En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu,
salimos de la noche y estrenamos la aurora;
saludamos el gozo de la luz que nos llega
resucitada y resucitadora.
Tu mano acerca el fuego a la tierra sombría,
y el rostro de las cosas se alegra en tu presencia;
silabeas el alba igual que una palabra;
tú pronuncias el mar como sentencia.
Regresa, desde el sueño, el hombre a su memoria,
acude a su trabajo, madruga a sus dolores;
le confías la tierra, y a la tarde la encuentras
rica de pan y amarga de sudores.
Y tú te regocijas, oh Dios, y tú prolongas
en sus pequeñas manos tus manos poderosas;
y estáis de cuerpo entero los dos así creando,
los dos así velando por las cosas.
¡Bendita la mañana que trae la noticia
de tu presencia joven, en gloria y poderío,
la serena certeza con que el día proclama
que el sepulcro de Cristo está vacío! Amén.
domingo, 19 de julio de 2026
Regalos de Dios
Se cuenta que en la plaza del pueblo habían abierto una nueva tienda con un rótulo: ‘Regalos de Dios’.
Un ángel atendía a los clientes.
- ¿Qué es lo que vendes, ángel del Señor? pregunté.
- Vendo todos los dones de Dios.
- ¿Son muy caros?
- No, los dones de Dios son todos gratis.
Las estanterías estaban llenas de ánforas de amor, frascos de fe, cajas de salvación y muchas cosas más.
Yo tenía gran necesidad de todas esas cosas. Me armé de valor y le dije al ángel:
- Dame, por favor, bastante amor de Dios, dame perdón de Dios, una bolsa de esperanza, un frasco de fe y una caja de salvación.
Todo lo que había pedido me fue servido en una cajita diminuta. Sorprendido, le pregunté:
- ¿Está todo ahí?
El ángel me explicó:
- Ahí está todo. Dios no da nunca frutos maduros. Él sólo da semillas que cada cual tiene la obligación de cultivar y hacer crecer.
Un ángel atendía a los clientes.
- ¿Qué es lo que vendes, ángel del Señor? pregunté.
- Vendo todos los dones de Dios.
- ¿Son muy caros?
- No, los dones de Dios son todos gratis.
Las estanterías estaban llenas de ánforas de amor, frascos de fe, cajas de salvación y muchas cosas más.
Yo tenía gran necesidad de todas esas cosas. Me armé de valor y le dije al ángel:
- Dame, por favor, bastante amor de Dios, dame perdón de Dios, una bolsa de esperanza, un frasco de fe y una caja de salvación.
Todo lo que había pedido me fue servido en una cajita diminuta. Sorprendido, le pregunté:
- ¿Está todo ahí?
El ángel me explicó:
- Ahí está todo. Dios no da nunca frutos maduros. Él sólo da semillas que cada cual tiene la obligación de cultivar y hacer crecer.
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