lunes, 22 de diciembre de 2025

El eco de la música

               Parroquia de San Pedro Apóstol, El Sauzal

Don Emilio vivía solo en un apartamento modesto, situado en el centro de la ciudad. Su vida había cambiado desde que su esposa, Lucía, había partido hacía tres años. La casa, que alguna vez resonó con risas y música, ahora se encontraba en un silencio absoluto. El único sonido que llenaba su día era el eco lejano de los coches y el tintineo de las teclas de un viejo piano que había pertenecido a su esposa.
Lucía había sido la fuerza que mantenía la vida de Don Emilio vibrante y alegre. Juntos, habían compartido su pasión por la música, y su hogar estaba lleno de partituras, discos de vinilo y melodías que surgían con naturalidad. Él, como compositor, había creado piezas que ella tocaba con gracia. Cuando ella se fue, la música dejó de sonar. Don Emilio no encontraba el valor para sentarse al piano, a pesar de que el piano seguía ahí, en el rincón del salón, cubierto por una manta de polvo y recuerdos.
Cada tarde, después de la cena, Don Emilio se sentaba en su silla junto a la ventana y miraba la ciudad. Pero la soledad lo envolvía con fuerza, y las horas parecían diluirse lentamente.
Un día, como tantos otros, su nieta Carla, que vivía en la misma ciudad, lo visitó. Aunque ella era joven, Don Emilio la había criado con música, y sabía que, aunque su corazón se llenaba de amor por ella, también lo hacía de tristeza al ver lo poco que ella se interesaba por el piano o las composiciones que había dejado atrás.
— Abuelo, ¿por qué no tocas el piano? -le preguntó Carla, al entrar al salón y ver el viejo piano.
— Ya no soy el mismo -respondió con una voz apagada- la música ya no suena en mí.
Carla lo miró, sorprendida por la respuesta. Sabía que su abuelo había sido un músico famoso en su juventud, que había compuesto para orquestas. ¿Cómo era posible que el hombre que había hecho sonar el alma de tantas melodías ahora no pudiera siquiera tocar una nota?
— ¿Por qué no lo intentas de nuevo, abuelo? Solo una vez. Puede que te ayude a sentirte mejor.
Don Emilio suspiró y, con un gesto lento, se levantó de su silla. Carla lo observaba, expectante, mientras él se acercaba al piano. Se sentó frente al piano y levantó las manos, que temblaban levemente. Las teclas parecían llamarlo, pero algo lo detenía.
— No lo sé, Carla -dijo, mirando las teclas con tristeza-. La música es algo tan profundo, algo que se siente... y ya no siento nada.
Carla se acercó, poniendo una mano sobre su hombro.
— ¿Sabes, abuelo? Siempre decías que la música no solo está en las notas. Está en los sentimientos, en lo que no se ve. Tal vez lo que te detiene es que te has olvidado de escuchar lo que hay dentro de ti.
Decidió intentarlo. Sus dedos, al principio vacilantes, se posaron sobre las teclas. Al principio, no pasó nada. Las primeras notas fueron torpes, desafinadas, como si el piano mismo se negara a recordar su antigua melodía. Pero luego, algo cambió. Un susurro, casi imperceptible, empezó a salir del piano. Poco a poco, las notas tomaron forma, y, sin darse cuenta, Don Emilio comenzó a tocar una melodía suave, algo que había compuesto años atrás, cuando su esposa aún vivía.
Carla, observando en silencio, vio cómo su abuelo se sumergía en la música. Sus dedos ya no temblaban. Parecían bailar sobre las teclas, como si el piano y él estuvieran recuperando algo que se había perdido, un vínculo que había estado olvidado.
Las notas se extendieron por el salón, llenando el espacio de una calidez inconfundible. El eco de las melodías que alguna vez había tocado junto a Lucía comenzó a resonar, no solo en el piano, sino también en las paredes, en los rincones de la casa, como si el hogar mismo se hubiera despertado de un largo sueño.
Don Emilio siguió tocando, y las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro. No era tristeza lo que sentía, sino una profunda emoción, como si estuviera encontrando algo que había creído perdido para siempre. No podía dejar de tocar, y Carla, con una sonrisa en el rostro, se sentó a su lado, escuchando la música que por fin volvía a llenar la casa.
Al final, cuando la última nota se desvaneció en el aire, Don Emilio se quedó quieto un momento, respirando con dificultad. Carla lo miraba con admiración.
— Lo hiciste, abuelo -dijo ella, con voz suave.
Don Emilio la miró, sus ojos brillando con una mezcla de gratitud y serenidad.
— Lo que olvidé, Carla, es que la música nunca se va realmente. Solo se esconde un poco, esperando ser recordada.
Desde ese día, el piano ya no estuvo en silencio. Don Emilio tocaba cada tarde, como solía hacerlo, y la casa se llenaba de melodías que parecían entrelazarse con los recuerdos. Carla, cada vez que lo visitaba, se sentaba a su lado, escuchando los ecos de las notas que seguían viviendo dentro de su abuelo.
La música, al final, no solo había regresado a la vida de Don Emilio, sino que había encontrado un nuevo lugar en su corazón: el eco de una melodía que nunca se había ido del todo.

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