jueves, 16 de octubre de 2025
El martillo y el clavo
El clavo le dijo al martillo:
— ¿Por qué siempre eres tú quien me golpea?
El martillo respondió:
— No lo hago para lastimarte, lo hago para ayudarte a cumplir tu misión.
— Pero duele… -susurró el clavo.
— Lo sé -dijo el martillo-, pero sin ese golpe nunca entrarías en la madera, nunca sostendrías nada, nunca servirías de apoyo para nadie.
— ¿Y tú? ¿No te cansas de golpear?
— Claro que sí, pero vale la pena cuando veo que gracias a eso tú logras tu misión.
El clavo guardó silencio, y con una pequeña sonrisa dijo:
— Gracias por empujarme, aunque duela. Gracias por no dejarme a medias.
Moraleja: a veces la vida nos golpea no para destruirnos, sino para colocarnos justo donde debemos estar. El dolor también puede ser una forma de avance, de Amor.
martes, 14 de octubre de 2025
Himno de Laudes
que, con el sueño, alivias y, en la tregua de un sueño,
tu escala tiendes a Jacob:
Al filo de los gallos, en guardia labradora,
despiertan en los montes los fuegos de la aurora,
y de tus manos sube el sol.
Incendia el cielo en sombras el astro matutino,
y el que pecó en tinieblas recobra su camino
en la inocencia de la luz.
Convoca brazo y remo la voz de la marea,
y llora Pedro, el duro patrón de Galilea,
cimiento y roca de Jesús.
El gallo nos increpa; su canto al sol dispara,
desvela al soñoliento, y al que pecó lo encara
con el fulgor de la verdad;
a su gozosa alerta, la vida se hace fuerte,
renace la esperanza, da un paso atrás la muerte,
y el mundo sabe a pan y a hogar.
Del seno de la tierra, convocas a tu Ungido,
y el universo entero, recién amanecido,
encuentra en Cristo su esplendor.
Él es la piedra viva donde se asienta el mundo,
la imagen que lo ordena, su impulso más profundo
hacia la nueva creación.
Por él, en cuya sangre se lavan los pecados,
estamos a tus ojos recién resucitados
y plenos en su plenitud.
Y, con el gozo nuevo de la criatura nueva,
al par que el sol naciente, nuestra oración se eleva
en nombre del Señor Jesús. Amén.
Vuelve cuando quieras
Uno de esos carteles decía: “Si hoy te sientes triste, toca el timbre. No tengo solución, pero sí café.”
Otro decía: “Si tuviste un mal día, aquí hay pan dulce y silencio. El silencio también cura.”
Al principio, nadie hacía caso. Pero con el tiempo, empezaron a llegar. Un señor al que acaban de despedir. Una muchacha sola en la ciudad. Un niño con miedo de volver al colegio.
No hablaban mucho. Se sentaban en una silla de plástico, tomaban un café, y seguían su camino.
La regla era simple: No hacía falta contar toda la vida. Solo saber que había alguien al otro lado de la puerta.
Una vecina le preguntó:
— “¿Por qué hace esto, Doña Matilde?”
Y ella respondió, sonriendo:
— “Porque no quiero que el barrio se vuelva un conjunto de puertas cerradas. Antes la gente se buscaba. Ahora cada quien se encierra. Yo solo estoy recordando que seguimos necesitando a alguien.”
La historia se hizo conocida cuando una joven hizo una foto al cartel y la publicó.
Miles de personas comentaron: “No todos los héroes usan capa. Algunos ponen café y sillas en la puerta.”
Hoy, cada mañana, el barrio se detiene frente a la casa de Doña Matilde a ver qué dice el cartel.
A veces es un mensaje tierno. Otras veces, uno gracioso. Otras, un simple: “Si no tienes con quién comer, toca el timbre. Aquí siempre hay una tortilla caliente.”
No todo el mundo pasa. No todo el mundo se sienta. Pero todos saben que pueden hacerlo.
Y eso, en un mundo donde cada vez hay más distancia, es un acto de resistencia.
Doña Matilde siempre dice la misma frase cuando alguien se despide:
— “Vuelve cuando quieras. Aquí no se cura la tristeza, pero sí se acompaña.”
domingo, 5 de octubre de 2025
Aquí me tienes, Señor
Mari Patxi Ayerra
Soy un siervo frágil e inseguro,
pero quiero presentarte hoy mi vida entera,
quiero ofrecerte lo que soy y lo que sueño,
lo que quisiera hacer y no consigo.
Yo sé que conmigo puedes contar poco,
pero contigo al lado, Señor, soy otra cosa.
Tú me haces fuerte.
Tú me das sensatez y prudencia.
Quiero cuidar el tesoro de tu Amor,
y quiero extenderlo en mi entorno,
deseo vivir entregado a mis hermanos,
en justicia, derecho y rectitud.
Soy consciente de que me hiciste para Ti, Señor,
y que mi vida anda desasosegada hasta que te goce.
Por eso te pido que no me abandones nunca,
para que viva en tu sensatez e inteligencia.
Quiero bendecirte con mi vida, Dios mío,
quiero que mis gestos sean de amor a los hermanos
y de alabanza tuya al mismo tiempo,
porque Tú eres el centro de mi vida
y el motor constante de mis días.
Tú llenas mi vida de sentido
y mis momentos cotidianos de gozo;
contigo al lado me vuelvo fecundo,
porque Tú eres mi brújula, mi tesoro y mi pasión.
Cuestión de fe
El cura y los feligreses, a pesar de sus protestas, no pudieron impedir su apertura. Decidieron ponerse a rezar y cada noche, en largas vigilias de oración, le pedían a Dios que mandara fuego del cielo y acabar con aquel lugar de pecado.
Una noche, un rayo cayó sobre el Club y el fuego lo redujo a cenizas. Los dueños demandaron a la iglesia por los daños que sus oraciones les habían causado.
El cura y los feligreses contrataron también un abogado que los defendiera de estos cargos.
Oídas las dos partes el juez declaró:
- Es opinión de este juzgado que los dueños del Club son los que creen en el poder de la oración. El cura y los feligreses no creen en la eficacia de sus oraciones porque han buscado un abogado que los defienda.
sábado, 4 de octubre de 2025
Cántico de las criaturas
San Francisco de Asís
Omnipotente, altísimo, bondadoso Señor,
tuyas son la alabanza, la gloria y el honor;
tan sólo tú eres digno de toda bendición,
y nunca es digno el hombre de hacer de ti mención.
Loado seas por toda criatura, mi Señor,
y en especial loado por el hermano sol,
que alumbra, y abre el día, y es bello en su esplendor,
y lleva por los cielos noticia de su autor.
Y por la hermana luna, de blanca luz menor,
y las estrellas claras, que tu poder creó,
tan limpias, tan hermosas, tan vivas como son,
y brillan en los cielos: ¡loado, mi Señor!
Y por la hermana agua, preciosa en su candor,
que es útil, casta, humilde: ¡loado mi Señor!
Por el hermano fuego, que alumbra al irse el sol,
y es fuerte, hermoso, alegre: ¡loado mi Señor!
Y por la hermana tierra, que es toda bendición,
la hermana madre tierra, que da en toda ocasión
las hierbas y los frutos y flores de color,
y nos sustenta y rige: ¡loado mi Señor!
Y por los que perdonan y aguantan por tu amor
los males corporales y la tribulación:
¡felices los que sufren en paz con el dolor,
porque les llega el tiempo de la consolación!
Y por la hermana muerte: ¡loado mi Señor!
Ningún viviente escapa a su persecución;
¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!
¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!
¡No probarán la muerte de la condenación!
Servidle con ternura y humilde corazón.
Agradeced sus dones, cantad su creación.
Las criaturas todas, load a mi Señor. Amén.
Francisco de Asís y el hermano lobo.
Los habitantes de Gubbio temblaban de miedo, sobre todo cuando el lobo merodeaba por las murallas de la ciudad. Si uno se encontraba solo frente a aquel lobo, era incapaz de defenderse y el lobo le devoraba. Nadie se atrevía ya a salir de la ciudad y ni siquiera de casa.
San Francisco, compadecido de aquella pobre gente, decide salir al encuentro del lobo. Los ciudadanos se lo desaconsejan:
- ¡Por Dios! ¡No vayas! ¡El lobo te devorará!
Pero San Francisco toma consigo algunos compañeros y, haciendo el signo de la cruz, sale fuera de las murallas confiando en Dios. Después de caminar un trecho los compañeros le abandonan porque tienen miedo de ir más adelante. San Francisco, por el contrario, sigue caminando hacia el lugar donde solía estar escondido el lobo.
Los habitantes de Gubbio se suben a las murallas para ver qué sucedía. Y decían entre ellos:
- El lobo devorará seguramente a Francisco.
El lobo salió de su guarida rechinando los dientes. Rabioso, echa a correr hacia Francisco.
Francisco no está armado. No tiene ni siquiera un palo. Lleva los brazos cruzados sobre el pecho.
El lobo se para delante de Francisco. El santo levanta mano y hace la señal de la cruz dirigida al lobo, y luego le dice con voz firme:
- ¡Ven aquí, hermano lobo! Te ordeno que no hagas daño ni a mí ni a ninguna otra persona.
San Francisco mira al lobo en los ojos. El lobo entonces cierra la boca, mete el rabo entre las patas y se acerca cabizbajo a San Francisco.
Y cuando llega a los pies del santo, se tumba como un perrito. San Francisco le habla así:
- Hermano lobo, has hecho mucho daño. Has matado a muchas criaturas de Dios sin su permiso. Has devorado a las bestias y hasta has tenido el atrevimiento de matar a hombres y niños. Por tu maldad merecerías morir a palos. La gente de esta ciudad grita contra ti, y en este territorio todos te son enemigos. Pero yo quiero, hermano lobo, hacer la paz entre ti y los habitantes de Gubbio. Si tú no vuelves a ofenderles, ellos perdonarán tus pasadas fecharías.
Los ciudadanos, desde lo alto de las murallas, oyen las palabras de Francisco y todos se quedan boquiabiertos de estupor. El lobo, a las palabras del santo, mueve el rabo, agacha las orejas e inclina la cabeza, como para dar a entender que acepta lo que el santo ha dicho.
Francisco continúa:
- Hermano lobo, yo te mando que vengas ahora mismo conmigo, sin dudarlo. Tenemos que hacer la paz entre ti y el pueblo de Gubbio.
Francisco da media vuelta y se encamina hacia la ciudad. El lobo le sigue detrás como un perrito domesticado.
En seguida la noticia se esparce por la ciudad. Todos se reúnen en la plaza alrededor de Francisco y el lobo. Los niños están en primera fila, curiosos de ver desde cerca aquel lobo terrible y feroz.
Francisco dice dirigiéndose a la gente:
- Oíd, hermanos míos. El hermano lobo me ha prometido hacer la paz con todos; pero vosotros debéis prometerle que le vais a dar cada día el alimento necesario para quitarle el hambre. Yo os garantizo que el hermano lobo mantendrá la promesa de no volver a molestaros.
El pueblo aplaude y acepta las condiciones del pacto. Francisco se dirige al lobo:
- Y tú, hermano lobo, ¿Prometes solemnemente observar el pacto de paz? ¿Prometes que ya no volverás a molestar ni a los hombres ni a los animales ni a ninguna otra criatura viviente?
El lobo entonces dobla las patas delanteras, se arrodilla, inclina repetidamente la cabeza, mueve el rabo y agacha las orejas. Con estos gestos quiere demostrar, en lo posible, que observará el pacto.
Francisco añade:
- Hermano lobo, quiero que me prometas mantenerte fiel a estas condiciones aquí ante todo el pueblo.
Entonces el lobo, de pie, levanta la pata delantera derecha y la pone en la mano del santo. Francisco estrecha la pata del lobo. Toda la gente aplaude. Los niños se acercan al lobo y empiezan a acariciarlo. El lobo lame la mano de los niños como un perrito domesticado.
Desde aquel día el lobo vivió dentro de la ciudad de Gubbio. Entraba en las casas. Iba de puerta en puerta. Jugaba con los niños. Nadie le molestaba y él no hacía mal a nadie. Ni siquiera los perros le ladraban.
Los habitantes de Gubbio, de acuerdo con lo prometido, se preocupaba de darle de comer todos los días.
Pasados algunos años, el hermano lobo murió de viejo. Una mañana le encontraron tendido ante la puerta de la ciudad. Cuando se esparció la noticia de la muerte del lobo, todos se entristecieron porque se habían acostumbrado a querer al lobo. Muchos lloraron. Sobre todo los niños.