domingo, 29 de marzo de 2026

Domingo de Ramos

            Papa Francisco

Señor Jesús, Rey humilde
que entras en Jerusalén,
entra también en mi corazón herido.
Hazlo tu morada en esta Semana Santa.
Que mi alma no grite "¡Hosanna!"
solo con los labios,
sino con la entrega, la fe y el amor.
Acompáñame en cada paso hacia la cruz
y enséñame a confiar en la gloria que vendrá. Amén

Oración para colocar las palmas bendecidas en casa:
Bendice, Señor, nuestro hogar.
Que tu Hijo Jesús y la Virgen María reinen en él.
Danos paz, amor y respeto,
para que respetándonos y amándonos
los sepamos honrar en nuestra vida familiar,
sé Tú, el Rey en nuestro hogar. Amén.

Si no os hacéis como niños...

Los padres de Pedro murieron como consecuencia de la miseria muy pronto. Él recordaba las últimas palabras de su mama: “Adiós te dejo solo aquí en la tierra; sé bueno y persevera en la oración, que un día nos encontraremos en el cielo”.
Pedro quedo solo en el mundo. Tenía apenas seis años, y una vecina caritativa lo acogió, dividiendo con él su pan de cada día. Entretanto, por más que se esforzaba en cuidar del niño, el corazón del pequeño huérfano estaba siempre junto a sus padres ausentes, que ansiaba por reencontrar.
En una de las largas noches que pasaba despierto, fue tomado por un pensamiento:
— ¡Ah, el cielo! Debe de ser un lugar de mucha alegría, porque papá y mamá fueron allí y no pensaron siquiera en volver. Estoy seguro de que en el cielo no debe de faltar nada. Pero… ¿Por qué no me llevaron con ellos? ¡Si yo pudiese ir a su encuentro, los abrazaría y besaría!

Desde aquel día, Pedro se le metió en la cabeza la idea de marchar al cielo en busca de sus padres. Cierta mañana, sin decir nada a nadie, juntó en un fardo la poca ropa que tenía y se puso en camino. Después de mucho andar, llegó a una aldea. Llegó tan exhausto que cayó delante de una puerta donde había una cruz. Era la casa parroquial de la iglesia del pueblo.
El buen sacerdote oyó un gemido y salió para ver qué pasaba, encontrándose al niño echado en el suelo.
— ¿Quién eres tú y de dónde vienes?
— Soy Pedro, mis papas me dejaron solo porque se fueron al cielo. Mamá me dijo que los encontraría un día allá, pero ¿dónde está ese dichoso cielo? ¡Hace mucho que estoy caminando para encontrarlo!
— Ven conmigo, pequeño, dijo el padre compadecido. Vamos juntos a buscar a tus padres.
El huérfano se quedó a vivir con el bondadoso sacerdote, y junto a él se sentía menos infeliz. Sin embargo, su pensamiento continuaba fijo en encontrar el cielo.
— En fin, señor cura, le volvió a preguntar un día. ¿Dónde está el cielo? ¿Por qué usted no me lleva allá, como prometió?
— Reza a Dios, hijo mío. Él es tan dadivoso que nos ayudará a encontrarlo.
Pedro dirigió, entonces, sus oraciones fervorosas al Altísimo. Nada era tan conmovedor como verlo de rodillas delante del altar, con las manos juntas para rezar. Ese era su lugar preferido, donde en el silencio del recinto sagrado sus tristezas se calmaban.
Se aficionó con una imagen de la Virgen que llevaba en los brazos al Niño Jesús. Aquella imagen, de madera, era un trabajo muy antiguo y constituía una verdadera rareza. Tanto la Virgen María como Jesús tenían el rostro exageradamente delgado. Delante de los dos, Pedro se sentía conmovido; se imaginaba que la Virgen estaba tan delgada porque no comía. Y le parecía que la Madre de Jesús pasaba hambre, que sus ojos se llenaban de lágrimas y lloraba de compasión.
Cierta mañana, a la hora del desayuno, guardó para ella un pedazo de pan, y fue a depositarlo a los pies de la imagen, diciendo:
— Come cuanto quieras y sin temor oh, buena Señora, pues yo estoy contento de privarme de este pan para dártelo a ti, que lo necesitas. ¡Come, que cuando hayas acabado este pedazo, te traeré otro!
Después, salió de la iglesia. Cuando volvió más tarde, no encontró el pan donde lo había dejado.
Satisfecho al ver que la Virgen aceptaba su ofrenda, repetía la ofrenda todos los días, y todos los días el pan desaparecía. Sin embargo, después de algún tiempo, Pedro observó que la Virgen continuaba delgada. Buscó al sacerdote y le contó el caso.
— ¡Hace tanto tiempo que llevo mi pan a la Virgen, y ella sigue tan delgada! ¿Qué cree que pasa, padre? A mi me parece que la Virgen está enferma; ¿no sería bueno que la examinara un médico?
— Pero la imagen de la Virgen no puede comer tu pan, explicó sonriendo el cura.
— Pues yo le garantizo que ella come, porque el pan desaparece al poco tiempo de dejarlo.
El párroco, curioso, decidió descubrir el misterio. Le dijo a Pedro que llevase el pan como de costumbre y se escondió en un rincón de la iglesia, para vigilar la imagen y ver lo que pasaba sin ser descubierto.
Pedro acababa de salir de la iglesia y ésta estaba silenciosa y vacía. De pronto, oyó unos pasos muy leves. Un niño, pobremente vestido, se arrodilló delante de la imagen. Sonrió, cogió el pan, lo besó y lo escondió debajo de su ropa. Hizo la señal de la cruz y comenzó sus oraciones con recogimiento y fervor.
El sacerdote salió y puso la mano en el hombro del niño. Sobresaltado éste, le imploró:
— ¡Ah, señor padre! ¡No soy ningún ladrón! Estoy aquí únicamente para buscar el pan que la Virgen me da de regalo todos los días.
— ¿Y cómo sabes que es la Virgen la que te da ese pan? Preguntó el párroco, intrigado.
— Padre, usted mismo enseña en el púlpito que Dios nunca deja de atender nuestras necesidades. Como soy muy pobre, no dejo de venir todas las mañanas a pedir a la Virgen mi pan de cada día. Y todas las mañanas me oye, pues lo encuentro siempre aquí.
El bueno del cura tuvo que esforzarse para no llorar por la conmoción que le invadía por dentro. La sencilla fe que palpitaba en los corazones de aquellos dos niños le dio la ocasión de admirar tan bella obra de la providencia divina. Desde ese momento, el sacerdote comprendió que tanto Pedro como el otro niño pobre habían encontrado el camino del cielo. Y así llegó a entender mejor esas palabras del Señor: “Si nos os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 18:3).