Cada jueves, a las 10:00 en punto, en el aula 3B de una facultad del centro de Bucarest, un grupo peculiar toma asiento. Nadie baja de los 70 años. Algunos llegan en bastón, otros en bicicleta. Una señora trae pasteles caseros. Otro reparte frases de autores griegos. Todos sonríen como niños que van a su primera excursión.
Se hacen llamar “La Universidad de los Jueves”, aunque no hay matrículas ni exámenes. Solo ganas de aprender.
Todo comenzó con Mihnea Dragomir, un profesor de literatura rumana que, tras jubilarse, sintió que algo dentro de él se apagaba.
— Tenía libros, tenía tiempo… pero me faltaban ojos que brillaran cuando contaba algo.
Así que pidió permiso para usar un aula vacía una vez a la semana. Publicó un anuncio en la panadería del barrio: Clases para mayores de 65. Gratis. Sin deberes. Solo curiosidad.”
La primera vez, fueron tres personas. La segunda, siete. La tercera, veinte. Ahora, cada jueves, más de cuarenta mayores se reúnen a hablar de todo: historia, poesía, cine, tecnología, neurociencia, arte africano, evolución, inteligencia emocional. Cada clase empieza con una ronda:
— ¿Qué aprendiste esta semana fuera del aula?
Y las respuestas sorprenden:
— Aprendí a hacer videollamadas con mi nieta en Berlín.
— Descubrí que las ballenas cantan en distintos dialectos.
— Vi una película coreana sin entender nada… pero lloré igual.
Mihnea no cobra. No pasa lista. Solo ofrece una pizarra, una historia y una taza de té al final de cada sesión. Pero lo que ocurre en ese aula va más allá del saber.
— Yo vine por la cultura -dice Adela, 82 años-, pero encontré algo más urgente: pertenecer.
Muchos de ellos vivían solos. Algunos habían dejado de salir. Uno incluso confesó que llevaba años sin conversar más de cinco minutos con nadie. Ahora se mandan mensajes. Se prestan libros. Se celebran los cumpleaños. Y si alguien falta un jueves, suena el teléfono:
— ¿Estás bien? ¿Necesitas algo?
La Universidad de los Jueves no da títulos, pero entrega algo más valioso: sentido. En una sociedad que empuja a los mayores al rincón del olvido, este grupo demuestra que el hambre de aprender no envejece. Solo cambia de forma.
Hace unos meses, fueron invitados a una conferencia universitaria sobre innovación educativa. El público se quedó en silencio cuando vio entrar a aquel grupo de canas, andadores y risas lentas. Uno de los estudiantes preguntó:
— ¿Y qué innovan ustedes?
El más veterano, Pavel, de 90 años, respondió:
— Innovamos en no rendirnos. En seguir haciéndonos preguntas. ¿No es eso lo que hace un buen científico? -El auditorio aplaudió de pie.
Hoy, varios jóvenes se han sumado como oyentes. Algunos dicen que entienden mejor a sus abuelos. Otros, que por fin aprendieron a escuchar sin prisas.
Y Mihnea, el profesor que no quería dejar de enseñar, dice que ya no tiene miedo a envejecer.
— Porque ahora sé que, mientras haya un jueves, habrá un motivo para despertar con ilusión.”
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