sábado, 24 de enero de 2026

Días turbulentos

                  José María Rodríguez Olaizola, SJ (Rezandovoy)

Es parte de la vida
que no encajen las piezas,
que se rompan los sueños.
De poco sirve empeñarnos
en domar la turbulencia de los días.
La palabra no aplaca el desconcierto.
La teoría no abarca la existencia.
La gente es compleja.
Nuestros días, inciertos.
El hombre propone, y Dios dispone,
pero a menudo el caos se impone.
También esto es ser humano.
Desesperarse, viajar sin mapas,
creer pese al estruendo del silencio,
tratar de retener entre los dedos
el agua que se escurre sin remedio,
no entender el idioma del hermano,
no saber responder a lo esperado.
Y en algún arrebato de amargura
destruir a patadas los castillos de arena.
Pero al volver la calma y la esperanza,
comenzaremos, de nuevo,
a poner contrafuertes y reforzar la alegría.

¡Compren las mejores manzanas!

Era una vendedora de manzanas. La buena mujer acudía cada mañana al mercado a vender su mercancía. Pero pasadas las horas apenas lograba vender algún kilo. Con el paso del tiempo el poco éxito de sus ventas hizo que la mujer se fuera desanimando.
Una mañana se acercó un joven a su puesto. Al verla triste y desanimada le preguntó qué le pasaba.
— “Ya ves –respondió la mujer– cada mañana acudo a este mercado a vender mis manzanas, pero cuando la tarde cae apenas he logrado vender algún kilo. Mis manzanas no deben ser buenas”.
De repente y sin que nadie se lo pidiera el joven comenzó a gritar:
— “Compren, compren las mejores manzanas de la huerta. Recién recogidas para llevarlas a su mesa... compren”.
Al sonido de los gritos se fueron formando corros de personas alrededor de la vendedora y muchas personas pedían ansiosamente algunos kilos de manzanas. Al cabo de pocas horas la mujer había vendido toda su mercancía.
— “¿Cómo lo has hecho? –preguntó la mujer– Durante muchas semanas he acudido a este mercado y no he logrado vender mi mercancía y tú en solo un par de horas has logrado vender más de lo que yo he vendido a lo largo de todo ese tiempo”.
— “Ha sido muy fácil” –respondió el joven– tus manzanas eran muy buenas, pero ni tu ni ellos lo sabían. Alguien tenía que decírselo.

viernes, 23 de enero de 2026

Gente a la que dejas entrar

             José María Rodríguez Olaizola sj

Hay gente a la que ves en terreno neutral.
En la terraza del bar. En la puerta de un comercio.
Al salir de misa. En el puesto de trabajo.
Dando un paseo. En una red de fragmentos.
Conversas, opinas, conoces, criticas,
saludas con prisa, compartes recetas,
hablas del deporte, la serie de moda,
la última tendencia, la crisis política,
los altos impuestos dices naderías,
que hace mucho frío o que estás cansado.
Pero hay gente a la que abres la puerta
y dejas entrar en tu hogar o en tu vida.
Con ellos puedes andar en zapatillas,
cuentas tu historia, escuchas la suya,
te ríes del ego, muestras las heridas,
compartes tormentas y ofreces refugio.
Su dolor te duele. Su dicha te llena.
Te haces vulnerable al darles cabida.
Hay quien a Dios lo deja en la calle.
Y quien le da acceso hasta el centro de la vida.
La armonía de dos templos
donde el hombre vuelve a ser hombre.

La importancia del ‘tuteo’

¿Saben la diferencia que existe entre «tú y usted»? Este ejemplo ilustra muy bien la diferencia:
El director general de un banco estaba preocupado por un joven director ‘estrella’ que, después de un período de trabajar junto a él sin parar nunca ni para almorzar, empieza a ausentarse al mediodía.
Entonces, el director general llama a un detective privado del banco y le dice:
— Siga a López una semana entera, no vaya a ser que ande en algo oscuro.
El detective cumple con el cometido, vuelve e informa:
— "López sale normalmente al mediodía, toma su coche, va a su casa a almorzar, luego se acuesta con su esposa, se fuma uno de sus excelentes habanos y regresa a trabajar".
— ¡Ah, bueno!, menos mal que no hay nada malo en todo eso -responde el director.
Luego, el detective pregunta:
— ¿Puedo tutearlo, señor?
Sorprendido, el director responde:
— Sí, ¡cómo no!
El detective vuelve a decir:
— Te repito: "López sale normalmente al mediodía, toma tu coche, va a tu casa a almorzar, se acuesta con tu esposa, se fuma uno de tus excelentes habanos y regresa a trabajar".
¡VIVA LA GRAMÁTICA!

martes, 20 de enero de 2026

En toda ocasión… reza

          Me gustó mucho

Cuando vayas a salir, reza.
No para que nada pase,
sino para tener paz si algo pasa.
Cuando vayas a comer, da gracias.
Aunque sea poco,
aunque no sea lo que esperabas.
La gratitud transforma lo sencillo en bendición
y lo cotidiano en milagro.
Cuando estés a punto de tomar una decisión,
ponla en las manos de Dios.
No siempre para que cambie el camino,
sino para que fortalezca tu corazón al recorrerlo.
Porque hay elecciones
que no se entienden en el momento,
pero se agradecen con el tiempo.
La oración no necesita palabras bonitas
ni discursos largos.
A veces basta un susurro, una lágrima,
un “ayúdame” dicho con fe.
Dios entiende el idioma del alma
cuando ya no sabemos qué decir.
Orar es confiar cuando el miedo aprieta,
es descansar cuando la carga pesa,
es creer cuando todo parece incierto.
La oración puede ser sencilla,
pero jamás deja de ser poderosa
si nace del corazón
y se sostiene en la fe.
Si lo crees…

Alek y su perro Leo

             Pilar Sánchez Sánchez·

Puede entrar usted, dijo el trabajador del refugio, sin levantar la vista. Hay una cama libre, comida caliente y agua para asearse. Pero… el perro no puede pasar. No fue una voz hostil. Fue burocrática. Una de esas voces que aprendieron a separar la compasión del reglamento.
Alek miró a su perro. Luego al trabajador. Luego otra vez a su perro.
— Entonces no, gracias.
— El trabajador lo miró por fin. Confundido. ¿Cómo que no?
— Si él no entra, yo tampoco.
Esa noche llovió. Otra vez. El cartón se deshizo bajo su espalda, pero Leo, el pastor mestizo de ojos tranquilos, no se movió de su lado. Su hocico apoyado sobre su muslo. Su respiración rítmica. Habían pasado juntos cuatro inviernos. Uno peor que otro. Y en todo ese tiempo, Leo nunca lo dejó. Cuando Alek tenía hambre, Leo lo acompañaba en el silencio. Cuando lo echaban de una esquina, Leo ladraba, como si el mundo pudiera entender su protesta. Y cuando Alek lloraba, esas veces en que la culpa le volvía como un boomerang, Leo simplemente se acercaba y le lamía la mano.
— No eres solo un perro, le decía. Eres el único que no me dejó cuando toqué fondo.
Vivían cerca de la estación vieja. En un rincón donde el viento tardaba más en encontrarles. No pedían nada. Solo que los dejaran juntos. Una tarde, alguien tomó una foto. Captó el momento exacto en que Alek abrigaba a Leo con su única manta. La subió a sus redes con una frase: “Algunas lealtades no se negocian. Ni siquiera por una cama caliente.”
La imagen se expandió por las redes sociales. Días después, una furgoneta blanca se detuvo junto a ellos. Una mujer se bajó, abrigada, con una sonrisa que no forzaba nada.
— ¿Usted es Alek?
— Depende quién pregunte.
— Trabajo en la Fundación Raíces. Vimos su historia. Tenemos un sitio para usted… y para él, dijo, señalando a Leo.
Él no respondió enseguida. Se agachó y miró a su perro.
— ¿Oíste eso, Leo? Esta vez sí podemos entrar los dos.
Aceptó porque, por primera vez, alguien entendió que venían en paquete. El refugio no era lujoso. Pero tenía una puerta que se cerraba sin echarles fuera. Una taza de té caliente. Y una colchoneta junto a la cama, donde Leo se hizo un ovillo, como siempre.
Alek empezó a hablar poco a poco. A recordar su historia. A perdonarse errores. A dejar de esconderse tras la culpa. Los voluntarios le dieron ropa limpia, una libreta, y algo más importante: tiempo. Tiempo para pensar sin correr. Para llorar sin ser mirado. Para sanar sin ser juzgado.
Leo seguía allí. Siempre. Hasta que una noche, mientras lo acariciaba, Alek susurró:
— No sé si yo te salvé a ti, o tú a mí.
Leo levantó la cabeza. Y por primera vez en años, Alek creyó ver una respuesta en los ojos de un animal. Una que decía: “No importa quién salvó a quién. Lo importante es que nunca nos separamos.” Y esa fue la primera noche que durmió sin miedo.

domingo, 18 de enero de 2026

"Reenamórame" otra vez

              Fermín Negre

Mírame a los ojos, Señor,
como aquella vez primera.
Aunque llevo unos años contigo,
ven y renuévame desde las raíces
porque se me ha enfriado la fe,
he pactado con otros dioses,
he caminado otros caminos,
me he acomodado en una vida burguesa.
Me falta el entusiasmo del comienzo.
Llámame de nuevo, refresca mi andar,
que se me ha ido apagando el amor primero,
que se me ha vuelto duro el corazón,
que me he vuelto insensible
al dolor y pobreza de mis hermanos.
Soy yo quien anda enfermo y desanimado,
enredado y cabizbajo, sin pasión ni chispa.
Tengo nostalgia de aquellos días de antaño
en que nada importaba excepto tú y tus cosas.
Estabas en todo. Eras mi Todo.
Por eso, acércate, Señor, y con tu mirada,
conquístame, reenamórame otra vez
para que tú vuelvas a ser mi Dios y mi Todo.

La leyenda del ave fénix

Hace mucho tiempo, en un valle lleno de montañas doradas, vivía el ave fénix. Sus plumas brillaban como el amanecer y su canto llenaba de esperanza a quienes lo escuchaban. Los niños soñaban al verlo volar y los padres lo señalaban como símbolo de fortaleza y amor.
El fénix sabía que su misión era enseñar a no rendirse. Cuando el cansancio llegaba, descansaba en su nido de ramas aromáticas y contaba historias a los animales más pequeños. Les decía que cada error es una lección y cada caída, una oportunidad para aprender.
Un día, el valle atravesó tiempos difíciles. Los árboles se secaron y muchos perdieron la esperanza. Entonces, el ave fénix se elevó alto y, con valentía, se dejó envolver por el fuego. Todos miraron en silencio, creyendo que era su final.
De las cenizas nació un nuevo fénix, más brillante y fuerte. Su regreso llenó el valle de alegría y fe. Los padres abrazaron a sus hijos y comprendieron que siempre se puede empezar de nuevo, incluso después de los momentos más duros.
Desde entonces, la leyenda del ave fénix se cuenta cada noche. Enseña a las familias que, con amor y perseverancia, los corazones también pueden renacer

Moraleja: Aunque la vida tenga momentos difíciles, siempre podemos levantarnos, aprender y renacer con más fuerza y esperanza