Según un cuento africano, antiguamente
el leopardo y el fuego eran amigos. El leopardo vivía, como ahora, en la selva,
y el fuego en una caverna. A veces el leopardo hacía largas caminatas para ir a
ver a su amigo. Un día le dijo:
— "¿Por qué no me devuelves mis visitas? ¿Y por qué te estás aquí metido
siempre en la caverna en compañía de estas piedras negras?"
— "Es mucho mejor que yo esté aquí –respondió
el fuego-. Si salgo, puedo ser muy peligroso."
Pero el leopardo insistió tanto, que al fin su amigo dijo:
— "Bueno, pero primero limpia cuidadosamente la explanada que hay delante
de la caverna".
El leopardo era algo perezoso, así que arrancó la hierba, pero dejó alguna que
otra hoja seca. Cuando el fuego salió de la caverna, se transformó en seguida
en un gran incendio que, impulsado por el viento, llegó hasta la copa de los
árboles. El leopardo, aterrorizado, se puso a correr de un lado para otro y se
le quemó la piel.
Por eso todavía hoy el leopardo lleva las señales de las quemaduras y, cuando
ve a lo lejos a su amigo el fuego, huye como un loco.
Moraleja: los perezosos y los inconstantes pierden hasta los amigos.