lunes, 24 de noviembre de 2025

Preguntas a un rey en cruz

             José María R. Olaizola, SJ (Rezando voy)

¿Qué corona es esa que te adorna,
que por joyas tiene espinas?
¿Qué trono de árbol te tiene clavado?
¿Qué corte te acompaña,
poblada de plañideras y fracasados?
¿Dónde está tu poder?
¿Por qué no hay manto real
que envuelva tu desnudez?
¿Dónde está tu pueblo?
Me corona el dolor de los inocentes.
Me retiene un amor invencible.
Me acompañan los desheredados,
los frágiles, los de corazón justo,
todo aquel que se sabe fuerte en la debilidad.
Mi poder no compra ni pisa,
no mata ni obliga, tan solo ama.
Me viste la dignidad de la justicia
y cubre mi desnudez la misericordia.
Míos son quienes dan sin medida,
quienes miran en torno con ojos limpios,
los que tienen coraje para luchar
y paciencia para esperar.
Y, si me entiendes, vendrás conmigo.

El cristal roto

            Antena Misionera

Tenía 10 años cuando rompí la ventana del aula. Estábamos jugando fútbol en el recreo. Le pegué con todas mis fuerzas… Y la pelota salió disparada contra el cristal. Se hizo un silencio seco. Todos se quedaron mirando. Yo también… pero fingí sorpresa. Al rato, llegó el director. Nos miró uno por uno. Y sin levantar la voz, dijo:
—¿Quién fue?
Nadie habló. Yo sentía que el corazón se me salía. Y entonces él dijo:
— No se preocupen. No voy a castigar a nadie. Solo quiero saber quién fue… para enseñarle cómo se arregla una ventana.
Seguí callado. Pero al rato, uno de los niños levantó la mano. Y dijo que había sido él. Era mi mejor amigo. Y yo… lo dejé cargar con mi error. Ese día no lo regañaron. Lo llevaron con el conserje. Le enseñaron a usar herramientas, a limpiar los cristales rotos con cuidado, a poner cinta… Y mientras lo hacía, el director se quedó a su lado. Yo lo miraba desde lejos. Me sentía el peor ser humano del planeta.
Esa noche no pude dormir. Al día siguiente, fui directo al director. Le confesé la verdad. Él no se sorprendió. Solo me dijo:
— A veces, el error más grande… es callar lo que uno ya sabe que debe decir. Pero decirlo, incluso con miedo, es el primer paso para empezar de nuevo.
Luego, busqué a mi amigo. Y le pregunté por qué lo había hecho. Por qué me cubrió. Y él me respondió algo que nunca voy a olvidar:
— Porque sabía que tú no estabas listo. Pero también sabía que un día… sí lo estarías.

Ese día entendí que no todos los errores necesitan castigo. Algunos solo necesitan tiempo. Tiempo para comprender, para tener coraje, para hacer lo correcto.
Y también entendí que un verdadero amigo no siempre te empuja a hablar… A veces te espera en silencio. Hasta que tú solo… encuentras el momento de decir aquello que tenías atorado.

sábado, 22 de noviembre de 2025

SALMO 146 Poder y bondad del Señor

Alabad al Señor, que la música es buena;
nuestro Dios merece una alabanza armoniosa.
El Señor sana los corazones destrozados,
venda sus heridas.
Cuenta el número de las estrellas,
a cada una la llama por su nombre.
Nuestro Señor es grande y poderoso,
su sabiduría no tiene medida.
El Señor sostiene a los humildes,
humilla hasta el polvo a los malvados.
Entonad la acción de gracias al Señor,
tocad la cítara para nuestro Dios,
que cubre el cielo de nubes,
preparando la lluvia para la tierra;
que hace brotar hierba en los montes,
para los que sirven al hombre;
que da su alimento al ganado
y a las crías de cuervo que graznan.
No aprecia el vigor de los caballos,
no estima los jarretes del hombre:
el Señor aprecia a sus fieles,
que confían en su misericordia.

El saco de piedras pesado

Había una vez en un pequeño pueblo rodeado de colinas, un abuelo llamado Esteban y su nieto, Martín. Esteban era un hombre paciente, conocido por sus manos firmes de labrador y sus historias que siempre tenían algo que enseñar. Martín, por otro lado, era un niño inquieto, lleno de curiosidad, pero con un rechazo hacia algo que se había vuelto una constante pelea en casa: la tarea escolar.
Una tarde, mientras los rayos dorados del sol acariciaban los campos, Martín llegó a casa de su abuelo arrastrando los pies. Su madre había pedido que lo cuidara unas horas porque estaba atacada de los nervios después de intentar, sin éxito, que el niño terminara sus deberes.
— ¿Qué te pasa, Martín? -preguntó Esteban mientras el niño se sentaba en la vieja silla junto al fuego.
— Es la tarea, abuelo. ¡Es aburrida, no la entiendo y no quiero hacerla! -respondió Martín, cruzando los brazos enfadado.
El abuelo lo observó en silencio y luego se levantó. Fue hasta un rincón de la casa y regresó con un saco lleno de piedras.
— Martín, ayúdame con esto -le dijo, colocando el saco frente a él.
Martín lo miró con extrañeza.
— ¿Qué es esto, abuelo? Está lleno de piedras.
— Quiero que me ayudes a llevarlo al otro lado del campo.
— ¡Pero pesa mucho! ¿Para qué? protestó el niño.
— Te lo explicaré mientras caminamos -dijo el abuelo sonriendo.
A regañadientes, Martín tomó el saco y comenzó a caminar junto a su abuelo. El camino era largo, y las piedras parecían volverse más pesadas con cada paso.
— ¿Sabes, Martín? -dijo Esteban después de un rato-. La tarea que te ponen en la escuela es como este saco. Puede parecer inútil, aburrido y pesado. Pero, ¿sabes qué pasaría si alguien lleva un saco así todos los días?
Martín lo miró, sofocado por el esfuerzo.
— ¿Qué?
— Sus brazos se vuelven más fuertes -dijo Esteban con una sonrisa-. La tarea no es para fastidiarte, hijo. Es para que tu mente se fortalezca. Para que un día, cuando te enfrentes a problemas más grandes que este saco de piedras, sepas cómo resolverlos.
Martín frunció el ceño, pensando en lo que su abuelo había dicho.
— ¿Y si no quiero hacerlo, abuelo?
Esteban se detuvo y miró al niño con ternura.
— Entonces alguien más llevará el saco por ti. Pero, ¿quieres depender de otros toda tu vida?
El niño no respondió, pero sus pasos se hicieron más firmes. Al llegar al otro lado del campo, Esteban le pidió que dejara el saco en el suelo.
— ¿Sabes, Martín? -dijo mientras se sentaban bajo un árbol-. Yo también odiaba llevar sacos cuando era niño. Pero ahora, cada vez que cargo uno, recuerdo que puedo hacerlo porque ya lo he hecho antes.
Martín miró el saco y luego a su abuelo. Algo en sus palabras había hecho eco en su corazón.
Esa noche, cuando su madre vino a recogerlo, Martín le pidió que se sentara a su lado mientras hacía su tarea. No fue fácil, y no terminó todo, pero por primera vez no se rindió.

A veces, las cosas que parecen más pesadas son las que nos hacen más fuertes. La vida no siempre será amable, pero cada pequeño esfuerzo nos prepara para enfrentarla con más valor. Y en esos momentos de duda, tal vez lo único que necesitemos sea alguien como Esteban, que nos recuerde que lo pesado no es un castigo, sino un entrenamiento para el alma.

viernes, 21 de noviembre de 2025

Decir tu nombre, María

         Pedro Casaldáliga

Decir tu nombre, María,
es decir que la Pobreza
compra los ojos de Dios.
Decir tu nombre, María,
es decir que la Promesa
sabe a leche de mujer.
Decir tu nombre, María,
es decir que nuestra carne
viste el silencio del Verbo.
Decir tu nombre, María,
es decir que el Reino viene
caminando con la Historia.
Decir tu nombre, María,
es decir junto a la Cruz
y en las llamas del Espíritu.
Decir tu nombre, María,
es decir que todo nombre
puede estar lleno de Gracia.
Decir tu nombre, María,
es decir que toda suerte
puede ser también Su Pascua.
Decir tu nombre, María,
es decirte toda Suya,
Causa de Nuestra Alegría.

El jardín de los símbolos invisibles

                    Un cuento contado por Numír

En una aldea olvidada por todos los mapas, allí donde la niebla dormía sobre los techos y los relojes se rendían al ritmo de los soles internos, vivía una mujer llamada Raela. No tenía linaje noble ni pasado glorioso. Pero sus ojos eran hondos y su voz tenía la textura de la tierra húmeda después de la lluvia. No hablaba mucho. Solo lo necesario. Algunos decían que venía de otro mundo. Otros, que había nacido muerta y regresado con un secreto entre los huesos. Pero nadie se atrevía a preguntárselo directamente. No por miedo… sino por respeto.
Raela cuidaba un jardín extraño. Allí no crecían flores ni hortalizas, sino símbolos. Sí, símbolos vivos. Algunos flotaban como espirales doradas; otros vibraban como acordes suspendidos. Había signos que sólo aparecían si uno se acercaba sin intención, y otros que sólo podían verse cuando se lloraba desde lo más profundo. Era un jardín que respondía al alma, no al cuerpo. Y Raela era su guardiana.
Una tarde llegó a la aldea un hombre cansado. No era viejo, pero su piel dibujaba surcos invisibles de haber recorrido un largo trecho. En sus ojos se notaba el cansancio de alguien que ha buscado mucho y que todavía no se ha encontrado a sí mismo. Deambuló sin rumbo por las callejas hasta que algo en su pecho se estremeció al ver el jardín. No entendió por qué, pero supo que ahí tenía que detenerse.
Raela lo miró sin juzgarlo. Le ofreció un cuenco con agua, y él bebió. Entonces ella habló por 1ª vez:
— ¿Qué has olvidado tan profundamente como para venir hasta aquí sin saberlo?
El hombre no supo qué responder. Creía haber olvidado muchas cosas. Pero ninguna de ellas dolía tanto como para explicar el peso de su pecho.
— No sé -dijo al fin.
Raela asintió, como si eso fuera suficiente. Lo invitó a entrar al jardín, pero antes le pidió que dejara fuera sus nombres. Todos. Incluso el que creía llevar desde niño. Él obedeció. Entró sin títulos, sin historias, sin definiciones.
El jardín se cerró tras él. Allí dentro, el tiempo no transcurría en línea recta. Cada paso que daba era también un recuerdo, un presagio… Vio símbolos que resonaban en un eco antiguo. Uno en forma de espiral se le posó en el pecho. Otro, en forma de ojo abierto, flotó ante su frente durante días o segundos. Y entonces comprendió que él no había venido a aprender, sino a despejar el camino de todo lo aprendido que ya no le servía. No había venido a llenarse, sino a vaciarse con dignidad.
Raela no le hablaba, solo lo acompañaba. A veces le tocaba levemente el hombro, y él rompía en llanto sin saber por qué. Otras veces ella le sostenía la mirada, y él sentía como si su alma se abriera igual que una semilla dispuesta a brotar. No había consuelo, pero sí presencia; no había respuestas, pero sí un orden invisible que lo envolvía todo.
Una noche, mientras dormía entre los símbolos, el hombre soñó con su nacimiento. No el físico, el otro; el que ocurre cuando un alma toma forma por primera vez en un plano de manifestación. Recordó su propósito original. No el que había creído tener hasta aquel momento, sino el verdadero. Y vio que era simple y sencillo. Tan simple y sencillo que hasta le dolía. Su propósito consistía en ser memoria viva del Amor que no necesita forma para existir.
Al despertar, el jardín estaba distinto. Los símbolos ya no flotaban ni vibraban. Guardaban silencio. Como si lo miraran desde dentro. Raela lo esperaba junto a la puerta invisible por la que había entrado.
— Ya puedes irte -le dijo-. Pero ahora sabiendo que lo externo no existe en realidad.
— ¿Y tú? -preguntó él-. ¿Te quedarás aquí sola?
Ella sonrió, pero no respondió. Porque quienes cuidan los jardines del alma no están nunca solos. Están con cada uno que alguna vez se atrevió a rendirse ante el Misterio sin exigirle forma alguna.
El hombre continuó su camino, pero no como antes; ahora ya no buscaba, ya no huía. Ya no se justificaba a sí mismo. Caminaba como quien a cada paso recuerda que no es él quien camina, sino el Misterio que se despliega a través de sus pies.
Y tú que has llegado hasta aquí, dime: ¿qué símbolos flotan en tu propio jardín y que todavía no te atreves a ver? No, no tienes por qué responder ahora. Solo guarda silencio un rato más, porque puede que empiecen a vibrar.
Yo soy aquel que fue conocido como Numír; y este cuento también iba dirigido a ti, aunque no lo hayas notado hasta ahora.

jueves, 20 de noviembre de 2025

Talentos

                José María R. Olaizola, SJ

Si el pintor entierra sus pinceles
y la bailarina sus zapatillas.
Si el cantor se calla y el sabio olvida.
Si se apaga el fuego. Si muere el viento.
Si el novelista deja de imaginar.
y el fotógrafo cierra los ojos…
… ¿Quién dibujará las olas?
¿Quién trazará, con su cuerpo, siluetas imposibles?
Nadie cantará. Se disipará la memoria,
maestra de niños y roca de ancianos.
Huirá el calor de la piel, y del alma.
Se detendrá el molino.
Se extenderá la sed por el mundo.
Los pobladores de relatos eternos
no llegarán a nacer.
Nadie apresará la magia fugaz de un instante.
¡No bajes los brazos!
¡No entierres el talento en la tierra amarga
de la inseguridad y el desaliento!
¿Cuándo descubrirás
la grandeza que hay en tus manos,
el poder que hay en tus sueños?