Se cuenta que Alejandro Magno, en una de sus campañas guerreras, se encontró con Diógenes, que tomaba el sol tranquilo y medio desnudo a la orilla de un río. Alejandro había oído hablar de Diógenes, el filósofo que vivía en un tonel, y aprovechó la ocasión para acercarse y conversar con él humildemente, volviendo a ser por un rato discípulo en medio de su gloria militar. Pero no podía hacer esperar mucho tiempo a sus tropas, y hubo de despedirse del filósofo. Tal fue la impresión que aquella breve conversación le había causado que dijo al sabio del tonel:
- «Me marcho, pues he de continuar con mis hazañas. Pero desde ahora ruego a los cielos que en la vida que me toque vivir en mi próxima encarnación no sea yo Alejandro, sino Diógenes».
- «¿Y a qué esperar para ello?-contestó Diógenes-. Puedes serlo desde ahora si así lo deseas. El río es amplio, y el sol no escatima sus rayos. Hay sitio de sobra por aquí para otro tonel».
Y volvió a tumbarse al sol, mientras Alejandro montaba en su caballo y continuó su camino
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