A las 6 de la mañana sonó mi teléfono. Era un número desconocido. Contesté con la voz dormida, sin imaginar que esa llamada iba a partir mi vida en dos.
— ¿Usted es el hijo de la señora…?
— Sí… soy yo.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio que todavía me persigue.
— Le llamamos del hospital… su madre ingresó anoche. Preguntó varias veces por usted.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
—¿Cómo está? -pregunté con la voz temblando.
La mujer del hospital respiró hondo… y dijo algo que jamás voy a olvidar:
— Antes de cerrar los ojos… dijo su nombre.
Sentí que el mundo se me cayó encima. Porque en ese momento recordé algo que me quemó el alma. Mi teléfono… estaba lleno de llamadas perdidas de ella. Llamadas que no contesté porque “estaba ocupado”. Porque “luego la llamo”. Porque “mañana que tendré tiempo”.
Mensajes que decían: “Hijo, solo quería saber cómo estás.” “Hijo, cuando tengas un momento llámame.” “Hijo, te echo de menos.” Y yo… yo siempre encontraba una excusa. El trabajo. El cansancio. La vida. Qué irónico. Tuve tiempo para todo… menos para la mujer que me dio la vida.
Salí corriendo al hospital con un nudo en la garganta. “Dios… que todavía esté viva… que todavía pueda decirle que la quiero.”
Pero cuando llegué… ya era tarde. Una enfermera me miró con esos ojos que lo dicen todo sin decir nada. Y entendí. Entré a la habitación. Ahí estaba mi madre… en silencio… como si estuviera dormida. Me acerqué… le tomé la mano que ya estaba fría… y por primera vez en mucho tiempo le hablé sin prisa.
— Mamá… ya estoy aquí contigo.
Pero ella… ya no podía escucharme. Y en ese momento entendí una verdad que me partió el alma: Las llamadas de una madre no duran para siempre. Un día… su teléfono deja de sonar. Y ese día… darías lo que fuera por escuchar una vez más su voz diciendo: “¿Hijo… cómo estás?”
Si tu madre todavía vive… no esperes a que el hospital sea quien te llame. Llámala tú primero.
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