Este gran santo vivió trabajando toda su vida como jornalero. Se cuenta que cada jornal que ganaba con el fruto de su trabajo lo dividía en tres partes: una para el templo, otra para los pobres y la tercera parte para su familia (esposa y su pequeño). Cada domingo, el santo distribuía su tiempo con el mismo criterio que dividía su paga. Primero pasaba un buen rato en el templo rezando, asistiendo a Misa y escuchando la Palabra de Dios. Luego visitaba a los pobres y enfermos, y por la tarde salía a pasear con su esposa -quien también llegó a ser santa y se la conoce como Santa María de la Cabeza- y su hijo.
Cuenta la tradición que en una ocasión en que el San Isidro se encontraba trabajando el campo, su mujer y el niño quedaron en casa. En un descuido, el pequeño cayó a un pozo seco de 27 metros de profundidad.
Cuando el santo llegó al hogar encontró a su esposa desesperada y lamentándose por la desgracia.
Los padres intentaron sacarlo pero resultaba imposible por la profundidad del pozo. Entonces se arrodillaron y con toda la fe comenzaron a rezar pidiéndole a Dios fortaleza de ánimo para aceptar su voluntad. Creían que el pequeño no había sobrevivido a la caída.
Sin embargo, mientras hacían esto, las aguas del aljibe comenzaron súbitamente a subir hasta que el pequeño quedó al alcance de la mano sano y salvo.
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