— Toma, hijo -le decía-. Este beso me lo ha dado Jesús para ti.
Un día, el pequeño, que ya hablaba, al recibir el habitual beso de Jesús se cuelga del cuello de su madre y la besa en su rostro diciéndole:
— Toma, éste es para Él.
¡Qué sencillez! ¡Qué hermosura! Sólo un segundo, pero ¡que hermoso gesto! Y es que cuando se ama a Dios, hasta el más pequeño gesto hecho por amor puede ayudar a que otra persona descubra a Jesús.
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