La ciudad de Santiago vibraba con una gran energía. Faltaba apenas una hora para la medianoche y el aire olía a pólvora, cena familiar y esa mezcla extraña de nostalgia y ansiedad que solo ocurre cada 31 de diciembre.
Elena estaba en la azotea de su edificio, lejos del bullicio de la fiesta de sus vecinos. Tenía 28 años y sentía que el año que terminaba había sido como un libro leído a medias: muchas páginas pasadas, pero poca historia recordada. Se sentía estancada, como si el calendario avanzara y ella se quedara mirando el segundero.
Justo cuando pensaba en bajar, vio a Don Julián, el vecino del primero, un hombre de ochenta años que siempre llevaba boina y una sonrisa enigmática. Estaba arrodillado frente a una maceta grande, ignorando los fuegos artificiales que ya empezaban a surgir en el horizonte.
— ¿No debería estar adentro brindando, Don Julián? -preguntó Elena acercándose.
El anciano levantó la vista y sonrió. Tenía las manos manchadas de tierra negra.
— Verás, Elena, la gente cree que el Año Nuevo es algo que te "pasa", como si fuera una ola que te arrastra. Yo prefiero pensar que es algo que se siembra.
Don Julián le explicó que cada año, exactamente a las 12:01, plantaba una semilla. No importaba si era una flor, una hierba o un pequeño árbol.
— El año no es nuevo porque cambie el número en el calendario, dijo él con voz suave. Es nuevo porque tú decides poner algo en marcha que antes no existía.
Elena lo miró con curiosidad. Él le extendió un pequeño sobre de papel. Eran semillas de jazmín.
— Toma. El año pasado dijiste que querías volver a pintar, pero no tenías espacio ni luz. El jazmín crece buscando el sol, aunque sea poco. Planta esto hoy. Deja que la tierra sea el primer testigo de tu intención.
El reloj comenzó la cuenta atrás. Los gritos subían desde la calle: ¡Diez! ¡Nueve! ¡Ocho!
Elena sintió un nudo en la garganta. No era tristeza, era la emoción de la posibilidad. Metió sus dedos en la tierra fresca de una maceta vacía, sintiendo el frío y la vida contenida en ese puñado de suelo.
¡Tres! ¡Dos! ¡Uno! ¡Feliz Año Nuevo!
Mientras las luces de colores estallaban sobre sus cabezas y las sirenas sonaban en toda la ciudad, Elena metió las semillas bajo la superficie. En ese momento, entendió que no necesitaba tener todas las respuestas para el próximo año. Solo necesitaba la voluntad de regar algo pequeño y ver qué pasaba.
Se puso de pie, se sacudió la tierra de los pantalones y abrazó a Don Julián. Por primera vez en meses, no tenía miedo del futuro.
Al fin y al cabo, acababa de empezar su propia primavera en medio del invierno.
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