Un niño le preguntó a su papá: ¿de qué tamaño es Dios?
Entonces al mirar al Cielo su padre vio un avión y le preguntó a su hijo:
- ¿De qué tamaño ves aquel avión?
El niño dijo: es muy pequeño, casi ni alcanzo a verlo.
Entonces el papá lo llevó al aeropuerto, y al estar cerca de un avión le preguntó:
- Y ahora, ¿de qué tamaño dices que es?
El chico le respondió con asombro: ¡Papá, es enorme!
El papá le dijo entonces:
- Dios es así, el tamaño va a depender de la distancia que tú estés de Él.
Cuanto más cerca estés de Él, mayor Él será en tu vida.
jueves, 24 de febrero de 2022
martes, 22 de febrero de 2022
Tú eres
Florentino Ulibarri
Tú eres
la brisa que alienta todas mis horas,
la lluvia que empapa mis células,
la luz que ilumina mi caminar,
el fuego que acrisola mi vida entera.
La nube que nos acompaña de día y de noche,
la roca de manantiales de agua limpia y fresca,
el perfume que penetra por todas las rendijas,
el techo que nos cobija de toda inclemencia,
eres Tú.
Tú,
tienda de lona en el desierto;
flor que florece todas las primaveras;
campo de cultivo, tierra mullida;
aljibe comunal a la vera del camino.
La mano que sostiene, la sonrisa que relaja,
el rostro que serena, el regazo que acoge,
Tú.
Tú has puesto en lo más íntimo de mi ser
el anhelo de vivir y gozar,
el deseo de abrir mi corazón,
de contemplar la amplitud del mundo,
de conocerte más y más,
de estar en silencio... contigo.
Tú eres
la brisa que alienta todas mis horas,
la lluvia que empapa mis células,
la luz que ilumina mi caminar,
el fuego que acrisola mi vida entera.
La nube que nos acompaña de día y de noche,
la roca de manantiales de agua limpia y fresca,
el perfume que penetra por todas las rendijas,
el techo que nos cobija de toda inclemencia,
eres Tú.
Tú,
tienda de lona en el desierto;
flor que florece todas las primaveras;
campo de cultivo, tierra mullida;
aljibe comunal a la vera del camino.
La mano que sostiene, la sonrisa que relaja,
el rostro que serena, el regazo que acoge,
Tú.
Tú has puesto en lo más íntimo de mi ser
el anhelo de vivir y gozar,
el deseo de abrir mi corazón,
de contemplar la amplitud del mundo,
de conocerte más y más,
de estar en silencio... contigo.
¿Qué estás diciendo?
Anthony de Mello
El Maestro Zen Mu-nan sabía que no tenía más que un sucesor: su discípulo Shoju. Un día le hizo llamar y le dijo:
- “Yo ya soy un viejo, Shoju, y eres tú quien debe proseguir estas enseñanzas. Aquí tienes un libro que ha sido transmitido de Maestro a Maestro durante siete generaciones. Yo mismo he añadido al libro algunas notas que te serán de utilidad. Aquí lo tienes. Consérvalo como señal de que eres mi sucesor”.
-“Harías mejor en guardarte el libro”, replicó Shoju. “Tú me transmitiste la sabiduría sin necesidad de palabras escritas y seré muy dichoso de conservarlo de este modo”.
- “Lo sé, lo sé…” dijo con paciencia Mu-nan. “Pero aún así el libro ha servido a siete generaciones y también puede ser útil para ti. De modo que tómalo y consérvalo”.
Se hallaban los dos hablando junto al fuego. En el momento en que los dedos de Shoju tocaron el libro, lo arrojó al fuego. No le apetecían nada las palabras escritas.
Mu-nan, a quien nadie había visto jamás enfadado, gritó:
- “¿Qué disparate estás haciendo?”.
Y Shoju le replicó:
- “¿Qué disparate estás diciendo?”
El Guru habla con autoridad de lo que él mismo ha experimentado. Nunca cita un libro.
El Maestro Zen Mu-nan sabía que no tenía más que un sucesor: su discípulo Shoju. Un día le hizo llamar y le dijo:
- “Yo ya soy un viejo, Shoju, y eres tú quien debe proseguir estas enseñanzas. Aquí tienes un libro que ha sido transmitido de Maestro a Maestro durante siete generaciones. Yo mismo he añadido al libro algunas notas que te serán de utilidad. Aquí lo tienes. Consérvalo como señal de que eres mi sucesor”.
-“Harías mejor en guardarte el libro”, replicó Shoju. “Tú me transmitiste la sabiduría sin necesidad de palabras escritas y seré muy dichoso de conservarlo de este modo”.
- “Lo sé, lo sé…” dijo con paciencia Mu-nan. “Pero aún así el libro ha servido a siete generaciones y también puede ser útil para ti. De modo que tómalo y consérvalo”.
Se hallaban los dos hablando junto al fuego. En el momento en que los dedos de Shoju tocaron el libro, lo arrojó al fuego. No le apetecían nada las palabras escritas.
Mu-nan, a quien nadie había visto jamás enfadado, gritó:
- “¿Qué disparate estás haciendo?”.
Y Shoju le replicó:
- “¿Qué disparate estás diciendo?”
El Guru habla con autoridad de lo que él mismo ha experimentado. Nunca cita un libro.
domingo, 20 de febrero de 2022
Si te hiciéramos caso, Jesús
Mari Patxi Ayerra
Si adoptáramos tu forma de vivir, Jesús, todo sería distinto.
Comenzaríamos queriéndonos a nosotros mismos,
con ese amor ciego con que Dios nos quiere.
Creeríamos en nuestras posibilidades y potencias interiores
y pondríamos en marcha todos nuestros recursos.
Querríamos también a todas las personas,
descubriríamos el valor oculto que todas poseen
y la gran obra que el Señor ha creado en cada uno.
Amaríamos a nuestros enemigos
y a todos los que nos han hecho daño,
porque perdonaríamos como Tú, Padre,
hasta setenta veces siete, es decir, siempre y todo,
limpiando nuestra mente de memorias y resentimientos.
Tendríamos un corazón compasivo y misericordioso como el tuyo,
sensible al dolor del hermano, atento a sus necesidades.
No perderíamos el tiempo en difamaciones ni juicios ajenos,
sino que disculparíamos siempre y entenderíamos todo.
Viviríamos el Amor en todo momento y relación,
siendo provocadores de encuentros, de amistad,
de compañerismo y de fraternidad alrededor.
Si viviéramos como nos enseñaste, Jesús,
no andaríamos nunca preocupados ni agobiados,
nos dejaríamos sosegar por Ti
y elegiríamos siempre de la vida la mejor parte,
que es la de gozar la vida con tu compañía,
Si adoptáramos tu forma de vivir, Jesús, todo sería distinto.
Comenzaríamos queriéndonos a nosotros mismos,
con ese amor ciego con que Dios nos quiere.
Creeríamos en nuestras posibilidades y potencias interiores
y pondríamos en marcha todos nuestros recursos.
Querríamos también a todas las personas,
descubriríamos el valor oculto que todas poseen
y la gran obra que el Señor ha creado en cada uno.
Amaríamos a nuestros enemigos
y a todos los que nos han hecho daño,
porque perdonaríamos como Tú, Padre,
hasta setenta veces siete, es decir, siempre y todo,
limpiando nuestra mente de memorias y resentimientos.
Tendríamos un corazón compasivo y misericordioso como el tuyo,
sensible al dolor del hermano, atento a sus necesidades.
No perderíamos el tiempo en difamaciones ni juicios ajenos,
sino que disculparíamos siempre y entenderíamos todo.
Viviríamos el Amor en todo momento y relación,
siendo provocadores de encuentros, de amistad,
de compañerismo y de fraternidad alrededor.
Si viviéramos como nos enseñaste, Jesús,
no andaríamos nunca preocupados ni agobiados,
nos dejaríamos sosegar por Ti
y elegiríamos siempre de la vida la mejor parte,
que es la de gozar la vida con tu compañía,
tu impulso y tu Espíritu. Gracias, Señor.
La bolsa de patatas
Un maestro dijo un día a sus alumnos:
- Mañana vais a traer a la escuela una bolsa de plástico transparente y un saco de patatas.
Al día siguiente todos trajeron lo mandado por el maestro. Éste les dijo:
- Por cada persona que te niegues a perdonar elige una patata, escribe el nombre de la persona y la fecha de la ofensa y colócala en la bolsa de plástico.
Algunas bolsas eran bien pesadas y estaban casi llenas. Luego les dijo:
- Tenéis que llevar la bolsa a todos los sitios que vayáis y por la noche colocarla junto a la cama.
La molestia e incomodidad de cargar cada día con la bolsa de patatas con sus nombres y fechas les hizo sentir el peso espiritual que llevaban dentro. El estado de las patatas con el tiempo empeoró y olían a podrido.
Este es el precio que pagamos por almacenar rencores y odios. A veces pensamos que el perdón es un regalo que hacemos a los otros; no, es un regalo que nos hacemos a nosotros.
- Mañana vais a traer a la escuela una bolsa de plástico transparente y un saco de patatas.
Al día siguiente todos trajeron lo mandado por el maestro. Éste les dijo:
- Por cada persona que te niegues a perdonar elige una patata, escribe el nombre de la persona y la fecha de la ofensa y colócala en la bolsa de plástico.
Algunas bolsas eran bien pesadas y estaban casi llenas. Luego les dijo:
- Tenéis que llevar la bolsa a todos los sitios que vayáis y por la noche colocarla junto a la cama.
La molestia e incomodidad de cargar cada día con la bolsa de patatas con sus nombres y fechas les hizo sentir el peso espiritual que llevaban dentro. El estado de las patatas con el tiempo empeoró y olían a podrido.
Este es el precio que pagamos por almacenar rencores y odios. A veces pensamos que el perdón es un regalo que hacemos a los otros; no, es un regalo que nos hacemos a nosotros.
domingo, 13 de febrero de 2022
Seréis felices
Gracias, Señor, hoy nos has dicho en el evangelio
que somos bienaventurados
si dejamos en nuestra vida un hueco para que crezca Dios,
si confiamos en ti y no en las riquezas,
si abrimos nuestra vida a los que nos necesitan.
En esta Jornada de Manos Unidas te damos gracias,
Padre, por la fe que nos regalas,
por el deseo que enciendes en nosotros
para acabar con las desigualdades que nos rodean,
para cambiar las injusticias de este mundo.
Queremos ponernos en camino ya y por eso te pedimos:
Fuerza para ser tus MANOS, actuando con solidaridad.
Sabiduría para ser tu BOCA, denunciando toda desigualdad.
Profundidad para ser tus OJOS,
que descubren a tu Hijo en los más desfavorecidos.
Escucha para ser tus OÍDOS, que acogen el grito de los empobrecidos.
Valentía para ser tus PIES, saliendo de nuestra zona de confort.
Y concédenos, por encima de todo, Misericordia
para ser tu CORAZÓN que ama a cada persona de manera particular.
si dejamos en nuestra vida un hueco para que crezca Dios,
si confiamos en ti y no en las riquezas,
si abrimos nuestra vida a los que nos necesitan.
En esta Jornada de Manos Unidas te damos gracias,
Padre, por la fe que nos regalas,
por el deseo que enciendes en nosotros
para acabar con las desigualdades que nos rodean,
para cambiar las injusticias de este mundo.
Queremos ponernos en camino ya y por eso te pedimos:
Fuerza para ser tus MANOS, actuando con solidaridad.
Sabiduría para ser tu BOCA, denunciando toda desigualdad.
Profundidad para ser tus OJOS,
que descubren a tu Hijo en los más desfavorecidos.
Escucha para ser tus OÍDOS, que acogen el grito de los empobrecidos.
Valentía para ser tus PIES, saliendo de nuestra zona de confort.
Y concédenos, por encima de todo, Misericordia
para ser tu CORAZÓN que ama a cada persona de manera particular.
El niño gigante
J. L. Sánchez y M. A. Pacheco
Un día llegó un niño a un pueblo que le pareció un poco especial... Toda la gente era muy pequeña. El niño tenía mucha hambre y le dieron de comer.
Como no encontró a sus padres en aquel pueblo, dio las gracias por la comida y, ya se iba a marchar para seguir buscándolos, cuando le dijeron que lo que había comido costaba mucho dinero y que tendría que pagar por ello. Pero el dinero que tenía el niño no valía para pagar en aquel pueblo. Entonces le dijeron que tendría que trabajar para poder pagar su comida.
El niño contestó que él no sabía trabajar porque era un niño. Le contestaron que era demasiado grande para ser niño y que podía trabajar mejor que nadie porque era un gigante. Así que el niño, que era muy obediente, se puso a trabajar.
Como trabajó mucho, le entró hambre y tuvo que comer otra vez. Y, como estaba muy cansado, tuvo que quedarse allí a dormir. Y al día siguiente tuvo que trabajar otra vez para poder pagar la comida y el alojamiento.
Cada día trabajaba más y más, cada día tenía más y más hambre y cada día tenía que pagar más y más por la comida y la cama. Y cada día estaba más cansado porque era un niño.
La gente del pueblo estaba encantada. Como aquel gigante hacía todo el trabajo, ellos cada día tenían menos que hacer. En cambio, los niños estaban muy preocupados: el gigante estaba cada día más delgado y más triste. Todos le llevaban sus meriendas y las sobras de comida de sus casas; pero aun así el gigante seguía pasando hambre. Y, aunque le contaron historias maravillosas, no se le pasaba la tristeza.
Así es que decidieron que, para que su amigo pudiera descansar, ellos harían el trabajo. Pero como eran niños, aquel trabajo tan duro les agotaba y además, como estaban siempre trabajando, no podían jugar, ni ir al cine, ni estudiar. Los padres veían que sus hijos estaban cansados y débiles.
Un día los padres descubrieron lo que ocurría y decidieron que había que castigar al gigante por dejar que los niños hicieran el trabajo pero, cuando vieron llegar a los padres del niño gigante, que recorrían el mundo en busca de su hijo, comprendieron que estaban equivocados. El gigante ¡era de verdad un niño!
Aquel niño se fue con sus padres y los mayores de aquel pueblo tuvieron que volver a sus tareas como antes. Ya nunca obligarían a trabajar a un niño, aunque fuera un niño gigante.
Un día llegó un niño a un pueblo que le pareció un poco especial... Toda la gente era muy pequeña. El niño tenía mucha hambre y le dieron de comer.
Como no encontró a sus padres en aquel pueblo, dio las gracias por la comida y, ya se iba a marchar para seguir buscándolos, cuando le dijeron que lo que había comido costaba mucho dinero y que tendría que pagar por ello. Pero el dinero que tenía el niño no valía para pagar en aquel pueblo. Entonces le dijeron que tendría que trabajar para poder pagar su comida.
El niño contestó que él no sabía trabajar porque era un niño. Le contestaron que era demasiado grande para ser niño y que podía trabajar mejor que nadie porque era un gigante. Así que el niño, que era muy obediente, se puso a trabajar.
Como trabajó mucho, le entró hambre y tuvo que comer otra vez. Y, como estaba muy cansado, tuvo que quedarse allí a dormir. Y al día siguiente tuvo que trabajar otra vez para poder pagar la comida y el alojamiento.
Cada día trabajaba más y más, cada día tenía más y más hambre y cada día tenía que pagar más y más por la comida y la cama. Y cada día estaba más cansado porque era un niño.
La gente del pueblo estaba encantada. Como aquel gigante hacía todo el trabajo, ellos cada día tenían menos que hacer. En cambio, los niños estaban muy preocupados: el gigante estaba cada día más delgado y más triste. Todos le llevaban sus meriendas y las sobras de comida de sus casas; pero aun así el gigante seguía pasando hambre. Y, aunque le contaron historias maravillosas, no se le pasaba la tristeza.
Así es que decidieron que, para que su amigo pudiera descansar, ellos harían el trabajo. Pero como eran niños, aquel trabajo tan duro les agotaba y además, como estaban siempre trabajando, no podían jugar, ni ir al cine, ni estudiar. Los padres veían que sus hijos estaban cansados y débiles.
Un día los padres descubrieron lo que ocurría y decidieron que había que castigar al gigante por dejar que los niños hicieran el trabajo pero, cuando vieron llegar a los padres del niño gigante, que recorrían el mundo en busca de su hijo, comprendieron que estaban equivocados. El gigante ¡era de verdad un niño!
Aquel niño se fue con sus padres y los mayores de aquel pueblo tuvieron que volver a sus tareas como antes. Ya nunca obligarían a trabajar a un niño, aunque fuera un niño gigante.
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