano.
— ¿Y si les pasa algo malo? ¿Y si los atacan?
La leona bajó la mirada un segundo.
— A veces pasa. A veces se caen y se dan sus buenos porrazos. Pero yo no puedo rugir por ellos. No puedo pasarme la vida cazando por ellos. Yo solo puedo enseñarles el camino. Pero el zarpazo, lo tienen que dar ellos solitos.
— ¿No te duele eso? -preguntó la mujer bajito.
— Cada vez que los veo fallar, el corazón se me encoge -respondió la leona-. Pero me dolería más verlos crecer sin fuerzas, inseguros, sin saber cómo rascarse con sus propias uñas. Mis cachorros tienen que entender que nada llega gratis. Hay que aprender a esforzarse el lomo y luchar.
— Entonces... ¿tengo que dejar que mi hijo se equivoque?
La leona se puso de pie y, antes de irse, le dijo:
— Deja que aprenda a rugir. No le quites la oportunidad de descubrir su propia fuerza. Quédate ahí cerquita, guíalo... pero no hagas todo por él. Los hijos no necesitan madres que los escondan del mundo, sino madres que los preparen para enfrentarlo.
La mujer se acarició la tripa con ternura. Y por primera vez -en lugar de solo querer proteger- le regaló a su hijo la libertad.
— Gracias, mamá leona.

Moraleja: Si quieres que tu hijo sea fuerte y afronte la vida con ganas, no lo encierres en una jaula de miedo. Enséñale a rugir. A caerse, a levantarse y a seguir luchando. A luchar por sus sueños. Porque el amor de verdad no es evitarle el dolor a toda costa... es enseñarle a tener coraje para aguantarlo y salir adelante.

viernes, 28 de agosto de 2026

Tarde te amé

         San Agustín,    en el día de su fiesta

¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!
Y ves que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba;
y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste.
Tú estabas conmigo mas yo no lo estaba contigo.
Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían.
Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera;
brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera;
exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti;
gusté de ti, y siento hambre y sed;
me tocaste, y me abrase en tu paz.

Leyenda del Baobab


Este árbol tan peculiar se encuentra en las sabanas africanas. Hace miles de años, los dioses llenaron el mundo de vida, plantas y animales por todos lados. Desde su paraíso en el cielo veían una de sus más bellas creaciones, era el baobab.
El baobab era un árbol muy grande y fuerte con flores preciosas en sus copas y por ser el árbol más bello, los dioses decidieron darle el don de la inmortalidad. Gracias a esto, los baobabs podían crecer muchísimo más que el resto de los árboles. Eran plantas fuertes, sus troncos eran enormes y era imposible derribarlos. El baobab era tan grande que con su copa empezó a apropiarse de la luz y dejaba al resto de las plantas y animales bajo su sombra sin poder gozar de la luz solar. Gracias a esto, el baobab crecía más y más fuerte, mientras que las otras plantas apenas crecían con los resquicios de luz que pasaban entre las copas del baobab.
Un día, el baobab, dándose cuenta de su fuerza y su majestuosidad, pensó que era digno de estar junto a los dioses, así que crecería y crecería hasta llegar a su paraíso.
El baobab pensó que era un dios como los que lo habían creado. Pero ese fue su error: la arrogancia y el egoísmo del baobab hizo que los dioses se enfadaran. La furia de los dioses castigaron al baobab para que aprendiera la lección.
A la mañana siguiente el baobab se dio cuenta de que sus flores ya no estaban y que sus copas no eran preciosas como antes. Los dioses habían castigado al grandioso árbol haciendo que creciera al revés, con las raíces hacia el cielo y las flores bajo tierra. Este es el motivo por el cual el baobab tiene esa forma tan peculiar. Y es uno de los árboles más hermosos.


jueves, 20 de agosto de 2026

Oración a la Virgen

             San Bernardo, Abad del Císter

¡Acordaos, oh piadosa Virgen María!, que jamás se ha oído decir
que ninguno de los que haya acudido a Ti,
implorado tu asistencia y reclamado tu socorro,
haya sido abandonado por Ti.
Animado con esta confianza, a Vos también acudo,
oh Virgen, Madre de la vírgenes,
y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados
me atrevo a comparecer ante tu presencia Soberana.
No deseches, oh purísima Madre de Dios, mis humildes súplicas,
antes bien, escuchadlas favorablemente. Amén

El Candado Mágico

Había una vez, en un taller lleno de herramientas y polvillo de madera, un viejo candado de bronce llamado Don Candi, tenía un cuerpo brillante y una argolla fuerte de metal. Pero Don Candi estaba muy triste y pasaba los días colgado de una gran viga, haciendo un ruidito aburrido: clic, clic, clic.
¿Y sabes por qué estaba triste? Porque desde hacía mucho tiempo nadie lo usaba. Todos los cofres del taller se abrían solos y las puertas ya no necesitaban llave.
Una tarde soleada, mientras jugaban al escondite por el taller, dos hermanitos traviesos llamados Sofía y Lucas descubrieron a Don Candi entre unas cajas de juguetes viejos.
— ¡Mira esto! -exclamó Sofía-. ¡Un candado brillante! Parece sacado de un cuento de piratas.
Lucas lo tocó con la punta de su dedo y preguntó:
— ¿Para qué sirve, abuelo? -le preguntó a su abuelo, que pasaba con una taza de chocolate caliente.
El abuelo sonrió, se agachó y les dijo:
— Los candados sirven para cuidar los grandes tesoros y mantener las cosas importantes a salvo, pero este candado es muy especial. Solo se abre con la llave correcta... que es una sonrisa y una buena acción.
Sofía y Lucas se miraron entusiasmados. Querían inventar un gran tesoro que proteger. Así que corrieron a buscar una caja de cartón, la pintaron de azul con estrellas doradas y dentro guardaron su mayor secreto: una colección de dibujos divertidos, piedritas brillantes que encontraron en el jardín y un frasco de hacer burbujas de jabón.
— ¡Listo! Este es nuestro cofre secreto del club de exploradores -dijo Lucas muy orgulloso.
Tomaron a Don Candi, pasaron su argolla brillante por las argollas de la caja y dieron un giro suave: ¡clac! El candado quedó cerrado y seguro.
Pero al segundo, Lucas se dio cuenta de algo:
— ¡Oh no! ¿Y ahora quién tiene la llave? ¡Queríamos enseñarle los dibujos a mamá!
Don Candi, al escuchar la preocupación de los niños, decidió hacer un pequeño truco de magia secreta. Recordó lo que había dicho el abuelo: «Se abre con una sonrisa y una buena acción».
En ese instante, Sofía le regaló un fuerte abrazo a su hermano y le dijo:
— No te preocupes, Lucas, te ayudo a ordenar tus juguetes para que juguemos juntos otra vez.
Al ver ese gesto de amor entre hermanos, Don Candi sintió un calorcillo en su interior. Su cerradura dio un giro mágico por sí sola y... ¡clic, clac! El candado se abrió con un sonido alegre de campanillas.
Los niños aplaudieron emocionados y saltaron de alegría. Aprendieron que los candados cuidan las cosas con llave, pero que los mejores tesoros se guardan con cariño, generosidad y alegría en el corazón.
Desde entonces, Don Candi ya nunca más estuvo triste. Vivió feliz en el cofre de Sofía y Lucas, cuidando sus secretos más hermosos.

domingo, 16 de agosto de 2026

Oración en la fiesta de San Roque

Bendice a todos los pueblos con la paz.
Acompáñanos como peregrinos en nuestro caminar.
Ayúdanos a superar lo que nos divide y a vivir unidos.
Cuando surjan obstáculos en el camino,
danos fuerzas para no rendirnos.
Enséñanos a ser testigos del amor
hasta entregar la vida como tú.
Haznos testigos enviados a anunciar con alegría
la buena noticia de Jesús.
Que toda nuestra vida sea servicio a los demás,
especialmente a los pobres y últimos.
San Roque peregrino, ruega por nosotros
y por toda la humanidad.

El camino

          Mar Pastor

“En aquella época, la sequía había hecho estragos y a las mujeres recolectoras les resultaba muy difícil conseguir comida para la comunidad.
Abhigya, la más anciana del grupo, había localizado un árbol de mango en la frontera, por lo que -pese a que se trataba de un peligroso camino- envió a dos jóvenes y valientes mujeres, Abhaya y Agrata, a recoger sus frutos.
Abhaya, cuyo nombre significa “sin miedo”, caminaba delante, decidida, siguiendo estrictamente las indicaciones del mapa. Agrata la acompañaba sin hacer honor a su nombre, que significa “tomar la iniciativa”.
A los pocos pasos, una tarántula picó a Abhaya. Agrata auxilió a su compañera y, aunque confirmó que no se trataba de una picadura mortal, le sugirió a Abhaya que cambiaran de camino ya que ése estaba plagado de insectos.
— “No, Agrata, este es el camino marcado para llegar al árbol, debemos seguirlo para poder alcanzarlo”, replicó Abhaya disimulando el dolor que todavía le provocaba la picadura.
Las jóvenes prosiguieron la marcha a buen ritmo, hasta que Abhaya se rozó con una ortiga. Agrata ayudó a su compañera extrayendo jugo de las mismas ortigas y extendiéndolo sobre su sarpullido.
— “Vamos a probar otro camino, Abhaya, uno sin ortigas”, propuso de nuevo Agrata.
Abhaya se negó, volvió a recordarle que aquella era la ruta que les llevaba al árbol.
Después de otras cuantas calamidades y la testarudez de Abhaya en su empeño por seguir el mapa, llegaron al árbol de mango. Abhaya estaba agotada y malherida. Agrata se ofreció para cargar con la cesta, a condición de que volvieran por otro camino. Abhaya, casi sin fuerzas, aceptó.
La vuelta se desarrolló sin incidentes, el camino que Agrata iba eligiendo las recibía libre de insectos y ortigas. Cuando por fin le entregaron la cesta de mangos a Abhigya, ésta les preguntó:
— ¿Qué habéis aprendido hoy?
— La terquedad y la rigidez pueden ser peligrosas, respondió Abhaya.
— Quien dibujó el mapa nunca había ido a coger mangos de ese árbol, respondió Agrata.

jueves, 13 de agosto de 2026

Eclipses de Dios

          José María Rodríguez Olaizola sj

Alguna vez se te oculta, encubierto por la duda,
la tristeza o la indolencia.
Se va apagando la fe y el mundo se ve sombrío.
No hay colores que reflejen la belleza.
No hay paisajes que descubran al hermano.
No hay señales que aparezcan en la ruta,
para abrirnos el camino hacia lo eterno.
Los hay parciales,
preguntas que muerden, laberintos interiores,
tiempos de sequía en plegarias y respuestas.
La negrura no es total. Algo brilla en la distancia,
manteniendo los rescoldos encendidos.
Se vislumbra, aun escondida, su presencia.
Cuando el eclipse es total el abismo parece infinito.
Ni destello, ni rescoldo, ni vislumbre.
Se niega la fe, se olvida el amor,
se apaga la esperanza
y la vida es solo un puente entre vacíos.
Aunque no lo vemos, sigue ahí.
Y las lunas interpuestas son ficciones.
Algún día seguirán su trayectoria.
Nuevamente, lo veremos.
Entonces, se encenderá la alegría.

El barrendero

Momo tenía un amigo, Beppo Barrendero, que vivía en una casita que él mismo se había construido con ladrillos, latas de desecho, y cartones. Cuando a Beppo Barrendero le preguntaban algo se limitaba a sonreír amablemente, y no contestaba. Simplemente pensaba. Y, cuando creía que una respuesta era innecesaria, se callaba. Pero, cuando la creía necesaria, la pensaba mucho. A veces tardaba dos horas en contestar, pero otras tardaba todo un día.
Mientras tanto, la otra persona había olvidado su propia pregunta, por lo que la respuesta de Beppo le sorprendía casi siempre. Cuando Beppo barría las calles, lo hacía despacio, pero con constancia. Mientras iba barriendo, con la calle sucia ante sí y limpia detrás de sí, se le iban ocurriendo multitud de pensamientos, que luego le explicaba a su amiga Momo:
— "Ves, Momo, a veces tienes ante ti una calle que te parece tan larga que nunca podrás terminar de barrer. Entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle sigue igual de larga. Y te esfuerzas más aún, empiezas a tener miedo, al final te has quedado sin aliento. Y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer. Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida.
Entonces es divertido: eso es importante, porque entonces se hace bien la tarea. Y así ha de ser. De repente se da uno cuenta de que, paso a paso, se ha barrido toda la calle. Uno no se da cuenta de cómo ha sido, y no se queda sin aliento. Eso es importante."
¿Acaso no es lo hermoso de la paciencia el que pueda concedernos tiempo para conocernos a nosotros mismos? Porque, nos pongamos como nos pongamos, la paciencia con que no sepamos mirarnos a nosotros mismos será la misma ‘no-paciencia’ que nos impida mirar a la realidad como ella debe ser mirada: con-paciencia, con-pasión, con-com-pasión, com-padeciendo, com-padeciéndo-nos...

 

lunes, 10 de agosto de 2026

A San Lorenzo, mártir

Gracias san Lorenzo, por el testimonio de tu vida y de tu muerte.
Gracias Señor por darnos santos que, como san Lorenzo,
nos ayudan a vencer las dificultades de la vida.
Gracias Señor, porque en el testimonio y valentía de tus mártires,
nosotros podemos contemplar tu grandeza.
Multiplica en nosotros, Señor, los dones de tu amor.
Haznos fuertes y generosos, al estilo de San Lorenzo.
Que sepamos compartir con los demás
los verdaderos tesoros de tu Iglesia:
la fraternidad, la justicia, el amor, la verdad, la entrega.
Que procuremos no tanto ser servidos sino servir,
para que siempre y en todo lugar se haga tu voluntad.

El árbol muerto

Recuerdo que un invierno mi padre necesitaba leña, así que buscó un árbol muerto y lo cortó. Pero luego, en la primavera, vio desolado que al tronco marchito de ese árbol le brotaron renuevos. Mi padre dijo:

— "Estaba yo seguro de que ese árbol estaba muerto. Había perdido todas las hojas en el invierno. Pero se ve que hacía tanto frío que las ramas se quebraban y caían como si no le quedara al viejo tronco ni una pizca de vida. Pero ahora veo que aún alentaba la vida en aquel tronco".
Y volviéndose hacia mí, me aconsejó:
— "Nunca olvides esta lección. Jamás cortes un árbol en invierno. Jamás tomes una decisión negativa en tiempo adverso. Nunca tomes decisiones importantes cuando estés en estado bajo de ánimo. Espera. Sé paciente. La tormenta pasará. Recuerda que la primavera volverá".

jueves, 6 de agosto de 2026

Transfiguración de Cristo

             Ximo Cerdà, rezando voy

Sin embargo, es necesario regresar.
Sería maravilloso quedarse aquí, montar tres tiendas
(aunque yo no me refugie en ninguna de ellas),
recostarme en tu regazo,
escucharte hablar para siempre,
enmudecer a tu contacto y presencia,
permanecer en ti, ajeno a todo.
Pero me miras, sonríes, y acaricias mi ingenuidad.
«Hay que bajar», dices. «Lo entiendes, ¿verdad?»
A mi pesar, asiento.
Hay que bajar, me repito, a la piedra y al barro,
al polvo del camino, y al humo de las ciudades.
Para experimentar el delicioso placer
de encontrarte por sorpresa
en el rincón más insospechado de la batalla cotidiana.
Así pues, está decidido;
tomo un poco de aire y emprendo el descenso.

Deformación de versiones

ORDEN INICIAL DEL CORONEL AL COMANDANTE: «Mañana a las nueve y media habrá un eclipse de Sol, hecho que no ocurre todos los días, que formen los soldados en el patio en traje de campaña para presenciar el fenómeno. Yo les daré las explicaciones necesarias. En caso de que llueva, que formen en el gimnasio».
EL COMANDANTE AL CAPITÁN: «Por orden del señor coronel, mañana a las nueve y media habrá un eclipse de Sol, según el señor coronel, si llueve no se verá nada al aire libre, entonces en traje de campaña el eclipse tendrá lugar en el gimnasio, hecho que no ocurre todos los días. El dará las órdenes oportunas».
EL CAPITÁN AL TENIENTE: «Por orden del señor coronel, mañana a las nueve y media en traje de campaña inauguración del eclipse de Sol en el gimnasio. El señor coronel dará las órdenes oportunas de si debe llover, hecho que no ocurre todos los días. Si hace buen tiempo y no llueve, el eclipse tendrá lugar en el patio».
EL TENIENTE AL SARGENTO: «Mañana a las nueve y media, por orden del señor coronel lloverá en el patio del cuartel. El señor coronel en traje de campaña dará las órdenes en el gimnasio para que el eclipse se celebre en el patio».
EL SARGENTO AL CABO: «Mañana a las nueve y media, tendrá lugar el eclipse del señor coronel en traje de campaña por efecto del Sol. Si llueve en el gimnasio, hecho que no ocurre todos los días, se saldrá al patio».
EL CABO A LOS SOLDADOS: «Mañana, a eso de las nueve y media, parece ser que el Sol en traje de campaña eclipsará al señor coronel en el gimnasio, lástima que esto no ocurra todos los días».

miércoles, 5 de agosto de 2026

Aquí estoy, Señor

Aquí estoy, porque me has llamado, Señor.
Aquí estoy, para entrar en tu proyecto
y hacerlo carne en mi vida.
Aquí estoy, Señor Jesús,
quiero aceptar tu plan con riesgo
y lanzarme a tu programa de vida,
en tu manera de vivir para alumbrar vida.
Aquí estoy, Señor Jesús,
para cumplir tu voluntad,
la misma que tú cumpliste en la llamada del Padre.
Aquí estoy, en Comunión
para hacer de mi existencia
llama que no se apague.
Quiero ser, Señor Jesús, como la arcilla en tus manos.
Me pongo en tus manos, Señor de mi vida
para que se realice tu obra.
Tú estás presente
en la fuerza de tu Espíritu que hermana a los hombres
que se olvidan de sus cosas y se dan sin recibir nada.
Tú estás presente, Señor, en tu espíritu.
Tú caminas conmigo. Amén.

Las dos ranas

Sucedió una vez que dos ranitas salieron a dar un paseo. Como hacían a menudo, recorrían los prados que rodeaban su charca saltando alegremente. Hasta que un día sucedió algo inesperado: tras un salto largo cayeron dentro de un balde que el vaquero había olvidado cerca del establo y que aún guardaba bastante leche.
Al principio las ranitas no comprendían qué había sucedido, incluso encontraban divertida la situación. Pero pronto se dieron cuenta que aquello se estaba convirtiendo en una trampa: por mucho que se esforzaban por salir del cubo, las paredes metálicas eran demasiado lisas y el borde quedaba demasiado alto. Y así lo único que podían hacer era nadar y nadar para no ahogarse en la leche.
Pero el tiempo pasaba y el cansancio se apoderaba de ellas.
— ¿Te has dado cuenta de que nunca vamos a salir de aquí?, le dijo la ranita mayor a la más joven. Nuestras patas no podrán soportarlo mucho tiempo y nunca saldremos de ésta. Moriremos aquí.
— No importa, respondió la otra ranita. No podemos hacer otra cosa que nadar. Nada y no te lamentes. Conserva tus fuerzas.
Y las ranitas siguieron nadando y nadando y nadando sin descanso. Al cabo de un buen rato, la ranita mayor volvió a quejarse:
— Nunca saldremos de aquí, éste será nuestro final. Me duelen las ancas y ya casi me es imposible seguir nadando. En verdad ha llegado nuestro fin.
A lo que la ranita pequeña respondió:
— Nada y calla; no pierdas la esperanza. Simplemente confía y sigue luchando.
Y así siguieron, nadando y nadando; pero el tiempo pasaba y sus fuerzas menguaban, pues no paraban de dar vueltas, una detrás de la otra, concentradas en el movimiento de sus patitas y en mantener la cabeza fuera del líquido.
— No puedo más, volvió a quejarse la ranita mayor, De verdad te digo que ya no puedo más. Ya no siento las ancas, ya no sé si las muevo o no. No veo bien y no sé hacia dónde me muevo. Ya no sé nada.
— Continúa nadando, replicó la otra ranita. No importa cómo te sientas, no pienses siquiera en ello. Sigue adelante, continúa.
Sacaron fuerza de flaqueza y siguieron nadando y nadando. Por poco tiempo, pues la rana mayor pronto cejó en el empeño y con apenas un aliento de voz susurró:
— Es inútil. No tiene ningún sentido seguir luchando. No entiendo qué estamos haciendo, por qué he de seguir nadando. Nunca podremos escapar.
— ¡Sigue nadando! ¡No te rindas!
Y aún reunieron fuerzas para nadar unos instantes más, hasta que la ranita mayor, extenuada, abandonó y murió ahogada. Y también la ranita más joven sintió la tentación de abandonar la lucha, de dejarse vencer y acabar con aquello, pero siguió nadando y nadando mientras se repetía a sí misma: Nada, nada. Un poco más, sólo un poco más. Continúa nadando. ¡Nada! ¡Nada!
Pero el tiempo pasaba y la ranita se sentía cada vez más débil. Le dolían las ancas, todo el cuerpo le dolía, pero ella seguía nadando, nadando, moviendo sin cesar sus pequeñas extremidades.
Y de pronto sucedió algo sorprendente. Bajo sus patitas empezó a notar algo sólido, así que reunió las últimas fuerzas que le quedaban, se apoyó en aquella masa y saltó… justo por encima del borde del balde, para ir a parar a la seguridad del prado.
¡Con el movimiento continuo de sus patas la leche había empezado a convertirse en mantequilla! Y la consistencia de la mantequilla le había ofrecido un punto de apoyo desde el que saltar.

Gracias a la perseverancia en su esfuerzo y a que no se había dejado derrotar por el cansancio o el sin sentido, había sido capaz de transformar una situación terrible en una ocasión de liberación. En los momentos más difíciles lo único que no podemos perder es la esperanza. Si pones tu corazón en tu propósito, ningún esfuerzo te parecerá difícil.

domingo, 2 de agosto de 2026

Sed

            José María R. Olaizola, sj

Danos el agua que colma sin ahogar,
que limpia las entrañas
empapa el corazón,
y acuna en lo yermo la vida.
Danos tu pan, que sacia sin hartar
y restaura las fuerzas gastadas;
pan que alimenta la acogida,
el encuentro y la fiesta
al partirse en mesa de hermanos.
Danos tu espíritu que habla sin grito,
hace audaz al cobarde y libera al cautivo
cuando inspira justicia, libertad, paz.
Danos tu verdad que seduce sin trampa,
que hace sabio al pequeño
y hace sencillo al sabio,
al afirmar un amor invencible.
En agua, pan y amor inquieto,
en espíritu y verdad.
Tenemos sed de ti, Señor.

Gatos del Mundo

Mi padre tiene 68 años. Vive en una pequeña casa de campo en un tranquilo suburbio a las afueras de Cleveland. Tiene el mismo gato desde hace nueve años: un gato atigrado naranja con sobrepeso llamado Clyde, que casi siempre duerme en el sillón reclinable y nunca ha hecho nada extraordinario en su vida.
Un martes por la tarde del pasado marzo, mi padre estaba solo en casa. Mi madre estaba en el supermercado. Él estaba sentado en su sillón reclinable viendo las noticias cuando sufrió el derrame cerebral. Perdió el conocimiento y se desplomó de lado en la silla.
Clyde dormía en el sofá al otro lado de la habitación.
Mi madre encontró a mi padre cuarenta y cinco minutos después, cuando regresó a casa con la compra. Seguía inconsciente en el sillón reclinable. Clyde estaba de pie sobre su pecho, lamiéndole la cara. No con delicadeza. Mi madre contó que el gato le lamía con agresividad: lamidas ásperas, persistentes y centradas en la mejilla, la frente y los ojos cerrados. La cara de mi padre estaba roja e irritada.
El médico que llegó le dijo a mi madre que, en casos de ictus en los que la persona está sola e inconsciente, la estimulación física continua en la cara y la cabeza puede ayudar a mantener cierto nivel de respuesta neurológica. Dijo que no podía hacer una afirmación médica sobre las acciones del gato, pero añadió:
— «Cuarenta y cinco minutos es mucho tiempo estando inconsciente sin estimulación. Una hora más y estaríamos teniendo una conversación muy diferente».
Mi padre pasó cuatro días en el hospital. Tuvo parálisis en el lado izquierdo durante varias semanas. Hizo fisioterapia durante todo el verano. Ahora está recuperado en un 90 %. Conduce. Pasea por el barrio. Ve las noticias en su sillón reclinable todas las tardes.
Clyde sigue durmiendo en el sofá al otro lado de la habitación. No ha vuelto a hacer nada parecido desde entonces. Ha regresado a ser un gato completamente normal que suelta pelo por todas partes y tira las tazas de la encimera.
Pero cuando mi madre entró aquel martes, las patas de Clyde estaban mojadas. El veterinario explicó que las almohadillas de las patas de los gatos pueden producir humedad bajo estrés extremo; es una respuesta de sudoración que solo se produce cuando el organismo del gato está angustiado. Ese gato sabía que algo iba mal. No se estaba acicalando, ni siendo cariñoso. Estaba trabajando durante cuarenta y cinco minutos, sobre el pecho de un hombre que no respondía.
Mi padre no habla mucho de ello. No es sentimental con los animales. Él alimenta a Clyde y lo deja sentarse en el sillón reclinable cuando no lo usa, y ahí termina toda su relación.
Pero la semana pasada lo visité y noté algo que nunca había visto. Mi padre estaba dormido en el sillón reclinable. Clyde estaba sobre su pecho. La mano de mi padre descansaba sobre el lomo del gato.
Le pregunté a mi madre cuándo empezó todo esto. Me dijo que el día que regresó del hospital.
Él no lo admite. Pero lo sabe. Todos lo sabemos.

viernes, 31 de julio de 2026

Himno a San Ignacio de Loyola

        Patrono de Guipúzcoa

Desde el solio do reinas gozoso, mira, Ignacio, a tus hijos guerreros;
De tu nombre y tu celo herederos, solo anhelan vencer o morir.
De Jesús tú les muestras la enseña, a la lid los convidas valiente,
Y tu mano corona su frente que el peligro jamás anubló.
Cada paso les cuesta un combate; cada día encrudece la guerra:
Con su sangre conquistan la tierra do tu voz inmortal los llamó.
Fuerte acero sus diestras empuñan; de Jesús el emblema sagrado
Entre rayos de luz esmaltado brilla, hermoso, en el aúreo broquel.
Gloria cantan sus voces alegres, y la gloria enardece sus almas;
solo ansían ganar nuevas palmas; solo ansían celeste laurel.
Acometen de nuevo con brío; sucumbir en la lid es su gloria;
y al gritar en su campo ¡victoria! se renueva en su pecho el ardor.
Tu escuadrón no abandones, Ignacio; seas siempre su norte y su guía,
En él crezca la noble porfía, que en sus pechos engendra el amor.
Cuando ruja la fiera tormenta, negro el cielo, los astros sangrientos,
ronco el mar, encontrados los vientos, ven ¡oh Padre! tu nave a salvar.
Con tu manto cobija tus hijos, dales fuerza, valor y consuelo;
haz que logren tu triunfo en el cielo victoriosos por siempre cantar.

El árbol de los problemas

El carpintero que había contratado para ayudarme a reparar una vieja granja, acababa de finalizar un duro primer día de trabajo. Su sierra eléctrica se estropeó y le hizo perder una hora de trabajo y ahora su viejo camión se negó a arrancar.
Mientras le llevaba a su casa, se sentó en silencio. Cuando llegamos, me invitó a conocer a su familia.
Mientras nos dirigíamos a la puerta de su casa, se detuvo brevemente frente a un árbol, tocando las puntas de las ramas con ambas manos. Cuando se abrió la puerta, el rostro de aquel hombre se transformó, sonrió, abrazó a sus dos hijos pequeños y le dio un beso a su esposa. Luego me acompañó hasta el coche.
Cuando pasamos cerca del árbol, sentí curiosidad y le pregunté por lo que había hecho un rato antes.
— "Oh, ese es mi árbol de problemas, contestó. Sé que no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los problemas no pertenecen a la casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así que simplemente los cuelgo en el árbol cada noche cuando llego a casa. Luego, a la mañana siguiente, los recojo otra vez. Lo bueno es -concluyó sonriendo- que cuando salgo por la mañana a recogerlos, no hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior".

jueves, 30 de julio de 2026

Me llamaste ‘amigo’

          José María R. Olaizola, SJ

Tú me buscabas a mí. Yo buscaba respuestas.
Te pedí un horizonte, huellas en el mapa,
instrucciones claras.
Esperaba plazos, señas, objetivos.
Tenía miedo de no saber,
de no poder, de no llegar.
Reclamaba un equipaje
que me diera seguridad,
una ruta que prometiera llegadas.
Exigía garantías, condiciones tolerables.
Me llamaste 'amigo'.
Y en esa palabra desmontaste agobios,
rompiste exigencias, callaste temores.
Tú eras la respuesta, el plazo, la ofrenda.
Tú eras el camino, y la única meta.
Sin más condiciones. No dándome nada
de lo que pedía, me lo diste todo.

El águila

El águila es una de las aves de mayor vida. Llega a vivir 70 años. Pero a los 40 años, sus uñas se han vuelto tan largas y flexibles que no puede sujetar a las presas de las cuales se alimenta. El pico alargado y en punta, se curva demasiado y ya no le sirve. Apuntando contra el pecho están las alas, envejecidas y pesadas en función del gran tamaño de sus plumas, y para entonces, volar se vuelve muy difícil. Tiene sólo dos alternativas: dejarse estar y morir... o enfrentarse a un doloroso proceso de renovación que le llevará aproximadamente 150 días. Ese proceso consiste en volar a lo alto de una montaña y recogerse en un nido, próximo a un paredón donde no necesita volar y se siente protegida. Una vez encontrado el lugar adecuado, el águila comienza a golpear la roca con el pico... hasta arrancarlo.
Después espera que le nazca un nuevo pico con el cual podrá arrancar sus viejas uñas inservibles. Cuando las nuevas uñas comienzan a crecer, desprende una a una sus viejas plumas. 
Al cabo de esos largos y dolorosos cinco meses de heridas, cicatrices y crecimiento, consigue realizar su famoso vuelo de renovación, renacimiento y festejo para vivir otros 30 años más.

En nuestra vida también nos toca sufrir procesos de reconversión para no sucumbir. Tenemos que resguardarnos un tiempo, meditar, someternos a ciertos sacrificios para llevar a cabo algunos cambios.

martes, 28 de julio de 2026

Himno de Laudes

En esta luz del nuevo día
que me concedes, oh Señor,
dame mi parte de alegría
y haz que consiga ser mejor.
Dichoso yo, si al fin del día
un odio menos llevo en mí,
si una luz más mis pasos guía
y si un error más yo extinguí.
Que cada tumbo en el sendero
me vaya haciendo conocer
cada pedrusco traicionero
que mi ojo ruin no supo ver.
Que ame a los seres este día,
que a todo trance ame la luz,
que ame mi gozo y mi agonía,
que ame el amor y ame la cruz. Amén.

El niño que guardaba los días felices

                El cofre de las historias

Tomás tenía una pequeña caja de madera. No guardaba monedas. No guardaba juguetes. Guardaba papelitos. En cada uno escribía algo bonito que había ocurrido durante el día: «Hoy mi mamá me abrazó», «Hoy vi un arcoíris», «Hoy mi amigo compartió conmigo», «Hoy aprendí algo nuevo». Cada nota era un pequeño tesoro guardado con inmenso cariño bajo la tapa de su cajita.
Una noche, cuando la luna iluminaba suavemente su habitación, Tomás abrió la caja y encontró cientos de pequeños recuerdos. Al desplegar cada trozo de papel, una calidez especial llenó su pecho. Entonces comprendió algo profundamente hermoso: no necesitaba esperar grandes aventuras para ser feliz. Su vida ya estaba llena de momentos pequeños que merecían ser recordados y celebrados cada día.

ENSEÑANZA: “Quizás hoy también viviste un momento pequeño que algún día será uno de tus recuerdos favoritos. No dejes pasar desapercibidos los instantes cotidianos, porque en la sencillez del día a día se esconden las alegrías más grandes y duraderas de nuestra vida.”

lunes, 27 de julio de 2026

En día de mi cumpleaños

Padre amado, gracias por todo lo que me has dado.
Gracias por la vida y poder celebrar un nuevo cumpleaños,
por el regalo de un nuevo amanecer y por cuidar de mí
y de las personas que amo, aun en los momentos
en los que no alcanzamos a ver Tu mano actuando.
Hoy quiero vivir un día especial.
Enséñame a no dejar que las preocupaciones roben la paz
que Tú deseas para mi corazón.
Llévate mi angustia, mi tristeza y todo aquello que inquieta mi alma.
Donde haya miedo, siembra confianza;
donde haya cansancio, regálame nuevas fuerzas;
y donde haya dudas, aumenta mi fe.
Ayúdame a comprender que, aunque muchas veces no entienda lo que sucede,
Tú nunca pierdes el control. Tus tiempos son perfectos
y Tus planes siempre son mejores que los míos.
Dame paciencia para esperar, sabiduría para decidir
y humildad para aceptar Tu voluntad con un corazón agradecido.
Bendice este nuevo día. Acompaña cada uno de mis pasos,
guarda mis entradas y mis salidas, abre las puertas que sean para mi bien
y cierra aquellas que puedan apartarme de Tu propósito.
Llena mi hogar de paz, mi familia y amigos de salud y mi corazón de esperanza.
Permíteme ser luz para quienes hoy necesitan una palabra de aliento,
un gesto de amor o una oración sincera.
Que mi vida refleje Tu bondad y que, pase lo que pase,
nunca me falte la certeza de que Tú caminas conmigo.
Hoy dejo mis cargas en Tus manos y descanso en Tu promesa.
Sé que, mientras Tú seas el guía de mi vida,
siempre habrá esperanza, propósito y bendición. Amén.

                                                                                "Me gustó mucho"

De una en una

Cierto día, caminando por la playa me fijé en un hombre que se agachaba a cada momento, recogía algo de la arena y lo lanzaba al mar. Hacía lo mismo una y otra vez.
Cuando me aproximé, observé que lo que agarraba eran estrellas de mar que las olas dejaban en la arena, y una a una las arrojaba de nuevo al mar. Le pregunté por qué lo hacía, y me respondió:
— "Estoy lanzando estas estrellas marinas nuevamente al océano. Como ves, la marea está baja y estas estrellas han quedado en la orilla. Si no las devuelvo morirán aquí por falta de oxígeno."
— "Entiendo -le dije-, pero debe haber miles de estrellas de mar sobre la playa, no puedes lanzarlas todas. Son demasiadas, quizás no te des cuenta que esto sucede probablemente en cientos de playas a lo largo de la costa. ¿No estás haciendo algo que no tiene sentido?"
El hombre sonrió, se inclinó y tomó una estrella marina y mientras la lanzaba de vuelta al mar me respondió:
— "¡Para ésta sí lo ha tenido!"

sábado, 25 de julio de 2026

A Santiago Apóstol

 Señor Jesús, Tú me llamas, como llamaste a Santiago,

cuando estaba en la barca con su padre y su hermano.
Y yo quiero responderte como él, sin excusas, sin dejarlo para mañana;
quiero responder a tus llamadas, a las llamadas de la conciencia y de los hermanos,
con prontitud, inmediatamente.
Señor, tu cercanía, tu amor, tus palabras cambiaron radicalmente la vida del Apóstol.
Aquel hombre violento, hijo del trueno, buscador de grandezas,
dispuesto a pedir fuego del cielo para consumir una ciudad que no te recibió;
 no muchos años después, cuando llegó el momento de morir martirizado,
no se echó atrás y lo dio todo.
Ayúdanos a estar cerca de ti, a acoger tu Palabra y tu amor,
 para que nuestra vida cambie, como se transforma el barro en manos del alfarero.
Señor, Tú hiciste de Santiago un gran evangelizador.
Con la ayuda de la Virgen, tuvo claro que no se podía guardar para sí el tesoro de su fe
y la anunció con mucho valor a pesar de dificultades y persecuciones,
convencido de que cuantos más reciban la gracia,
mayor será el agradecimiento, para gloria de Dios Padre.
Qué nuestras palabras y nuestros compromisos, nuestra alegría y nuestra esperanza
anuncien a todos que Tú, Jesús, eres el Amor que siempre nos acompaña y nos salva
y el Camino que nos conduce a la Felicidad más grande.

El fósforo y la vela

Cierto día, el fósforo le dijo a la vela:
— Hoy te encenderé.
— ¡Oh no!, dijo la vela, tú no te das cuenta que, si me enciendes, mis días estarán contados; no me hagas una maldad como esa.
— ¿Entonces tú quieres permanecer así toda tu vida? ¿Dura, fría y sin haber brillado nunca? preguntó el fósforo.
— ¿Pero tienes que quemarme? Eso duele y además consume todas mis fuerzas, murmuró la vela.
Entonces respondió el fósforo:
— ¡Tienes toda la razón! Pero esa es nuestra misión. Tú y yo fuimos hechos para ser luz y lo que yo como fósforo puedo hacer es muy poco, mi llama es pequeña y mi tiempo es corto. Pero si te paso mi llama, habré cumplido con el propósito de mi vida; yo fui hecho justamente para eso, para comenzar el fuego.
Ahora, tú eres una vela y tu misión es brillar. Todo tu dolor y energía se transformará en luz y calor por un buen tiempo.
Oyendo eso, la vela miró al fósforo que ya estaba en el final de su llama y le dijo:
— ¡Por favor, enciéndeme!
Y así produjo una hermosa y brillante llama.
Así como la vela, a veces, es necesario pasar por experiencias duras, experimentar el dolor y sufrimiento para que lo mejor que tenemos surja, sea compartido y podamos ser LUZ.


domingo, 19 de julio de 2026

Himno de Laudes

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu,
salimos de la noche y estrenamos la aurora;
saludamos el gozo de la luz que nos llega
resucitada y resucitadora.
Tu mano acerca el fuego a la tierra sombría,
y el rostro de las cosas se alegra en tu presencia;
silabeas el alba igual que una palabra;
tú pronuncias el mar como sentencia.
Regresa, desde el sueño, el hombre a su memoria,
acude a su trabajo, madruga a sus dolores;
le confías la tierra, y a la tarde la encuentras
rica de pan y amarga de sudores.
Y tú te regocijas, oh Dios, y tú prolongas
en sus pequeñas manos tus manos poderosas;
y estáis de cuerpo entero los dos así creando,
los dos así velando por las cosas.
¡Bendita la mañana que trae la noticia
de tu presencia joven, en gloria y poderío,
la serena certeza con que el día proclama
que el sepulcro de Cristo está vacío! Amén.

Regalos de Dios

Se cuenta que en la plaza del pueblo habían abierto una nueva tienda con un rótulo: ‘Regalos de Dios’.
Un ángel atendía a los clientes.
- ¿Qué es lo que vendes, ángel del Señor? pregunté.
- Vendo todos los dones de Dios.
- ¿Son muy caros?
- No, los dones de Dios son todos gratis.
Las estanterías estaban llenas de ánforas de amor, frascos de fe, cajas de salvación y muchas cosas más.
Yo tenía gran necesidad de todas esas cosas. Me armé de valor y le dije al ángel:
- Dame, por favor, bastante amor de Dios, dame perdón de Dios, una bolsa de esperanza, un frasco de fe y una caja de salvación.
Todo lo que había pedido me fue servido en una cajita diminuta. Sorprendido, le pregunté:
- ¿Está todo ahí?
El ángel me explicó:
- Ahí está todo. Dios no da nunca frutos maduros. Él sólo da semillas que cada cual tiene la obligación de cultivar y hacer crecer.

domingo, 14 de junio de 2026

Anunciar, proclamar la Buena Noticia

            José María R. Olaizola, SJ

Salir a la plaza pública.
Plantar cara a la ley muerta con fe viva.
Hablar para todos.
Acariciar a los intocables con ternura eterna.
Dejar ir el miedo.
Encender un fuego de esperanza y arrojo.
Azuzar, hasta poner en marcha a otros apóstoles
y con ellos atravesar años, siglos, milenios,
construyendo el Reino,
pintando lo humano con trazos de justicia.
Defender el Amor de embates y agresiones.
Abrir la puerta de la historia
a lo inesperado, lo impensable, lo inmortal.
Ante lo insulso, proponer la Palabra
que hasta en el silencio retumba.
Dejarse guiar por su Espíritu.

El pescador más optimista

              de Ángel Arias

Los aficionados a la pesca se cuentan entre los humanos más optimistas (y mentirosos). No importa lo baldía que les haya resultado la jornada anterior, afrontarán la siguiente con una ilusión a prueba de bombas. Y, cuando se trata de contar el resultado de la última pesca no les dolerán prendas para exagerar el número y tamaño de las piezas cobradas, hasta hacerlas alcanzar dimensiones inverosímiles.
Hubo una época en la que los ríos asturianos eran pródigos en truchas y reos, las dos especies de salmónidos más agradecidas para quienes desean cultivar esa afición. Son sagaces, cautas, asustadizas y, cuando se las prende en el anzuelo, luchan desesperadamente por desprenderse, lo que proporciona momentos de emoción en cada lance.
No es la carne de la trucha mi predilecta, por lo que, sin necesidad de apelar a mi sensibilidad, la mayor parte de los peces que conseguía engañar con el señuelo, eran devueltos al agua. Incluso debo admitir que el mayor placer de todo el proceso de pesca, me lo proporcionaba el confeccionar señuelos de moscas, efímeras, ninfas, gusanos y otras imitaciones, para lo que llegué a adquirir cierta práctica.
Los nervios, la agilidad manual y la buena vista deben controlarse, para no acabar con el aparejo, la cesta y los ánimos en el agua.
Andaba yo, al anochecer, dedicado a la pesca del reo, en el Narcea. No estaban picando y, a cada lance, me aventuraba a llevar la mosca algo más lejos. De pronto, noté un fuerte tirón y casi al mismo tiempo, vi saltar, a lo lejos un salmón descomunal. Había tragado una de las moscas y se sentía atrapado por el señuelo. Lleno de emoción, repasé mentalmente los pasos de pescadores para, con destreza y paciencia, traer hasta la orilla a un pez con un sedal. ¿Tendría esa habilidad mi vecino, ensimismado en lo suyo, y a quien no conocía de nada?
— ¡Eh, amigo! -le grité, sin perder de vista las evoluciones del salmón al que no cesaba yo de darle hilo, confiando en que se calmara hasta que un experto ocupara mi posición con la caña- ¡He cogido un salmón, pero mi aparejo es de trucha! ¿Me ayudas a sacarlo?
A pesar de la oscuridad, cada vez más densa, pude intuir la cara de socarronería del interpelado.
— Claro que sí -me contestó-. Tráelo a la orilla, y nos las apañamos con la sacadera.
Fue más o menos en ese momento, cuando sentí la sacudida por la que el salmón se liberaba del sedal, llevándose consigo mi aparejo y mi inocente ilusión de pescador novato

sábado, 13 de junio de 2026

             (Hoy celebramos su fiesta

O Inmaculado Corazón de María, camino seguro al Corazón de Cristo;
refugio seguro de nosotros pecadores;
nueva arca donde nos refugiamos en la tempestad.
A tu Corazón Inmaculado, oh Madre Santísima, queremos consagrarnos hoy;
y guarecernos dentro de tu corazón, mientras pasa la tormenta.
Queremos ser tuyos, oh Madre. Te pedimos que nos defiendas, que nos protejas,
que nos guíes, que nos guíes hacia la perfecta comunión con el Corazón de tu Hijo.
Nos acogemos y nos consagramos a tu Corazón Inmaculado,
lugar lleno de gracia y luz, lleno de amor y santidad.
Que dentro de tu Corazón Inmaculado, las fuerzas del Maligno no nos alcancen.
Queremos ser posesión y propiedad tuya, guarda, oh Madre de Amor, lo que es tuyo.
Virgen Santísima, te pedimos que triunfe tu corazón en nuestros corazones,
triunfe en la Iglesia, triunfe en el mundo, para que triunfando tu Corazón,
triunfe la gracia sobre el pecado, la luz sobre la oscuridad, el amor sobre el egoísmo.
Todos nosotros en unidad de corazón entramos hoy en tu Corazón.
Gracias, oh Virgen Santísima, por acogernos con Corazón de Madre.

Lo que damos , regresa

            Autor desconocido.

Su nombre era Fleming y era un pobre agricultor inglés. Un día, mientras trataba de ganarse la vida para ayudar a su familia, escuchó a alguien pidiendo auxilio desde un pantano cercano. Inmediatamente soltó sus herramientas y corrió hacia el pantano. Allí, enterrado hasta la cintura en el lodo negro, estaba un niño aterrorizado, gritando y luchando, tratando de liberarse del lodo. El agricultor Fleming salvó al niño de lo que pudo ser una muerte lenta y terrible.
Al día siguiente, un carruaje muy pomposo llegó hasta el caserío del agricultor inglés. Un noble inglés, elegantemente vestido, se bajó y se presentó como el padre del niño que Fleming había salvado.
— Yo quiero recompensarlo -dijo el noble inglés-. Usted salvó la vida de mi hijo.
— No; yo no puedo aceptar una recompensa por lo que hice -respondió Fleming, rechazando la oferta.
En ese momento el hijo del agricultor salió a la puerta de la casa de la familia.
— ¿Es tu hijo? -preguntó el noble inglés.
— Sí -respondió el agricultor, lleno de orgullo.
— Le voy a proponer un trato. Déjeme llevarme a su hijo y ofrecerle una buena educación. Si se parece a su padre, crecerá hasta convertirse en un hombre del cual usted estará muy orgulloso.
El agricultor aceptó.
Con el paso del tiempo el hijo de Fleming el agricultor se graduó en la Escuela de Medicina del St. Mary's Hospital de Londres y se convirtió en un personaje conocido en todo el mundo: el premio Nobel sir Alexander Fleming, descubridor de la penicilina.
Algunos años después, el hijo del noble inglés cayó enfermo de pulmonía. ¿Qué lo salvó? La penicilina.
¿El nombre del noble inglés? Randolph Churchill. ¿El nombre de su hijo? Winston Churchill.

jueves, 11 de junio de 2026

En tu nombre

              J. Mª R. Olaizola S.J.

En tu nombre recorreré caminos,
afrontaré tristezas, desvelaré misterios,
veré luz en la niebla, abrazaré motivos,
renunciaré a la guerra.
Pondré a rendir talentos, trabajaré la tierra
donde han de echar raíces tu cruz y tu promesa.
En tu nombre me opondré a la injusticia,
perdonaré las deudas,
palabras de ternura escribiré en la arena
daré la espalda al odio,
cinco panes, dos peces llevaré como ofrenda.
En tu nombre daré un salto al vacío,
amaré sin reservas saldré de laberintos, descubriré tu senda,
reiré como un niño sin miedo a la tormenta,
viviré el evangelio, me sentaré a tu mesa.

La Fabrica de Sueños

Hace muchos, muchos años, existió un hombre muy bueno que soñaba con realizar sueños ajenos. Desde pequeño, los sueños habían sido muy importantes para él. A medida que fue creciendo, se dio cuenta que a muchas personas les era dificultoso hacer realidad lo que soñaban y, lo que era peor, a muchos otros, les era imposible soñar.
Y entonces, soñó la manera de ayudar a la gente a concretar sus sueños, y como lo soñó con todo el corazón, lo hizo realidad. Con todos sus ahorros, construyó así la primera (y única) “Fábrica de sueños”.
Muchos dijeron que estaba loco, otros lo ayudaron a cumplir su meta. Trabajaron mucho y construyeron un edificio con muchas dependencias: “Sueños de grandeza”, “Sueños de gloria”, “Sueños sencillos”, “Sueños de amor”. En el último piso, atendida por su dueño, la oficina de los “Sueños Imposibles”.
A esta última costaba un poco llegar, pero se llegaba siempre porque para Mario, su dueño, no había ningún sueño que no se pudiera hacer realidad. Después de mucho trabajo, muchas críticas y algunos elogios, la fábrica se inauguró. Como de sueños se trataba, de esos que se sueñan despiertos, cada persona que entraba veía a la fábrica de diferente manera.
A quienes tenían sueños de grandeza, la fábrica les parecía el edificio más imponente que hubiesen visto jamás. Por el contrario, los que soñaban una vida simple, veían en ella sólo una simple construcción, cálida y agradable. Dicen que quienes soñaban con ser artistas, podían escuchar, al entrar, música que nadie tocaba y aplausos que nadie brindaba. Los que soñaban con un gran amor, aseguraban haber sido atendidos por un angelito que los guiaba con una flecha a su destino tan ansiado. Y como siempre se dijo que “soñar no cuesta nada”, Mario jamás cobró por sus servicios.
La fábrica trabajaba día y noche buscando amores correspondidos, teatros a sala llena con público que aplaudiera, o logrando –simplemente- un helado de siete sabores. Pero, sin duda, su mayor esfuerzo era enseñarles a las personas que para los sueños, también hay que trabajar y luchar.
Esta era la parte más difícil del trabajo de Mario. La gente llegaba a su fábrica creyendo que, con sólo expresar en voz alta su deseo, el sueño ya podría ser cumplido.
A un sueño, hay que ayudarlo –decía siempre Mario- hay que trabajar para lograr lo que uno desea y a veces, mucho -añadía a sus sorprendidos clientes.
Muchos no lo entendían y se retiraban de la fábrica enfadados y desilusionados. Por el contrario, quienes sí entendían de qué se trataba, trabajaban duramente por lograr su cometido.
Y así podía verse en cada oficina, personas estudiando mucho, entrenando, ensayando, reflexionando sobre sus defectos para poder hacer felices a otros. Magos que aprendían trucos sin trucos, payasos que ensayaban rutinas insólitas por lograr la risa más sonora que se hubiese escuchado jamás.
También había cocineros probando sabores nuevos, recetas locas, combinaciones exóticas, todo por lograr el plato ideal, la comida más rica jamás preparada. Había muchos escritores que borraban, volvían a escribir, hacían bolas de papel y todo en busca de su tan ansiado libro y otros, que soñaban con salvar el planeta, iban recolectando y reciclando todos los residuos que la fábrica generaba.
Fueron tiempos felices, donde la mayoría de la gente empezó a entender que un sueño no sólo se sueña, se construye, se defiende, se sostiene y luego se logra.
Dicen, quienes recuerdan aquellos tiempos, que mientras la fábrica estuvo abierta hubo menos robos y los noticieros daban más noticias buenas que malas. También aseguran que la gente enfermaba menos y médicos y enfermeras dedicaban el tiempo libre que tenían en concretar sus propios sueños.
Los ahorros de Mario se iban acabando, mucho había invertido y nada ganaba, sin embargo él no pensaba en eso y seguía adelante.
— Deberíamos empezar a cobrar ¿no le parece Mario? preguntaba Tomás, fiel colaborador.
— De ninguna manera ¡Cobrar por ayudar a cumplir un sueño! ¡Ni soñando!
— Las reservas se acaban, yo sé lo que le digo, insistió el joven.
Sin embargo, Mario hizo oídos sordos a lo que decía su colaborador. Era consciente que ya casi no había dinero para sostener la fábrica en marcha, pero su deseo de seguir ayudando pudo más.
Tomás trataba de ajustar lo más que podía el presupuesto, pero sabía que más temprano que tarde, el dinero se acabaría por completo.
— ¿Has visto Tomás? Esa joven ha encontrado el amor, comentó entusiasmado, un día Mario.
— No queda dinero en el banco, dijo el joven.
— A propósito, se ha recibido de doctor a Don Julio, a los setenta años.
— Me alegra señor, respondió el joven.
— Pues sonríe entonces ¿dónde está tu alegría?
— No hay dinero señor, no lo hay ¿cómo podremos seguir?
Mario no respondió. No toleraba la idea de perder la fábrica. Pero llegó el día tan temido. La fábrica cerró sus puertas. Mario no fue el único que sufrió la pérdida, pero si fue el que más perdió. Sentado en la puerta del gran edificio ya vacío, pensaba en que no había hecho las cosas bien y se culpaba por no haber escuchado a Tomás.
Comenzó a invadirle una gran sensación de fracaso. Al día siguiente de cerrar la fábrica, Tomás volvió a ella, sabiendo que encontraría a Mario, como siempre, como todos los días. Se sentó a su lado, en el umbral de la puerta. Mario no apartaba la mirada del suelo.
— He fracasado, dijo Mario sin mirar al joven.
— Ya lo veremos, respondió Tomás.
Mario no entendió las palabras de su amigo, pero no tardaría en hacerlo. Con el tiempo comenzó a darse cuenta que la mayoría de las personas habían aprendido que soñar era mucho más que desear algo. Vio que el fruto de su esfuerzo se reflejaba en niños sanos, amores correspondidos, aplausos sentidos y gente feliz. Se dio cuenta que, a pesar de que la fábrica tuvo que cerrar sus puertas, la gente no sólo no había dejado de soñar, sino que trabajaba con ahínco por lograr sus metas. No había sido en vano, no había soñado un sueño imposible. Había abierto en cada persona una puerta que ya no se cerraría.
Y entonces fue feliz, aún más de lo que había sido siempre.

lunes, 1 de junio de 2026

Lo tuyo es darte

             Javi Montes, SJ (rezandovoy)

Nos empeñamos en apropiarnos de todo
y nos quedamos solo con la frustración.
Queremos programar cada instante
pero la vida se nos escapa de las manos.
Nos gustaría conocerlo todo
y nos descubrimos los más ignorantes.
Soñamos con triunfar en cada proyecto
pero el fracaso nos devuelve a nuestro sitio.
Lo tuyo es dar, darte, sin calcular.
Lo nuestro es recibir, acoger, sin preguntar.
Solo me conozco al mirarme en Ti.
Eres el manantial del que todo brota,
donde veo la primera luz y empiezo a correr.
Eres el mar, donde todo acaba
hacia allá me dirijo, en Ti quiero descansar.

Los zapatos del jardinero

Un estudiante universitario salió un día a dar un paseo por los jardines del campus con un profesor, a quien los alumnos consideraban un buen amigo debido a su bondad para con todos. Mientras caminaban, vieron encima de un banco del jardín, un par de zapatos viejos y un abrigo. Supusieron que pertenecían al que trabajaba en el jardín y que estaría por terminar sus labores diarias.
El alumno dijo al profesor:
— Vamos a gastarle una broma. Escondamos los zapatos y ocultémonos detrás de esos arbustos para ver su cara cuando no los encuentre.
— Querido amigo -le dijo el profesor- nunca debemos divertirnos a expensas de los pobres. Tú eres rico y puedes darle una alegría a este hombre. Coloca una moneda en cada zapato y luego nos ocultaremos para ver cómo reacciona cuando las encuentre.
Eso hizo y ambos se ocultaron entre los arbustos cercanos. El hombre pobre, terminó sus tareas del día, y fue en busca de sus zapatos y su abrigo.
Una vez que se hubo puesto el abrigo, deslizó el pie derecho en un zapato, pero al sentir algo dentro, cogió el zapato con la mano para ver qué era, y encontró una moneda. Pasmado, se preguntó qué podía haber pasado. Miró a su alrededor, para todos lados, pero no se veía a nadie. Guardó la moneda en el bolsillo del abrigo y se puso el otro zapato. Su sorpresa fue doble al encontrar la otra moneda.
En ese momento cayó de rodillas y levantando los ojos al cielo pronunció una ferviente oración de agradecimiento en voz alta…; en ella se le oía hablar de su esposa enferma y de sus hijos que no tenían pan y que debido a una mano desconocida no morirían de hambre.
El estudiante quedó profundamente conmovido y se le llenaron los ojos de lágrimas.
— Ahora -dijo el profesor- ¿No estás más complacido que si le hubieras gastado una broma?
El joven respondió:
— Usted me ha enseñado una doble lección que jamás olvidaré: “Nunca es bueno reírse de los demás” y “es mejor dar que recibir”.

sábado, 30 de mayo de 2026

A la Virgen del Yugo


(Aniversario de su Coronación Canónica el 30 de Mayo de 2010)

Santa María, Virgen del Yugo,
acudimos a ti como Madre
para que sigas cuidando a todo el pueblo de Dios
que camina en las tierras de Navarra.
Danos fuerza para vivir la fe con ilusión y alegría.
Danos ardor para ser testigos del amor
de tu Hijo Jesucristo.
Danos ánimo para ser testigos de esperanza
y llevar la luz que Hijo nos concedió
el día de nuestro Bautismo.
Danos paz, unión y fraterna solidaridad.
Te lo pedimos a ti, Virgen del Yugo,
en Jesucristo tu Hijo. Amén.

(Francisco Pérez, Arzobispo Emérito de Pamplona-Tudela)

Las llamadas de mi madre

A las 6 de la mañana sonó mi teléfono. Era un número desconocido. Contesté con la voz dormida, sin imaginar que esa llamada iba a partir mi vida en dos.
— ¿Usted es el hijo de la señora…?
— Sí… soy yo.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio que todavía me persigue.
— Le llamamos del hospital… su madre ingresó anoche. Preguntó varias veces por usted.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
—¿Cómo está? -pregunté con la voz temblando.
La mujer del hospital respiró hondo… y dijo algo que jamás voy a olvidar:
— Antes de cerrar los ojos… dijo su nombre.
Sentí que el mundo se me cayó encima. Porque en ese momento recordé algo que me quemó el alma. Mi teléfono… estaba lleno de llamadas perdidas de ella. Llamadas que no contesté porque “estaba ocupado”. Porque “luego la llamo”. Porque “mañana que tendré tiempo”.
Mensajes que decían: “Hijo, solo quería saber cómo estás.” “Hijo, cuando tengas un momento llámame.” “Hijo, te echo de menos.” Y yo… yo siempre encontraba una excusa. El trabajo. El cansancio. La vida. Qué irónico. Tuve tiempo para todo… menos para la mujer que me dio la vida.
Salí corriendo al hospital con un nudo en la garganta. “Dios… que todavía esté viva… que todavía pueda decirle que la quiero.”
Pero cuando llegué… ya era tarde. Una enfermera me miró con esos ojos que lo dicen todo sin decir nada. Y entendí. Entré a la habitación. Ahí estaba mi madre… en silencio… como si estuviera dormida. Me acerqué… le tomé la mano que ya estaba fría… y por primera vez en mucho tiempo le hablé sin prisa.
— Mamá… ya estoy aquí contigo.
Pero ella… ya no podía escucharme. Y en ese momento entendí una verdad que me partió el alma: Las llamadas de una madre no duran para siempre. Un día… su teléfono deja de sonar. Y ese día… darías lo que fuera por escuchar una vez más su voz diciendo: “¿Hijo… cómo estás?”
Si tu madre todavía vive… no esperes a que el hospital sea quien te llame. Llámala tú primero.

jueves, 28 de mayo de 2026

Himno a Cristo Sumo y Eterno Sacerdote

Cantan tu gloria, Cristo Sacerdote,
los cielos y la tierra:
a ti que por amor te hiciste hombre
y al Padre como víctima te ofrendas.
Tu sacrificio nos abrió las puertas,
de par en par, del cielo;
ante el trono de Dios, es elocuente
tu holocausto en la cruz y tu silencio.
Todos los sacrificios de los hombres
quedaron abolidos:
todos eran figuras que anunciaban
al Sacerdote eterno, Jesucristo.
No te basta el morir, que quieres darnos
alimento de vida:
quedarte con nosotros y ofrecerte
sobre el altar: hacerte eucaristía.
Clavado en cruz nos miras, te miramos,
crece el amor, la entrega.
Al Padre, en el Espíritu, contigo,
eleva nuestro canto y nuestra ofrenda. Amén

Piloto por accidente

El hecho es real y ocurrió en la segunda Guerra mundial.
Un gran avión bombardero se dirigía a Alemania desde una de las bases inglesas. Iba con una escuadrilla cuando los cazas alemanes los atacaron. Una ráfaga de ametralladora cruzó el avión de parte a parte hiriendo a los dos pilotos y al radiotelegrafista. Solamente un soldado irlandés, católico, que iba en el avión como ayudante, quedó ileso.
El radiotelegrafista avisó a la base que iban a tirar las bombas en el primer objetivo y que regresarían, que prepararan las ambulancias. Al cabo de media hora, tiradas las bombas, giraron para volver a Inglaterra. Quedaban todavía dos horas de vuelo, y los heridos perdían mucha sangre. El segundo piloto se desmayó, y el irlandés lo quitó del asiento y lo tumbó en la suelo del avión. El piloto le indicó que se sentara en el puesto vacío.
— Yo no puedo más. Por favor, dirige tú.
— ¡Pero si yo no he tocado nunca los mandos de un avión…!
— Siéntate. Yo te iré diciendo.
— Da más gas… Sube… Comprueba el altímetro… Estamos bajando demasiado…
Y así continuamente, mientras él rezaba y rezaba a la Virgen. Por fin, estaban sobre Inglaterra.
Se veían las luces del aeródromo y ambulancias que preparadas junto a la pista.
La voz del piloto siguió diciéndole:
— Reduce el combustible… baja el tren de aterrizaje… menos combustible… inclina los alerones, más, más…
El avión dio un suave golpe en el suelo y se deslizó sobre la pista de cemento. El soldado apretó los frenos y el gran bombardero se paró en unos segundos.
Aturdido, el ayudante saltó del asiento para abrir la puerta. Dos doctores y tres enfermeras penetraron en el avión mientras el soldado, nervioso, explicaba la aventura y su emoción de haber guiado un aparato por primera vez.
Un enfermero apareció en la puerta,agarró al soldado por las solapas y le dijo:
— Pero, ¿quién ha dirigido el avión a la vuelta?
— El piloto me llamó al segundo asiento y me decía lo que debía hacer cada momento.
— ¡Imposible!
— Pues así ha sido, doctor.
— Imposible. El primer piloto está ya frío, ha muerto hace al menos hora y media. El segundo piloto ha muerto antes. El radiotelegrafista está también muerto…
— Ahora lo entiendo, -dijo el irlandés despertando de un sueño. Yo iba rezando a la Virgen, y una voz me iba dirigiendo. Yo creía que el piloto perdía mucha sangre y apenas podía hablar. No tuve ni tiempo de mirarlo, siempre había que hacer algo nuevo. Pero esa voz me lo iba diciendo.
Y el soldado irlandés se echó a llorar. Al llevarse las manos a la cara, las cuentas del rosario le acariciaron las mejillas. Entonces lo comprendió todo.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Pedí a Dios...

Le pedí a Dios estar en primera fila. y Él me colocó en el último lugar para que conociera la paciencia y la humildad.
Le pedí a Dios ser yo el centro del mundo. y Él me enseñó que la vanidad me aparta del centro de cualquier cosa.
Le pedí a Dios fama y gloria, y Él me concedió sencillez y comprensión para que mi ego no hiera a los demás.
Le pedí a Dios un auto que viajara veloz, y Él me concedió un paso firme por el sendero correcto para que no atropellara mis sentimientos.
Le pedí a Dios tener una mansión, pero Él me dio una pequeña casa llena de ternura y amor.
Le pedí a Dios poseer mucho dinero para tener muchos amigos... pero Él me concedió algo mejor. me ofreció una amistad, no a cambio de dinero, sino de mi sinceridad.
Le pedí a Dios mucha salud para conquistar mis anhelos... pero Él me concedió enfermedad para que conquistara la paciencia y uno que otro sueño. para que creyera más en Él y mi ego se elevara hasta el cielo.
Le pedí a Dios una bella apariencia física y sin embargo. Él me dio sensibilidad y belleza espiritual para que no me sintiera más que los demás.
Le pedí a Dios ser siempre feliz... pero Él me hizo conocer la tristeza para que comprendiera que la vida no solo está compuesta de cosas bellas, y aprendiera a tener la compasión de todos los demás.
Le pedí a Dios un carácter fuerte... pero Él me concedió un corazón blando y un carácter pasivo para que aprendiera a amar y ayudar a los demás.
Le pedí a Dios nunca llorar y, sin embargo. Él me hizo derramar una lágrima en el corazón al sentirme impotente para ayudar a un ser amado. por no poder transmitirle palabras de aliento. por no poder demostrarle lo mucho que lo quiero.
Le pedí a Dios tener el mundo a mis pies... pero Él me hizo comprender que es mejor tener amigos en el corazón.
Por eso, Dios mío. nunca me concedas todo lo que te pido, solo concédeme lo que Tú, hasta hoy, me has concedido".