viernes, 9 de enero de 2026

Entra, Señor

           Antonio Ordóñez, sj (Rezandovoy)

Entra, Señor, y derrumba mis murallas,
que en mi ciudadela sitiada
entren mis hermanos,
mis amigos, mis enemigos.
Que entren todos, Señor de la vida,
que coman de mis silos,
que beban de mis aljibes,
que pasten en mis campos.
Que se hagan cargo, mi Dios, de mi gobierno.
Que pueda darles todo,
que icen tu bandera en mis almenas,
hagan leña mis lanzas
y las conviertan en podaderas.
Que entren, Señor,
en mi viña, que es tu viña.
Que corten racimos,
y mojen tu pan en mi aceite.
Y saciados de todo tu amor,
por mi amor, vuelvan a ti para servirte.
Entra, Señor, y rompe mis murallas.

Ocho mentiras que me dijo mi mama

Esta historia empezó cuando yo era niño. Nací en una familia humilde, donde muchas veces no llegaba la comida para quitar el hambre. Durante las comidas, mi mamá me daba su propia porción de arroz. Al pasarla a mi plato, siempre decía:
— Come, mi hijo. Yo no tengo hambre.
Esa fue la primera mentira de mi mamá.
Cuando fui creciendo, mi mamá -fuerte como pocas- pasaba su tiempo libre pescando para poder alimentarme. Me preparaba caldo de pescado recién hecho y, mientras yo comía, se sentaba a mi lado y escogía en silencio los pedacitos de carne que quedaban en los huesos que yo ya había terminado.
Yo, conmovido, le ofrecía mi segunda porción, pero siempre se negaba:
— Come, mi hijo. A mí casi no me gusta el pescado.
Esa fue la segunda mentira de mi mamá.
Cuando estaba en la ESO, mi mamá buscó un trabajo extra: montaba cajas de cerillas para ayudar a pagar mis estudios. Una noche me desperté y vi que seguía trabajando a la luz de una vela. Le dije:
— Mamá, vete a la cama ya. Es tarde y mañana tienes que ir a trabajar.
Ella sonrió y contestó:
— Duerme tú, mi amor. Yo no estoy cansada.
Esa fue la tercera mentira de mi mamá.
Llegó el último semestre. Mi mamá pidió permiso en el trabajo para estar conmigo. Pasaba horas bajo el sol esperando a que saliera de mis exámenes. Cuando por fin salía, me daba un vaso de té que llevaba en un termo. Viendo que estaba empapada de sudor, quise dárselo a ella, pero lo rechazó:
— Tómalo tú, mi hijo. Yo no tengo sed.
Esa fue la cuarta mentira de mi mamá.
Cuando mi papá murió, ella tuvo que mantenernos sola. La vida se volvió más dura, más pesada. Aun así, Dios puso en nuestro camino a un viejito bueno que de vez en cuando nos echaba una mano. Los vecinos le aconsejaban a mi mamá que se casara de nuevo, pero ella siempre decía:
— Yo no necesito amor.
Esa fue la quinta mentira de mi mamá.
Cuando terminé la universidad y encontré trabajo, pensé que por fin mi mamá podría descansar. Pero ella no quiso. Todos los días iba al mercado a vender verduras para mantenerse por sí misma. Yo trabajaba en otra ciudad y le mandaba dinero cada mes, pero nunca lo aceptaba. A veces hasta lo devolvía, diciendo:
— Tengo suficiente, hijo.
Esa fue la sexta mentira de mi mamá.
Gracias a mi título, conseguí una beca para estudiar un ‘Master’ y después un empleo en la misma empresa. Planeé llevarme a mi mamá a vivir conmigo, para que pudiera disfrutar la vida a mi lado. Pero ella no quería “ser una carga”.
— No estoy acostumbrada a ese tipo de vida, hijo -me dijo.
Esa fue la séptima mentira de mi mamá.
En sus últimos años, mi mamá enfermó gravemente y la ingresaron en el hospital. Crucé el océano para estar con ella. La encontré débil, agotada después de una cirugía, su cuerpo frágil mostrando todo lo que había soportado. Intentó sonreír, pero hasta eso le costaba. Al verla así, no pude contener las lágrimas.
Y entonces, reuniendo las últimas fuerzas que le quedaban, murmuró:
— No llores, mi amor. No me duele nada.
Esa fue la octava y última mentira de mi mamá.
Después de decir su última mentira, mi querida mamá cerró los ojos para siempre, dejando un silencio más profundo que cualquier palabra.
Ese día entendí que los mayores actos de amor se esconden en los sacrificios diarios. Que debemos valorar las batallas silenciosas de quienes nos aman porque en ellas vive la verdadera esencia del amor.

miércoles, 7 de enero de 2026

En el centro de mi vida

                José María R. Olaizola, SJ

Si acaparo el centro de mi vida
solo habrá música en clave de yo.
Mis anhelos y dudas, mis problemas,
mis tristezas y miedos, mi alegría.
Mis batallas de dentro, mis heridas de fuera.
Hay un ego insaciable reclamando atención.
¿Qué exigencia me mueve? ¿Qué necesito ahora?
¿Qué me duele? ¿Qué falta? ¿Qué me llena?
Siempre hay algo que añadir
a esa lista infinita de desvelos.
Un constante reclamo de mejoras.
Una sordera crónica ante lo ajeno.
Hasta a Ti te intento controlar
para apresarte en mis esquemas.
Si Tú estás en el centro de mi vida
todo encuentra su sitio.
El prójimo aparece en el paisaje.
El amor es historia y no trinchera.
Las tristezas y dichas se comparten.
La fe es la luz que rasga las tinieblas
y descubre horizontes diferentes.
El yo es solo un pronombre entre otros muchos.
La mirada se nutre en la belleza
que se oculta a los ojos de Narciso.
La amistad es regalo y no cadena.
Solo hay que descentrarse
y devolverte a Ti el centro de la vida.

Movimiento “verde”

Ayer, mientras hacía fila en el supermercado, escuché a una joven cajera decirle a una señora mayor que debería traer sus propias bolsas reutilizables, porque las bolsas de plástico dañan el medio ambiente.
La señora sonrió con amabilidad y respondió:
— Lo siento, querida. En mis tiempos no existía eso del “movimiento verde”.
— Y ese es precisamente el problema. Su generación no hizo lo suficiente para salvar el planeta para nosotros -contestó la cajera.
La mujer suspiró y dijo:
— Tienes razón, no teníamos eso del “movimiento verde” en aquellos tiempos. “En mi época devolvíamos las botellas de leche, de refrescos y de cerveza a la tienda. Allí las lavaban, esterilizaban y volvían a usarlas. Eso sí era reciclar de verdad.
Las tiendas nos daban bolsas de papel marrón, que luego reutilizábamos para muchas cosas. Las más recordadas eran los forros para los libros de la escuela, que nos prestaba el colegio. Y después decorábamos esos forros a nuestro gusto. Pero claro, no teníamos eso del ‘verde’ entonces.
Subíamos las escaleras porque no había escaleras mecánicas en cada edificio, y caminábamos hasta la tienda en lugar de ir en coche para recorrer 500 metros. Pero sí, no teníamos el ‘movimiento verde’.
Lavábamos los pañales de tela porque no existían los desechables. Secábamos la ropa al sol y al viento -la energía solar y eólica original-. La ropa pasaba de un hermano a otro, no comprábamos todo nuevo cada temporada. Pero, de nuevo, no teníamos lo “verde”.
En casa había una sola radio, no un televisor en cada habitación. Y si alguien tenía tele, era una pantallita del tamaño de un pañuelo, no del tamaño de una pared. Cocinábamos batiendo y mezclando a mano, porque no había máquinas eléctricas para todo. Cuando enviábamos algo frágil por correo, lo envolvíamos en papel de periódico, no en espuma de burbujas.
Cortábamos el césped con cortadoras manuales que funcionaban con fuerza humana, no con gasolina. Hacíamos ejercicio trabajando, no pagando un gimnasio lleno de bandas que consumen electricidad. Pero claro, no había movimiento verde.
Bebíamos agua del grifo o de una fuente, no de botellas de plástico. Rellenábamos las plumas con tinta, cambiábamos la hoja de la maquinilla de afeitar en lugar de tirarla entera. Los niños iban caminando o en bicicleta a la escuela, y muchos iban en autobús; no convertíamos a las madres en choferes las 24 horas en coches que gastan gasolina.
Había un solo enchufe en cada habitación, no una pared llena para conectar mil aparatos. Y vivíamos perfectamente sin depender de satélites a 20,000 kms de distancia para que nos dijeran dónde estaba el parque más cercano.
Así que sí, supongo que tienes razón: no teníamos eso del ‘movimiento verde’ en mis tiempos.
Pero tal vez, querida, éramos más ecológicos de lo que crees.
Así que la próxima vez que alguien ‘moderno’ quiera dar una lección sobre el medio ambiente, tal vez debería recordar quiénes vivieron de verdad una vida sostenible —sin siquiera llamarla ‘verde’.

martes, 6 de enero de 2026

Oración de los Reyes Magos

Jesús, los reyes magos, buscando entre las estrellas,
descubrieron la tuya y la siguieron.
Haznos descubrir tu presencia en medio del ruido
y de nuestros ajetreos cotidianos.
Jesús, muéstranos tu estrella,
danos fuerza y valor para seguirla.
Jesús, ayúdanos a ser pequeñas y alegres estrellas
para guiar y conducir a otros hasta Tí.
Que te llevemos el oro de nuestras ofrendas,
el incienso de nuestra oración fervorosa,
y la mirra de permanecer fieles a Ti,
y que te encontremos siempre junto a María,
a quien queremos honrar y venerar siempre
como Madre Tuya y Madre nuestra. Amén

El Pequeño Detective de la Medianoche

            Lectura para todos

Mateo tenía diez años y una libreta llena de anotaciones. Para él, eso de los Reyes Magos no terminaba de entenderlo y los juguetes no aparecen de la nada.
— Es una operación logística de los padres, -le explicaba a su perro, Newton-.
— No hay forma de que tres camellos recorran todo el mundo en una noche. La física no lo permite.
Para Mateo, los Reyes Magos eran un cuento para niños pequeños. Él ya se sentía adulto en miniatura. Sin embargo, el 5 de enero, algo en el ambiente siempre era distinto, y ese año decidió que obtendría las pruebas para confirmar su teoría.
Esa noche, Mateo no se fue a dormir. Se escondió detrás de la gran poltrona del salón con su linterna y su libreta. Había dejado sus zapatos junto al árbol, pero con una pequeña trampa: un hilo invisible atado a una campana que sonaría si alguien intentaba dejar un paquete.
Pasaron las horas. El reloj de la pared hacía un eco profundo: tic, tac, tic, tac.
De pronto, cerca de las tres de la mañana, ocurrió algo… El aire del salón dejó de oler a pino y empezó a oler a mirra, canela y arena del desierto. El silencio, no era un silencio normal; era como si el tiempo se hubiera detenido por completo. Ni siquiera los ronquidos de Newton se escuchaban.
Mateo asomó la cabeza. No vio a sus padres. En su lugar, vio tres sombras alargadas proyectadas en la pared por la luz de la luna. No escuchó el roce de papel de regalo, sino el sonido suave de unas sandalias sobre la alfombra y el susurro de capas de seda.
Uno de ellos, el más alto, se acercó a sus zapatos. Mateo, olvidando su plan de ser un detective silencioso, se levantó de golpe.
— ¡Lo sabía! Sabía que alguien vendría, pero... ustedes no se parecen a mis papás, -dijo con la voz un poco temblorosa.
La sombra se detuvo. No era un disfraz. El hombre tenía una barba blanca que parecía hecha de nubes y unos ojos que brillaban como si guardaran todas las estrellas del cielo. Se llevó un dedo a los labios y le entregó a Mateo algo que no era un juguete: un pequeño catalejo de latón antiguo.
— La ciencia busca ver lo que está ahí, Mateo, -susurró el anciano con una voz que sonaba a viento viejo- Pero la fe y la magia sirven para ver lo que todavía no ha llegado.
Cuando Mateo despertó a la mañana siguiente, estaba en su cama. Corrió al salón convencido de que todo había sido un sueño producto del cansancio.
Allí estaban sus padres, tomando café y sonriendo mientras lo veían llegar. En sus zapatos había una caja con el videojuego que había pedido, pero justo al lado, medio escondido bajo el sofá, encontró algo que le detuvo el corazón: el catalejo de latón.
Mateo miró a sus padres. Ellos parecían tan confundidos como él ante ese objeto extraño. El niño miró por el catalejo hacia la ventana y, por un segundo, juró ver tres siluetas perdiéndose en el horizonte, donde el sol apenas empezaba a salir.
Desde ese día, Mateo no dejó de creer en la ciencia, pero su libreta ahora tenía una sección nueva titulada: "Fenómenos inexplicables (pero hermosos)".

lunes, 5 de enero de 2026

Carta-oración a los Reyes Magos

          Al caer el Sol

Queridos Reyes Magos:
Aunque los años digan lo contrario, mi alma sigue siendo de niña.
Y el regalo que hoy deseo no se envuelve en papel,
solo puede llegar de la mano de vuestra magia...
iluminad los caminos que se han quedado a oscuras,
devolved la ilusión a quien la perdió por el cansancio de vivir,
pintad de arcoíris los corazones que solo conocen el gris
y dejad caer amor y paz sobre este mundo que tanto lo necesita.
A cambio, prometo amar sin medida, agradecer cada día que amanece
y no soltar jamás —jamás— la esperanza y la ilusión de un mundo mejor.
Gracias, Reyes Magos.

El roscón de Reyes

            Fernando Portolés Reboul

La noche del 5 de enero cenábamos algo ligero y empezábamos el atracón de roscón de Reyes.
- Canguingos y patas de peces -respondía mi madre con guasa si le preguntábamos qué había de cenar.
Lo importante era el roscón. Entonces aún no se rellenaban de nada. Sólo bollo. Con ese inconfundible aroma a agua de azahar.
En los niños, el interés en el roscón era bastante limitado. Duraba hasta que salía la sorpresa. Además, a ninguno nos gustaba la fruta escarchada. Ni esos trozos de calabaza que iban cambiando de color.
Se recibía el regalo como un tesoro. La ilusión nos latía en las sienes esperando a que nos tocara a nosotros. Nadie pensaba en su valor material. Para los niños, ser el agraciado era una explosión de alegría. Aunque debo decir que, pasada la euforia inicial, nos olvidábamos del muñequito, que acababa en un frasco de cristal de la cocina con las sorpresas de los años anteriores.
Recuerdo un año de mucha familia reunida en que con el primer trozo de roscón, me tocó a mí el regalo.
— Eso es llegar y besar el santo -dijo mi abuelo.
La cara de decepción de mis hermanos y mis primos fue total. Para ellos, el juego había acabado demasiado rápido. Además, aquel año era un regalo diferente. Una moneda de cien pesetas envuelta en papel de plata.
Lo gracioso es que en el segundo trozo salió otra moneda. Esto reactivó la ilusión de los niños que vieron en aquel suceso extraordinario la oportunidad de que a ellos también les tocara. Y así fue. En cada trozo del roscón había una moneda igual a la mía.
— Pero, ¿qué es este prodigio? -dijo mi tío, divertido.
—¿Dónde lo has comprado? -preguntó mi abuela entre risas- voy a comprar diez.
— Pues será que me ha tocado el roscón con regalo especial -decía mi madre con cara de felicidad.
Pero no. Yo conocía el secreto. Aquella mañana yo me había levantado muy temprano. Vi la luz de la cocina encendida y la puerta entreabierta, algo poco habitual. Siempre estaba abierta. Con el corazón latiéndome fuerte, me acerqué con sigilo y miré furtivamente por la rendija. Y allí estaba mi madre haciendo pequeñas incisiones en la base del roscón y metiendo las monedas envueltas en papel de plata. No dije nada y me volví a la cama.
Yo era un niño, pero sentí una doble ilusión aquella mañana. La de saber que ese día a todos nos tocaría sorpresa. Y la de ser consciente de que el mejor regalo, todos los días del año, era tener esa madre.
Feliz noche de Reyes.

domingo, 4 de enero de 2026

Bendito sea Dios

          Rezandovoy (adaptación de Ef 1, 3-6.15-18)

¿Sabes lo que te digo? Que bendito sea Dios,
el Padre de nuestro Señor Jesucristo.
¿Te das cuenta de cuánto bueno nos ha dado en Jesús?
Dios nos ha elegido, a cada uno de nosotros, desde siempre,
para que vivamos en el amor.
Nos ha consagrado, nos ha hecho capaces de transparentar al mismo Dios.
Y en Jesús nos abrazó, para siempre…
Dios sabe quién es cada uno de nosotros,
sabe quién eres tú, y cree en ti profundamente.
Yo, su testigo, su apóstol, también me doy cuenta de quién eres,
de cómo amas, de cómo peleas por la fe,
de cómo a veces te bandeas en la tormenta, y te alegras en lo cotidiano.
Sólo puedo darle gracias a Dios por ti, por tu vida.
Rezo por ti, y pido que el Dios de Nuestro Señor Jesucristo, Padre de la Gloria,
te conceda un espíritu de sabiduría y revelación,
para que lo conozcas en lo profundo.
Que te ilumine para que vivas en la esperanza a la que te llama,
y para que poseas la riqueza de quienes se consagran a su evangelio
.

Dios es milagroso

Mel Gibson le advirtió a Jim que el personaje de Jesucristo iba a ser muy difícil y que si aceptaba, podría quedar marginado en Hollywood. Caviezel pidió un día para pensarlo y su respuesta fue: "Creo que tenemos que lograrlo, aunque sea difícil". Y algo más, mis iniciales son J.C. y tengo 33 años. "No me di cuenta de eso hasta ahora".
Mel respondió con un sincero: "Me estás asustando".
Durante la filmación, Jim Caviezel (quien interpreta a Jesús) perdió 20 kilos, fue alcanzado por un rayo, azotado accidentalmente dos veces, dejándole una cicatriz de 30 cm, se dislocó el hombro y sufrió neumonía e hipotermia por permanecer casi desnudo en una cruz durante varias horas al aire libre.
Su cuerpo estaba tan estresado y agotado por interpretar el papel de JC, que tuvo que someterse a 2 cirugías a corazón abierto después de la producción. Solo la escena de la crucifixión llevó 5 semanas de los dos meses de rodaje.
"No quiero que la gente me vea. Solo quiero que vean a Jesús. Las conversiones sucederán a través de eso”. Casi como un anuncio, sucedieron tantas cosas extrañas. Pedro Sarubbi, quien interpretó a Barrabás, sintió que no era Caviezel. quien lo estaba mirando, sino el mismo Jesucristo, cuando hizo ese papel, "Sus ojos no tenían odio ni resentimiento hacia mí, solo misericordia y amor".
Luca Lionello, el artista que interpretó a Judas, era un ateo declarado antes de que comenzara el rodaje. Con el tiempo se convirtió, confesó y bautizó a sus hijos. Uno de los principales técnicos que era musulmán también se convirtió al cristianismo.
La Pasión de Cristo es la película en EE. UU. más taquillera, ¡con $ 371 millones! A nivel mundial, recaudó $ 611 millones. Mel Gibson pagó 30 millones de dólares de su propio bolsillo por la producción porque ningún estudio aceptó el proyecto.
Jim Caviezel proclama con orgullo su fe en Cristo en medio de Hollywood. Gente como él, que dio un paso al frente para hacer lo que puede no sonar como "divertido", pero que transmite la Palabra de Dios y la historia de su salvación para la humanidad.