lunes, 5 de enero de 2026

El roscón de Reyes

            Fernando Portolés Reboul

La noche del 5 de enero cenábamos algo ligero y empezábamos el atracón de roscón de Reyes.
- Canguingos y patas de peces -respondía mi madre con guasa si le preguntábamos qué había de cenar.
Lo importante era el roscón. Entonces aún no se rellenaban de nada. Sólo bollo. Con ese inconfundible aroma a agua de azahar.
En los niños, el interés en el roscón era bastante limitado. Duraba hasta que salía la sorpresa. Además, a ninguno nos gustaba la fruta escarchada. Ni esos trozos de calabaza que iban cambiando de color.
Se recibía el regalo como un tesoro. La ilusión nos latía en las sienes esperando a que nos tocara a nosotros. Nadie pensaba en su valor material. Para los niños, ser el agraciado era una explosión de alegría. Aunque debo decir que, pasada la euforia inicial, nos olvidábamos del muñequito, que acababa en un frasco de cristal de la cocina con las sorpresas de los años anteriores.
Recuerdo un año de mucha familia reunida en que con el primer trozo de roscón, me tocó a mí el regalo.
— Eso es llegar y besar el santo -dijo mi abuelo.
La cara de decepción de mis hermanos y mis primos fue total. Para ellos, el juego había acabado demasiado rápido. Además, aquel año era un regalo diferente. Una moneda de cien pesetas envuelta en papel de plata.
Lo gracioso es que en el segundo trozo salió otra moneda. Esto reactivó la ilusión de los niños que vieron en aquel suceso extraordinario la oportunidad de que a ellos también les tocara. Y así fue. En cada trozo del roscón había una moneda igual a la mía.
— Pero, ¿qué es este prodigio? -dijo mi tío, divertido.
—¿Dónde lo has comprado? -preguntó mi abuela entre risas- voy a comprar diez.
— Pues será que me ha tocado el roscón con regalo especial -decía mi madre con cara de felicidad.
Pero no. Yo conocía el secreto. Aquella mañana yo me había levantado muy temprano. Vi la luz de la cocina encendida y la puerta entreabierta, algo poco habitual. Siempre estaba abierta. Con el corazón latiéndome fuerte, me acerqué con sigilo y miré furtivamente por la rendija. Y allí estaba mi madre haciendo pequeñas incisiones en la base del roscón y metiendo las monedas envueltas en papel de plata. No dije nada y me volví a la cama.
Yo era un niño, pero sentí una doble ilusión aquella mañana. La de saber que ese día a todos nos tocaría sorpresa. Y la de ser consciente de que el mejor regalo, todos los días del año, era tener esa madre.
Feliz noche de Reyes.

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