domingo, 8 de marzo de 2026

Cántaro en Sicar

           Florentino Ulibarri

Cántaro roto en mil trozos por los golpes recibidos,
merecidos o fortuitos, en el juego de la vida...
O por olvidos, descuidos, bravatas, tormentas, o desvaríos...
O por mi género, mi cultura, mi país de origen,
mi pobreza económica, mi fe o mis ideas libres...
O por manipulaciones de quienes se erigen en señores,
que me secaron por dentro y fuera y me dejaron con sed de agua
que no sacian los pozos de mi tierra.
Eso es lo que soy en este momento, cántaro roto en mil trozos:
samaritana, marginada, atrapada en los limbos
creados por quienes se creen intérpretes y dueños...
Pero espero, Señor, que vuelvas a fundirme con tu fuego
y hagas de mí, otra vez, con tu aliento y rocío, tus manos y tus sueños,
un cántaro de esperanzas y proyectos lleno.
Dame de tu agua viva para saciar mi sed,
la que me reseca por dentro y fuera;
y lléname hasta desbordar para que otros puedan florecer
.

La vieja copa de barro

Un mesonero buscaba una vasija para un estimado cliente.
— Elígeme a mí –gritaba una copa dorada-. Brillo y estoy reluciente. Mi belleza y lustre superan a los de todas los demás. ¡El oro es lo mejor!
El mesonero siguió inspeccionando sin decir una sola palabra.
Se quedó mirando una copa plateada de silueta curvilínea y alta:
— Estaré en tu mesa siempre que te sientes a comer. Mi diseño es elegante. Además, la plata viste much
Sin prestar mayor atención a lo que oía, el mesonero puso sus ojos en una copa de bronce. Estaba pulida, y además era amplia y poco profunda:
— ¡Fíjate, fíjate! –gritaba la copa-; sé que te serviré. Colócame en la mesa para que todos me vean.
— ¡Mírame! –suplicó la copa de cristal-. No oculto nada, soy transparente y clara como el agua de un manantial. Aunque soy frágil estoy segura de que te haré feliz.
El mesonero se acercó después a una copa hecha de madera. Estaba bien pulida y labrada, parecía sólida y robusta:
— Tengo muchos usos, señor –dijo la copa de madera-. Aunque es mejor que me utilices solo para agua, no para el vino.
Por último, el mesonero reparó en una copa de barro cocido. Estaba algo rota, sucia, polvorienta y arrumbada en un rincón de la bodega.
— ¡Aja! Ésta es la copa que andaba buscando. La arreglaré la limpiaré y la utilizaré. No busco una que esté orgullosa de sí misma. Sólo necesito una sencilla copa de barro, resistente y fuerte en la que el continente no distraiga de la calidad de su contenido.
Luego, con cuidado, tomó aquella copa de barro, la limpió, la llenó y se dirigió a ella con simpatía:
— Este es el trabajo que quiero que desempeñes: dar a los demás lo que yo te doy a ti.

Dios elige a quien quiere. Dios no nos necesita, pero nos quiere. Que Dios nos elija es siempre un don suyo. No lo merecemos nunca. El modo que tiene Dios de elegir no coincide muchas veces con el nuestro. Nosotros solemos guiarnos por las apariencias. Él elige mirando la sencillez, la pureza y la generosidad de nuestros corazones.