viernes, 26 de diciembre de 2025

Encarnación

                  José María Rodríguez Olaizola 


Con nosotros, a nuestro lado,
en cada pliegue de nuestra historia,
en gritos y silencios,
en soledades y encuentros,
en avances y regresos
cuando te buscamos,
y aun si te perdemos
Tú nunca te alejas.
Elegiste ser un Dios cercano
y eres tenaz en el empeño
No impones tu presencia, pero estás.
Te presentas, discreto,
en una mano tendida,
en el gesto de aprecio,
en la palabra oportuna,
en los ojos compasivos,
en la llamada incisiva,
en destellos de evangelio
en la entraña conmovida
por el dolor inocente,
en el bien que perseguimos,
en el calor que ofrecemos.
en la alegría que brota
al asomarse al misterio,
Dios con nosotros, Dios nuestro

Camiseta de bebé de Cristo

            Comunidad Waldorf

Hace mucho tiempo, la Virgen María se preparaba para la primera Navidad. Había llegado el momento de que ella tejiera una prenda para el bebé Cristo que pronto nacería.
Viajó entre las estrellas y las estrellas le dieron hilos cristalinos para la camisa del bebé. Cuando llegó a la luna, le dio hilos de plata. El sol le dio brillantes hilos de oro. La Virgen María reunió todos los hilos brillantes y comenzó a tejer. Pero ¡ay! Los hilos se deslizaban todo el tiempo y no se dejaban entrelazar. La Virgen María partió en busca y búsqueda...
— "Oh, piedras y cristales queridos", dijo la Virgen María, "sois tan fuertes y firmes". ¿Podéis ayudarme a tejer estos hilos en una camisa de Cristo Niño?
— No, Madre María. Te mostraremos el camino hacia el establo y apoyaremos firmemente sus pasos, pero no podemos ayudarlo a tejer la camiseta.
— "Oh, plantas queridas", dijo la Virgen María, "sois tan verdes y hermosas". Algunas sois verdes incluso en pleno invierno. ¿Puedes ayudarme a tejer estos hilos en una camisa de Cristo Niño?
— No, Madre María. Te haremos un jardín donde la rosa navideña podrá florecer, pero no podemos ayudarte a tejer la camiseta.
— Oh, queridos animales, sois tan ágiles y animados. ¿Podéis ayudarme a tejer estos hilos en una camisa de Cristo Niño?
— No, Madre María. Te haremos un jardín donde la rosa navideña podrá florecer, pero no podemos ayudarte a tejer la camiseta.
— Oh, queridos animales, sois tan ágiles y animados. ¿Podéis ayudarme a tejer estos hilos en una camisa de Cristo Niño?
— No, Madre María. Nuestro hermano, el burro, te ayudará en tu largo viaje, pero no podemos ayudarte a tejer la camiseta.
Ahora María no sabía qué camino tomar en busca de ayuda. Pero entonces llegó un ángel y le habló gentilmente así:
— Madre María, debes pedirle a los niños que te den amor de corazón. Cuando los niños de la Tierra te envíen su amor, entonces podrás tejer la camisa del Niño de Cristo.
Y así sucedió.
Y desde entonces, cada año, en la época de Navidad, el Ángel desciende y nos trae luz a nosotros, la gente de la tierra, en la oscuridad. De esta luz traída por el Ángel, cada niño puede encender una pequeña luz. Estas luces enviarán a María el amor del corazón, y ella, la Madre, podrá tejer la camisa del Niño de Cristo.

martes, 23 de diciembre de 2025

Himno de Adviento

¡Cielos, lloved vuestra justicia!

¡Ábrete, tierra! ¡Haz germinar al Salvador!
Oh Señor, Pastor de la casa de Israel,
que conduces a tu pueblo,
ven a rescatarnos por el poder de tu brazo.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!
Oh Sabiduría, salida de la boca del Padre,
anunciada por profetas,
ven a enseñarnos el camino de la salvación.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!
Oh Hijo de David, estandarte de los pueblos y los reyes,
a quien clama el mundo entero,
ven a libertarnos, Señor, no tardes ya.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!
Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel,
tú que reinas sobre el mundo,
ven a libertar a los que en tinieblas te esperan.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!
Oh Sol naciente, esplendor de la luz eterna
y sol de justicia,
ven a iluminar a los que yacen en sombras de muerte.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!
Oh Rey de las naciones y Piedra angular de la Iglesia,
tú que unes a los pueblos,
ven a libertar a los hombres que has creado.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!
Oh Emmanuel, nuestro rey, salvador de las naciones,
esperanza de los pueblos,
ven a libertarnos, Señor, no tardes ya.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

El Belén de Francisco de Asís

Cuando hoy pensamos en un Belén, imaginamos figuras, paisajes, luces, caminos, montañas, pastores y reyes. Sin embargo, nada de eso estaba en el origen. El Belén, tal como lo conocemos, es el resultado de siglos de evolución.

Su comienzo fue mucho más austero, casi incómodo, y profundamente intencional. Para encontrar su origen hay que situarse en el año 1223 en un pequeño pueblo de los Apeninos italianos llamado Greccio. Francisco de Asís ya llevaba años predicando un cristianismo radicalmente encarnado: Humildad, cercanía con los marginados, fraternidad con la naturaleza y rechazo explícito del lujo religioso.
En su época, la Navidad ya se celebraba litúrgicamente, pero en muchos lugares era una festividad solemne, distante, cargada de símbolos teológicos, pero alejada de la experiencia concreta del nacimiento de Jesús. Francisco no cuestiona la doctrina, cuestiona la distancia emocional y existencial.
Su pregunta no es teológica, sino humana. ¿Cómo nació realmente Jesús? Según relata Tomás de Celano, su primer biógrafo y testigo cercano, Francisco quiso ver con los ojos del cuerpo cómo había nacido Cristo. No pidió permiso para innovar una tradición; pidió algo mucho más simple: reproducir un lugar.
Solicitó a un noble local, Juan de Greccio, que preparara una cueva, un pesebre y que llevara un buey y un asno de carne y hueso. No encargó figuras, ni organizó una representación teatral, ni pidió que nadie hiciera de María y de José. La escena estaba incompleta a propósito.
Así, en la Nochebuena de 1223, la gente acudió con antorchas. Se celebró la Misa frente al pesebre vacío. El centro no era una imagen, sino un espacio.
Un espacio preparado para ser comprendido, no consumido. El pesebre sin niño obligaba a hacerse una pregunta. ¿Qué significa que Dios haya elegido esto?
Lo que sí se relata es la emoción profunda de los presentes y el impacto que produjo aquella forma de celebrar la Navidad: por lo esencial. La famosa estrella de Belén pertenece al relato evangélico de Mateo y a interpretaciones posteriores, pero no fue un elemento central en Greccio.
Y aquí aparece algo relevante: el trasfondo cultural. En la mentalidad medieval, el universo no estaba dividido en compartimentos estancos. El cielo, la tierra, los animales y el ser humano formaban un todo coherente. Su gesto en Greccio puede entenderse como una reconexión entre lo cósmico y lo cotidiano. El misterio más alto expresado en la materia más humilde.
Tras la muerte de Francisco, la idea se difundió. Primero en los conventos franciscanos, luego en iglesias y hogares. Con el tiempo se añadieron figuras, escenas y elementos narrativos. En el Renacimiento y el Barroco, el Belén se convirtió en arte. En Nápoles, casi en teatro.
Pero el núcleo permaneció. Hacer visible lo invisible. Y hacer cercano lo que había vuelto abstracto.
El Belén no nació para adornar. Nació para recordar una elección: la elección de la fragilidad.
No fue una invención estética, sino un acto pedagógico y espiritual. Francisco no quiso explicar el nacimiento de Jesús. Quiso que se intuyera. Por eso dejó el pesebre vacío. Porque el centro no era la figura, sino la pregunta.
Y quizá ahí radique la razón por la que, ocho siglos después, seguimos montando belenes: no para repetir una escena, sino para volver a acercarnos a un misterio que solo se comprende cuando se mira sin exceso de adornos.

lunes, 22 de diciembre de 2025

Lucha con esperanza

                José Mª R. Olaizola SJ

No hay que temer al fracaso, a la lucha,
al dolor, a los pies de barro o a la debilidad.
No hay que temer a la propia historia,
con sus aciertos y tropiezos;
ni a las dudas; ni al desamor;
que la vida es así, compleja,
turbulenta, hermosa, incierta.
Pero luchemos contra la tristeza perenne,
esa que se instala en el alma y ahoga el canto.
Alimentemos la semilla de alegría
que Dios nos plantó muy dentro.
Que surja, poderosa, la voz esperanzada,
esa que clama en desiertos y montes,
en calles y aulas, en hospitales, en prisiones,
en hogares y en veredas.
Cantemos, hasta la extenuación,
la vida del Dios hecho niño,
del Niño hecho Hombre,
del Hombre crucificado
que ha de vencer a la cruz, una vez más.
Nadie va a detener al Amor
que se despliega, invencible,
en este mundo que aguarda.
Aunque aún no lo veamos.

El eco de la música

               Parroquia de San Pedro Apóstol, El Sauzal

Don Emilio vivía solo en un apartamento modesto, situado en el centro de la ciudad. Su vida había cambiado desde que su esposa, Lucía, había partido hacía tres años. La casa, que alguna vez resonó con risas y música, ahora se encontraba en un silencio absoluto. El único sonido que llenaba su día era el eco lejano de los coches y el tintineo de las teclas de un viejo piano que había pertenecido a su esposa.
Lucía había sido la fuerza que mantenía la vida de Don Emilio vibrante y alegre. Juntos, habían compartido su pasión por la música, y su hogar estaba lleno de partituras, discos de vinilo y melodías que surgían con naturalidad. Él, como compositor, había creado piezas que ella tocaba con gracia. Cuando ella se fue, la música dejó de sonar. Don Emilio no encontraba el valor para sentarse al piano, a pesar de que el piano seguía ahí, en el rincón del salón, cubierto por una manta de polvo y recuerdos.
Cada tarde, después de la cena, Don Emilio se sentaba en su silla junto a la ventana y miraba la ciudad. Pero la soledad lo envolvía con fuerza, y las horas parecían diluirse lentamente.
Un día, como tantos otros, su nieta Carla, que vivía en la misma ciudad, lo visitó. Aunque ella era joven, Don Emilio la había criado con música, y sabía que, aunque su corazón se llenaba de amor por ella, también lo hacía de tristeza al ver lo poco que ella se interesaba por el piano o las composiciones que había dejado atrás.
— Abuelo, ¿por qué no tocas el piano? -le preguntó Carla, al entrar al salón y ver el viejo piano.
— Ya no soy el mismo -respondió con una voz apagada- la música ya no suena en mí.
Carla lo miró, sorprendida por la respuesta. Sabía que su abuelo había sido un músico famoso en su juventud, que había compuesto para orquestas. ¿Cómo era posible que el hombre que había hecho sonar el alma de tantas melodías ahora no pudiera siquiera tocar una nota?
— ¿Por qué no lo intentas de nuevo, abuelo? Solo una vez. Puede que te ayude a sentirte mejor.
Don Emilio suspiró y, con un gesto lento, se levantó de su silla. Carla lo observaba, expectante, mientras él se acercaba al piano. Se sentó frente al piano y levantó las manos, que temblaban levemente. Las teclas parecían llamarlo, pero algo lo detenía.
— No lo sé, Carla -dijo, mirando las teclas con tristeza-. La música es algo tan profundo, algo que se siente... y ya no siento nada.
Carla se acercó, poniendo una mano sobre su hombro.
— ¿Sabes, abuelo? Siempre decías que la música no solo está en las notas. Está en los sentimientos, en lo que no se ve. Tal vez lo que te detiene es que te has olvidado de escuchar lo que hay dentro de ti.
Decidió intentarlo. Sus dedos, al principio vacilantes, se posaron sobre las teclas. Al principio, no pasó nada. Las primeras notas fueron torpes, desafinadas, como si el piano mismo se negara a recordar su antigua melodía. Pero luego, algo cambió. Un susurro, casi imperceptible, empezó a salir del piano. Poco a poco, las notas tomaron forma, y, sin darse cuenta, Don Emilio comenzó a tocar una melodía suave, algo que había compuesto años atrás, cuando su esposa aún vivía.
Carla, observando en silencio, vio cómo su abuelo se sumergía en la música. Sus dedos ya no temblaban. Parecían bailar sobre las teclas, como si el piano y él estuvieran recuperando algo que se había perdido, un vínculo que había estado olvidado.
Las notas se extendieron por el salón, llenando el espacio de una calidez inconfundible. El eco de las melodías que alguna vez había tocado junto a Lucía comenzó a resonar, no solo en el piano, sino también en las paredes, en los rincones de la casa, como si el hogar mismo se hubiera despertado de un largo sueño.
Don Emilio siguió tocando, y las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro. No era tristeza lo que sentía, sino una profunda emoción, como si estuviera encontrando algo que había creído perdido para siempre. No podía dejar de tocar, y Carla, con una sonrisa en el rostro, se sentó a su lado, escuchando la música que por fin volvía a llenar la casa.
Al final, cuando la última nota se desvaneció en el aire, Don Emilio se quedó quieto un momento, respirando con dificultad. Carla lo miraba con admiración.
— Lo hiciste, abuelo -dijo ella, con voz suave.
Don Emilio la miró, sus ojos brillando con una mezcla de gratitud y serenidad.
— Lo que olvidé, Carla, es que la música nunca se va realmente. Solo se esconde un poco, esperando ser recordada.
Desde ese día, el piano ya no estuvo en silencio. Don Emilio tocaba cada tarde, como solía hacerlo, y la casa se llenaba de melodías que parecían entrelazarse con los recuerdos. Carla, cada vez que lo visitaba, se sentaba a su lado, escuchando los ecos de las notas que seguían viviendo dentro de su abuelo.
La música, al final, no solo había regresado a la vida de Don Emilio, sino que había encontrado un nuevo lugar en su corazón: el eco de una melodía que nunca se había ido del todo.

sábado, 20 de diciembre de 2025

Luces de Adviento

                Óscar Cala, sj

En este tiempo de luces,
yo te pido Luz.
Luz para iluminar mis confusiones,
mis líos y ambigüedades.
Luz para enfocar nuevos caminos
y recordar los que ya anduve.
Luz para compartir con otros
que andan apagados o sin norte.
Y Luz para encontrarte,
a Ti que vienes a oscuras,
en la quietud de una noche,
en la ingenuidad de un chiquillo
en las afueras de Belén.