miércoles, 21 de junio de 2017

La pequeña orquesta

En el día internacional de la música

Había una vez tres instrumentos musicales que no se llevaban nada bien. La flauta, la guitarra y el tambor, siempre estaban discutiendo por ver quién era el mejor. La flauta decía que su sonido era el más dulce de todos. La guitarra decía que ella era la que hacía mejores melodías. Y el tambor decía que él llevaba el rimo mejor que nadie. Todos se creían los mejores y despreciaban a los otros. Por eso, cada uno se iba a tocar a una parte distinta de la habitación donde vivían. Pero el sonido del tambor molestaba a la flauta, la flauta molestaba a la guitarra y la guitarra molestaba al tambor.
Allí no había quien pudiera tocar tranquilo. En lugar de hacer música hacían ruido. Y si alguien se paraba a escucharles, pronto sentía un fuerte dolor de cabeza. Siempre pasaba lo mismo. Hasta que un día llegó una batuta a vivir con ellos. Al ver lo que ocurría, les dijo que ella podría ayudarles si querían. Pero los tres instrumentos estaban convencidos de que nadie podía ayudarles. La mejor solución era separarse y que cada uno se marchara a vivir a otra parte. Así podrían tocar a gusto, sin tener que soportar los ruidos que tocaban los demás.
La batuta les propuso intentar hacer una cosa: tocar juntos una misma canción. Ella les ayudaría a hacerlo. Al principio no estaban muy convencidos, pero al final, aceptaron. Les dijo lo que tenía que tocar cada uno y, después de un breve ensayo, comenzó a sonar la canción.
Los tres instrumentos miraban fijamente a la batuta, que les indicaba a cada momento cómo y cuándo tenían que tocar. La canción iba sonando muy bien. La flauta, la guitarra y el tambor, no salían de su asombro. Estaban tocando juntos una misma canción y les estaba saliendo bien. Habían comenzado a hacer música.
Cuando acabaron de tocar, estaban tan contentos de cómo les había salido, que se felicitaron. Era la primera vez que se ponían de acuerdo en algo. Le pidieron a la batuta que les hiciera tocar otra vez la misma canción. La estuvieron tocando todo el día cientos de veces. Todo el que pasaba por allí, al escucharles, se quedaba admirado de lo bien que tocaban.
Al unirse y poner en común lo mejor de cada uno, habían conseguido formar una pequeña orquesta. Desde entonces, se dedicaron a dar conciertos por todas partes y se hicieron famosos por lo bien que tocaban juntos.

martes, 20 de junio de 2017

La vida es un camino

La vida es un camino.
Desde que nacemos es preciso partir.
Hay que ir dejando atrás muchas cosas: infancia, familia, hogar,...
salir del presente y orientarse hacia el futuro... y caminar...
No podemos pararnos porque la vida sigue.
Lo importante es no dejar la propia ruta y no salirse del camino,
aunque a veces resulta difícil y cuesta arriba.
Pero no vamos solos.
Caminamos con los otros,
y Cristo también se hace compañero de camino.
Y el camino tiene una meta.
La vida tiene un sentido.
Al final del camino cenaremos juntos. Y se hará luz.
Entonces percibiremos que el corazón ardía mientras hacíamos el camino.
Y nos vendrán las ganas de reemprender el camino,
de volver al encuentro de los que quedaron atrás.
Porque los otros también esperan que vayamos a decirles:
“Hemos visto al Señor".

El inquisidor y el hereje

Un famoso inquisidor murió de repente al llegar a su casa tras el auto de fe en que habían quemado a un hereje condenado por él. Y cuentan que ambos llegaron a la vez al juicio de Dios y se presentaron, como todos los hombres, ante el Tribunal Celestial. 
Dios comenzó su juicio preguntando a los dos qué pensaban de él. Comenzó el hereje un complicado discurso exponiendo sus teorías sobre Dios, precisamente las mismas por las que en la tierra había sido condenado. Dios le escuchaba con asombro, y por más preguntas que hacía y más precisiones con las que el hereje respondía, seguía Dios sin entender nada.
Habló después, lleno de orgullo, el inquisidor. Desplegó ante Dios su engranaje de ortodoxia, el mismo cuya aceptación había exigido al hereje y por cuya negación le había llevado a la hoguera. Y descubrió, con asombro, que Dios seguía sin entender una palabra y que, por segunda vez, no se reconocía a sí mismo en la figura de Dios que el ortodoxísimo inquisidor le presentaba.
¿Cuál de los dos era el hereje?, se preguntaba Dios. Y no lograba descubrirlo. Porque los dos no sabía si le parecían herejes, si dementes o simples charlatanes. Como la noche caía y cuantas más explicaciones daban el uno y el otro más claro quedaba que Dios no era eso y más confusa la respectiva condición de hereje o de inquisidor en cada uno, acudió Dios al supremo recurso: Encargó a sus ángeles que extrajeran el corazón de los dos y que se los trajeran. Y entonces fue cuando se descubrió que ninguno de los dos tenía corazón.

domingo, 18 de junio de 2017

Gracias por hacerte pan y vino

 José María Fernández Nieto

Señor, cuanto agradezco que me digas
lo que me dices, sin decir, callado,
derramando tu Amor sacramentado,
como el sol se derrama en las espigas.
Qué júbilo, Señor, que me bendigas
como la lluvia, que bendice al prado,
y que de rosas hayas enjambrado
mi corazón de cardos y de ortigas.
Señor, cuanto agradezco que me ames
como si fuera yo el único amado
y Tú el único amor que hay en mi vida.
Que en vino generoso te derrames,
que te me des en pan recién cortado,
que me ames tan sin peso y sin medida.


¡Que Dios viene por la calle! 
Antonio y Carlos Murciano
Que viene por la calle Dios, que viene
como de espuma o pluma o nieve ilesa;
tan azucenamente pisa y pesa
que sólo un soplo de aire lo sostiene.
Otro milagro, ¿ves? Él, que no tiene
ni tamaño ni límites, no cesa
nunca de recrearnos la sorpresa
y ahora en un arco de aire se contiene.
Se le rinde el romero y se arrodilla;
se le dobla la palma ondulante;
las torres en tropel campaneado.
Dobla también y rinde tu rodilla,
hombre, que viene Cristo caminante
-poco de pan, copo de pan- pasando.

Dios es un terrón de azúcar

Una profesora preguntó a sus alumnos:
- ¿Cómo sabemos que Dios existe? 
Cada uno fue dando su propia respuesta. Pero la profesora seguía insistiendo como si no estuviese satisfecha con las respuestas. Queriendo echarles una mano añadió:
- Y ¿cómo saber que Dios existe si ninguno lo hemos visto? 
Todos se quedaron callados. Para los niños lo que no se ve o se toca no existe. Hasta que un pequeño que era muy reservado, levantó la mano y, tímidamente, respondió:
- Señorita. Dios es como el azúcar. Mi madre me ha dicho que DIOS ES COMO EL AZÚCAR en el tazón de leche que ella me prepara todas las mañanas. Yo no veo el azúcar que está dentro de la taza con la leche, pero si la leche no tiene azúcar se queda sin sabor. 
- Dios existe, y está siempre en el medio de nosotros, solo que no lo vemos. Yo quería enseñaros y sois vosotros quienes me habéis enseñado a mí. Ahora sé que Dios es nuestro azúcar en la vida. 
La profesora, emocionada, le felicitó y le dio un beso.

¿A alguien de nosotros se le ocurriría definir a Dios como una cucharada o un terrón de azúcar? Seguro que nosotros daríamos una definición de Dios mucho más técnica y científica.
Estoy seguro que aquella mamá no entendía mucho de teología, pero sí tenía algo que es fundamental cuando se trata de hablar de Dios. Hablaba no del Dios que se nos explica con ideas, sino del Dios que ella experimentaba en su corazón.

sábado, 17 de junio de 2017

Ayúdame a decir la verdad

Señor...
Ayúdame a decir la verdad delante de los fuertes,
a no decir mentiras para ganarme el aplauso de los débiles.
Si me das fortuna, no me quites la razón.
Si me das éxito, no me quites la humildad.
Si me das humildad, no me quites la dignidad.
Ayúdame siempre a ver la otra cara de la medalla,
no me dejes rechazar a los demás por no pensar igual que yo.
Enséñame a querer a la gente como a mí mismo
y a no juzgarme como a los demás.
No me dejes caer en el orgullo si triunfo,
ni en la desesperación si fracaso.
Más bien recuérdame que el fracaso
es la experiencia que precede al triunfo.
Enséñame que perdonar es un signo de grandeza
y que la venganza es una señal de bajeza.
Si me quitas el éxito, dame fuerzas para aprender del fracaso.
Si yo ofendiera a la gente, dame valor para disculparme
y si la gente me ofende, dame valor para perdonar.
¡Señor... si yo me olvido de ti, nunca te olvides de mí!

El paradigma de la riqueza

Un hombre muy rico llevó a su hijo a hacer un recorrido por sus tierras con el propósito de que el hijo, al ver lo pobre que era la gente del campo, comprendiera el valor de las cosas y lo afortunados que eran ellos.
Estuvieron todo un día y una noche en una granja de una familia campesina muy humilde.
Al concluir el viaje, y de regreso a casa, el padre le preguntó a su hijo:
- ¿Qué te pareció el viaje?
- Muy bonito, papá.
- ¿Viste qué pobre y necesitada puede ser la gente?
- Sí.
- ¿Y qué has aprendido?
- He visto que nosotros tenernos un perro en casa, y ellos tienen cuatro. Nosotros tenemos una piscina de veinticinco metros, y ellos tienen un riachuelo que no tiene fin. Nosotros tenemos unas lámparas importadas en el patio, ellos tienen las estrellas. Nuestro patio llega hasta el borde de la casa, el de ellos se pierde en el horizonte. Especialmente, papá, vi que ellos tienen tiempo para conversar y convivir en familia. Tú y mamá tenéis que trabajar todo el tiempo, y casi nunca os veo.
Al terminar el relato, el padre se quedó mudo, y su hijo agregó:
- ¡Gracias, papá, por enseñarme lo ricos que podríamos llegar a ser!