lunes, 23 de marzo de 2026

Levántate y anda

  José María R. Olaizola, SJ

Levántate y anda, cuando no encuentres horizonte,
porque siempre hay un camino que recorrer,
y no hay razón para dejar de intentarlo.
Levántate y anda, aunque te rodeen las sombras.
La luz se abre paso por resquicios insospechados,
y al iluminar la realidad la llena de posibilidades.
Levántate y anda, aunque te opriman las vendas.
Puedes quitarte muchos estorbos que te impiden avanzar,
y avanzarás más liviano, más libre, más alegre.
Levántate y anda, aunque te sientas sin fuerzas.
Es Dios el que te impulsa, quien te lleva de la mano,
quien te llena de espíritu.
Deja atrás las sombras y tumbas, los silencios y miedos,
las parálisis y vendas que te aíslan y entristecen.
Deja atrás las pequeñas muertes que adulteran la vida.
Vamos, Lázaro, levántate y anda.

Un tsunami sobre el pueblo de campesinos

Hace ya mucho tiempo, había un misionero en Filipinas que atendía a los cristianos de varios pueblecitos. Para hablarles del amor de Dios y de los caminos que a veces utilizaba para enseñarles, solía inventarse cuentos sencillos como éste, cargados de una profunda enseñanza.
Había en las costas de Filipinas a mediados del siglo XX un pequeño pueblo llamado Hinuatán lleno de pescadores y campesinos bastante descreídos. Sus gentes vivían de la pesca y del arroz que cultivaban en los arrozales de las laderas de las montañas cercanas al pueblo.
Casi en lo alto de la montaña vivía un anciano con su nieto. Desde allí contemplaban el ir y venir de los pescadores con sus barcas y de los campesinos cuando iban a sus arrozales. Conocían y querían a todos los vecinos y a éstos les gustaba saber que, desde la altura, el abuelo velaba por ellos con afecto.
Un día, estando ya el arroz casi maduro, el abuelo oteaba a lo lejos preocupado. Había percibido algo extraño. A lo lejos se levantaba una gigantesca cortina de agua, como si el mar y el cielo se hubiesen unido. El abuelo se puso la mano en la frente, a modo de visera, para observar mejor. Al cabo de unos instantes, se volvió hacia la casa y gritó:
— ¡Juan! vete al fuego y trae dos tizones encendidos! ¡Corre!
Juan obedeció al instante. El abuelo, cogió uno de los tizones y salió corriendo hacia el arrozal más cercano; al tiempo que le decía a su nieto que le siguiera con el otro tizón. Juan no entendía nada, hasta que vio, lleno de espanto, cómo el abuelo lanzó el trozo de leña encendido en medio del arroz.
— Pero abuelo, ¿qué hace?
— ¡De prisa, rápido, lanza el tuyo, no te pares, prende fuego!
Juan no entendía nada. Creía que su abuelo se había vuelto loco. Pese a todo, obedeció y lanzó su tizón.
Grandes llamas se extendieron por los campos mientras una negra humareda subía hacia el cielo. Desde abajo, la gente del pueblo vio el incendio de los arrozales y gritando: ¡fuego, fuego! se apresuraron a subir al monte. Nadie quedó en el pueblo. Hasta las madres, con los pequeños al cuello, subían corriendo. A los pocos minutos llegaron a los campos, y cuando vieron quemados sus magníficos arrozales, se dirigieron hasta la casa del abuelo y se pusieron a gritar furiosos:
— ¿Cómo ha podido suceder esto? ¿Sabe quién lo ha hecho?
— He sido yo -contestó el abuelo con calma.
— Y yo le he ayudado -dijo Juan llorando.
Se arremolinaron a su alrededor gritando:
— ¿Por qué lo habéis hecho? ¡Estáis locos! ¡Habéis arruinado toda la cosecha!
Entonces el anciano se volvió hacia el mar y extendiendo la mano señaló el horizonte y dijo:
— Mirad.
Se dieron la vuelta y vieron como se levantaba una enorme cortina de agua, una ola gigantesca. Todos se quedaron en silencio llenos de miedo y asombro. Ni un solo grito se escuchó, sólo temor en todos. Inmediatamente una gran ola llegó a la playa, alcanzó el pueblecito con un estruendo horrible y luego se rompió contra la montaña. Después otra ola; y otra menor y otra… Cuando el mar se calmó sólo quedó una gran extensión de agua. El pueblo había desaparecido bajo las aguas.
Afortunadamente, toda la gente había podido escapar y estaba a salvo en lo alto de la montaña. Ahora ya, más serenos y calmados, entendieron lo que había hecho y le dieron gracias al abuelo, alabando su inteligencia y su rapidez al buscar la única solución posible. Todos se dieron cuenta de que, a pesar de la tristeza de ver arrasados los arrozales, la acción del abuelo había salvado a todos de ahogarse por el furioso e inesperado tsunami.

domingo, 22 de marzo de 2026

Tú eres vida para nuestras muertes

Tú también lloras la muerte de un amigo,
también te duelen las dificultades de la vida.
Tú sabes mucho de malos momentos
y de la fuerza del cariño para suavizarlos.
Y sabes también cómo nos venimos abajo
ante las contrariedades
y ante las situaciones que no entendemos.
Dices que si tuviéramos fe nada nos sería imposible,
pero la muerte no la podemos entender,
nos sobrepasa, nos separa de los nuestros.
Queremos creer que detrás de toda situación dolorosa hay vida,
que nos encontraremos después, en la casa del Padre,
que somos finitos y, por tanto,
debemos ir separándonos unos de otros
y que Tú nos ayudarás a superar el dolor de la distancia.
Contigo la vida es mucho más llevadera.
Tú cercanía saca lo mejor de unos y otros,
pone en circulación el cariño que nos facilita la vida,
que nos hace poder con lo casi imposible.
Pon palabras en nuestra boca para compartir alegrías y penas,
para expresar el amor contigo y como Tú.

¿Qué hay al otro lado?

Antes de salir de la habitación, un paciente le preguntó al médico:
- “Doctor, tengo miedo a morir. Dígame qué hay al otro lado”.
El médico le dijo que no lo sabía.
- Usted, un hombre cristiano, ¿no sabe lo que hay al otro lado?
El médico tenía el pomo de la puerta en la mano, al otro lado de la puerta se oían los gemidos y patadas de un perro. Cuando abrió la puerta de un salto se plantó en medio de la habitación dando brincos de alegría al ver al doctor.
Éste se dirigió al paciente y le dijo:
- ¿Ha observado a mi perro? Nunca ha estado en esta consulta. Lo único que sabía era que su dueño estaba dentro y cuando la puerta se abrió entró sin miedo.
Yo no sé qué hay al otro lado de la muerte, sí sé una cosa. Sé que mi dueño está ahí, al otro lado de la puerta, y eso me basta.