Quiero ver, Señor
para sentirte cerca y nunca abandonarte,
porque me pierdo y camino confundido.
Quiero ver, Señor
para verte y nunca perderte
porque, sin Ti, no soy tan feliz como creo ser.
Quiero ver, Señor
para vivir alegre y abierto a los demás,
agradecer lo mucho que haces por mí,
defenderte cuando algunos te ignoren,
no tropezarme cuando surjan dificultades.
Quiero ver, Señor
para que nadie me confunda con falsas luces,
para que nada me aleje de tu amistad.
Quiero ver, Señor
con ojos agradecidos hacia el cielo.
Quiero ver, Señor
para reconocer lo que eres: ¡Mi Señor y mi Dios!
Quiero ver, Señor
con mirada limpia de egoísmo y apariencias.
Quiero ver, Señor
para descubrir tu amor cada día en mi vida.
Un viejo fraile salió de viaje llevando consigo un asno, un gallo y una lámpara. Al llegar a una aldea bien entrada la noche, no halló posada y los vecinos le negaron albergue. Él se consoló diciendo:
— Todo lo que hace Dios es para nuestro bien.
Decidió pasar la noche al raso en el bosque. Encendió la lámpara para alumbrarse, pero el viento la apagó al momento.
— Todo lo que hace Dios es para nuestro bien -dijo resignadamente.
Durante la noche, las bestias salvajes devoraron al asno y al gallo. El fraile volvió a repetir:
— Todo lo que hace Dios es para nuestro bien.
A la mañana siguiente, un leñador que pasaba por allí le dio al fraile la noticia de que un destacamento de soldados, formado por varias compañías completas, había atacado la aldea y cruzado el bosque esa noche. El fraile comprendió inmediatamente que, si la lámpara hubiera estado encendida o si el asno hubiera rebuznado o el gallo cantado en la madrugada, los soldados se habrían dirigido hacia allí y le habrían matado con toda seguridad. Dios había cuidado de que las cosas salieran como salieron, para bien del buen fraile.
— Todo lo que hace Dios es para nuestro bien, dijo entonces éste una vez más.