Parroquia de San Pedro Apóstol, El Sauzal.
El amanecer del 24 de diciembre llegó con un cielo gris pálido, típico del invierno en las montañas del norte de España. El viento helado hacía crujir las ramas de los árboles desnudos y un fino velo de escarcha cubría los caminos de piedra. Pero nada de eso parecía importarle al padre Anselmo. Se levantó al amanecer, como siempre. A sus 83 años, el cuerpo le dolía al principio de la jornada, pero nunca se quejaba. "Son los achaques del tiempo, nada más", solía decir. Se lavó la cara con agua fría, se peinó con cuidado, se puso la sotana negra y, antes de salir, se detuvo frente al crucifijo de la pared.
- Gracias, Señor, por otro día más para servirte -murmuró mientras hacía la señal de la cruz.
El padre Anselmo llevaba 59 años siendo sacerdote, y los últimos 20 había estado a cargo de tres pequeñas parroquias rurales. Cada una en una aldea diferente, separadas por varios kilómetros de carreteras estrechas y serpenteantes. No era fácil, especialmente en invierno, pero nunca pensó en dejarlo. "Mientras pueda caminar, celebraré la Misa" decía con una sonrisa.
Primera parada: San Bartolomé de la Sierra
El viejo Renault 4 rugía como un león cansado mientras subía la cuesta hacia la pequeña aldea. El motor tosía en las curvas, pero nunca fallaba. "Como yo", pensaba Anselmo con una sonrisa.
Llegó a la iglesia de piedra cubierta de musgo. Las campanas no sonaban desde hacía años, pero el padre Anselmo sacó una campanilla de mano y la agitó en la puerta. "Ding, ding, ding"... el sonido resonó por la plaza vacía.
- ¡Buenos días, padre! -saludó Tomás, un anciano que se acercó con un bastón-. Hoy somos pocos, pero aquí estamos.
- Lo importante no es la cantidad, Tomás, sino la fe -respondió el sacerdote con una sonrisa.
La Misa comenzó con solo cuatro personas en los bancos. Tomás, su esposa Rosa y dos vecinos más. Los cantos fueron sencillos, pero el padre Anselmo los cantó con el corazón lleno de amor. Levantó la Eucaristía con manos temblorosas, pero firmes. En ese momento, la iglesia vacía se llenó de una presencia invisible, pero poderosa.
- "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" -dijo con voz serena.
Y en los rostros de esas cuatro personas había paz.
Al final de la Misa, Tomás se acercó con una bolsa de papel.
- Padre, le traje unas castañas asadas. Para que tenga algo especial esta noche.
- Gracias, Tomás. ¡Dios te lo pague! -dijo Anselmo, conmovido.
Subió al coche, puso la bolsa de castañas en el asiento de al lado y arrancó rumbo a la siguiente parroquia.
Segunda parada: Santa María del Camino
La niebla se había levantado y el padre Anselmo avanzaba despacio por la carretera mojada. "Señor, guíame tú, que yo no veo bien", rezó mientras sus manos firmes sujetaban el volante. Cuando llegó a la parroquia, había dos personas esperando en la puerta: Margarita y su nieto Dani, de 9 años.
- ¡Padre, llegaste justo a tiempo! -dijo Margarita mientras se sacudía el abrigo-. Pensé que la niebla te iba a retrasar.
- Los pastores también cruzaron la niebla para llegar a Belén -bromeó Anselmo con una sonrisa-. No se preocupen, ya estoy aquí.
La Misa fue breve, pero especial. Dani miraba todo con atención, siguiendo cada movimiento del sacerdote. Cuando el padre alzó la Eucaristía, el niño, con asombro, le susurró a su abuela:
- Abuela, ¿es Jesús de verdad?
- Sí, hijo, de verdad -respondió Margarita, con una sonrisa llena de fe.
Al terminar la Misa, Margarita se acercó con un pequeño paquete envuelto en papel de colores.
- Padre, para usted. No es mucho, pero espero que le guste.
- Gracias, hija mía -dijo, sintiendo un nudo en la garganta.
No abrió el paquete, pero lo guardó con cuidado en el asiento del coche, junto a la bolsa de castañas.
Tercera parada: San Pedro de la Montaña
La subida a la última parroquia fue la más difícil. La carretera estaba llena de charcos y barro, y las ruedas patinaban en algunos tramos. Pero el padre Anselmo sabía que el Señor siempre lo llevaba a buen puerto. Cuando llegó, vio la iglesia sola, sin nadie en la entrada. Se quedó un momento dentro del coche, mirando la puerta cerrada. Por un instante, pensó en regresar, pero su corazón le dijo: "Anselmo, tú nunca estás solo".
Entró, encendió las luces y comenzó a preparar la Misa. No había nadie, pero eso no importaba. Se puso la casulla blanca, encendió las velas y comenzó la celebración.
- "En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" -dijo con voz firme.
El eco de su voz rebotó por las paredes de piedra. Pero no estaba solo. Él lo sabía.
- "El Señor esté con vosotros" -continuó.
Y en su corazón, sintió que la respuesta venía desde el cielo: "Y con tu espíritu."
Celebró la Misa con el mismo amor de siempre. Ofreció la Eucaristía con sus manos arrugadas, y en su mente se vio a sí mismo, joven, en su primera Misa. "59 años, Señor... y sigo aquí."
Cuando volvió a su casa, el padre Anselmo encendió la calefacción, se quitó la sotana y se puso un viejo jersey de lana. Sacó la bolsa de castañas y el paquete de Margarita. Al abrirlo, encontró una bufanda de lana verde tejida a mano. La tocó con cuidado, sintiendo el cariño en cada puntada. Se la puso de inmediato.
- Perfecta, Margarita. Me queda perfecta -dijo con una sonrisa.
Preparó una cena sencilla: pan, queso, un caldo caliente y las castañas asadas. Se sentó frente a la mesa, en silencio. A muchos les parecería una cena triste, pero para él no lo era.
- Gracias, Señor, por esta mesa llena de tu amor -dijo, mirando la luz de una pequeña vela que había encendido.
Comió despacio, saboreando cada bocado. No estaba solo. Sabía que, en cada lugar donde había celebrado Misa, había una parte de él. Y sabía que Jesús estaba allí, sentado con él, como siempre.
Cuando terminó de cenar, se levantó, tomó su guitarra vieja y comenzó a cantar:
- ♪ Noche de paz, noche de amor... Todo duerme en derredor... ♪
La voz del padre Anselmo, aunque anciana, sonó cálida y fuerte. Su canto se mezcló con el crujir del fuego en la estufa. Los ángeles en el cielo debieron detenerse a escuchar.
Esa noche, antes de dormir, miró el crucifijo de la pared.
- No estoy solo, Señor. Nunca lo estuve.
Se acostó, y mientras el sueño lo abrazaba, sintió una paz inmensa. Como la luz de la vela, su vida no se había apagado. No importaba si había pocas personas en las Misas, ni si cenaba solo. La Luz seguía brillando. En la soledad de una pequeña casa, en un rincón del mundo, un sacerdote de 83 años dormía con la certeza de que la Navidad había llegado. No con ruido ni fiestas, sino con la misma paz con la que llegó aquella noche en Belén.
sábado, 27 de diciembre de 2025
El sacerdote de la Navidad silenciosa
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Que bonita la historia del Padre Anselmo
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