martes, 2 de diciembre de 2025

Los elefantes atados

Un día, mientras caminaba por el zoológico, me detuve sorprendido. Frente a mí había varios elefantes enormes, y lo único que los mantenía quietos era una delgada cuerda amarrada a una de sus patas delanteras. No había jaulas, ni cadenas de hierro, nada. Era evidente que esos gigantes podían romper la cuerda sin esfuerzo y largarse a donde quisieran. Pero no lo hacían, ni siquiera lo intentaban.
Intrigado, me acerqué al cuidador y le pregunté:
— Oiga, ¿cómo es posible que estos animales tan fuertes se queden quietos, amarrados solo con una cuerdita tan frágil? El hombre sonrió y me dijo:
— Cuando eran bebés, los amarrábamos con esa misma cuerda. En aquel entonces no tenían la fuerza suficiente para soltarse. Lo intentaron muchas veces: tiraron, empujaron, lucharon… y siempre fracasaban. Con el tiempo, se convencieron de que no podían liberarse. Y ahora, aunque son enormes y podrían romperla en segundos, ya ni lo intentan. Siguen creyendo en aquella derrota, no en su fuerza.
Me quedé helado. Estos animales tienen todo el poder para ser libres, pero su mente los mantiene prisioneros. Y entonces pensé: ¿cuántos de nosotros vivimos igual? ¿Cuántas personas dejaron de intentar solo porque una vez fallaron? ¿Cuántos siguen atados no por una cuerda, sino por una vieja creencia de “no puedo”?
A veces, las cuerdas más fuertes no están en los pies, sino en la mente.

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