miércoles, 11 de octubre de 2017

A San Juan XXIII

Hoy, en la fiesta de San Juan XXIII, el Papa bueno, le invocamos y pedimos su ayuda.

Dios, Padre amado, que nos diste a San Juan XXIII,
llamado por todos el Papa de la paz y el Papa bueno.
Por su intercesión haznos ser portadores en esta tierra
del don maravilloso de tu paz y ser hombres y mujeres
de diálogo, comprensión y tolerancia.
Ayúdanos Señor a ver a todos como hermanos
e hijos de un mismo Dios
y a buscar en todo momento el entendimiento
sin desvirtuar tu luz y tu verdad.
Infinitas gracias doy a Dios, porque desde siempre
te eligió para tan altos misterios,
y te adornó con las virtudes de la caridad,
pobreza, humildad y obediencia.
Te pido nos alcances la paz para todos los pueblos,
la unidad de las iglesias, la caridad para todos los hombres.
Tú, el Papa Bueno, ayúdanos a vivir
como verdaderos hijos de Dios,
como fieles discípulos de Jesús y apóstoles de su palabra.
Te pido de manera especial por todas las familias
para que sean santuario de vida y amor,
bendícelas y líbralas de todo mal.
Intercede por todos nosotros
en unión de nuestra Madre Santísima María. Amén.

El joven del autobús

Un chico de 24 años mirando a través de la ventana del autobús gritó: 
– ¡Papá, mira los árboles como van corriendo detrás! 
El padre sonrió y una pareja de jóvenes sentados cerca, miro al joven de 24 años con conducta infantil y murmuraron que ya era mayor como para andar diciendo eso. De pronto, otra vez exclamó: 
– ¡Papá, mira las nubes están corriendo con nosotros! 
La pareja no pudo resistirse y le dijo al padre:
– ¿Por qué no llevas a tu hijo a un buen médico?
El padre sonrió y dijo: 
– Ya lo hice y precisamente venimos del hospital, mi hijo era ciego de nacimiento, y hoy por primera vez puede ver. 
La pareja de jóvenes quisieron tragarse lo que habían dicho…

Cada persona en el planeta tiene una historia. No juzgues a la gente antes de que realmente los conozcas. La verdad puede sorprenderte.

lunes, 9 de octubre de 2017

Himno de agradecimiento

Gracias, Señor, por esta agua que llega
del aire hasta los campos, hasta el bosque y el huerto;
gracias por tu palabra que riega este desierto
del alma, prometiendo las horas de la siega.
Gracias por tanta gracia, tanta cuidada entrega,
por el sol que calienta este corazón yerto;
gracias por estas flores primeras que han abierto
ojos de luz a tanta claridad honda y ciega.
Gracias porque te he visto latiendo en los bancales,
favoreciendo, urdiendo los tiernos esponsales
del verdor con la tierra, la rosa con la rama.
Gracias porque nos enseñas a ser en lo que era
al olvidar mis estiajes en esta primavera;
gracias porque es llegado el tiempo del que ama. Amén

Murrungato del zapato

María Elena Walsh

El gato Murrún no era empleado ni sastre ni militar. El gato Murrún no era bailarín ni heladero. El gato Murrún era nada más que un vagabundo, profesión muy respetable entre los gatos, los gatolines y los gatiperros.
Vivía vagando, con su colita a cuestas, por la calle y por la plaza, la azotea y la terraza, sin tener dueño ni casa.
Una noche fría y lluviosa trotaba muy alicaído pensando en dónde dormir.
Y de repente… ¡Oooh! Allí, junto al cordón de la vereda, vio un gran zapato viejo.
Como Murrún era muy chiquito, se acurrucó dentro del zapato, y comprobó que le iba a medida. Y que además era abrigado y no dejaba pasar la lluvia. (No sé si ustedes habrán observado que los gatos y las gotas no se llevan nada bien.)
Ronroneó y se durmió, con la puntita de la cola asomada por el agujero del zapato.
Durmió y durmió. Roncó y roncó, y a la mañanita se despertó.
Murrún quiere desperezarse y lavarse la cara, pero… ¿Qué pasa? El zapato está lleno de tierra húmeda. Murrún no puede respirar, se ahoga, tiene que darse vuelta trabajosamente y asomar el hocico por el agujero para tomar un poco de aire.
¿Qué es esto? ¿Quién ha llenado de tierra mi casa mientras yo dormía?
Murrún se pone a arañar valientemente para remover los terrones. Le cuesta mucho, porque están endurecidos por el sol, que ya brilla en el último piso del cielo.
Por fin consigue asomar el hocico al aire… ¿Y qué es lo que ve?
¡Una Plantita! Una Plantita, muy instalada y plantada en el zapato, ¡en su zapato!
- ¡Qué bonito! -dijo Murrún.
- Gracias -contestó la Planta, creyendo que era un piropo.
- ¿Quién te ha dado permiso para instalarte en mi casa?
- Estaba tan cansada de vivir siempre quieta en el mismo lugar… -le contestó la Planta-, soñaba con mudarme a un zapato y pasearme de aquí para allá, de allá para aquí, ir a visitar a la mamá del alhelí.
- ¡Eso sí que no! -rezongó Murrún-, está muy bien que un Gato Murrungato viva en un zapato, pero tú, ¿para qué quieres zapatos si no tienes pies?
- Yo soy Planta -le contestó ella muy orgullosa-, y aunque no sea planta del pie, tengo derecho a vivir en un zapato, sí señor.
- ¡Pero este zapato es mi casa y no quiero inquilinos! ¡Fuffff!
- ¡Qué lástima! -lloriqueó la Plantita-, tendré que pedirle a Felipe que me trasplante otra vez a la vereda donde todos me pisotean… ¡Ay, yo que soñaba tanto con viajar en zapato por el mundo! ¡Ay, qué va a ser de mí, de mí y de la mamá del alhelí!
Murrún se lavaba la cara de muy mal humor.
- Justo cuando había encontrado una casa tan linda…-rezongaba entre lengüetazo y lengüetazo.
- Bueno, si te molesto me voy- dijo la Planta.
- ¿Cómo te vas a ir si no tienes patitas, tonta?
- Esperaré a que pase Felipe y me trasplante a la vereda -dijo ella lloriqueando.
- Esperemos que pase Felipe…-suspiró Murrún con cara de mártir.
Y mientras esperaban los dos muy callados, la Plantita, ya que no tenía nada que hacer, se puso a dar flores.
Un montón de flores, como cuatro: una celeste, una colorada, una amarilla y una más grande.
Murrún vio las flores y se puso bizco de la sorpresa. No atinó a decir ni mu ni miau ni prr ni fuff.
Estiró la patita para juguetear un poco con ellas… Y el viento las movía, y Murrún trataba de acariciar las flores muy suavemente, escondiendo las uñas.
- Cuidado, no las arañes- dijo la Planta.
- Debo reconocer- contestó Murrún sin dejar de jugar- que aunque eres una Planta muy molesta, tus flores son realmente lindas y peripuestas.
- No, faltaba más -dijo la Planta modestamente, bajando las hojas.
- Y tienen rico perfume -dijo Murrún con el hocico pegado a los pétalos. La verdad es que me gustaría tenerlas siempre cerca, para jugar.
- Si ahora te gusto más -dijo tímidamente la Planta-, ¿por qué no me llevas a pasear en zapato, como era mi ilusión?
- ¿Estás loca? -contestó Murrún.
- Todo el mundo te miraría con admiración, porque nadie ha visto nunca algo tan maravilloso. Viajaríamos… Yo andaría de aquí para allá, de allá para aquí, vería a la mamá del alhelí.
Entonces Murrún lo pensó bien. Él también estaba cansado de vagabundear solo. Y dijo: -Bueno.
Murrún se olvidó de su mal humor y empuñó los cordones.
Allá se fue, llevando la Plantita con sus flores a pasear en Cochezapato por el mundo.

sábado, 7 de octubre de 2017

A la Virgen del Rosario

-Alégrate María, Virgen de la Caridad, 
el Señor está contigo...
-Alégrate María, Virgen del Primer Dolor, 
el Señor está contigo...
-Alégrate María, Virgen de la Esperanza, 
el Señor está contigo...
-Alégrate María, Virgen de la Vuelta del Calvario,
el Señor está contigo...
-Alégrate María, Virgen del Consuelo,
el Señor está contigo...
-Alégrate María, Virgen de la Piedad, 
el Señor está contigo...
-Alégrate María, Virgen de la Soledad, 
el Señor está contigo...
-Alégrate María, Virgen del Amor Hermoso, 
Señor está contigo...

El árbol de los pañuelos

En un pequeño poblado rodeado de un hermosísimo paisaje verde y montañoso, vivía una familia formada por un papá, una mamá y sus tres hijos. Vivían allí hacía mucho tiempo y disfrutaban del verde pasto, las flores y la vida en contacto con la naturaleza. Pero en especial disfrutaban de su árbol preferido, un frondoso árbol, cuya copa daba una gran sombra que les servía para pasar el tiempo jugando, para tomar relajantes siestas, para reunir a la familia.
Cuando el tiempo pasó y los niños crecieron, uno de los muchachos discutió con su padre, se enfadmucho y decidió irse de su casa. El papá le pidió que se quedase, pidió dialogar con él y arreglar el asunto, pero todo fui inútil. El joven se fue lejos y vivió a su aire, dándose el gusto de conocer y probar todo lo que se le presentaba. Esta manera de vivir lo llevó por mal camino y, al quedarse sin nada, decidió robar en una tienda. Fue capturado por la policía y el juez lo condenó a ir a la cárcel.
Una tarde, recordando su niñez y todo lo que había aprendido, la felicidad con la que había crecido y el amor de su familia, reconocía haberse portado mal y quería pedir perdón. Deseaba volver a su hogar y recomponer la relación con su familia. 
Entonces, antes de salir de prisión, le mandó una carta a su padre, diciéndole:
 “Papá: ¿Te acuerdas de aquél monte donde jugaba cuando era pequeño? ¿Recuerdas…? Había un árbol al que me gustaba trepar…
Ahora, en pocos días, voy a coger el tren para ir al pueblo. Quiero trabajar y ser honesto, quiero cambiar de vida. Pero me importa mucho que me perdones. Si no lo haces, me esforzaré por demostrarte que he cambiado, con la esperanza de que un día me perdones. Si me perdonas, por favor cuelga un pañuelo blanco en el árbol; yo pasaré con el tren y si está el pañuelo iré a tu casa a abrazarte. Si no está, seguiré mi camino y no te molestaré más“

Llegado el día, compró el billete, subió al tren y con muchos nervios viajó esperando ver el árbol y la respuesta de su papá. 
El joven iba contándole toda su historia a un pasajero que estaba sentado a su lado en el tren. El joven se sentía tan nervioso que cuando vio que se acercaban a la casa de su padre donde estaba el árbol de su infancia, le pidió a su compañero que mirara por él. Después de pasar el monte, le preguntó muy angustiado:
- ¿Hay algún pañuelo blanco colgado del árbol?
- No, no había uno, le contestó el compañero de viaje. El árbol estaba lleno de pañuelos blancos.
Bajó del tren y corrió hasta la casa donde se encontraba su papá esperándolo con los brazos abiertos llenos de amor.

jueves, 5 de octubre de 2017

Agradecimiento

Himno de Vísperas

Te damos gracias, Señor,
porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo
la mano que lo castiga.
Tú eres el Dios que nos salva,
la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene
y el techo que nos cobija.
Y sacaremos con gozo
del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre 
la fuerza que resucita.
Entonces proclamaremos:
«¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande;
su caridad, infinita!
¡Que alabe al Señor la tierra!
Contadle sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo,
el Dios que nos justifica!» Amén.