domingo, 3 de mayo de 2026
Oración por las madres
Dios bueno y misericordioso,
hoy me presento ante Ti con un corazón lleno de gratitud,
para darte gracias por el regalo más tierno y generoso que has puesto en mi vida: mi madre.
Gracias, Señor, por su presencia constante,
por su mirada que me comprende sin palabras, por su abrazo que cura el alma,
y por su amor que no conoce límites ni condiciones.
Ella ha sido para mí guía en la oscuridad,
refugio en la tormenta, alegría en los días tristes
y fuerza en los momentos de debilidad.
Gracias por sus manos laboriosas,
que han trabajado incansablemente para cuidar de mí,
por sus pies que han caminado tantos caminos por amor,
y por su corazón que siempre ha estado dispuesto a dar sin esperar nada a cambio.
Señor, te doy gracias por cada noche en vela,
por cada lágrima que derramó en silencio,
por cada oración que elevó por mí cuando yo ni siquiera lo sabía.
Gracias porque a través de ella conocí el significado del amor incondicional.
Hoy quiero elevar mi voz y mi alma para decir: gracias, mamá,
por tu entrega, por tu ternura, por tus palabras sabias y por tu paciencia infinita.
Gracias por no rendirte, por animarme a seguir adelante
y por enseñarme con tu ejemplo a vivir con fe, con honestidad y con esperanza.
Señor, bendice a todas las madres del mundo.
Bendice a las que aún están con nosotros y a las que ya están contigo.
Dales salud a las que envejecen con dignidad, fortaleza a las que crían solas,
esperanza a las que sufren, y paz a las que descansan en Ti.
Bendice también a aquellas mujeres que, sin haber dado vida con el cuerpo,
son madres con el corazón: tías, abuelas, madrinas, maestras y amigas
que han cuidado, guiado y amado con verdadera entrega.
Te pido, Señor, que nunca olvide decirle a mi madre cuánto la amo,
que tenga la sabiduría de valorarla cada día
y que la honre con mis palabras, mis decisiones y mi forma de vivir.
Que no espere ocasiones especiales para demostrarle mi gratitud,
sino que cada día sea una oportunidad para hacerla sentir querida y acompañada.
Señor, si mi madre ya no está en este mundo,
te doy gracias por todo lo que sembró en mí.
Gracias por su memoria que vive en mi corazón,
por sus enseñanzas que siguen guiando mis pasos,
y por el amor que dejó en mi alma, un amor que la muerte no puede borrar.
Te pido que la tengas en Tu paz eterna
y que algún día pueda abrazarla nuevamente en tu Reino.
Gracias, Dios de la vida, por el regalo inmenso de mi madre.
Gracias por su amor que me revela tu amor,
por su entrega que me muestra tu bondad,
y por su vida que ha sido luz en mi camino.
Que ella siempre sienta cuánto la valoro y la amo.
Hoy y todos los días, te doy gracias por ella. Amén.
Dios aprieta pero no ahoga
Un día, el padre, ya avanzado en edad, dijo a sus empleados que le construyeran un pequeño establo. Dentro de él, el propio padre preparó una horca y, junto a ella, una placa con algo escrito: “Para que nunca desprecies las palabras de tu padre”.
Llamó a su hijo, lo llevó hasta el establo y le dijo:
— ¡Esta horca es para ti! Te conozco muy bien y sé que cuando yo falte dilapidarás toda la herencia viviendo malamente. Quiero que me prometas que, si sucede lo que yo te he dicho, no te suicidarás con veneno o disparándote un tiro sino que te ahorcarás en este establo.
El joven se echo a reír, pensó que era un absurdo, pero para no contradecir a su padre le prometió que así lo haría, pensando que eso jamás sucedería.
El tiempo pasó, el padre murió, y su hijo se encargó de todo, y así como su padre había previsto, el joven gastó todo, vendió los bienes, perdió sus amigos y hasta la propia dignidad.
Desesperado y afligido, comenzó a reflexionar sobre su vida y vio que había sido un tonto. Se acordó de las palabras de su padre y comenzó a decir:
— ¡Ah, padre mío…! ¡Si yo hubiese escuchado tus consejos…! Pero ahora es demasiado tarde. Yo nunca seguí sus palabras, pero esta vez lo haré. No me queda nada más…
Entonces, subió los escalones y se colocó la cuerda en el cuello, y pensó:
— ¡Ah, si yo tuviese una nueva oportunidad…!
Entonces, se tiró desde lo alto de los escalones y, por un instante, sintió que la cuerda apretaba su garganta… Sin embargo, el brazo de la horca estaba hueco y se rompió fácilmente, cayendo el joven al suelo. Sobre él cayeron joyas, esmeraldas, rubíes, zafiros y brillantes. La horca estaba llena de piedras preciosas. Entre lo que cayó encontró una nota. En ella estaba escrito:
— Esta es tu nueva oportunidad, no cometas errores. ¡Te quiero mucho! Con amor, Tu padre.
domingo, 29 de marzo de 2026
Domingo de Ramos
Papa Francisco
Señor Jesús, Rey humilde
que entras en Jerusalén,
entra también en mi corazón herido.
Hazlo tu morada en esta Semana Santa.
Que mi alma no grite "¡Hosanna!"
solo con los labios,
sino con la entrega, la fe y el amor.
Acompáñame en cada paso hacia la cruz
y enséñame a confiar en la gloria que vendrá. Amén
Oración para colocar las palmas bendecidas en casa:
Bendice, Señor, nuestro hogar.
Que tu Hijo Jesús y la Virgen María reinen en él.
Danos paz, amor y respeto,
para que respetándonos y amándonos
los sepamos honrar en nuestra vida familiar,
sé Tú, el Rey en nuestro hogar. Amén.
Si no os hacéis como niños...
Pedro quedo solo en el mundo. Tenía apenas seis años, y una vecina caritativa lo acogió, dividiendo con él su pan de cada día. Entretanto, por más que se esforzaba en cuidar del niño, el corazón del pequeño huérfano estaba siempre junto a sus padres ausentes, que ansiaba por reencontrar.
En una de las largas noches que pasaba despierto, fue tomado por un pensamiento:
— ¡Ah, el cielo! Debe de ser un lugar de mucha alegría, porque papá y mamá fueron allí y no pensaron siquiera en volver. Estoy seguro de que en el cielo no debe de faltar nada. Pero… ¿Por qué no me llevaron con ellos? ¡Si yo pudiese ir a su encuentro, los abrazaría y besaría!
Desde aquel día, Pedro se le metió en la cabeza la idea de marchar al cielo en busca de sus padres. Cierta mañana, sin decir nada a nadie, juntó en un fardo la poca ropa que tenía y se puso en camino. Después de mucho andar, llegó a una aldea. Llegó tan exhausto que cayó delante de una puerta donde había una cruz. Era la casa parroquial de la iglesia del pueblo.
El buen sacerdote oyó un gemido y salió para ver qué pasaba, encontrándose al niño echado en el suelo.
— ¿Quién eres tú y de dónde vienes?
— Soy Pedro, mis papas me dejaron solo porque se fueron al cielo. Mamá me dijo que los encontraría un día allá, pero ¿dónde está ese dichoso cielo? ¡Hace mucho que estoy caminando para encontrarlo!
— Ven conmigo, pequeño, dijo el padre compadecido. Vamos juntos a buscar a tus padres.
El huérfano se quedó a vivir con el bondadoso sacerdote, y junto a él se sentía menos infeliz. Sin embargo, su pensamiento continuaba fijo en encontrar el cielo.
— En fin, señor cura, le volvió a preguntar un día. ¿Dónde está el cielo? ¿Por qué usted no me lleva allá, como prometió?
— Reza a Dios, hijo mío. Él es tan dadivoso que nos ayudará a encontrarlo.
Pedro dirigió, entonces, sus oraciones fervorosas al Altísimo. Nada era tan conmovedor como verlo de rodillas delante del altar, con las manos juntas para rezar. Ese era su lugar preferido, donde en el silencio del recinto sagrado sus tristezas se calmaban.
Se aficionó con una imagen de la Virgen que llevaba en los brazos al Niño Jesús. Aquella imagen, de madera, era un trabajo muy antiguo y constituía una verdadera rareza. Tanto la Virgen María como Jesús tenían el rostro exageradamente delgado. Delante de los dos, Pedro se sentía conmovido; se imaginaba que la Virgen estaba tan delgada porque no comía. Y le parecía que la Madre de Jesús pasaba hambre, que sus ojos se llenaban de lágrimas y lloraba de compasión.
Cierta mañana, a la hora del desayuno, guardó para ella un pedazo de pan, y fue a depositarlo a los pies de la imagen, diciendo:
— Come cuanto quieras y sin temor oh, buena Señora, pues yo estoy contento de privarme de este pan para dártelo a ti, que lo necesitas. ¡Come, que cuando hayas acabado este pedazo, te traeré otro!
Después, salió de la iglesia. Cuando volvió más tarde, no encontró el pan donde lo había dejado.
Satisfecho al ver que la Virgen aceptaba su ofrenda, repetía la ofrenda todos los días, y todos los días el pan desaparecía. Sin embargo, después de algún tiempo, Pedro observó que la Virgen continuaba delgada. Buscó al sacerdote y le contó el caso.
— ¡Hace tanto tiempo que llevo mi pan a la Virgen, y ella sigue tan delgada! ¿Qué cree que pasa, padre? A mi me parece que la Virgen está enferma; ¿no sería bueno que la examinara un médico?
— Pero la imagen de la Virgen no puede comer tu pan, explicó sonriendo el cura.
— Pues yo le garantizo que ella come, porque el pan desaparece al poco tiempo de dejarlo.
El párroco, curioso, decidió descubrir el misterio. Le dijo a Pedro que llevase el pan como de costumbre y se escondió en un rincón de la iglesia, para vigilar la imagen y ver lo que pasaba sin ser descubierto.
Pedro acababa de salir de la iglesia y ésta estaba silenciosa y vacía. De pronto, oyó unos pasos muy leves. Un niño, pobremente vestido, se arrodilló delante de la imagen. Sonrió, cogió el pan, lo besó y lo escondió debajo de su ropa. Hizo la señal de la cruz y comenzó sus oraciones con recogimiento y fervor.
El sacerdote salió y puso la mano en el hombro del niño. Sobresaltado éste, le imploró:
— ¡Ah, señor padre! ¡No soy ningún ladrón! Estoy aquí únicamente para buscar el pan que la Virgen me da de regalo todos los días.
— ¿Y cómo sabes que es la Virgen la que te da ese pan? Preguntó el párroco, intrigado.
— Padre, usted mismo enseña en el púlpito que Dios nunca deja de atender nuestras necesidades. Como soy muy pobre, no dejo de venir todas las mañanas a pedir a la Virgen mi pan de cada día. Y todas las mañanas me oye, pues lo encuentro siempre aquí.
El bueno del cura tuvo que esforzarse para no llorar por la conmoción que le invadía por dentro. La sencilla fe que palpitaba en los corazones de aquellos dos niños le dio la ocasión de admirar tan bella obra de la providencia divina. Desde ese momento, el sacerdote comprendió que tanto Pedro como el otro niño pobre habían encontrado el camino del cielo. Y así llegó a entender mejor esas palabras del Señor: “Si nos os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 18:3).
miércoles, 25 de marzo de 2026
Niña del sí (fragmentos)
Pedro Casaldáliga
Todo estaba pendiente de tu boca.
Igual que si los hombres, de golpe, se sintieran
con la vida en las manos, detenida,
como un reloj callado y a la espera.
Como si Dios tuviera que esperar un permiso…
Tu palabra sería la segunda palabra
y ella recrearía el mundo estropeado
como un juguete muerto que volviera a latir súbitamente.
Tú pondrías en marcha, otra vez, la ternura.
Orilla virginal de la palabra, niña del sí preñada con el Verbo,
sin la más leve sombra de no, toda en el Día.
Dios encontraba en ti, desde el primer albor de tus latidos,
la respuesta cabal a su pregunta
sobre la Nada en flor…
Tú lo hacías dichoso desde el Tiempo.
Tu corazón se abría como una playa humilde, sin diques fabricados,
y en la arena sumisa de tu carne el mar de Dios entraba enteramente.
[…]
Niña del sí desnudo, como un tallo de lirio
bajo el filo implacable de la Gloria…
Cuanto más cerca de la Luz vivías,
más en la noche de la Fe topabas, a oscuras, con la Luz,
y más hondas raíces te arrancaba tu sí, ¡niña del sí más lleno!
Tú diste más que nadie, cuando más recibías,
infinita de seno y de esperanza.
¡Tú creíste por todos los que creen y aceptaste por todos…!
[…]
Dios empieza otra vez, con tu permiso, niña del sí, María.
Las alas de Gabriel abren el arco por donde pasa entera la Gloria de Yahvé.
El arca de tu seno, de madera de cedros incorrupta, viene con el Ungido.
La Primavera acecha detrás de Nazaret, regada por el llanto,
y sobre las banderas blancas de los almendros
el trino de tu voz rompe en el júbilo, humildemente solo.
Los aprendices de demonio
El primero dijo:
— Yo les diré que no hay Dios.
Satanás le contestó:
— Con eso no vas a engañar a muchos, porque de sobra saben que sí hay Dios.
El segundo demonio dijo:
— Yo les diré que no existe el infierno.
Satanás le respondió:
— Por ese camino sólo engañarás a los que ya son míos. Así que tendrás que buscar otro modo.
El tercero: dijo:
— Yo les diré que no hay prisa; que hay mucho tiempo.
Satanás le contestó:
— ¡Bien dicho! Hazlo así. De esa manera engañarás a muchos.
Cuántas ocasiones la Palabra de Dios nos invita a la conversión y nuestra respuesta se parece a: “Soy todavía joven”; “No me va a pasar nada, pues confío en Dios”; “Tengo toda la vida por delante”; “No necesito confesarme, pues no tengo pecados”. Recuerda las palabras de Jesucristo: “Vosotros estad preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre” (Lc 12:40).
lunes, 23 de marzo de 2026
Levántate y anda
José María R. Olaizola, SJ
Levántate y anda, cuando no encuentres horizonte,
porque siempre hay un camino que recorrer,
y no hay razón para dejar de intentarlo.
Levántate y anda, aunque te rodeen las sombras.
La luz se abre paso por resquicios insospechados,
y al iluminar la realidad la llena de posibilidades.
Levántate y anda, aunque te opriman las vendas.
Puedes quitarte muchos estorbos que te impiden avanzar,
y avanzarás más liviano, más libre, más alegre.
Levántate y anda, aunque te sientas sin fuerzas.
Es Dios el que te impulsa, quien te lleva de la mano,
quien te llena de espíritu.
Deja atrás las sombras y tumbas, los silencios y miedos,
las parálisis y vendas que te aíslan y entristecen.
Deja atrás las pequeñas muertes que adulteran la vida.
Vamos, Lázaro, levántate y anda.
Un tsunami sobre el pueblo de campesinos
Había en las costas de Filipinas a mediados del siglo XX un pequeño pueblo llamado Hinuatán lleno de pescadores y campesinos bastante descreídos. Sus gentes vivían de la pesca y del arroz que cultivaban en los arrozales de las laderas de las montañas cercanas al pueblo.
Casi en lo alto de la montaña vivía un anciano con su nieto. Desde allí contemplaban el ir y venir de los pescadores con sus barcas y de los campesinos cuando iban a sus arrozales. Conocían y querían a todos los vecinos y a éstos les gustaba saber que, desde la altura, el abuelo velaba por ellos con afecto.
Un día, estando ya el arroz casi maduro, el abuelo oteaba a lo lejos preocupado. Había percibido algo extraño. A lo lejos se levantaba una gigantesca cortina de agua, como si el mar y el cielo se hubiesen unido. El abuelo se puso la mano en la frente, a modo de visera, para observar mejor. Al cabo de unos instantes, se volvió hacia la casa y gritó:
— ¡Juan! vete al fuego y trae dos tizones encendidos! ¡Corre!
Juan obedeció al instante. El abuelo, cogió uno de los tizones y salió corriendo hacia el arrozal más cercano; al tiempo que le decía a su nieto que le siguiera con el otro tizón. Juan no entendía nada, hasta que vio, lleno de espanto, cómo el abuelo lanzó el trozo de leña encendido en medio del arroz.
— Pero abuelo, ¿qué hace?
— ¡De prisa, rápido, lanza el tuyo, no te pares, prende fuego!
Juan no entendía nada. Creía que su abuelo se había vuelto loco. Pese a todo, obedeció y lanzó su tizón.
Grandes llamas se extendieron por los campos mientras una negra humareda subía hacia el cielo. Desde abajo, la gente del pueblo vio el incendio de los arrozales y gritando: ¡fuego, fuego! se apresuraron a subir al monte. Nadie quedó en el pueblo. Hasta las madres, con los pequeños al cuello, subían corriendo. A los pocos minutos llegaron a los campos, y cuando vieron quemados sus magníficos arrozales, se dirigieron hasta la casa del abuelo y se pusieron a gritar furiosos:
— ¿Cómo ha podido suceder esto? ¿Sabe quién lo ha hecho?
— He sido yo -contestó el abuelo con calma.
— Y yo le he ayudado -dijo Juan llorando.
Se arremolinaron a su alrededor gritando:
— ¿Por qué lo habéis hecho? ¡Estáis locos! ¡Habéis arruinado toda la cosecha!
Entonces el anciano se volvió hacia el mar y extendiendo la mano señaló el horizonte y dijo:
— Mirad.
Se dieron la vuelta y vieron como se levantaba una enorme cortina de agua, una ola gigantesca. Todos se quedaron en silencio llenos de miedo y asombro. Ni un solo grito se escuchó, sólo temor en todos. Inmediatamente una gran ola llegó a la playa, alcanzó el pueblecito con un estruendo horrible y luego se rompió contra la montaña. Después otra ola; y otra menor y otra… Cuando el mar se calmó sólo quedó una gran extensión de agua. El pueblo había desaparecido bajo las aguas.
Afortunadamente, toda la gente había podido escapar y estaba a salvo en lo alto de la montaña. Ahora ya, más serenos y calmados, entendieron lo que había hecho y le dieron gracias al abuelo, alabando su inteligencia y su rapidez al buscar la única solución posible. Todos se dieron cuenta de que, a pesar de la tristeza de ver arrasados los arrozales, la acción del abuelo había salvado a todos de ahogarse por el furioso e inesperado tsunami.
domingo, 22 de marzo de 2026
Tú eres vida para nuestras muertes
también te duelen las dificultades de la vida.
Tú sabes mucho de malos momentos
y de la fuerza del cariño para suavizarlos.
Y sabes también cómo nos venimos abajo
ante las contrariedades
y ante las situaciones que no entendemos.
Dices que si tuviéramos fe nada nos sería imposible,
pero la muerte no la podemos entender,
nos sobrepasa, nos separa de los nuestros.
Queremos creer que detrás de toda situación dolorosa hay vida,
que nos encontraremos después, en la casa del Padre,
que somos finitos y, por tanto,
debemos ir separándonos unos de otros
y que Tú nos ayudarás a superar el dolor de la distancia.
Contigo la vida es mucho más llevadera.
Tú cercanía saca lo mejor de unos y otros,
pone en circulación el cariño que nos facilita la vida,
que nos hace poder con lo casi imposible.
Pon palabras en nuestra boca para compartir alegrías y penas,
para expresar el amor contigo y como Tú.
¿Qué hay al otro lado?
El médico le dijo que no lo sabía.
- Usted, un hombre cristiano, ¿no sabe lo que hay al otro lado?
El médico tenía el pomo de la puerta en la mano, al otro lado de la puerta se oían los gemidos y patadas de un perro. Cuando abrió la puerta de un salto se plantó en medio de la habitación dando brincos de alegría al ver al doctor.
Éste se dirigió al paciente y le dijo:
- ¿Ha observado a mi perro? Nunca ha estado en esta consulta. Lo único que sabía era que su dueño estaba dentro y cuando la puerta se abrió entró sin miedo.
Yo no sé qué hay al otro lado de la muerte, sí sé una cosa. Sé que mi dueño está ahí, al otro lado de la puerta, y eso me basta.
jueves, 19 de marzo de 2026
Asamblea en la carpintería
El martillo ejerció la presidencia, pero la asamblea le notificó que tenía que renunciar. ¿La causa? ¡Pues que hacía demasiado ruido!. Y, además, se pasaba el tiempo golpeando.
El martillo aceptó su culpa, pero pidió que también fuera expulsado el tornillo; dijo que había que darle muchas vueltas, quizás demasiadas, para que sirviera de algo.
Ante el ataque, el tornillo aceptó también, pero a su vez pidió la expulsión de la lija. Hizo ver que era muy áspera en su trato y siempre tenía fricciones con el resto de las herramientas.
Y la lija estuvo de acuerdo, a condición de que fuera expulsado el metro que siempre se pasaba la vida midiendo a los demás según su propia medida, como si fuera él la única herramienta perfecta.
En eso entró el carpintero, se puso el delantal e inició su trabajo. Utilizó el martillo, la lija, el metro y el tornillo. Finalmente, la tosca madera inicial se convirtió en un fino mueble.
Cuando la carpintería quedó nuevamente sola, la asamblea reanudó la deliberación. Fue entonces cuando tomó la palabra el serrucho, y dijo:
— "Escuchadme todos, ha quedado demostrado que tenemos defectos, pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades. Eso es lo que nos hace valiosos. Así que no pensemos ya en nuestros puntos malos y concentrémonos en la utilidad de nuestros puntos buenos".
La asamblea encontró entonces que el martillo era fuerte, el tornillo unía y daba fuerza, la lija era especial para afinar y limar asperezas y observaron que el metro era preciso y exacto.
Se sintieron entonces un equipo capaz de producir muebles de calidad. Se sintieron orgullosos de sus fortalezas y de trabajar juntos.
miércoles, 18 de marzo de 2026
El beso de Dios
— Toma, hijo -le decía-. Este beso me lo ha dado Jesús para ti.
Un día, el pequeño, que ya hablaba, al recibir el habitual beso de Jesús se cuelga del cuello de su madre y la besa en su rostro diciéndole:
— Toma, éste es para Él.
¡Qué sencillez! ¡Qué hermosura! Sólo un segundo, pero ¡que hermoso gesto! Y es que cuando se ama a Dios, hasta el más pequeño gesto hecho por amor puede ayudar a que otra persona descubra a Jesús.
Confía en Dios...
Me gustó mucho Proverbios 16:9
Lo que es para ti nunca tendrá que ser forzado.Los planes de Dios no necesitan presión, necesitan confianza.
Él no te está pidiendo que te esfuerces,
te está pidiendo que descanses. Permanece quieto/a.
Dios sabe por lo que estás pasando en este momento.
Cada lucha, cada lágrima, cada momento de duda. Él lo ve todo.
No tienes que explicarle nada, porque Él entiende mejor que nadie.
Y aun cuando sientas que nadie más lo hace,
Él está ahí, listo para sostenerte y cargarte.
No te está pidiendo que tengas todas las respuestas,
te está pidiendo que confíes en Él.
Confía en que está obrando en medio de tu dolor,
que Su plan para ti es bueno
y está contigo en cada paso del camino.
Cuando no tienes respuestas, Él es quien las tiene todas.
Sigue confiando. Él te sostiene.
Muy pronto mirarás atrás y dirás: "Dios, esto es más de lo que recé."
domingo, 15 de marzo de 2026
Quiero ver, Señor
porque me pierdo y camino confundido.
Quiero ver, Señor
para verte y nunca perderte
porque, sin Ti, no soy tan feliz como creo ser.
Quiero ver, Señor
para vivir alegre y abierto a los demás,
agradecer lo mucho que haces por mí,
defenderte cuando algunos te ignoren,
no tropezarme cuando surjan dificultades.
Quiero ver, Señor
para que nadie me confunda con falsas luces,
para que nada me aleje de tu amistad.
Quiero ver, Señor
con ojos agradecidos hacia el cielo.
Quiero ver, Señor
para reconocer lo que eres: ¡Mi Señor y mi Dios!
Quiero ver, Señor
con mirada limpia de egoísmo y apariencias.
Quiero ver, Señor
para descubrir tu amor cada día en mi vida.
Todo lo que hace Dios es para nuestro bien
— Todo lo que hace Dios es para nuestro bien.
Decidió pasar la noche al raso en el bosque. Encendió la lámpara para alumbrarse, pero el viento la apagó al momento.
— Todo lo que hace Dios es para nuestro bien -dijo resignadamente.
Durante la noche, las bestias salvajes devoraron al asno y al gallo. El fraile volvió a repetir:
— Todo lo que hace Dios es para nuestro bien.
A la mañana siguiente, un leñador que pasaba por allí le dio al fraile la noticia de que un destacamento de soldados, formado por varias compañías completas, había atacado la aldea y cruzado el bosque esa noche. El fraile comprendió inmediatamente que, si la lámpara hubiera estado encendida o si el asno hubiera rebuznado o el gallo cantado en la madrugada, los soldados se habrían dirigido hacia allí y le habrían matado con toda seguridad. Dios había cuidado de que las cosas salieran como salieron, para bien del buen fraile.
— Todo lo que hace Dios es para nuestro bien, dijo entonces éste una vez más.
miércoles, 11 de marzo de 2026
Dios no se olvida de tus deseos
Me gustó mucho
“Dios nunca se olvida de los deseos de tu corazón.”
A veces sentimos que sí.
Que el cielo guarda silencio,
que las oraciones se quedan suspendidas en el aire
como cartas sin destinatario.
Pedimos con fe, esperamos con paciencia,
y aun así los días pasan y nada parece cambiar.
Pero Dios no olvida.
Somos nosotros quienes, cansados de esperar,
confundimos el silencio con ausencia
y el tiempo con abandono.
Los deseos del corazón no siempre son cumplidos
cuando los pedimos, ni de la forma en que los imaginamos.
Algunos necesitan madurar, otros transformarse,
y algunos más… descansar un tiempo
para no rompernos antes de llegar.
Hay deseos que nacen del dolor, del vacío,
de una pérdida que aún duele.
Y Dios, que conoce el fondo del alma,
no los concede de inmediato.
Dios no se olvida de ti cuando te toca esperar.
Te está cuidando incluso cuando no lo entiendes.
Porque hay anhelos que llegan
solo después de que aprendemos a soltar, a confiar,
a caminar aun con el corazón cansado.
Tal vez hoy no tienes lo que pediste,
pero sí tienes lo que necesitas para seguir.
Y eso también es una forma de amor divino.
Sigue creyendo, aunque duela.
Sigue esperando, aunque el tiempo pese.
Porque lo que Dios guarda en su memoria no se pierde…
solo llega en el momento exacto
en que tu corazón puede recibirlo sin romperse.
La astucia de la señora mayor
— «La voy a multar por exceso de velocidad, por favor su carnet de conducir».
La señora responde: «No lo tengo, me lo quitaron hace 6 años».
— «Bueno, facilíteme la documentación del coche».
Responde la señora: «Es robado y no tiene documentación. Además, le informo que tengo un cadáver descuartizado en el maletero».
El guardia, asustado, llama a su jefe. El cual se presenta con varios coches y le dicen:
— «Bájese del coche».
La mujer obedece, y se baja del coche.
— «Abra el maletero despacio». La mujer obedece, y dentro no encuentran nada.
Entonces el jefe le dice: «Enséñeme la documentación del coche». La mujer se la da.
— «Está correcta, dice el jefe, pero, muéstreme su carnet de conducir».
Ella se lo da y el jefe dice: «Está correcto».
La mujer entonces dice: «y seguramente también le habrá dicho este agente que llevaba exceso de velocidad».
domingo, 8 de marzo de 2026
Cántaro en Sicar
Florentino Ulibarri
Cántaro roto en mil trozos por los golpes recibidos,
merecidos o fortuitos, en el juego de la vida...
O por olvidos, descuidos, bravatas, tormentas, o desvaríos...
O por mi género, mi cultura, mi país de origen,
mi pobreza económica, mi fe o mis ideas libres...
O por manipulaciones de quienes se erigen en señores,
que me secaron por dentro y fuera y me dejaron con sed de agua
que no sacian los pozos de mi tierra.
Eso es lo que soy en este momento, cántaro roto en mil trozos:
samaritana, marginada, atrapada en los limbos
creados por quienes se creen intérpretes y dueños...
Pero espero, Señor, que vuelvas a fundirme con tu fuego
y hagas de mí, otra vez, con tu aliento y rocío, tus manos y tus sueños,
un cántaro de esperanzas y proyectos lleno.
Dame de tu agua viva para saciar mi sed,
la que me reseca por dentro y fuera;
y lléname hasta desbordar para que otros puedan florecer.
La vieja copa de barro
— Elígeme a mí –gritaba una copa dorada-. Brillo y estoy reluciente. Mi belleza y lustre superan a los de todas los demás. ¡El oro es lo mejor!
El mesonero siguió inspeccionando sin decir una sola palabra.
Se quedó mirando una copa plateada de silueta curvilínea y alta:
— Estaré en tu mesa siempre que te sientes a comer. Mi diseño es elegante. Además, la plata viste much
Sin prestar mayor atención a lo que oía, el mesonero puso sus ojos en una copa de bronce. Estaba pulida, y además era amplia y poco profunda:
— ¡Fíjate, fíjate! –gritaba la copa-; sé que te serviré. Colócame en la mesa para que todos me vean.
— ¡Mírame! –suplicó la copa de cristal-. No oculto nada, soy transparente y clara como el agua de un manantial. Aunque soy frágil estoy segura de que te haré feliz.
El mesonero se acercó después a una copa hecha de madera. Estaba bien pulida y labrada, parecía sólida y robusta:
— Tengo muchos usos, señor –dijo la copa de madera-. Aunque es mejor que me utilices solo para agua, no para el vino.
Por último, el mesonero reparó en una copa de barro cocido. Estaba algo rota, sucia, polvorienta y arrumbada en un rincón de la bodega.
— ¡Aja! Ésta es la copa que andaba buscando. La arreglaré la limpiaré y la utilizaré. No busco una que esté orgullosa de sí misma. Sólo necesito una sencilla copa de barro, resistente y fuerte en la que el continente no distraiga de la calidad de su contenido.
Luego, con cuidado, tomó aquella copa de barro, la limpió, la llenó y se dirigió a ella con simpatía:
— Este es el trabajo que quiero que desempeñes: dar a los demás lo que yo te doy a ti.
Dios elige a quien quiere. Dios no nos necesita, pero nos quiere. Que Dios nos elija es siempre un don suyo. No lo merecemos nunca. El modo que tiene Dios de elegir no coincide muchas veces con el nuestro. Nosotros solemos guiarnos por las apariencias. Él elige mirando la sencillez, la pureza y la generosidad de nuestros corazones.
lunes, 2 de marzo de 2026
Tu programa y el mío
Me has ungido, Señor, para amar y servir,
para cantar tu Palabra, para devolver la esperanza,
para sembrar mi vida, para vivir en tu Espíritu.
Me has enviado a coser heridas,
a caminar con tu pueblo en el gozo y el llanto,
a dejarme transformar por tu modo de amar,
a repartirme en humildad a todos,
a liberar cautiverios y abatimientos.
A veces ando atolondrado y estresado,
envuelto en mil tareas religiosas
y entretenimientos pastorales que me despistan
y distraen del centro de tu Buena Noticia.
Me asusta tu desafío:
hacerme presente en las intemperies
de los que sufren descarte y abandono.
Prefiero seguir mi programa al tuyo.
Prefiero lo seguro y conocido a correr riesgos.
Podrías plantearme salir de mi rutina plácida.
Podrías desmontar mis planes y tren de vida.
Podrías pedirme partir del lugar de falsa paz
en que vivo instalado y me he ido construyendo.
Podrías pedirme que dejara de controlarlo todo
y saltar en tus brazos sin más red que la fe.
Tú me lanzas a ser continuador de tu misión:
anunciar la buena noticia a los pobres,
soltar los candados de los cautivos,
compartir tu luz entre las cegueras de este mundo,
libertar a los oprimidos de grilletes de exclusión,
gritar con fuerza y júbilo desmedido
que contigo hay esperanza para todos.
Este es tu proyecto de vida y acción,
con tus prioridades y sueños para quienes te sigan.
Que no me deje seducir por otros proyectos,
que disfrazan justificaciones, coartadas y excusas
para eludir comprometerme hasta el fondo.
Cuenta conmigo, Señor. Envíame.
Deseo hacer carne en mí tu misma misión,
aunque no esté de moda ni se hable casi
de tu opción preferencial por los pobres.
Triste realidad…
Hace menos de una semana había sufrido la muerte de su amada esposa. Todavía se sentía abatido por la pérdida que cambió el rumbo y el sentido de su vida….
Sentados en la mesa de la sala de una casa sencilla y simple; donde ahora vivía solo, empezaron a hablar, el tema es sobre el futuro de su padre.
Enseguida ellos tratan de convencerle de que lo mejor para él es vivir en un hogar para ancianos….
Sigue contando el padre:
Además, mis hijos y mis nueras viven muy ocupados, así que no tendrían tiempo para verme, eso sin contar con mis nietos, estudian casi todo el día, es imposible.
En mi favor, argumento ya sin mucha convicción que, en ese caso, ellos bien podrían ayudarme a pagar una cuidadora. Frente a mí; el médico y el ingeniero dicen que serían necesarias, en realidad, "tres cuidadoras en tres turnos y todas con contrato". Lo que sería, en tiempos de crisis, mucho gasto al final de cada mes….
Me niego a aceptar la propuesta de vivir en una residencia.
Y aquí viene otra sugerencia: me dicen que debo vender la casa. El dinero servirá para pagar los gastos de la residencia a donde iré, para que nadie se preocupe. Ni ellos, ni yo…
Me rindo ante los argumentos por no tener más fuerzas para enfrentar tanta ingratitud y frialdad. Cierro mis labios y no hablo del sacrificio que hice durante toda mi vida para pagar los estudios de ambos. No digo que dejé de viajar con la familia, de comer en buenos restaurantes, de ir a un teatro o cambiar de coche para que nada les faltara a ellos. No valdría la pena alegar tales hechos a esa altura de la conversación. De ahí, sin decir una sola palabra, decido juntar mis pertenencias. En poco tiempo, veo toda una vida resumida en dos maletas. Con ellas, me embarco hacia otra realidad, mucho más dura. Un hogar para ancianos, lejos de los hijos y los nietos…
Hoy, en los brazos de la soledad, reconozco que pude enseñar valores morales a mis hijos. Pero no pude transmitir a ninguno de los dos una virtud llamada GRATITUD. La culpa es nuestra por cuanto siempre les estamos dando lo que piden, cuando debemos enseñarles que deben "ganárselo"….
¿Cómo? Trabajando con esfuerzo, ayudando a limpiar la casa, cocinar, lavar platos, etc., sintiéndose parte de la familia, desarrollando empatía, haciéndoles sentir que son amados y respetados, para que en su etapa adulta, sepan valorar y aprendan que las cosas se consiguen con esfuerzo y responsabilidad y muestren gratitud y amor a sus padres por haberles enseñado a ser buenos hijos…
La gratitud hay que forjarla, no viene incluida en el corazón de los humanos, a no ser que se le haya inculcado amor y temor a Dios primeramente, deben saber que cuando lleguen a ser "viejos" querrán ser bien tratados por sus hijos y nietos y eso no se consigue con dinero, sino con la bondad sembrada en sus corazones…
sábado, 28 de febrero de 2026
Casa abierta de par en par
dispuesta para el servicio y no replegada sobre sí misma.
Un hogar que enseñe solidaridad y fraternidad,
que no eduque en el egoísmo,
sino en búsqueda responsable de una sociedad más justa.
Queremos que sea nuestra casa, un lugar de creación y no de repetición,
que estimule la sensibilidad y la capacidad de admiración.
Un centro de referencia liberador y no opresor,
donde la alegría sea moneda de cambio,
y la fe y el amor no sean una costumbre, sino algo siempre nuevo,
que nos impulse a vivir la vida y no meramente a soportarla.
Algo, donde se experimente el amor y el quererse,
el encuentro y la relación personal,
el compartir y el vivir en común penas y alegrías.
El descubrir al otro y el ayudarse,
el dialogar y el darse confianza, el pasear con gusto,
y, en definitiva, el vivir la vida con calidad.
Compartiendo el bocadillo
Cuando tenía unos doce años, cargaba con una vergüenza silenciosa. Éramos tan pobres que muchas mañanas iba a la escuela sin haber comido nada. En el recreo, mientras los demás abrían sus taper -manzanas, galletas, sándwiches- yo fingía que no tenía hambre. Me dolía el estómago vacío, pero más la vergüenza de ocultar que tenía hambre.
Y un día, una niña se dio cuenta. No dijo nada. No hizo preguntas. Simplemente se acercó y me ofreció la mitad de su almuerzo. Me sentí avergonzado. Pero la acepté.
Al día siguiente lo volvió a hacer. Y al otro también. Y otra vez.
Por primera vez en mucho tiempo sentí que alguien me veía de verdad.
Pero un día… desapareció. Su familia se mudó a otra ciudad y nunca volvió. Aun así, su bondad se quedó en silencio dentro de mí como un recuerdo imborrable.
Pasaron los años. Crecí. La vida siguió. La recordaba de vez en cuando, siempre con gratitud, aunque sin ninguna posibilidad de volver a decirle “gracias”.
Y ayer ocurrió algo que me dejó completamente inmóvil. Mi hija pequeña llegó de la escuela y me dijo:
— Papá, ¿puedes ponerme mañana dos meriendas?
— ¿Dos? -le pregunté sorprendido. Si a veces ni siquiera te terminas una…
Me miró con esa seriedad que solo los niños pueden tener.
— Es para un niño de mi clase. Hoy no comió nada. Yo compartí la mía con él.
Se me erizó la piel. Porque en ese instante la vi a ella. A la niña de mi infancia. A la que me alimentó cuando nadie más se daba cuenta.
Su bondad no desapareció. Solo viajó en el tiempo. Pasó a través de mí… y ahora vive en mi hija.
Salí afuera y miré al cielo. Sentí una gratitud inmensa por saber que, alguna vez, a alguien sí le importé.
Quizás esa niña ya no me recuerde. Quizás nunca sepa lo que hizo. Pero yo jamás la olvidaré. Ella me enseñó algo que llevo conmigo toda la vida: el gesto más pequeño de bondad puede cambiar a una persona para siempre.
Y ahora sé algo más: mientras mi hija siga compartiendo su merienda con otro niño… la bondad nunca morirá.
jueves, 26 de febrero de 2026
Solo te pido, Señor
Dios, yo no te pido lujos
ni riquezas que se oxidan con el tiempo.
No te pido mansiones
ni cuentas llenas que no saben abrazar.
Solo te pido lo esencial, eso que no se compra
y que cuando falta, duele hasta el alma.
Te pido que en mi hogar nunca falte amor,
del que sostiene cuando todo pesa,
del que perdona cuando hay cansancio,
del que abraza incluso en silencio.
Ese amor sencillo que no hace ruido,
pero mantiene la casa en pie.
Te pido trabajo, no para presumir,
sino para llevar el pan con dignidad,
para acostarme cansado pero tranquilo,
sabiendo que hice lo que estaba en mis manos.
Te pido comida en la mesa, aunque sea sencilla,
aunque no alcance para lujos,
pero que siempre haya algo que compartir
y alguien con quien sentarse.
Te pido salud, Señor, porque cuando el cuerpo falla
el corazón se asusta, y porque sin salud
todo lo demás se vuelve pequeño.
Cuida de mí y de cada persona que amo,
de los que están cerca
y de los que llevo en mis oraciones.
No te pido una vida fácil, sé que eso no existe.
Solo te pido fuerza para resistir los días duros,
fe para no rendirme, y paz para mi hogar
cuando afuera todo parece temblar.
Si tengo eso, Dios, lo demás llega solo.
Porque con amor, trabajo, comida y salud,
ya soy inmensamente rico,
aunque el mundo no lo entienda.
La sombra del sol
Un hombre, cansado y dolido, fue a ver a un sabio y le dijo:
— Maestro, ¿por qué me persiguen las calumnias y la envidia? ¿Por qué distorsionan mis actos y ensucian mis intenciones? ¿Por qué hablan tanto mal de mí, si no les he hecho ningún daño?
El sabio, sentado bajo un gran árbol, le respondió con calma:
— Estás de pie bajo el sol. Ven, ponte aquí, bajo la sombra de este árbol.
El hombre obedeció, confundido. Entonces el sabio le dijo:
— Ya tienes tu respuesta.
El hombre lo miró sin entender, así que el sabio continuó:
— Mira a tu alrededor. ¿Ves? Tu sombra desapareció. Esa sombra oscura que te seguía mientras caminabas bajo el sol, ya no está. Cuando abandonaste la luz, la sombra se fue contigo.
La calumnia, hijo mío, es como esa sombra. Persigue solo a los que caminan bajo la luz: a los que eligen el camino del bien, la claridad, la verdad.
Si decides vivir en la penumbra de la indiferencia o en la oscuridad del mal, la sombra ya no te seguirá. Nadie critica a los que no hacen nada, ni calumnian a los que viven escondidos en la oscuridad.
Los ataques, las injusticias y las palabras venenosas solo caen sobre quienes están del lado de la luz. Si dejas de hacer el bien, si apagas tu propia luz, las críticas desaparecerán.
Las calumnias son la prueba de que caminas bajo el sol. Son el intento de las fuerzas del mal por empujarte a la sombra, donde nada brilla.
Así que si hablan mal de ti, alégrate: significa que sigues del lado luminoso de la vida. Y recuerda: hay una forma muy sencilla de librarte de esa sombra —solo tienes que abandonar la luz. Pero eso es justo lo que la oscuridad quiere que hagas.
El hombre entendió. Dio un paso hacia la calle bañada por el sol. Agradeció al sabio y siguió su camino, decidido a seguir haciendo el bien. La sombra volvió a acompañarlo, pero él ya no le prestó atención.
Moraleja: Mientras camines en la luz, siempre habrá sombras detrás de ti. No te detengas por ellas —significan que sigues avanzando hacia el bien.
domingo, 22 de febrero de 2026
No caigas en la tentación
Florentino Ulibarri
Cuando sea tentado por el hambre,
no me dejes caer en soluciones fáciles.
No a la pereza, no a la vida cómoda y satisfecha.
Dame sólo el pan nuestro de cada día.
Cuando sea tentado por la fama,
no me dejes caer en la soberbia.
No a la imagen, no al orgullo,
no a una vida ambiciosa y fácil.
Dame sólo la grandeza de tener hermanos y Padre.
Cuando sea tentado por el poder,
no me dejes caer en sus redes.
No al uso de su fuerza, no al dominio,
no a una vida arrogante y prepotente.
Dame sólo el gozo del servicio humilde.
Cuando sea tentado por lo que sea,
no me dejes solo con mi pena ni con mi osadía.
Y aunque no te lo pida,
ni haya apreciado tu ejemplo y propuesta,
dame tu segura compañía para andar por la vida.
Y mientras caminemos por el desierto,
que tu Espíritu, sólo tu Espíritu, me empuje
y guíe a los corazones y a los oasis
en los que Tú estás presente, aunque no lo invoque.
¡No me dejes caer en estas
ni en otras tentaciones!
Los tres árboles
"Algún día seré cofre de tesoros. Estaré lleno de oros, plata y piedras preciosas. Estaré decorado con labrados artísticos y tallados finos, todos verán mi belleza".
El segundo árbol dijo: "Algún día seré una poderosa embarcación. Llevaré a los más grandes reyes y reinas a través de los océanos, e iré a todos los rincones del mundo. Todos se sentirán seguros por mi fortaleza, fuerza y mi poderoso casco".
Finalmente, el tercer árbol dijo: "Yo quiero crecer para ser el más recto y grande de todos los árboles en el bosque. La gente me verá en la cima de la colina, mirará mis poderosas ramas y pensarán en el Dios de los cielos, y cuán cerca estoy de alcanzarlo. Seré el más grande árbol de todos los tiempos y la gente siempre me recordará".
Después de unos años de que los árboles esperaran que sus sueños se convirtieran en realidad, un grupo de leñadores vino donde estaban los árboles.
Cuando uno vio al primer árbol dijo: "Este parece un árbol fuerte, creo que podría vender su madera a un carpintero", y comenzó a cortarlo. El árbol estaba muy feliz debido a que sabía que el carpintero podría convertirlo en cofre para tesoros.
El otro leñador dijo mientras observaba al segundo árbol: "Parece un árbol fuerte, creo que lo podré vender al carpintero del puerto". El segundo árbol se puso muy feliz porque sabía que estaba en camino a convertirse en una poderosa embarcación.
El último leñador se acercó al tercer árbol, este muy asustado, pues sabía que, si lo cortaban, su sueño nunca se volvería realidad. El leñador dijo entonces: "No necesito nada especial del árbol que corte, así que tomaré éste", y cortó el tercer árbol.
Cuando el primer árbol llegó donde el carpintero, fue convertido en un cajón de comida para animales, y fue puesto en un pesebre y llenado con paja. Se sintió muy mal pues eso no era por lo que tanto había orado.
El segundo árbol fue cortado y convertido en una pequeña balsa de pesca, ni siquiera lo suficientemente grande para navegar en el mar, y fue puesto en un lago. Y vio como sus sueños de ser una gran embarcación cargando reyes habían llegado a su final.
El tercer árbol fue cortado en largas y pesadas tablas y dejado en la oscuridad de una bodega.
Años más tarde, los árboles olvidaron sus sueños y esperanzas por las que tanto habían orado. Entonces un día un hombre y una mujer llegaron al pesebre. Ella dio a luz un niño, y lo colocó en la paja que había dentro del cajón en que fue transformado el primer árbol. El hombre deseaba haber podido tener una cuna para su bebé, pero este cajón debería serlo. El árbol sintió la importancia de este acontecimiento y supo que había contenido el más grande tesoro de la historia.
Años más tarde, un grupo de hombres entraron en la balsa en la cual habían convertido al segundo árbol. Uno de ellos estaba cansado y se durmió en la barca. Mientras ellos estaban en el agua una gran tormenta se desató y el árbol pensó que no sería lo suficientemente fuerte para salvar a los hombres. Los hombres despertaron al que dormía, éste se levantó y dijo: "¡Calma! ¡Quédate quieto!" y la tormenta y las olas se detuvieron. En ese momento el segundo árbol se dio cuenta de que había llevado al Rey de Reyes y Señor de Señores.
Finalmente, un tiempo después alguien vino y tomó al tercer árbol convertido en tablas. Fue cargado por las calles al mismo tiempo que la gente escupía, insultaba y golpeaba al Hombre que lo cargaba. Se detuvieron en una pequeña colina y el Hombre fue clavado al árbol y levantado para morir en la cima de la colina. Cuando llegó el domingo, el tercer árbol se dio cuenta que él fue lo suficientemente fuerte para permanecer erguido en la cima de la colina, y estar tan cerca de Dios como nunca, porque Jesús había sido crucificado en él.
viernes, 20 de febrero de 2026
Oración a Jesús Eucaristía
Monseñor Carlo María Martini
Jesús, hoy estoy a tus pies,
tengo la dicha de estar ante ti
que estás en la Eucaristía,
Tendría ganas de contarte mis méritos,
pero prefiero reconocer ante Ti,
que tengo errores y pecados.
Señor, no soy siempre como querría ser,
no siempre rezo contento,
a menudo me vencen las distracciones.
Señor, con frecuencia me molesto con mis compañeros,
tengo resentimientos, me irrito,
y expreso mi ira con palabras y gestos.
Señor,
innumerables veces no dejo el primer puesto a los otros,
me pongo yo en el primer lugar,
convencido de que me pertenece.
Señor, ilumina mi vida.
Hazme entender quién soy verdaderamente,
entra en mí como luz,
que ilumina, purifica y alienta,
haz que me deje conocer por ti hasta el fondo.
Señor, quisiera poderte gritar,
que te acuerdes de mí a la hora de mi muerte,
confío en ti…. Amén
El envío de ropa usada
Que me quiten lo bailao·
Publiqué un anuncio: regalo ropa para una niña de dos a tres años. Al poco tiempo me escribió una mujer desconocida. Sus palabras eran casi avergonzadas. Me contó que estaba pasando por un momento muy difícil, que su pequeña tenía muy poca ropa, y me preguntó con cuidado si podría enviarla por correo.
Mi primera reacción fue brusca. «¿Y yo? Yo también tengo mis propios problemas.»
Pero enseguida apareció otro pensamiento: «¿Y si está diciendo la verdad?»
Tomé una caja. Coloqué dentro vestidos, medias, una chaqueta abrigada y un pequeño abrigo. Hice fila en la oficina de correos. Pagué cinco euros por el envío. No era una gran cantidad, pero ese día la sentí. Después regresé a mi rutina y con el tiempo olvidé todo.
Pasó un año. Un día recibí un paquete. Una caja ligera con un nombre que me resultaba familiar. La abrí con cuidado. Dentro no había ropa ni regalos caros. Había dibujos infantiles llenos de color, flores silvestres secas y varios frascos de mermelada casera. Encima, una carta.
«No sé si me recuerda. Hace un año envió ropa para mi hija. Fue la primera ayuda que recibí de una persona desconocida. Vivíamos en una casa fría. Cuando llegó su paquete, mi niña se probó cada prenda y reía frente al espejo. Ahora estamos un poco mejor. He encontrado trabajo y mi esposo regresó. Queremos devolverle una parte de la dulzura que nos regaló. Los dibujos son de mi hija. Las flores las recogimos juntas. Y la mermelada… para un día lluvioso, cuando beba té y piense en nosotras.»
Leí esa carta varias veces. Recordé lo cansada que estaba el día que preparé la caja. Lo cerca que estuve de ignorar su mensaje. Y pensé: qué bueno que no lo hice.
Los dibujos estaban llenos de sol. Una casita torcida bajo un cielo enorme. Una niña con vestido verde. Un árbol cubierto de manzanas, coloreadas con tanto cuidado que el lápiz casi perforó el papel.
Solo le escribí: «He recibido el paquete. Gracias.»
Me respondió de inmediato: «¡Qué alegría! Mi hija saltó de felicidad cuando le dije que lo había recibido.»
Y así comenzó todo. De vez en cuando nos escribíamos. Me hablaba de los días difíciles y de pequeñas victorias. Trabajaba en una farmacia. Su esposo era camionero de larga distancia. La niña empezó el jardín de infancia. Nunca se quejaba directamente, pero entre líneas se percibía el cansancio.
Un día descubrí que vivíamos cerca la una de la otra. Le propuse encontrarnos para tomar un café. Aceptó. La puerta de la cafetería se abrió. Una mujer delgada, con el cabello recogido y un bolso algo gastado al hombro. A su lado, una niña con vestido rosa y ojos enormes.
— ¿Eres tú?
— Sí.
Nos abrazamos como si nos conociéramos desde hace años. La pequeña me entregó un peluche.
— Es para ti.
En ese instante comprendí que existen lazos que nacen de un gesto pequeño y se convierten en algo infinito.
Hasta hoy seguimos en contacto. Intercambiamos libros, mermelada, pensamientos. Y cada vez que miro esas flores secas y los dibujos, recuerdo una cosa: Nunca sabemos qué vida tocamos cuando elegimos la bondad y la generosidad. A veces basta una sola caja con ropa usada para cambiar dos destinos.
miércoles, 18 de febrero de 2026
Oración para el Miércoles de Ceniza
Señor Jesús:
Como tu pueblo elegido recibimos la ceniza
como señal de arrepentimiento, dolor y penitencia,
concédenos que al recibirla hoy en el inicio de la Cuaresma,
exprese nuestro deseo de conversión,
nuestro compromiso para apartarnos del pecado,
reconciliarnos contigo y crecer en la fe, esperanza y amor,
a través de los caminos que ofrece la Iglesia:
"oración", para dialogar a diario contigo, nuestro amigo,
"caridad," para estar atentos a los otros y ayudarlos en su necesidad,
"ayuno y abstinencia" para aprender a dominarnos
y a privarnos de bienes para compartirlos con los demás.
Que en nuestro camino cuaresmal tu Palabra sea nuestra luz,
y la Eucaristía el alimento que fortalezca nuestro corazón
para acompañarte hasta la cruz
y llegar a la Pascua para celebrar contigo la Resurrección.
El sucesor del rey
En una aldea lejana, un joven huérfano leyó el anuncio real. Su abuelo, que lo conocía bien, no dudó en animarlo a presentarse, pues sabía que cumplía los requisitos, pues amaba a Dios y a todos en la aldea. Pero era tan pobre que no contaba con vestimentas dignas, ni con dinero para las provisiones de tan largo viaje.
Su abuelo lo animó a trabajar y el joven así lo hizo. Ahorró al máximo sus gastos y cuando tuvo una cantidad suficiente, vendió sus escasas pertenencias, compró ropas finas, algunas joyas y emprendió el viaje. Al final del viaje, casi sin dinero, se le acercó un pobre limosnero. Tiritando de frío, vestido de harapos, imploraba:
“Estoy hambriento y tengo frío, por favor ayúdeme...”
El joven, conmovido, de inmediato se deshizo de sus ropas nuevas y abrigadas y se puso los harapos del limosnero. Sin pensarlo dos veces le dio también parte de las provisiones que llevaba.
Cruzando los umbrales de la ciudad, una mujer con dos niños sucios, le suplicó:
“¡Mis niños tienen hambre y yo no tengo trabajo!”
Sin pensarlo dos veces, le dio su anillo y su cadena de oro, junto con el resto de las provisiones.
Entonces, en forma titubeante, llegó al castillo vestido con harapos y sin provisiones para el regreso. Un asistente del Rey lo llevó a un grande y lujoso salón donde estaba el rey. Cuál no sería su sorpresa cuando alzó los ojos y se encontró con los del Rey. Atónito dijo:
“¡Usted... usted! ¡Usted es el limosnero que estaba a la vera del camino!”
En ese instante entró una criada y dos niños trayéndole agua, para que se lavara y saciara su sed. Su sorpresa fue también mayúscula:
“¡Ustedes también! ¡Ustedes estaban en la puerta de la ciudad!”
El Soberano sonriendo dijo: “Sí, yo era ese limosnero, y mi criada y sus niños también estuvieron allí”.
El joven tartamudeó:
“Pero... pe... pero... ¡usted es el Rey! ¿Por qué me hizo eso?”
El monarca contestó: “Porque necesitaba descubrir si tus intenciones eran auténticas frente a tu amor a Dios y a tu prójimo. Sabía que, si me acercaba a ti como Rey, podrías fingir y no sabría realmente lo que hay en tu corazón. Como limosnero, no sólo descubrí que de verdad amas a Dios y a tu prójimo, sino que eres el único en haber pasado la prueba. ¡Tú serás mi heredero! --sentenció el Rey-- ¡Tú heredaras mi reino!”.
viernes, 13 de febrero de 2026
Una semilla con tu nombre
Patxi Loidi
Tú eres, Jesús, la primera semilla del reino de Dios.
Tú eres el primer árbol, la primera levadura.
El reino de Dios viene contigo.
Si tengo fe, yo también seré reino de Dios.
Y creceré. Y tendré sitio para todos los que vengan.
Y fermentaré. Y haré transformarse a todos los que encuentre.
Crecerá en la oscuridad tu semilla dentro de mí, ¡con toda seguridad!
Y crecerá en mis compañeros.
Y sembraremos, todos juntos, contigo, una semilla;
una semilla con tu nombre en el campo del mundo.
Y será la tierra, por nosotros,
un poco más que antes, el reino de Dios.
El Espejo
Anónimo japonés
Un joven samurái vivía junto a su esposa e hija en una casa muy humilde, de una manera sobria y sin lujos. La mujer era tímida, no muy sociable y de pocas palabras.
Un día ese samurái tuvo que ir a la ciudad a saludar al rey y pasó por un mercado y con alguno de sus ahorros compró dos regalos: una muñeca para su hija y un espejito de mano para su amada mujer. Ella nunca había tenido uno.
Tremenda fue su sorpresa cuando se vio en el espejo. No sabía lo que era y extrañada le preguntó a su marido:
— Y esta mujer tan linda ¿quién es?
—¿Cómo qué quién es? ¡Eres tú! ¡Es tu reflejo! La mujer avergonzada por su ignorancia, escondió el espejo en un cajón de un ropero y decidió dejarlo allí para que no se rompiera. Era un regalo delicado lleno de amor de su marido.
Pasaron los años, un día la mujer enfermó gravemente y llamó a su hija para despedirse antes de su muerte. Le dijo:
— Cuando muera quiero que saques un objeto del cajón del ropero. Al mirarte en él, ¡me verás!
La mujer murió. La hija, recordando sus palabras, sacó el espejo del cajón, y al mirarse, vio a una mujer joven y muy linda, que se reía con ella… Todos los días miraba el espejo, y le dedicaba bellas y tiernas palabras. Un día, su padre la descubrió hablando con el espejo:
— ¿Qué haces, hija mía? -le preguntó su padre.
– Mira papá… ¡Es la mamá! Sonríe cuando yo sonrío. Está aquí con nosotros. Está muy linda y sigue joven…
miércoles, 11 de febrero de 2026
¡Dios te ama siempre!
Dios te ama,
aunque a veces te sientas lejos, aunque dudes,
aunque el corazón se canse de esperar respuestas.
Eres su ovejita,
no porque seas débil, sino porque eres valiosa.
Porque, incluso cuando te alejas del camino,
Él no deja de buscarte,
no se olvida de tu nombre, no se cansa de llamarte.
Hay días en los que te sientes sola,
incomprendida, pequeña frente al mundo.
Pero en lo invisible, en lo que no se ve,
hay un amor que no te abandona,
unos brazos que no se cierran,
una voz que te guía en silencio.
Dios no te ama solo cuando eres fuerte,
te ama también cuando lloras,
cuando dudas, cuando te sientes perdida.
Porque una ovejita puede extraviarse,
pero nunca deja de ser amada.
Y aunque no lo entiendas ahora,
cada paso que das, cada caída, cada lágrima,
Él la convierte en camino.
Pablo y su gato
Braedon Smith
Me llamo Pablo. Y todo empezó el martes antes de Navidad. Yo estaba en mi sillón, con el móvil en la mano, mirando el chat familiar como si, entre dos emojis, fuera a aparecer por fin un “voy para allá”.
“Lo siento, papá”, escribió mi hijo Álvaro. “Estamos con los suegros por las fiestas. Hablamos el 24, ¿vale?” Unos segundos después, mi hija Claudia: “Papá, voy desbordada. Imposible escaparme. ¿Después de Navidad?”
Apagué la pantalla y miré la silla de enfrente.
No estaba realmente vacía. Allí estaba Pino, un gato de cuatro años. Un nubarrón pelirrojo, enorme, con esa dignidad tranquila que te hace pensar que él pone las normas de la casa. Se sentó con las patas bien colocadas y me miró con sus ojos color ámbar como si entendiera todo: la decepción, la soledad, ese sabor amargo que uno se traga sin hacer ruido.
— Bueno… pues seremos dos -murmuré.
Pino ni parpadeó. Soltó un trino corto, su manera de decir: estoy aquí.
Dos noches después me desperté con la garganta seca. Solo quería un vaso de agua. No encendí la luz. Conozco este piso desde hace quince años.
Pero no vi el agua. Una fuga junto al radiador. El talón resbaló. Las piernas se me fueron. Caí sobre la cadera derecha con un crujido grande.
El dolor me cortó el aire: seco, cegador. Intenté incorporarme, pero el cuerpo no me obedecía. Me agarré al suelo como si pudiera pegarme otra vez, como si eso fuera suficiente.
— ¡Ayuda…! -me salió apenas.
Las paredes son gruesas. Y la mayoría de la gente duerme. El móvil estaba en la mesilla, en el dormitorio. Tres metros. Una distancia imposible.
El frío me entró en los huesos. Empecé a temblar, y luego a temblar demasiado fuerte, y ese temblor dolía casi tanto como la cadera. Sentía la cabeza irse, volver, irse… como una lámpara que parpadea.
Pensé en mis hijos. Me dije que solo se preocuparían si yo no contestaba el 24. Y aun así… lo achacarían al cansancio, a “cosas de la edad”, a un viejo que “estará durmiendo”.
Entonces noté un peso sobre el pecho: mi gato Pino. Se subió sobre mí sin dudarlo. Pegó todo su cuerpo caliente contra el mío, pesado, firme, y me acercó la cola al cuello, como si me pusiera una bufanda.
Y empezó a ronronear. Un ronroneo profundo, vibrante. Un motor. Una presencia. Me estaba dando calor. Como si hubiera entendido que, el frío era intenso.
No sé cuánto tiempo estuve así. Cuando recuperé un poco de conciencia estaba amaneciendo. Tenía los labios secos. Los pensamientos, espesos.
Pino se incorporó de golpe. Me olfateó la nariz. Y en su mirada había algo inquieto. Saltó al suelo. Oí sus patas correr, rápidas, decididas. Hacia la puerta de entrada. Y soltó un grito que no le había oído jamás.
No fue un maullido. Fue un aullido ronco, profundo, casi huma no. Se lanzó contra la puerta con todo su peso, arañó abajo, volvió a hacerlo. Golpe. Uñas. Aullido. Una y otra vez. Otra vez.
— Estuve a punto de ignorarlo -me contó Isabel, la vecina de enfrente-. Piensas… “un gato hace ruido”.
Pero se detuvo, ¿por qué grita Pino? Era como si pidiera auxilio.
Isabel llamó a mi puerta. Primero suave. Luego más fuerte.
— ¿Don Pablo? ¿Todo bien?
Pino oyó su voz y redobló los golpes. Arañaba justo en la parte baja, como diciendo: es aquí, es aquí.
Isabel llamó a emergencias. Fue a buscar las llaves para poder abrir. Pino no salió corriendo. Echó a correr por el pasillo, hacia mí, y se plantó junto a mi, vigilante.
En urgencias la enfermera Rojas, me habló con esa dulzura firme que no se olvida.
— Don Pablo, hay que estabilizar la cadera. Luego habrá que organizar ayuda para cuando vuelva a casa. ¿Podemos llamar a algún familiar?
Cogí el móvil. Me temblaban los dedos. Llamé a Álvaro. Buzón. Llamé a Claudia. Contestó sin aliento.
— ¿Papá? No puedo hablar mucho, entro a una reunión… ¿qué pasa?
— Me… me he caído. Estoy en el hospital.
Un silencio. Y luego:
— Dios mío… ¿estás bien?
— No mucho.
— Dime en qué hospital estás -dijo rápido-. Llamo a Álvaro. Pero hoy no puedo ir. Te llamo en cuanto pueda. Un beso.
Y colgó. Bajé el móvil. La señora Rojas me miró con esa comprensión que duele más que la pena.
— No hay nadie -susurré.
— Sí hay -dijo una voz desde la puerta-. Estoy yo.
Isabel estaba allí, todavía con la ropa del trabajo, un vaso de café en la mano. Había seguido a la ambulancia. Había esperado.
— Soy su vecina -dijo-. Tengo copia de sus llaves. Me ocupo del gato cuando él se va. Puedo ayudar a organizar la vuelta a casa.
Más tarde mi hijo devolvió la llamada. Hablaba alto, como si yo estuviera lejos.
— Papá, dicen que estás bien. Menos mal. Pero hay que pensar… tu piso es peligroso. Y, sinceramente, un gato puede ser un riesgo. Podríamos llevarlo a casa de alguien, mientras te recuperas. ¿No te caíste por culpa de él?
Quise responder. Isabel lo hizo por mí, solo con una frialdad limpia.
— Hola, Álvaro. Soy Isabel, la vecina. Su padre no se cayó por el gato. Resbaló por agua. Y durante seis horas Pino se quedó encima de él para darle calor. Después aulló hasta que yo abrí. Aún tiene la voz rota.
Silencio.
— Si tiene que preocuparse -añadió Isabel-, no es por el gato.
Y colgó.
Dos días después, Isabel me llevó de vuelta a casa. El trayecto hasta la puerta fue una aventura con el andador. Y cuando abrió, vi un relámpago rojizo. Pino.
No se me echó encima. Me rodeó despacio, me rozó la mejilla contra una rueda de plástico, como comprobando que no me dolía. Soltó un sonido pequeño y áspero: la voz todavía no le había vuelto.
Me dejé caer en el sillón, agotado. Isabel puso agua a calentar, ordenó mis papeles, alineó mis pastillas como si fuera lo más normal del mundo. Pino se subió a la mesita y luego al brazo del sillón. Me apoyó una pata sobre la mano. No pedía nada. Solo comprobaba que yo estaba allí.
El móvil vibró. Un mensaje de Claudia: “Te mandamos flores. Perdón por no poder ir.”
Miré a Isabel, que unos días antes no era nadie para mí. Miré a Pino, que se dejó la voz para que yo no perdiera la mía.
Y ese día entendí algo sencillo y terrible: Uno cree que la familia es automática. Por la sangre. Por la costumbre. Por las fechas. Pero el amor no es quien promete cuando la mesa está llena. El amor es quien se queda cuando estás roto sobre el suelo frío. A veces, el corazón más fiel de tu vida no lleva tu apellido. No habla tu idioma. Camina sobre cuatro patas. Y aúlla hasta que la puerta se abre.
domingo, 8 de febrero de 2026
Tiene sólo nuestras manos
Jesús, no tienes manos.
Tienes sólo nuestras manos
para construir un mundo donde reine la justicia.
Jesús, no tienes pies.
Tienes sólo nuestros pies
para poner en marcha la libertad y el amor.
Jesús, no tienes labios.
Tienes sólo nuestros labios
para anunciar al mundo la Buena Noticia de los pobres.
Jesús, no tienes medios.
Tienes sólo nuestra acción
para lograr que todos seamos hermanos.
Jesús, nosotros somos tu Evangelio,
el único Evangelio que la gente puede leer,
si nuestras vidas son obras y palabras eficaces.
Jesús, danos tu amor y tu fuerza
para proseguir tu causa
y darte a conocer a todos cuantos podamos.
El sacerdote que fracasó
Después de 15 minutos de retraso, entraron tres niños, después de 20 minutos entraron dos jóvenes.
Así que el sacerdote decidió comenzar la Misa con las cinco personas.
Durante la Misa, entró una pareja que se sentó en los últimos bancos de la iglesia. Cuando el sacerdote proclamaba el Evangelio, entró otro señor con la ropa sucia y una cuerda en la mano.
Decepcionado y sin entender la causa de la escasa participación de los fieles, el sacerdote celebró la Misa con amor y predicó con entusiasmo y celo.
Cuando volvía a su casa fue asaltado y golpeado por dos ladrones que se llevaron su carpeta donde estaban su Biblia y otras pertenencias de valor.
Llegando a la casa parroquial, mientras se curaba las heridas, describió ese día como el día más triste de mi vida, un fracaso de mi ministerio, y el día más poco fructífero de mi carrera; pero no importa, todo lo hago con Dios y para Él.
Pasaron cinco años, el sacerdote decidió compartir esta historia con los feligreses en la iglesia. Cuando terminaba de contar la historia, una pareja destacada en esa parroquia lo detuvo y dijo:
— “Padre, la pareja de la historia que se sentó en el fondo éramos nosotros. Estábamos al borde de la separación abrumados por problemas y desacuerdos que había en nuestro hogar. Esa noche acordamos finalmente nuestro divorcio, pero primero decidimos venir a la iglesia para dejar nuestras alianzas y luego cada uno seguiría su camino. Después de escuchar su homilía olvidamos la separación esa misma noche. Como consecuencia, hoy estamos aquí con nuestro hogar y familia restaurados”.
Mientras la pareja hablaba, uno de los empresarios más exitosos que ayudaba en el sostenimiento de esa iglesia saludaba, pidiendo hablar con el sacerdote dijo:
— “Padre, soy el señor que entró medio sucio con una cuerda en la mano. Yo estaba al borde de la quiebra, perdido en las drogas, mi esposa y mis hijos se habían ido de casa a causa de mis maltratos. Esa noche traté de suicidarme, pero la cuerda se rompió, así que salí a comprar otra. Cuando me puse en camino, vi la iglesia abierta, decidí entrar aunque estaba muy sucio y con la cuerda en la mano. Esa noche, su homilía tocó mi corazón y salí de aquí con ánimo de vivir.
Hoy estoy libre de las drogas, mi familia volvió a casa y me convertí en el mayor empresario del pueblo.”
En la puerta de la entrada de la sacristía, el Diácono gritó:
— “Padre, fui uno de los ladrones que lo robaron. El otro murió esa misma noche cuando realizábamos el segundo robo. En su maletín, había una Biblia. La leí cada vez que me despertaba por la mañana. Después de tanto leer, decidí venir a esta iglesia.”
El Padre se quedó paralizado y empezó a llorar junto con los fieles. Después de todo, esa noche que consideraba como una noche de fracaso fue una noche llena de frutos y de vida.
Moraleja - Ejerce tu trabajo, tu misión con dedicación y celo independiente del número de participantes. Da lo mejor de ti todos los días, porque cada día eres un instrumento del bien para la vida de alguien. En los peores días de tu vida todavía puedes ser una bendición en la vida de alguien.
jueves, 5 de febrero de 2026
Bienaventurados
Álvaro Lobo, sj
Bienaventurados los jóvenes
porque pueden imaginar un futuro mejor.
Bienaventurados los novios,
Porque puedan vivir desde el amor.
Bienaventurados los padres,
porque pueden cuidar al estilo de Dios.
Bienaventurados los que entregan la vida por otros,
Porque Dios se lo paga a su manera.
Bienaventurados los que sufren,
Porque Dios les sostiene en sus manos.
Bienaventurados los atrapados por la rutina,
Porque algún día encontrarán sentido.
Bienaventurados los que encuentran su vocación,
Porque Dios les guiará desde lo escondido.
Bienaventurados los que sufren hambre, violencia e injusticias,
Porque son, sencillamente, los preferidos de Dios.
Una taza de té
Anónimo japonés
Un sabio japonés, conocido por sus doctrinas, recibió la visita de un profesor
universitario que había ido a verlo para preguntarle sobre su pensamiento. El
profesor tenía fama entre sus alumnos de ser orgulloso, soberbio y petulante.
No aceptaba las sugerencias de los demás, creyéndose siempre en posesión de la
verdad.
El sabio quiso enseñarle algo. Para ello comenzó por servirle una taza de té.
Empezó echando el té poco a poco. La taza se llenó. El sabio aparentando no
darse cuenta de que la taza estaba ya llena, siguió echando té y más té. Hasta
que la taza rebosó y comenzó a manchar el mantel. El sabio mantenía su
expresión serena y sonriente.
El profesor miró desbordarse el té y sin contenerse le dijo al anciano:
— “¡Está llena, no cabe más maestro!”
El sabio imperturbable y sin inmutarse, le dijo:
— Tú también estás lleno de tu cultura, de tus opiniones y conjeturas eruditas
y completas, igual como le ocurre a esta taza. ¿Cómo puedo hablarte de
sabiduría, que sólo es comprensible a los ánimos sencillos abiertos, si antes
no vacías tu taza?
El profesor comprendió la lección y desde aquel día se esforzó en escuchar las
opiniones de los demás.
martes, 3 de febrero de 2026
Perdóname, Dios
Me gustó mucho·
Perdóname, Dios,
por los días en que no te busco,
por las veces que me distraigo con el ruido del mundo
y olvido hablar contigo en silencio.
Perdóname por creerme fuerte
cuando en realidad soy frágil, por caminar confiado
cuando en el fondo voy temblando.
Perdóname por acordarme de Ti
solo cuando el peso se vuelve insoportable,
cuando el alma se cansa y las fuerzas ya no alcanzan.
Aun así, Tú sabes la verdad: yo siempre te necesito,
en los días buenos y en los oscuros,
en las sonrisas y en las lágrimas.
Te necesito cuando no entiendo,
cuando no hay respuestas,
cuando el corazón se llena de dudas
y la fe parece pequeña.
Te necesito cuando el miedo me visita de noche,
cuando el cansancio me apaga la esperanza
y siento que ya no puedo más.
A veces me alejo,
no porque no crea en Ti, sino porque me duele,
porque no sé cómo rezar
cuando las palabras no salen
y el alma solo sabe llorar.
Pero incluso en ese silencio,
sé que Tú me escuchas.
Gracias por no soltarme
cuando yo me suelto,
por buscarme cuando me pierdo,
por esperarme sin reproches,
con los brazos abiertos y el amor intacto.
Hoy vuelvo a Ti, Dios,
con el corazón cansado pero sincero.
No prometo ser perfecto, solo permanecer.
Porque aunque a veces no te busque,
aunque a veces me distraiga,
mi alma sabe una cosa con certeza:
sin Ti, nada me sostiene.
Sombreros
Anónimo japonés
Una pareja de ancianos pobres estaba
muy triste. Era víspera de año nuevo, nevaba fuertemente y no tenían qué comer.
La anciana le entregó a su marido unos adornos para el pelo que había fabricado
para que los vendiera y a así poder comprar comida.
El anciano partió al mercado a venderlos. En el camino se encontró con tres
estatuas de piedra. Se detuvo y les dijo:
- "¿Tienen frio, no?" Y comenzó a quitarles la nieve que tenían en
las cabezas.
Estuvo horas en el mercado tratando de vender los adornos. Pero no vendió
ninguno. Al rato se le acercó un hombre y le dijo:
-“Ha sido un mal día para las ventas. Yo tampoco vendí nada. Te propongo un
trueque: te cambio esos tres sombreros por tus adornos.
El anciano estuvo de acuerdo y se marchó de vuelta a su casa.
Al pasar por las estatuas les dijo:
- “Por favor usad estos sombreros, seguirá nevando”.
Ya en su casa y mientras le contaba a su mujer lo sucedido sintieron un gran
estruendo. Salieron a la puerta y vieron una gran cantidad de paquetes, bolsas
con comida y ropas. A lo lejos vieron a las tres estatuas de piedra. Ellas
habían traído todos esos regalos!
domingo, 1 de febrero de 2026
Felices
Fructuoso Mangas
Feliz el que sabe que Dios es su riqueza, porque ha descubierto lo mejor del mundo.
Feliz el que vive la vida con fortaleza, porque un día lo tendrá todo.
Feliz el que desea con ansia “otra cosa”, porque un día se cumplirá su esperanza.
Feliz el que tiene hambre y sed, porque un día comerá en la mesa del Rey.
Feliz el que tiene un corazón grande, porque el Padre un día lo abrazará en su Reino.
Feliz el que vive sin mal o sin mentira, porque un día podrá ver la sonrisa de Dios.
Feliz el que trabaja y vive por la paz, porque Dios mismo vive y trabaja con él.
Feliz el que corre el riesgo y sigue este Camino, porque un día alcanzará la corona de la Vida.
Cachorros para la venta
A los niños les atraen esta clase de anuncios y no pasó mucho tiempo para que uno entrara en la tienda y preguntara:
- ¿Cuál es el precio de los perritos?
- Entre 30 € y 50 €, contestó el dueño.
El niño sacó de su bolsillo unas pocas monedas:
- Sólo tengo 2.35... € ¿Puedo verlos?
El hombre sonrió y silbó. De la trastienda, salió su perra corriendo seguida por cinco cachorritos. Uno de ellos no corría como los demás. El niño inmediatamente señaló al perrito rezagado que cojeaba.
- ¿Qué le pasa a ese perrito? -preguntó.
El hombre le explicó que al nacer, el veterinario dijo que tenía la cadera defectuosa y que cojearía el resto de su vida.
El niño se entristeció mucho y exclamó:
- ¡Ese perrito es el que quiero comprar!
El hombre replicó:
- No, tú no vas a comprar ese cachorro, si realmente lo quieres, yo te lo regalo.
El niño se disgustó y, mirando directo a los ojos del hombre, le dijo:
- Yo no quiero que usted me lo regale. Él vale tanto como los otros perritos y yo le pagaré todo. Ahora, le doy los 2.35 €, y 50 céntimos cada mes, hasta que complete el pago.
El hombre contestó:
- Tienes que pensarlo antes de comprarlo porque nunca será capaz de correr, saltar y jugar como los otros.
El niño se inclinó y se levantó el pantalón para mostrar su pierna izquierda inutilizada, sostenida con un aparato metálico. Miró de nuevo al hombre y le dijo:
- Bueno, yo tampoco puedo correr muy bien y el perrito necesitará a alguien que lo entienda.
Al hombre se le hizo un nudo en la garganta y sus ojos se llenaron de lágrimas... tomó aire, sonrió y dijo:
- Hijo, sólo espero que cada uno de estos cachorritos llegue a tener un dueño como tú.
En la vida no importa quién eres, sino que alguien te aprecie, te acepte y te ame incondicionalmente. Un verdadero amigo, es aquel que llega cuando los demás te han dejado.
viernes, 30 de enero de 2026
Oración por la Paz
San Juan XXIII
Señor Jesucristo, que eres llamado Príncipe de la Paz,
que eres Tú mismo nuestra paz y reconciliación,
que a menudo dijiste: "La Paz contigo, la paz os doy."
Haz que todos hombres y mujeres den testimonio de la verdad,
de la justicia y del amor fraternal.
Destierra de nuestros corazones cualquier cosa
que pueda poner en peligro la paz.
Ilumina a nuestros gobernantes para que ellos garanticen
y puedan defender el gran regalo de la paz.
Que todas las personas de la tierra se sientan hermanos y hermanas.
Que el anhelo por la paz se haga presente
y perdure por encima de cualquier situación.
La mano del sabio
Anónimo japonés
Un hombre no sabía qué hacer con la avaricia de su mujer. Era tacaña y miserable incluso con su familia y amigos. No dejaba pasar una oportunidad para ganar o ahorrar algo.
Cansado de estas conductas fue a visitar a un viejo sabio que vivía en su aldea. Le contó su situación y juntos volvieron conversando.
Al entrar en la casa y sin una palabra. El viejo cerró su puño y lo colocó frente a la mujer. Ella asombrada le preguntó qué quería decir. El sabio le dijo:
-Imagínate que mi mano fuera siempre así. ¿Cómo la definirías?
- Deforme, enferma, contestó la mujer.
Entonces abrió su mano y le preguntó:
-“ Y si mi mano estuviera siempre extendida, ¿cómo la definirías?
La mujer contestó: -También deforme.
Si entiendes esto, eres una buena mujer y estás en el buen camino, continúa por él, concluyó el sabio.
La mujer comprendió la lección y ayudó al marido no sólo a ahorrar, sino también a ayudar y ser solidarios con los más necesitados.
jueves, 29 de enero de 2026
Viniste, Señor, como haces siempre
Jaime Foces (Rezando voy)
Viniste, Señor, como haces siempre, a llamar a mi casa.
Un día era el trabajo y me dije «Mañana abro».
Otro, el cansancio, y no te oí.
Un tercero la prisa, y me olvidé de ti.
Y de nuevo llegaste, con tu Luz, a encender mi sombra.
Te creí en el relámpago; mas no estabas allí.
Quise verte en los luceros;
pero solo eran fantasías de mis ojos.
Me sedujeron los fuegos de artificio;
sin embargo, tampoco allí morabas.
Y te encontré en el hermano,
y en la riqueza de darse entero,
y en el sabor de unas lágrimas,
y en la risa cristalina de una niña,
y en la llama temblorosa y amable de un candil.
Y, entonces, te supe, te abrí mi puerta
y me dejé llenar por tu Palabra.
La Universidad de los Jueves
Se hacen llamar “La Universidad de los Jueves”, aunque no hay matrículas ni exámenes. Solo ganas de aprender.
Todo comenzó con Mihnea Dragomir, un profesor de literatura rumana que, tras jubilarse, sintió que algo dentro de él se apagaba.
— Tenía libros, tenía tiempo… pero me faltaban ojos que brillaran cuando contaba algo.
Así que pidió permiso para usar un aula vacía una vez a la semana. Publicó un anuncio en la panadería del barrio: Clases para mayores de 65. Gratis. Sin deberes. Solo curiosidad.”
La primera vez, fueron tres personas. La segunda, siete. La tercera, veinte. Ahora, cada jueves, más de cuarenta mayores se reúnen a hablar de todo: historia, poesía, cine, tecnología, neurociencia, arte africano, evolución, inteligencia emocional. Cada clase empieza con una ronda:
— ¿Qué aprendiste esta semana fuera del aula?
Y las respuestas sorprenden:
— Aprendí a hacer videollamadas con mi nieta en Berlín.
— Descubrí que las ballenas cantan en distintos dialectos.
— Vi una película coreana sin entender nada… pero lloré igual.
Mihnea no cobra. No pasa lista. Solo ofrece una pizarra, una historia y una taza de té al final de cada sesión. Pero lo que ocurre en ese aula va más allá del saber.
— Yo vine por la cultura -dice Adela, 82 años-, pero encontré algo más urgente: pertenecer.
Muchos de ellos vivían solos. Algunos habían dejado de salir. Uno incluso confesó que llevaba años sin conversar más de cinco minutos con nadie. Ahora se mandan mensajes. Se prestan libros. Se celebran los cumpleaños. Y si alguien falta un jueves, suena el teléfono:
— ¿Estás bien? ¿Necesitas algo?
La Universidad de los Jueves no da títulos, pero entrega algo más valioso: sentido. En una sociedad que empuja a los mayores al rincón del olvido, este grupo demuestra que el hambre de aprender no envejece. Solo cambia de forma.
Hace unos meses, fueron invitados a una conferencia universitaria sobre innovación educativa. El público se quedó en silencio cuando vio entrar a aquel grupo de canas, andadores y risas lentas. Uno de los estudiantes preguntó:
— ¿Y qué innovan ustedes?
El más veterano, Pavel, de 90 años, respondió:
— Innovamos en no rendirnos. En seguir haciéndonos preguntas. ¿No es eso lo que hace un buen científico? -El auditorio aplaudió de pie.
Hoy, varios jóvenes se han sumado como oyentes. Algunos dicen que entienden mejor a sus abuelos. Otros, que por fin aprendieron a escuchar sin prisas.
Y Mihnea, el profesor que no quería dejar de enseñar, dice que ya no tiene miedo a envejecer.
— Porque ahora sé que, mientras haya un jueves, habrá un motivo para despertar con ilusión.”
domingo, 25 de enero de 2026
Cristo, alegría del mundo
resplandor de la gloria del Padre.
¡Bendita la mañana
que anuncia tu esplendor al universo!
En el día primero,
tu resurrección alegraba
el corazón del Padre.
En el día primero,
vio que todas las cosas eran buenas
porque participaban de tu gloria.
La mañana celebra
tu resurrección y se alegra
con claridad de Pascua.
Se levanta la tierra
como un joven discípulo en tu busca,
sabiendo que el sepulcro está vacío.
En la clara mañana,
tu sagrada luz se difunde
como una gracia nueva.
Que nosotros vivamos
como hijos de luz y no pequemos
contra la claridad de tu presencia.
Los caballos
- Vete con estos animales al campo y déjales comer en los pastos y beber en el río, y al atardecer vuelves a casa con ellos -dijo el padre a su hijo.
Volvió el hijo diciendo a su padre
- Papá ¡qué mala suerte tengo! se me han escapado en el campo varios caballos
- Tranquilo, no te preocupes ¡mala suerte o buena suerte no lo sabemos, confía en Dios
Al cabo de unos días, los caballos perdidos vuelven acompañados de varios caballos más...
- Papá, ¡qué buena suerte! Los caballos perdidos han traído con ellos a varios más, ya somos ricos.
- Tranquilo, ¡buena suerte o mala suerte no lo sabemos, Dios sabrá... Confía en Él!
Al aumentar el número de bestias en el patio y tener el mismo espacio, las bestias estaban más apretujadas, y el hijo al ir a echarles agua recibe una patada y se parte una pierna.
- Papá ¡qué mala suerte tengo! Ahora que todo nos iba bien me rompo la pierna....
- Tranquilo hijo ¡mala suerte o buena suerte, no lo sabemos, Dios sabrá... confía en Dios...
Al cabo de unos días, el rey manda a llamar a todos los jóvenes a filas, ya que el país acaba de entrar en guerra con sus vecinos, pero al hijo no lo llevan porque tenía la pierna rota.
- Papá ¡qué buena suerte, no me han llevado a la guerra!
- Tranquilo hijo mío ¡buena suerte o mala suerte!, no lo sabemos, Dios lo dirá, confía en Dios.
Este es un cuento que nunca termina, porque es el cuento de las cosas que nos pasan cada día, en la que tenemos que aprender a mirar los acontecimientos desde la tranquilidad y la confianza en que Dios nunca nos deja solos, sino que está siempre con nosotros en la vida de cada día.





