Lectura para todos
Mateo tenía diez años y una libreta llena de anotaciones. Para él, eso de los Reyes Magos no terminaba de entenderlo y los juguetes no aparecen de la nada.
— Es una operación logística de los padres, -le explicaba a su perro, Newton-.
— No hay forma de que tres camellos recorran todo el mundo en una noche. La física no lo permite.
Para Mateo, los Reyes Magos eran un cuento para niños pequeños. Él ya se sentía adulto en miniatura. Sin embargo, el 5 de enero, algo en el ambiente siempre era distinto, y ese año decidió que obtendría las pruebas para confirmar su teoría.
Esa noche, Mateo no se fue a dormir. Se escondió detrás de la gran poltrona del salón con su linterna y su libreta. Había dejado sus zapatos junto al árbol, pero con una pequeña trampa: un hilo invisible atado a una campana que sonaría si alguien intentaba dejar un paquete.
Pasaron las horas. El reloj de la pared hacía un eco profundo: tic, tac, tic, tac.
De pronto, cerca de las tres de la mañana, ocurrió algo… El aire del salón dejó de oler a pino y empezó a oler a mirra, canela y arena del desierto. El silencio, no era un silencio normal; era como si el tiempo se hubiera detenido por completo. Ni siquiera los ronquidos de Newton se escuchaban.
Mateo asomó la cabeza. No vio a sus padres. En su lugar, vio tres sombras alargadas proyectadas en la pared por la luz de la luna. No escuchó el roce de papel de regalo, sino el sonido suave de unas sandalias sobre la alfombra y el susurro de capas de seda.
Uno de ellos, el más alto, se acercó a sus zapatos. Mateo, olvidando su plan de ser un detective silencioso, se levantó de golpe.
— ¡Lo sabía! Sabía que alguien vendría, pero... ustedes no se parecen a mis papás, -dijo con la voz un poco temblorosa.
La sombra se detuvo. No era un disfraz. El hombre tenía una barba blanca que parecía hecha de nubes y unos ojos que brillaban como si guardaran todas las estrellas del cielo. Se llevó un dedo a los labios y le entregó a Mateo algo que no era un juguete: un pequeño catalejo de latón antiguo.
— La ciencia busca ver lo que está ahí, Mateo, -susurró el anciano con una voz que sonaba a viento viejo- Pero la fe y la magia sirven para ver lo que todavía no ha llegado.
Cuando Mateo despertó a la mañana siguiente, estaba en su cama. Corrió al salón convencido de que todo había sido un sueño producto del cansancio.
Allí estaban sus padres, tomando café y sonriendo mientras lo veían llegar. En sus zapatos había una caja con el videojuego que había pedido, pero justo al lado, medio escondido bajo el sofá, encontró algo que le detuvo el corazón: el catalejo de latón.
Mateo miró a sus padres. Ellos parecían tan confundidos como él ante ese objeto extraño. El niño miró por el catalejo hacia la ventana y, por un segundo, juró ver tres siluetas perdiéndose en el horizonte, donde el sol apenas empezaba a salir.
Desde ese día, Mateo no dejó de creer en la ciencia, pero su libreta ahora tenía una sección nueva titulada: "Fenómenos inexplicables (pero hermosos)".
martes, 6 de enero de 2026
El Pequeño Detective de la Medianoche
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