martes, 1 de septiembre de 2026

La Pulga y El Piojo

Había una vez, en una granja muy alegre y llena de animales juguetones, dos amigos inseparables: una pulga saltarina llamada Pili y un piojo muy elegante llamado Papo. Pili tenía unas patitas traseras tan fuertes que podía saltar tan alto como quisiera, y Papo siempre llevaba un sombrerito negro imaginario y un bigote muy bien peinado.
Pili y Papo vivían en el lomo de un caballo llamado Perico. A los dos amigos les encantaba organizar fiestas todas las tardes, donde tocaban música con pajitas secas y bailaban al compás del viento.
Un día caluroso de verano, Perico el caballo se metió al establo para descansar, y el abuelo Juan, el granjero, trajo una tinaja gigante llena de agua tibia y jabón con olor a manzanas.
— ¡Hora del baño, Perico! -dijo el abuelo Juan con una gran sonrisa.
Al escuchar esto, Pili y Papo abrieron los ojos de par en par. ¡El agua y el jabón significaban que tenían que mudarse de lugar y rápido!
— ¡Aventureros a la carrera! -gritó Pili.
¡Plop! Pili dio un salto larguísimo y cayó sobre la crin brillante del caballo. Pero Papo, por andar presu-miendo de su sombrero, tropezó con un pelo y empezó a rodar cuesta abajo como una bola de nieve.
— ¡Auxilio, me caigo! -gimió Papo, dando vueltas hasta quedar atrapado dentro de una bota de goma vieja que estaba tirada en el suelo.
Pili, al ver que su mejor amigo no estaba con ella, detuvo su salto de inmediato. Sabía que en el equipo nadie se queda atrás. Así que preparó sus patitas, respiró hondo y... ¡zuum! Voló por los aires como un cohete diminuto, esquivó un balde de agua y aterrizó justo al borde de la bota.
— ¡No temas, Papo! Aquí estoy yo -dijo Pili dándole la pata.
Papo salió rodando de la bota, sacudiéndose el polvo y ajustándose el sombrero con una sonrisa de alivio. En ese momento, se dieron cuenta de que la bota estaba sobre una alfombra mágica de tréboles de cuatro hojas, un lugar súper seguro y divertido donde podían construir una nueva casita de juegos lejos de las burbujas de jabón.
Los dos amigos se abrazaron felices y aprendieron que, aunque los saltos largos y las carreras son divertidos, lo más valioso de cualquier aventura es tener un buen amigo que te ayude cuando te da un traspié. Desde entonces, en la granja se escuchaban las risas de Pili y Papo, explorando cada rincón juntos y demostrando que los amigos pequeños también pueden hacer grandes hazañas.

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