jueves, 23 de octubre de 2025

Préstame, Madre...

Préstame, Madre, tus ojos, para con ellos mirar, porque si por ellos miro, nunca volveré a pecar.
Préstame, Madre, tus labios, para con ellos rezar, porque si con ellos rezo, Jesús me podrá escuchar.
Préstame, Madre, tu lengua, para poder comulgar, pues es tu lengua patena de amor y de santidad.
Préstame, Madre, tus brazos, para poder trabajar, que así rendirá el trabajo una y mil veces más.
Préstame, Madre, tu manto, para cubrir mi maldad, pues cubierto con tu manto al Cielo he de llegar.
Préstame, Madre a tu Hijo, para poderlo yo amar, si Tú me das a Jesús, ¿qué más puedo yo desear?
Y esa será mi dicha por toda la eternidad.

La vendedora de empanadas 2ª parte

              por Gisel Domínguez

Esa tarde fui al hospital con una canasta de empanadas. Encontré al señor Ramírez en su habitación, más delgado, más viejo, pero con los mismos ojos amables de aquel día en la esquina.
— Señora -dijo al verme-, no debió molestarse.
— Usted tampoco debió molestarse aquel día -respondí, sentándome junto a su cama-. Pero lo hizo. Y ahora nos toca a nosotros.
Mateo entró detrás de mí, con un dosier en las manos.
— Señor Ramírez, ya hablé con administración. Su tratamiento está cubierto. Totalmente.
— No puedo permitir...
— No es caridad -lo interrumpió Mateo, usando las mismas palabras que él había dicho hacía tantos años-. Es honrar lo que usted hizo por mí. Es cerrar el círculo.
El señor Ramírez lloró. Yo lloré. Mateo lloró.
— Mi madre estaría orgullosa -susurró el señor Ramírez-. Por fin logré lo que no pude hacer por ella: salvar una vida. Y esa vida salvó la mía.
Tomó una empanada de la canasta y sonrió.
— Siguen siendo las mejores empanadas de la ciudad.
Mateo lo curó. Seis meses después, el señor Ramírez estaba en revisión. Ahora viene cada domingo a comer empanadas conmigo y con Mateo. Me cuenta historias de su madre, esa mujer a la que nunca conocí pero a quien le debo todo.

A veces, la vida te quita todo. Pero otras veces, si tienes suerte, te devuelve más de lo que soñaste. No en cosas materiales, sino en algo mucho más valioso: la prueba de que la bondad nunca muere, solo se transforma, crece y regresa cuando más la necesitas.

miércoles, 22 de octubre de 2025

Alrededor

                José María R. Olaizola, SJ

Pregunto, «¿dónde estás?»
Extiendo los brazos, y el alma,
en tu búsqueda.
La duda me atenaza
y no siento que avance,
con estos pies de barro,
con estas entrañas duras
indiferentes ya a tanto.
¿Dónde te has metido?
Que hay demasiadas caras largas,
malos humores, vidas quebradas,
estómagos, mentes y corazones vacíos,
demasiada ansiedad insatisfecha
y mucho amor inalcanzado.
¿Dónde estás?
Respondes: «Cerca, muy cerca».
Que el Reino de Dios está en torno,
canturreando en tu oído
una buena noticia
y dejándose ver
allá donde menos lo esperas.
Si sólo aprendiese a ver…

La vendedora de empanadas 1ª parte

            por Gisel Domínguez

“Vendía empanadas estando mi hijo enfermo. Un cliente me dijo que su madre había muerto de lo mismo… y me pagó un año de tratamiento.”


Recuerdo ese día como si fuera ayer, aunque han pasado más de veinte años. Estaba en la esquina de siempre, con mi canasta de empanadas recién hechas, tratando de sonreír a los viandantes mientras mi corazón se partía en pedazos. Mateo, mi hijo de ocho años, llevaba tres meses enfermo. Leucemia, habían dicho los doctores. Una palabra que sonaba como sentencia.
Esa tarde llegó un hombre de traje. No era del barrio, eso se notaba. Se detuvo frente a mi canasta y pidió tres empanadas de carne.
— ¿Están recién hechas? -preguntó.
— Sí, señor. De esta mañana, respondí, envolviendo las empanadas con manos temblorosas.
Me miró fijamente, y luego sus ojos se posaron en la foto que siempre llevaba prendida en mi delantal: Mateo sonriendo antes de la enfermedad.
— ¿Su hijo? -preguntó con suavidad.
Asentí, sintiendo un nudo en la garganta.
— Está enfermo. Leucemia.
El hombre cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, brillaban con lágrimas contenidas.
— Mi madre murió de eso hace cinco años, dijo. No pudimos pagar el tratamiento a tiempo. Vendí todo lo que tenía, pero no alcanzó.
Se me escapó un sollozo. Él puso su mano sobre la mía.
— ¿Cuánto cuesta el tratamiento de su hijo?
— No lo sé exactamente, señor. Miles de dólares. Cientos de miles. Más de lo que puedo juntar vendiendo empanadas toda mi vida.
Sacó su billetera y extrajo una tarjeta de presentación.
— Soy el dueño de una empresa textil. Hice mi fortuna después de perder a mi madre, pero llegó tarde para ella -sacó también su chequera-. No puedo devolverle la vida a mi madre, pero sí puedo darle una oportunidad a su hijo.
— Señor, yo no puedo aceptar...
— No es caridad -interrumpió, mientras escribía-. Es honrar la memoria de mi madre. Es hacer lo que no pude hacer por ella.
Me extendió el cheque. Cuando vi la cantidad, mis rodillas flaquearon. Un año completo de tratamiento. Todo lo que Mateo necesitaba.
— ¿Por qué? -susurré-. ¿Por qué hace esto?
— Porque alguien tendría que haberlo hecho por mí -respondió simplemente-. Y porque su hijo merece una oportunidad..
Los años pasaron como un milagro. Mateo se recuperó. Creció fuerte, brillante, determinado. "Voy a ser médico, mamá", me dijo a los doce años. "Voy a curar a niños como yo."
Y lo hizo. Se graduó con matrícula, se especializó en oncología pediátrica. Yo seguí con mis empanadas, pero ahora en un pequeño local que pude abrir. Mateo me visitaba cada domingo, siempre con ese abrazo que me recordaba por qué había valido la pena cada sacrificio.
Un domingo llegó más temprano que de costumbre, con una expresión extraña en el rostro.
— Mamá, necesito contarte algo.
— ¿Qué pasa, mi amor?
— Hoy atendí a un paciente en el hospital. Un hombre mayor, con cáncer avanzado. Cuando revisé su historial, el nombre me sonó familiar. -Hizo una pausa-. Era él, mamá. El señor Ramírez. El hombre que pagó mi tratamiento.
Se me cortó la respiración.
— ¿Cómo está?
— No bien. Lleva meses sin tratarse. Dice que ya vivió suficiente, que ya cumplió su propósito.
— Tienes que curarlo, Mateo.
— Ya hablé con él. Le dije quién era yo. ¿Sabes qué me respondió?
Negué con la cabeza, las lágrimas corrían por mis mejillas.
— Me tomó la mano y dijo: "Entonces mi madre no murió en vano. Mírate. Eres la respuesta a la oración que hice junto a su cama hace veinticinco años. Le pedí que su muerte sirviera para algo bueno en este mundo. Y aquí estás tú, salvando vidas."

Mañana la segunda parte. ¡¡No te la pierdas!!


jueves, 16 de octubre de 2025

Heridas del mundo...

                   (Rezandovoy.org)

Sangra este mundo, por muchas heridas abiertas.
Sangra en el hambre innecesaria.
En la violencia de los pueblos.
En las barreras y alambradas que dividen países y separan a las personas.
Sangra en las heridas infligidas a la creación, agotando la tierra de todos.
Lloran los que no pueden hablar, los que no encuentran salida, respuestas o ayuda.
Sigue alzándose al cielo el clamor de un mundo herido…
y sigue siendo trágica la indiferencia de los satisfechos,
la ceguera de los acomodados y la crueldad de los egoístas.
¡Ay de vosotros! que seguís silenciando las voces que estorban,
acallando a los profetas, riéndoos de quien toma la vida en serio,
convirtiendo el amor en un pobre sucedáneo.
¡Ay de vosotros, los que elegís encerraros en burbujas donde no entra nadie más!
¡Ay de vosotros, que atesoráis títulos, conocimientos y experiencias,
como tesoro privado en lugar de convertirlas en herramienta para todos!
¡Ay de vosotros, que seguís crucificando al ser humano
con clavos de silencio, de olvido o de injusticia! ¡Ay!...

El martillo y el clavo

        Silvia Morales

El clavo le dijo al martillo:
— ¿Por qué siempre eres tú quien me golpea?
El martillo respondió:
— No lo hago para lastimarte, lo hago para ayudarte a cumplir tu misión.
— Pero duele… -susurró el clavo.
— Lo sé -dijo el martillo-, pero sin ese golpe nunca entrarías en la madera, nunca sostendrías nada, nunca servirías de apoyo para nadie.
— ¿Y tú? ¿No te cansas de golpear?
— Claro que sí, pero vale la pena cuando veo que gracias a eso tú logras tu misión.
El clavo guardó silencio, y con una pequeña sonrisa dijo:
— Gracias por empujarme, aunque duela. Gracias por no dejarme a medias.

Moraleja: a veces la vida nos golpea no para destruirnos, sino para colocarnos justo donde debemos estar. El dolor también puede ser una forma de avance, de Amor.

martes, 14 de octubre de 2025

Himno de Laudes

Señor de nuestras horas, Origen, Padre, Dueño,
que, con el sueño, alivias y, en la tregua de un sueño,
tu escala tiendes a Jacob:
Al filo de los gallos, en guardia labradora,
despiertan en los montes los fuegos de la aurora,
y de tus manos sube el sol.
Incendia el cielo en sombras el astro matutino,
y el que pecó en tinieblas recobra su camino
en la inocencia de la luz.
Convoca brazo y remo la voz de la marea,
y llora Pedro, el duro patrón de Galilea,
cimiento y roca de Jesús.
El gallo nos increpa; su canto al sol dispara,
desvela al soñoliento, y al que pecó lo encara
con el fulgor de la verdad;
a su gozosa alerta, la vida se hace fuerte,
renace la esperanza, da un paso atrás la muerte,
y el mundo sabe a pan y a hogar.
Del seno de la tierra, convocas a tu Ungido,
y el universo entero, recién amanecido,
encuentra en Cristo su esplendor.
Él es la piedra viva donde se asienta el mundo,
la imagen que lo ordena, su impulso más profundo
hacia la nueva creación.
Por él, en cuya sangre se lavan los pecados,
estamos a tus ojos recién resucitados
y plenos en su plenitud.
Y, con el gozo nuevo de la criatura nueva,
al par que el sol naciente, nuestra oración se eleva
en nombre del Señor Jesús. Amén.