Karl Rahner, teólogo
El amor no piensa en sí, es delicado y fiel;
ama a Dios por Él mismo y no por la paga,
pues él se es así mismo bastante paga.
Aguanta en las horas turbias, sobrepuja amarguras;
las aguas de la aflicción no llegan a apagarlo;
es callado y no gusta de muchas palabras;
porque el amor grande es casto y recatado.
Valiente y confiado y con todo respetuoso,
pues no es amor a un cualquiera, sino amor a todo un Dios.
El amor es un adherirse a otro, un darse todo a otro;
por ello todo lo noble e indeciblemente sabroso
encerrado en lo supremo y último
que un corazón amante puede hacer,
deriva de aquello que se ama.
Por ello es tan santo el amor de Dios; por ello es inextinguible.
jueves, 2 de agosto de 2018
Un adelanto del cielo
Ocurrió durante un mes de voluntariado en las vacaciones de verano. Cuando llegamos a Nairobi (Kenya), nos preguntábamos cómo nosotros, inexpertos universitarios, podríamos ayudar en aquella África sucia, polvorienta y calurosa. Quizá arreglando tejados, pero no teníamos experiencia en construcción. Quizá pintando un colegio, pero no sabíamos de pintura.
Lo que sí teníamos claro era nuestra intención de darnos totalmente a los demás. Sin embargo, recibiríamos mucho más de lo que logramos dar: tuvimos la suerte de entrar en contacto con el Tercer Mundo, a través de un Hogar para niños moribundos de las Hermanas de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta en Nairobi.
Todos entramos en aquella casucha, un tugurio sin muebles, con poca luz. Contrastaban las hamacas llenas de niños enfermos y lloriqueando con los trajes talares blancos y azules de las Hermanas de la Caridad, que rebosaban alegría.
Yo me quedé bloqueado, en mitad de la habitación. Nunca había visto nada así. Mis compañeros universitarios se repartieron por las estancias, siguiendo a distintas monjas, que requerían su asistencia. Una hermana me preguntó en inglés:
- ¿Has venido a mirar o quieres ayudar?
Sorprendido por tan directa pregunta y en estado de sopor, balbuceé:
- A ayudar…
- ¿Ves a ese niño de allí, el del fondo que llora?
Lloraba desconsoladamente, pero sin fuerza.
- Sí, ése (le dije señalándolo).
- Bien: tómalo con cuidado y tráelo. Lo bautizamos ayer.
Lo noté con una fiebre altísima. El niño tendría un par de años.
- Ahora tómalo y dale todo el amor que puedas…
- No entiendo…, me excusé.
- Que le des todo el cariño de que seas capaz, a tu manera.
Y me dejó con el niño. Le canté, lo besé, lo arrullé… dejó de llorar, me sonrió, se durmió. Al cabo de un rato, busqué llorando a la hermana:
- Hermana: no respira.
La monja certificó su muerte:
- Ha muerto en tus brazos. Y tú le has adelantado quince minutos con tu cariño el amor que Dios le va a dar por toda la eternidad.
Entonces entendí tantas cosas: el cielo, el amor de mis padres, el amor de Jesús, los detalles de afecto de mis amigos. Mi viaje a Kenya supuso un antes y un después en mi vida. Ahora sé que todos tenemos “Kenyas” a nuestro alrededor para dar amor cada día.
Lo que sí teníamos claro era nuestra intención de darnos totalmente a los demás. Sin embargo, recibiríamos mucho más de lo que logramos dar: tuvimos la suerte de entrar en contacto con el Tercer Mundo, a través de un Hogar para niños moribundos de las Hermanas de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta en Nairobi.
Todos entramos en aquella casucha, un tugurio sin muebles, con poca luz. Contrastaban las hamacas llenas de niños enfermos y lloriqueando con los trajes talares blancos y azules de las Hermanas de la Caridad, que rebosaban alegría.
Yo me quedé bloqueado, en mitad de la habitación. Nunca había visto nada así. Mis compañeros universitarios se repartieron por las estancias, siguiendo a distintas monjas, que requerían su asistencia. Una hermana me preguntó en inglés:
- ¿Has venido a mirar o quieres ayudar?
Sorprendido por tan directa pregunta y en estado de sopor, balbuceé:
- A ayudar…
- ¿Ves a ese niño de allí, el del fondo que llora?
Lloraba desconsoladamente, pero sin fuerza.
- Sí, ése (le dije señalándolo).
- Bien: tómalo con cuidado y tráelo. Lo bautizamos ayer.
Lo noté con una fiebre altísima. El niño tendría un par de años.
- Ahora tómalo y dale todo el amor que puedas…
- No entiendo…, me excusé.
- Que le des todo el cariño de que seas capaz, a tu manera.
Y me dejó con el niño. Le canté, lo besé, lo arrullé… dejó de llorar, me sonrió, se durmió. Al cabo de un rato, busqué llorando a la hermana:
- Hermana: no respira.
La monja certificó su muerte:
- Ha muerto en tus brazos. Y tú le has adelantado quince minutos con tu cariño el amor que Dios le va a dar por toda la eternidad.
Entonces entendí tantas cosas: el cielo, el amor de mis padres, el amor de Jesús, los detalles de afecto de mis amigos. Mi viaje a Kenya supuso un antes y un después en mi vida. Ahora sé que todos tenemos “Kenyas” a nuestro alrededor para dar amor cada día.
miércoles, 1 de agosto de 2018
Desde la raíz
Buscamos volver a nuestro origen, Señor,
tocar la raíz de nuestra vida,
el manantial de aguas puras que nos alimenta,
y beber de Ti, como la samaritana,
y volver a los demás saltando de gozo y esperanza.
Queremos hacer de nuevo la experiencia de tu amor inquebrantable,
de que nuestra vida tiene su origen
y su aliento permanente en Ti, Vida de toda vida.
Queremos bajar al fondo de nuestro ser
y encontrarnos Contigo, con nosotros mismos y con los demás.
Descubriremos allí, que más allá de nuestros límites
y nuestras fragilidades, tu presencia nos habita.
Que necesitamos abrazar nuestra historia, nuestra vida
y experimentarla como barro en tus manos, en manos del alfarero
que busca dar forma a la tierra en beso con el agua.
Dejaremos que se vayan los recuerdos heridos, pegados a la memoria
y los miedos futuros danzando en la fantasía.
Queremos renacer cada día desde el centro de nuestra interioridad
para abrirnos desde allí a la vida,
Tú quieres, Señor, que seamos personas que empiezan cada día,
que saben caer con humildad y levantarse con la dignidad de ser tus hijos,
personas haciéndose nuevas que caminan juntos.
Que sintamos, Señor, la presencia del hermano al lado,
también modelando nuestro barro,
construyéndonos juntos y forjando contigo el presente y el futuro.
¡Que así sea!
tocar la raíz de nuestra vida,
el manantial de aguas puras que nos alimenta,
y beber de Ti, como la samaritana,
y volver a los demás saltando de gozo y esperanza.
Queremos hacer de nuevo la experiencia de tu amor inquebrantable,
de que nuestra vida tiene su origen
y su aliento permanente en Ti, Vida de toda vida.
Queremos bajar al fondo de nuestro ser
y encontrarnos Contigo, con nosotros mismos y con los demás.
Descubriremos allí, que más allá de nuestros límites
y nuestras fragilidades, tu presencia nos habita.
Que necesitamos abrazar nuestra historia, nuestra vida
y experimentarla como barro en tus manos, en manos del alfarero
que busca dar forma a la tierra en beso con el agua.
Dejaremos que se vayan los recuerdos heridos, pegados a la memoria
y los miedos futuros danzando en la fantasía.
Queremos renacer cada día desde el centro de nuestra interioridad
para abrirnos desde allí a la vida,
Tú quieres, Señor, que seamos personas que empiezan cada día,
que saben caer con humildad y levantarse con la dignidad de ser tus hijos,
personas haciéndose nuevas que caminan juntos.
Que sintamos, Señor, la presencia del hermano al lado,
también modelando nuestro barro,
construyéndonos juntos y forjando contigo el presente y el futuro.
¡Que así sea!
Dios es azucar
Un día la profesora preguntó a los niños quien sabía explicar quién era Dios. Uno de los niños levantó la mano y dijo:
- Dios es nuestro Padre. El hizo la tierra, el mar y todo lo que está en ella. Nos hizo como hijos suyos.
La profesora, buscando más respuestas, fue más lejos:
- ¿Cómo sabemos que Dios existe si nunca lo hemos visto?”
Toda la clase quedó en silencio. Pedro, un niño muy tímido, levantó su mano y dijo:
- Mi madre dice que Dios es como el azúcar en mi leche que me prepara todas las mañanas, yo no veo el azúcar que está dentro de la taza mezclada con la leche, mas si no la tuviera no tendría buen sabor. Dios existe, Está siempre en medio de nosotros sólo que no lo vemos, pero si él se fuera nuestra vida quedaría sin sabor.
La profesora sonrió y dijo:
- Muy bien Pedro, yo os enseño muchas cosas a vosotros, pero hoy tú me has enseñado algo más profundo que todo lo que yo ya sabía. ¡Ahora sé que Dios es nuestro azúcar y que está todos los días endulzando nuestra vida!
Le dio un beso y salió sorprendida por la respuesta de aquel niño.
La sabiduría no está en el conocimiento sino en la vivencia de Dios en nuestras vidas. Teorías existen muchas, pero dulzura como la de Dios aun no existe ni en los mejores azúcares.
- Dios es nuestro Padre. El hizo la tierra, el mar y todo lo que está en ella. Nos hizo como hijos suyos.
La profesora, buscando más respuestas, fue más lejos:
- ¿Cómo sabemos que Dios existe si nunca lo hemos visto?”
Toda la clase quedó en silencio. Pedro, un niño muy tímido, levantó su mano y dijo:
- Mi madre dice que Dios es como el azúcar en mi leche que me prepara todas las mañanas, yo no veo el azúcar que está dentro de la taza mezclada con la leche, mas si no la tuviera no tendría buen sabor. Dios existe, Está siempre en medio de nosotros sólo que no lo vemos, pero si él se fuera nuestra vida quedaría sin sabor.
La profesora sonrió y dijo:
- Muy bien Pedro, yo os enseño muchas cosas a vosotros, pero hoy tú me has enseñado algo más profundo que todo lo que yo ya sabía. ¡Ahora sé que Dios es nuestro azúcar y que está todos los días endulzando nuestra vida!
Le dio un beso y salió sorprendida por la respuesta de aquel niño.
La sabiduría no está en el conocimiento sino en la vivencia de Dios en nuestras vidas. Teorías existen muchas, pero dulzura como la de Dios aun no existe ni en los mejores azúcares.
domingo, 29 de julio de 2018
Convertir mi vida en pan
Marcos Alemán, sj
Tomar mi vida para que la conviertas en pan.
Tomar mi vida para poder dártela.
Tomar mi vida para repetir aquel gesto tuyo
y ponerme a los pies de la humanidad.
Tomar mi vida para devolverte lo que en mí sembraste.
Partirme para no quedar encerrado y aislado.
Partirme vaciándome y así poder ser.
Partirme celebrando en memoria tuya.
Partirme para que no se haga mi voluntad.
Partirme para desplegarme en tu abundancia.
Repartirme en nuevos sentidos que nunca vi.
Repartirme en los demás y descubrirme cada vez más encendido.
Repartirme sin retener ni especular.
Repartirme hasta esa tierra donde mana leche y miel.
Camino a Jerusalén y cerca de la otra orilla.
Tomar mi vida para que la conviertas en pan.
Tomar mi vida para poder dártela.
Tomar mi vida para repetir aquel gesto tuyo
y ponerme a los pies de la humanidad.
Tomar mi vida para devolverte lo que en mí sembraste.
Partirme para no quedar encerrado y aislado.
Partirme vaciándome y así poder ser.
Partirme celebrando en memoria tuya.
Partirme para que no se haga mi voluntad.
Partirme para desplegarme en tu abundancia.
Repartirme en nuevos sentidos que nunca vi.
Repartirme en los demás y descubrirme cada vez más encendido.
Repartirme sin retener ni especular.
Repartirme hasta esa tierra donde mana leche y miel.
Camino a Jerusalén y cerca de la otra orilla.
Cuánto cuesta un milagro
Micaela, una niña de ocho años oyó a sus padres decir que su hermanito Andrés estaba muy enfermo y que ellos no tenían el dinero necesario para pagar la operación que podría salvar su vida. «Sólo un milagro puede salvarlo», les oyó decir.
Micaela, fue a su habitación y sacó de un frasco todos sus ahorros. Vació el contenido y con todas las monedas que tenía fue a la farmacia. Esperó con paciencia al farmacéutico que estaba muy ocupado hablando con otro hombre.
Por fin, molesto, le preguntó.
- ¿Qué necesitas? Estoy hablando con mi hermano que ha venido de Chicago y al que no he visto hace mucho tiempo –añadió, sin esperar que la niña respondiera su pregunta.
- Es por mi hermano, dijo la niña, está muy enfermo y quiero comprarle un milagro.
- ¿Cómo?, preguntó el boticario.
- Se llama Andrés y tiene algo muy malo que le está creciendo dentro de la cabeza. Dice mi papá que sólo un milagro le puede salvar. ¿Cuánto cuesta un milagro?
- Aquí no vendemos milagros, lo siento, pero no puedo ayudarte, contestó éste con un nudo en la garganta.
- Mire, tengo dinero para pagarlo. Si no es suficiente, conseguiré lo que falte. Dígame cuánto cuesta.
El hermano del farmacéutico era un hombre muy elegante. Se inclinó, y preguntó a la niña:
- ¿Qué clase de milagro necesita tu hermano?
- No sé, respondió Micaela, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Lo que sé, es que está muy enfermo y dice mamá que necesita una operación, pero como mi papá no puede pagarla, quiero hacerlo yo con mi dinero.
- ¿Cuánto tienes?, preguntó el señor que venía de Chicago.
- Un dólar y once centavos, respondió Micaela entre sollozo. Es todo lo que tengo, pero si hace falta, conseguiré más.
- ¡Qué casualidad!, dijo sonriendo, un dólar y once centavos es justo lo que cuesta un milagro para tu hermanito. Seguidamente, el hombre recogió el dinero en una mano y con la otra tomó la mano de la niña y le dijo:
- Llévame a tu casa. Quiero ver a tu hermano y conocer a tus padres, para ver si tengo la clase de milagro que necesitas.
Aquel hombre bien vestido era el Dr. Armstrong, especialista en neurocirugía, quien realizó la delicada operación gratis. Al poco tiempo, Andrés se había restablecido totalmente.
La madre emocionada comentó:
- Esta operación ha sido un milagro, me pregunto ¿cuánto habrá costado?
Micaela sonrió. Sabía exactamente cuánto costaba un milagro: un dólar y once centavos...
Cuando Jesús les dijo a sus apóstoles que deberíamos ser como niños, se refería a la FE que debemos tener para alcanzar las metas inalcanzables. Micaela es un gran ejemplo, ella salió de su casa convencida de conseguir el milagro para su hermano, sólo porque en su Fe e inocencia estaba el verdadero amor de Dios.
Micaela, fue a su habitación y sacó de un frasco todos sus ahorros. Vació el contenido y con todas las monedas que tenía fue a la farmacia. Esperó con paciencia al farmacéutico que estaba muy ocupado hablando con otro hombre.
Por fin, molesto, le preguntó.
- ¿Qué necesitas? Estoy hablando con mi hermano que ha venido de Chicago y al que no he visto hace mucho tiempo –añadió, sin esperar que la niña respondiera su pregunta.
- Es por mi hermano, dijo la niña, está muy enfermo y quiero comprarle un milagro.
- ¿Cómo?, preguntó el boticario.
- Se llama Andrés y tiene algo muy malo que le está creciendo dentro de la cabeza. Dice mi papá que sólo un milagro le puede salvar. ¿Cuánto cuesta un milagro?
- Aquí no vendemos milagros, lo siento, pero no puedo ayudarte, contestó éste con un nudo en la garganta.
- Mire, tengo dinero para pagarlo. Si no es suficiente, conseguiré lo que falte. Dígame cuánto cuesta.
El hermano del farmacéutico era un hombre muy elegante. Se inclinó, y preguntó a la niña:
- ¿Qué clase de milagro necesita tu hermano?
- No sé, respondió Micaela, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Lo que sé, es que está muy enfermo y dice mamá que necesita una operación, pero como mi papá no puede pagarla, quiero hacerlo yo con mi dinero.
- ¿Cuánto tienes?, preguntó el señor que venía de Chicago.
- Un dólar y once centavos, respondió Micaela entre sollozo. Es todo lo que tengo, pero si hace falta, conseguiré más.
- ¡Qué casualidad!, dijo sonriendo, un dólar y once centavos es justo lo que cuesta un milagro para tu hermanito. Seguidamente, el hombre recogió el dinero en una mano y con la otra tomó la mano de la niña y le dijo:
- Llévame a tu casa. Quiero ver a tu hermano y conocer a tus padres, para ver si tengo la clase de milagro que necesitas.
Aquel hombre bien vestido era el Dr. Armstrong, especialista en neurocirugía, quien realizó la delicada operación gratis. Al poco tiempo, Andrés se había restablecido totalmente.
La madre emocionada comentó:
- Esta operación ha sido un milagro, me pregunto ¿cuánto habrá costado?
Micaela sonrió. Sabía exactamente cuánto costaba un milagro: un dólar y once centavos...
Cuando Jesús les dijo a sus apóstoles que deberíamos ser como niños, se refería a la FE que debemos tener para alcanzar las metas inalcanzables. Micaela es un gran ejemplo, ella salió de su casa convencida de conseguir el milagro para su hermano, sólo porque en su Fe e inocencia estaba el verdadero amor de Dios.
sábado, 28 de julio de 2018
¡Seguiré adelante!
Voy a seguir creyendo,
aún cuando la gente pierda la esperanza.
Voy a seguir dando amor, aunque otros siembren odio.
Voy a seguir construyendo, aún cuando otros destruyan.
Voy a seguir hablando de paz, aún en medio de una guerra.
Voy a seguir iluminando, aún en medio de la oscuridad.
Y seguiré sembrando, aunque otros pisen la cosecha.
Y seguiré gritando, aún cuando otros callen.
Y dibujaré sonrisas, en rostros con lágrimas.
Y transmitiré alivio, cuando vea dolor.
Y regalaré motivos de alegría donde sólo haya tristezas.
Invitaré a caminar al que decidió quedarse.
Y levantaré los brazos a los que se han rendido.
Porque en medio de la desolación,
siempre habrá un niño que nos mirará esperanzado,
esperando algo de nosotros.
Y aún en medio de una tormenta,
por algún lado saldrá el sol y en medio del desierto crecerá una planta.
Siempre habrá un pájaro que nos cante,
un niño que nos sonría y mariposas que brinden su belleza.
Pero si algún día ves que ya no sigo, no sonrío o callo,
acércate y dame un beso, un abrazo o regálame una sonrisa;
con eso será suficiente.
Seguramente, la vida me abofeteó y me sorprendió un segundo,
pero ese gesto hará que vuelva a mi camino.
aún cuando la gente pierda la esperanza.
Voy a seguir dando amor, aunque otros siembren odio.
Voy a seguir construyendo, aún cuando otros destruyan.
Voy a seguir hablando de paz, aún en medio de una guerra.
Voy a seguir iluminando, aún en medio de la oscuridad.
Y seguiré sembrando, aunque otros pisen la cosecha.
Y seguiré gritando, aún cuando otros callen.
Y dibujaré sonrisas, en rostros con lágrimas.
Y transmitiré alivio, cuando vea dolor.
Y regalaré motivos de alegría donde sólo haya tristezas.
Invitaré a caminar al que decidió quedarse.
Y levantaré los brazos a los que se han rendido.
Porque en medio de la desolación,
siempre habrá un niño que nos mirará esperanzado,
esperando algo de nosotros.
Y aún en medio de una tormenta,
por algún lado saldrá el sol y en medio del desierto crecerá una planta.
Siempre habrá un pájaro que nos cante,
un niño que nos sonría y mariposas que brinden su belleza.
Pero si algún día ves que ya no sigo, no sonrío o callo,
acércate y dame un beso, un abrazo o regálame una sonrisa;
con eso será suficiente.
Seguramente, la vida me abofeteó y me sorprendió un segundo,
pero ese gesto hará que vuelva a mi camino.
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