jueves, 30 de octubre de 2025

Aquí estoy, Señor

Aquí estoy, Señor, delante de ti,
con mi presente y con mi pasado a cuestas;
con lo que he sido y con lo que soy ahora;
con todas mis capacidades y todas mis limitaciones;
con todas mis fortalezas y todas mis debilidades.
Te doy gracias por el amor con el que me has amado,
y por el amor con el que me amas ahora, a pesar de mis fallos.
Sé bien, Señor, que por muy cerca que crea estar de Ti,
por muy bueno que me juzgue a mí mismo,
tengo mucho que cambiar en mi vida,
mucho de qué convertirme,
para ser lo que Tú quieres que yo sea,
lo que pensaste para mí cuando me creaste.
Ilumina, Señor, mi entendimiento y mi corazón,
para que Tú seas cada día con más fuerza,
el dueño de mis pensamientos, de mis palabras y de mis actos;
para que todo en mi vida gire en torno a Ti;
para que todo en mi vida sea reflejo de tu amor infinito,
de tu bondad infinita,
de tu misericordia y tu compasión.
Dame, Señor, la gracia de la conversión sincera y constante.
Dame, Señor, la gracia de mantenerme unido a Ti siempre,
hasta el último instante de mi vida en el mundo,
para luego resucitar Contigo a la Vida eterna. Amén.

Reparar TV antiguos

                Ankor Inclán

A los 82 años, mi abuelo aprendió a usar YouTube. No porque quisiera ver videos de cocina o escuchar boleros de antaño. Sino porque tenía una misión.
Durante más de cinco décadas, había trabajado como reparador de televisores en un pequeño pueblo. Era de esos hombres que sabían identificar un problema solo con escuchar el zumbido de un aparato. Decía que los televisores, como las personas, también daban señales antes de apagarse del todo.
Pero con la llegada de las pantallas planas, los LED y los Smart TV, los clientes dejaron de venir. Su taller, ese santuario de destornilladores y resistencias, se volvió museo. Sus hijos lo animaban a venderlo. Él se negaba.
— Todavía hay cosas que puedo enseñar -decía.
Nadie le prestaba atención. Hasta que una tarde, su nieta -mi prima- lo grabó arreglando un viejo televisor.
— “Mira esto”, le dijo. “Vamos a subirlo a YouTube. A lo mejor a alguien le sirve.”
Mi abuelo no entendía del todo. Solo dijo: “Si puede ayudar a alguien, hazlo”.
El video se tituló: “Abuelo enseña cómo revivir un televisor de tubo”. Tenía sus manos temblorosas, su voz pausada, y una ternura que no se aprende: se vive. A la semana, tenía 18 vistas. A las tres semanas, 12.000. A los dos meses, lo invitaron a un programa de tecnología en la TV local para que hablara de “oficios que no deberían morir”. Yo lo acompañé. Antes de entrar al set, me apretó la mano y murmuró:
— Nunca imaginé que lo que aprendí en soledad le serviría a tanta gente.
Ese día, contó que aprendió electrónica por correspondencia. Que hacía dibujos en cuadernos con regla y lápiz. Que nunca tuvo computador, pero podía leer un circuito como quien lee una carta de amor.
Cuando terminó, el público lo ovacionó de pie. Y él, que nunca había usado un micrófono, solo dijo:
— No importa cuántos años pasen, lo que uno sabe puede seguir ayudando… si alguien lo escucha.
Volvió al pueblo como una leyenda. Su taller, que antes era un desván lleno de polvo, se transformó en aula. Venían chicos de otros barrios a aprender cómo funcionaban los radios antiguos. Traían sus dudas, sus ganas de saber, y él respondía con una mezcla de ciencia y cariño.
Hace poco, cumplió 84. En lugar de pedir regalos, pidió que todos los que lo querían trajeran un aparato viejo para arreglar entre todos.
— Así se aprende: no con cosas nuevas, sino dando nueva vida a las que aún pueden funcionar -dijo.
Ese día, estropeó a propósito su propio televisor. Lo abrió delante de todos y les enseñó a cada uno cómo encontrar la pieza rota.
Después encendieron el aparato y todos aplaudieron. Mi abuelo se rio y dijo:
— ¿Veis? La vida también es así. A veces no hay que reemplazar… solo entender dónde está el fallo y tener paciencia para repararlo.

domingo, 26 de octubre de 2025

Sólo a veces, Señor

              Florentino Ulibarri

A veces, Señor, sólo a veces,
harto de este malvivir,
de tanto aparentar y de ser fariseo,
subo al templo a estar contigo
como el publicano del evangelio.
Me coloco en los últimos puestos
sin atreverme a levantar cabeza,
me desnudo en tu presencia
y se opera el milagro esperado.

A veces, Señor, sólo a veces,
me hago sencillo y transparente,
y en esos diálogos sinceros
se me estremece el corazón
y fecundan las entrañas
con tantas semillas de vida y gracia,
que me siento joven y libre
para caminar por la historia
sin tener que justificar mis andanzas.
A veces; Señor, sólo a veces,
leo el evangelio y descubro
que no necesita explicaciones
para que fecunde mis entrañas.

La señora Marcela

— Disculpe… ¿a dónde me lleva? -preguntó la mujer en voz baja, mirando con desconcierto por la ventana del coche.
— Señora Marcela, hemos llegado. Este es el hogar de ancianos “Santa Ana”. A partir de hoy, usted vivirá aquí.
— ¿Cómo que… viviré aquí? -su voz tembló- ¿Y mi hija? ¿No viene?
— Dijo que la llamará, -respondió el conductor mientras dejaba una pequeña maleta en la acera: un suéter, un cepillo, una vieja fotografía.
— Le deseo mucha salud, señora Marcela. Aquí estará bien.
El coche se alejó. Marcela se quedó sola, con el viento frío acariciando sus mejillas húmedas.
En la puerta, una mujer con bata azul la esperaba.
— Bienvenida, señora Marcela. Soy Nicoleta, la enfermera. Venga, le mostraré su habitación.
— ¿Habitación? Yo tenía una casa… un jardín… y flores…
— Aquí también tendrá flores, ya lo verá, -dijo Nicoleta con dulzura.
La habitación era pequeña pero limpia. En la otra cama dormía una anciana.
— Se llama tía Ileana, -explicó la enfermera- Habla poco.
— No importa, -sonrió Marcela- Yo siempre hablo por dos.
Los días pasaban lentamente. Los residentes eran callados, cansados, cada uno atrapado en sus recuerdos. Algunos esperaban visitas que nunca llegaban, otros vivían de sus memorias. Pero Marcela no sabía quedarse quieta. Una mañana pidió una pala.
— ¿Qué quiere hacer, señora Marcela? -preguntó el guardia.
— Quiero plantar flores. No puedo vivir entre paredes sin tocar la tierra.
Y plantó -menta, albahaca y caléndulas.
— Aquí crecerá nuestra primavera, -dijo a las demás- Si no tenemos a quién esperar, al menos esperemos a que florezca algo.
Semanas después, el patio olía a vida.
Un día, tía Ileana susurró:
— Huele a infancia…
— Sí, querida. A infancia y a Dios, -respondió Marcela con ternura.
Desde entonces, Ileana volvió a hablar. Luego, Marcela fue a ver a la directora.
— Permítanos crear un pequeño taller de costura y recuerdos. Cada persona tiene una historia. Si no la contamos, muere con nosotros. La directora sonrió.
— Está bien, señora Marcela. Si logra convencer a los demás, le traeré materiales.
Y lo logró. En pocos días, la sala se llenó de risas, hilos de colores y voces.
— ¡Yo fui modista en Cortefiel! -decía una.
— ¡Y yo cosía ropa para artistas! -añadía otra.
Marcela reía:
— ¿Veis? Aún estamos vivas. Tenemos manos, tenemos corazón. Solo nos faltaba ilusión.
Llegó la verdadera primavera. El hogar cambió: flores por todas partes, paredes pintadas, gente sonriente. En la puerta colgaba un poema de Marcela:
“No importa dónde esté tu casa,
lo que importa es tener a alguien que te escuche,
y un pedacito de cielo bajo el cual decir ‘gracias’.”
Un domingo, un coche elegante se detuvo frente a la puerta. De él bajó una mujer joven y elegante.
— Busco a mi madre. Marcela Ionița.
Marcela estaba en el jardín, regando las flores.
— Irina…
— Mamá… he venido a llevarte a casa.
— ¿A casa? -sonrió-. Ya estoy en casa.
— Mamá, perdóname… creí que hacía lo correcto.
— Hiciste lo que sabías, hija mía. Pero mira a estas personas: nadie más viene a verlas. Si me voy, ¿quién les contará una historia? ¿Quién regará sus flores?
— Pero no tienes obligación de cuidarlas, mamá.
— El amor nunca es una obligación, Irina. Es un regalo.
Irina miró alrededor: rostros tranquilos, flores, paz.
— Es hermoso este lugar, mamá.
— Sí. Pero ¿sabes qué es lo más hermoso? Pensé que mi vida había terminado… y apenas comenzaba.
Desde ese día, Irina venía todos los fines de semana. Traía dulces, frutas, libros. Marcela la presentaba con orgullo:
— Esta es mi hija. Ella me enseñó que no hay que enfadarse con quienes te dejaron sola. Solo hay que mostrarles que aún puedes ser feliz.
Con el tiempo, la directora le dijo:
— Señora Marcela, todos la quieren. Queremos que sea la coordinadora de actividades.
— ¿Yo? ¿A los setenta y tres años? -y se echó a reír.
— Sí. Usted es el alma de este lugar.
Así se convirtió en “Doña Marcela” -la mujer que sembraba esperanza. Escribía poemas, preparaba té de menta, organizaba noches de canto.
— ¿De dónde saca tanta fuerza? -le preguntó Nicoleta.
— De las lágrimas que ya no quise llorar. Las convertí en sonrisas.
Tres años después, el hogar “Santa Ana” ya no era un lugar de soledad, sino un lugar lleno de vida. Los periódicos escribían: “Los ancianos que renacieron gracias a una mujer sencilla.”
Marcela recibió un reconocimiento del ayuntamiento. Al subir al escenario, dijo solo:
— Gracias. El mayor premio es saber que aún tienes un propósito. La felicidad no se va con la juventud, se va cuando dejas de amar.
Una mañana, Marcela se fue en silencio, mientras dormía. En la mesita, un papelito:
“No lloréis. Solo fui a regar las flores del otro lado.
Cuídense unos a otros. El amor nunca se jubila.”
Irina encontró la nota y lloró -no de tristeza, sino de gratitud. Siguió el camino de su madre: visitaba, ayudaba, traía flores, contaba historias.
Y así, una mujer sencilla y olvidada se convirtió en el comienzo de una nueva vida para muchas almas.
Porque a veces no hace falta cambiar el mundo entero. Basta con regar una flor. Y un corazón.

jueves, 23 de octubre de 2025

Préstame, Madre...

Préstame, Madre, tus ojos, para con ellos mirar, porque si por ellos miro, nunca volveré a pecar.
Préstame, Madre, tus labios, para con ellos rezar, porque si con ellos rezo, Jesús me podrá escuchar.
Préstame, Madre, tu lengua, para poder comulgar, pues es tu lengua patena de amor y de santidad.
Préstame, Madre, tus brazos, para poder trabajar, que así rendirá el trabajo una y mil veces más.
Préstame, Madre, tu manto, para cubrir mi maldad, pues cubierto con tu manto al Cielo he de llegar.
Préstame, Madre a tu Hijo, para poderlo yo amar, si Tú me das a Jesús, ¿qué más puedo yo desear?
Y esa será mi dicha por toda la eternidad.

La vendedora de empanadas 2ª parte

              por Gisel Domínguez

Esa tarde fui al hospital con una canasta de empanadas. Encontré al señor Ramírez en su habitación, más delgado, más viejo, pero con los mismos ojos amables de aquel día en la esquina.
— Señora -dijo al verme-, no debió molestarse.
— Usted tampoco debió molestarse aquel día -respondí, sentándome junto a su cama-. Pero lo hizo. Y ahora nos toca a nosotros.
Mateo entró detrás de mí, con un dosier en las manos.
— Señor Ramírez, ya hablé con administración. Su tratamiento está cubierto. Totalmente.
— No puedo permitir...
— No es caridad -lo interrumpió Mateo, usando las mismas palabras que él había dicho hacía tantos años-. Es honrar lo que usted hizo por mí. Es cerrar el círculo.
El señor Ramírez lloró. Yo lloré. Mateo lloró.
— Mi madre estaría orgullosa -susurró el señor Ramírez-. Por fin logré lo que no pude hacer por ella: salvar una vida. Y esa vida salvó la mía.
Tomó una empanada de la canasta y sonrió.
— Siguen siendo las mejores empanadas de la ciudad.
Mateo lo curó. Seis meses después, el señor Ramírez estaba en revisión. Ahora viene cada domingo a comer empanadas conmigo y con Mateo. Me cuenta historias de su madre, esa mujer a la que nunca conocí pero a quien le debo todo.

A veces, la vida te quita todo. Pero otras veces, si tienes suerte, te devuelve más de lo que soñaste. No en cosas materiales, sino en algo mucho más valioso: la prueba de que la bondad nunca muere, solo se transforma, crece y regresa cuando más la necesitas.

miércoles, 22 de octubre de 2025

Alrededor

                José María R. Olaizola, SJ

Pregunto, «¿dónde estás?»
Extiendo los brazos, y el alma,
en tu búsqueda.
La duda me atenaza
y no siento que avance,
con estos pies de barro,
con estas entrañas duras
indiferentes ya a tanto.
¿Dónde te has metido?
Que hay demasiadas caras largas,
malos humores, vidas quebradas,
estómagos, mentes y corazones vacíos,
demasiada ansiedad insatisfecha
y mucho amor inalcanzado.
¿Dónde estás?
Respondes: «Cerca, muy cerca».
Que el Reino de Dios está en torno,
canturreando en tu oído
una buena noticia
y dejándose ver
allá donde menos lo esperas.
Si sólo aprendiese a ver…