Juanita
Todos conocemos el sabor amargo de la
ausencia, pero hay pérdidas que atraviesan el alma con un silencio más hondo.
En estas fechas donde la vida invita a celebrar, la nostalgia se sienta a la
mesa cuando falta quien nos dio la vida. Recordamos risas, tradiciones, abrazos
que ya no están, y el calendario parece cambiar de sentido.
Sin embargo, cuando la que falta es mamá, el dolor se vuelve más profundo,
porque ella no solo habitaba nuestros días, habitaba nuestro corazón. Las
madres son cuna del gran milagro de la vida, regalos insuperables de Dios,
mujeres valientes que dijeron sí incluso sin entenderlo todo. Su amor no conoce
fronteras: escucha cuando nadie más oye, siente cuando otros ignoran, permanece
cuando el mundo se va. El amor de mamá es paz que aquieta, medicina que sana
decepciones y luz que no se apaga ni siquiera en la noche más oscura.
Por eso, a quien aún la tiene, el consejo es urgente y lleno de verdad: ámala,
disfrútala, abrázala hoy. Cuando una madre se va, algo nuestro viaja con ella,
porque no hay amor comparable al suyo. Se va un pedacito del corazón para
hacerse eterno, para convertirse en ángel que nos cuida desde otra orilla.
Hoy, reza por tu madre: si camina a tu lado, agradéceselo; si está ya en el
cielo, confíala a Dios. Dar gracias también es una forma de amar, y recordar es
una manera de mantenerla viva.
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