domingo, 14 de junio de 2026

Anunciar, proclamar la Buena Noticia

            José María R. Olaizola, SJ

Salir a la plaza pública.
Plantar cara a la ley muerta con fe viva.
Hablar para todos.
Acariciar a los intocables con ternura eterna.
Dejar ir el miedo.
Encender un fuego de esperanza y arrojo.
Azuzar, hasta poner en marcha a otros apóstoles
y con ellos atravesar años, siglos, milenios,
construyendo el Reino,
pintando lo humano con trazos de justicia.
Defender el Amor de embates y agresiones.
Abrir la puerta de la historia
a lo inesperado, lo impensable, lo inmortal.
Ante lo insulso, proponer la Palabra
que hasta en el silencio retumba.
Dejarse guiar por su Espíritu.

El pescador más optimista

              de Ángel Arias

Los aficionados a la pesca se cuentan entre los humanos más optimistas (y mentirosos). No importa lo baldía que les haya resultado la jornada anterior, afrontarán la siguiente con una ilusión a prueba de bombas. Y, cuando se trata de contar el resultado de la última pesca no les dolerán prendas para exagerar el número y tamaño de las piezas cobradas, hasta hacerlas alcanzar dimensiones inverosímiles.
Hubo una época en la que los ríos asturianos eran pródigos en truchas y reos, las dos especies de salmónidos más agradecidas para quienes desean cultivar esa afición. Son sagaces, cautas, asustadizas y, cuando se las prende en el anzuelo, luchan desesperadamente por desprenderse, lo que proporciona momentos de emoción en cada lance.
No es la carne de la trucha mi predilecta, por lo que, sin necesidad de apelar a mi sensibilidad, la mayor parte de los peces que conseguía engañar con el señuelo, eran devueltos al agua. Incluso debo admitir que el mayor placer de todo el proceso de pesca, me lo proporcionaba el confeccionar señuelos de moscas, efímeras, ninfas, gusanos y otras imitaciones, para lo que llegué a adquirir cierta práctica.
Los nervios, la agilidad manual y la buena vista deben controlarse, para no acabar con el aparejo, la cesta y los ánimos en el agua.
Andaba yo, al anochecer, dedicado a la pesca del reo, en el Narcea. No estaban picando y, a cada lance, me aventuraba a llevar la mosca algo más lejos. De pronto, noté un fuerte tirón y casi al mismo tiempo, vi saltar, a lo lejos un salmón descomunal. Había tragado una de las moscas y se sentía atrapado por el señuelo. Lleno de emoción, repasé mentalmente los pasos de pescadores para, con destreza y paciencia, traer hasta la orilla a un pez con un sedal. ¿Tendría esa habilidad mi vecino, ensimismado en lo suyo, y a quien no conocía de nada?
— ¡Eh, amigo! -le grité, sin perder de vista las evoluciones del salmón al que no cesaba yo de darle hilo, confiando en que se calmara hasta que un experto ocupara mi posición con la caña- ¡He cogido un salmón, pero mi aparejo es de trucha! ¿Me ayudas a sacarlo?
A pesar de la oscuridad, cada vez más densa, pude intuir la cara de socarronería del interpelado.
— Claro que sí -me contestó-. Tráelo a la orilla, y nos las apañamos con la sacadera.
Fue más o menos en ese momento, cuando sentí la sacudida por la que el salmón se liberaba del sedal, llevándose consigo mi aparejo y mi inocente ilusión de pescador novato