Esta historia empezó cuando yo era niño. Nací en una familia humilde, donde muchas veces no llegaba la comida para quitar el hambre. Durante las comidas, mi mamá me daba su propia porción de arroz. Al pasarla a mi plato, siempre decía:
— Come, mi hijo. Yo no tengo hambre.
Esa fue la primera mentira de mi mamá.
Cuando fui creciendo, mi mamá -fuerte como pocas- pasaba su tiempo libre pescando para poder alimentarme. Me preparaba caldo de pescado recién hecho y, mientras yo comía, se sentaba a mi lado y escogía en silencio los pedacitos de carne que quedaban en los huesos que yo ya había terminado.
Yo, conmovido, le ofrecía mi segunda porción, pero siempre se negaba:
— Come, mi hijo. A mí casi no me gusta el pescado.
Esa fue la segunda mentira de mi mamá.
Cuando estaba en la ESO, mi mamá buscó un trabajo extra: montaba cajas de cerillas para ayudar a pagar mis estudios. Una noche me desperté y vi que seguía trabajando a la luz de una vela. Le dije:
— Mamá, vete a la cama ya. Es tarde y mañana tienes que ir a trabajar.
Ella sonrió y contestó:
— Duerme tú, mi amor. Yo no estoy cansada.
Esa fue la tercera mentira de mi mamá.
Llegó el último semestre. Mi mamá pidió permiso en el trabajo para estar conmigo. Pasaba horas bajo el sol esperando a que saliera de mis exámenes. Cuando por fin salía, me daba un vaso de té que llevaba en un termo. Viendo que estaba empapada de sudor, quise dárselo a ella, pero lo rechazó:
— Tómalo tú, mi hijo. Yo no tengo sed.
Esa fue la cuarta mentira de mi mamá.
Cuando mi papá murió, ella tuvo que mantenernos sola. La vida se volvió más dura, más pesada. Aun así, Dios puso en nuestro camino a un viejito bueno que de vez en cuando nos echaba una mano. Los vecinos le aconsejaban a mi mamá que se casara de nuevo, pero ella siempre decía:
— Yo no necesito amor.
Esa fue la quinta mentira de mi mamá.
Cuando terminé la universidad y encontré trabajo, pensé que por fin mi mamá podría descansar. Pero ella no quiso. Todos los días iba al mercado a vender verduras para mantenerse por sí misma. Yo trabajaba en otra ciudad y le mandaba dinero cada mes, pero nunca lo aceptaba. A veces hasta lo devolvía, diciendo:
— Tengo suficiente, hijo.
Esa fue la sexta mentira de mi mamá.
Gracias a mi título, conseguí una beca para estudiar un ‘Master’ y después un empleo en la misma empresa. Planeé llevarme a mi mamá a vivir conmigo, para que pudiera disfrutar la vida a mi lado. Pero ella no quería “ser una carga”.
— No estoy acostumbrada a ese tipo de vida, hijo -me dijo.
Esa fue la séptima mentira de mi mamá.
En sus últimos años, mi mamá enfermó gravemente y la ingresaron en el hospital. Crucé el océano para estar con ella. La encontré débil, agotada después de una cirugía, su cuerpo frágil mostrando todo lo que había soportado. Intentó sonreír, pero hasta eso le costaba. Al verla así, no pude contener las lágrimas.
Y entonces, reuniendo las últimas fuerzas que le quedaban, murmuró:
— No llores, mi amor. No me duele nada.
Esa fue la octava y última mentira de mi mamá.
Después de decir su última mentira, mi querida mamá cerró los ojos para siempre, dejando un silencio más profundo que cualquier palabra.
Ese día entendí que los mayores actos de amor se esconden en los sacrificios diarios. Que debemos valorar las batallas silenciosas de quienes nos aman porque en ellas vive la verdadera esencia del amor.
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