Un sabio indio tenía un amigo que vivía en Roma. Agradecido el amigo italiano por las atenciones dispensadas había invitado al indio a su casa. El italiano y el indio paseaban juntos por el centro de la ciudad. De repente, el indio se paró y dijo:
— Por casualidad, ¿oyes tú lo que yo estoy oyendo? El italiano agudizó el oído. No oía nada más que el ruido del tráfico y de la gente que pasaba.
— Por aquí cerca hay un grillo que está cantando, dijo el sabio indio.
— Te equivocas. ¡Yo sólo oigo el tráfico de los coches y el ruido de la ciudad!
Al poco rato señalaba a su amigo, entre las ramas, a un pequeño bicho. ¿Ves como era un grillo?
— Tienes razón. Vosotros los hindúes tenéis un oído más fino que los europeos.
— Te equivocas. Fíjate. Sacó una moneda del bolsillo, la dejó caer sobre la acera... Enseguida le echaron el ojo cuatro o cinco personas.
— ¿Has visto?, replicó el sabio. El ruido de la moneda al caer es más débil que el canto del grillo y, sin embargo, ¿te has dado cuenta cómo la han oído?
En el fondo escuchamos aquello que más nos interesa
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