martes, 29 de agosto de 2017

La taza vacía

Cuenta una vieja leyenda que un famoso samurái fue de visita a la casa de un maestro zen. Al llegar se presentó ante él. Durante un buen rato el guerrero le contó todos los títulos y aprendizajes que había obtenido durante años de grandes sacrificios y largos estudios.
Después de tan formal presentación, le explicó que había ido a verlo para que le enseñara los secretos del conocimiento zen.
El maestro le miró y, por toda respuesta, se limitó a invitarle a sentarse y ofrecerle una taza de té.
El maestro zen comenzó a ponerle el té en la taza al samurái. Aparentemente distraído, sin dar muestras de mayor preocupación, el maestro vertió el té en la taza del guerrero, y continuó vertiendo té aún después de que la taza estuviese llena.
Consternado, el samurái advirtió al maestro que la taza ya estaba llena, y que el té se escurría por la mesa.
El maestro le respondió con tranquilidad:
- Exactamente señor. Usted ya viene con la taza llena, ¿Cómo podría usted aprender algo?
Ante la expresión incrédula del guerrero, el maestro enfatizó:
- A menos que su taza esté vacía, no podrá aprender nada.
Desde ese día, el samurái se convirtió en un humilde discípulo del maestro, y con los años llegó a ser un famoso maestro zen.

domingo, 27 de agosto de 2017

Oración de las Madres Cristianas por la fe de los hijos

En la fiesta de Santa Mónica

• Para que, como santa Mónica, guiemos a nuestros hijos hacia ti con nuestra propia vida, más decididamente cristiana cada día:
¡Ayúdanos, Padre y Señor nuestro!
• Para que nos esmeremos en lograr la plena cooperación de nuestros maridos en sembrar y consolidar la fe de los hijos:
¡Ayúdanos, Padre y Señor nuestro!
• Para que, como santa Mónica, tratemos bien a nuestros hijos, y procedamos en todas las circunstancias con dulce serenidad, autoridad y amor:
¡Ayúdanos, Padre y Señor nuestro!
• Para que estemos pendientes de la evolución del carácter de nuestros hijos, y atentas a los diversos ambientes en que se desenvuelve su vida:
¡Ayúdanos, Padre y Señor nuestro!
• Para que de tal modo comuniquemos la fe a nuestros hijos, que ellos se preocupen de vivirla y transmitirla a los demás:
¡Ayúdanos, Padre y Señor nuestro!
• Para que transmitamos a nuestros hijos el conocimiento y amor a la parroquia en que vivimos, y les enseñemos a colaborar en las tareas apostólicas de las mismas:
¡Ayúdanos, Padre y Señor nuestro!
• Para que, si algún hijo nuestro se desvía del buen camino, los padres sepamos cercarlo de amor, oraciones y consejos, hasta conseguir su retorno a la fe y a la práctica religiosa:
¡Ayúdanos, Padre y Señor nuestro!
• Para que, en el trato con otras madres, nos interesemos por sus necesidades, despertemos en ellas su responsabilidad cristiana y logremos integrarlas a la vida de la parroquia y de la Iglesia:
¡Ayúdanos, Padre y Señor nuestro!

Un agujero en la lancha

Un hombre fue llamado a la playa para pintar una lancha. Trajo con él pintura, pinceles y brochas, y comenzó a pintar la lancha de un color rojo brillante, pues así le pidieron que lo hiciera.
Mientras pintaba, se dio cuenta que la pintura estaba pasando por el fondo de la lancha. Descubrió un agujero, y decidió repararlo. Cuando terminó la pintura, recibió su dinero y se fue.
Al día siguiente, el propietario de la lancha buscó al pintor y le regaló un buen cheque.
El pintor quedó sorprendido:
– El señor ya me pagó por haber pintado la lancha. 
– Mi querido amigo, déjeme explicarle. Déjeme contarle lo que sucedió. Cuando le pedí que pintara la lancha, olvidé hablarle del agujero. Cuando la lancha se secó, mis hijos subieron y salieron de pesca. Yo no estaba en casa en aquel momento. Cuando volví y me di cuenta que habían salido con la lancha, me desesperé, pues recordé que la lancha tenía un agujero.
Imagine mi alivio y alegría cuando los vi volviendo sanos y salvos. Entonces, cuidadosamente examiné el barco y constaté que usted lo había reparado.
¿Se da ahora cuenta de lo que hizo? ¡Salvó la vida de mis hijos! Usted lo hizo porque fue más allá de lo que se le pidió. Hizo más de lo que tenía que hacer.
– Muchas Gracias, contestó el pintor, hice lo que tenía que hacer.
– No tengo dinero suficiente para pagarle por su buena acción…
Moraleja:
Medite sobre eso. No te limites a hacer solamente lo que esperan de ti. No importa para quien, cuándo y de qué manera. Da siempre lo mejor de ti.

viernes, 25 de agosto de 2017

Señor, dame un corazón

Señor, dame un corazón abierto que sepa acoger tu amor,
el amor gratuito e incondicional que sostiene mi vida.
Señor, dame un corazón humilde que sepa dejarse amar
por las personas que me ayudan a crecen en humanidad.
Señor, dame un corazón generoso que sepa amarte,
amarte en todo lo que haga y por encima de todo y de todos.
Señor, dame un corazón comprometido que sepa servir,
servir a todos, comenzando por los últimos, por los pobres.
Señor, dame un corazón agradecido que sepa valorarme,
amarme y alegrarme con los dones que he recibido de Ti.
Señor, dame un corazón sabio, para comprender
que sólo tu amor puede llenar del todo mi corazón,
que sólo el que ama con grandeza puede recibir amor,
que sólo el que se deja amar con humildad puede amar,
que sólo el que ama y se dejar amar puede ser feliz.

El Rey y el anciano arquero

Un rey quiso aprender el arte del tiro con arco.
Sus ministros convocaron a todos los campeones: los que lanzaban más flechas por minuto, los que llegaban más lejos, los que daban en el blanco con los ojos cerrados, los que cazaban pájaros en pleno vuelo, etc… Todos se jactaban de ser infalibles y ninguno erró una flecha.
El rey consideró Maestros a esos guerreros que adornaban el real jardín con sus armas multicolores. Pero de pronto una brisa comenzó a corretear entre las hojas para hacerse cada vez más insidiosa. Volaron paños bordados, abanicos de marfil, trenzas empapadas en esencia de sándalo. ¡La juguetona serpiente se hizo ventarrón! Los arqueros cesaron sus ejercicios en espera de un tiempo más propicio.
El rey se sintió decepcionado: él quería un Maestro que no fallara nunca, aun en medio de un vendaval.
¡Le dijeron que eso era imposible!
El monarca suspendió la fiesta y cayó en un estado melancólico del que sólo pudieron sacarlo con la presentación de un séquito que lo acompañaría por el reino para ayudarlo a encontrar a tal hombre que no fallara nunca con el arco… Recorrieron las provincias sin obtener resultados, hasta que un día un campesino les dijo que conocía un arquero que no fallaba ni en medio de un huracán.
Reverente, llevó al rey a una aldea donde éste encontró a un luminoso anciano que manejaba un arco que un gigante no podría tensar. El arma brillaba, pulida por sus amorosas y arrugadas manos. Las flechas parecían joyas.
El rey le pidió su secreto y el arquero se lo dio:
- “¡Aún en medio de vientos furiosos, siempre doy en el blanco porque no tengo blanco! Me preocupo sólo de la flecha, la que lanzo con toda la dedicación y belleza que mi alma pueda obtener. El tiro es perfecto y, como no tengo finalidad, hacia donde quiera que lance la flecha y donde quiera que ella caiga, siempre da en el blanco.”
El rey se arrodilló ante él y se hizo su discípulo.

jueves, 24 de agosto de 2017

Salmo de los dos caminos

Aquí estoy, Señor Jesús, a la vera del camino, sin camino; 
mis pasos buscan tus huellas donde poner mis pisadas 
la vida y la muerte están ante mí como un reto; 
el bien y el mal se cruzan en mi corazón 
que sin descanso busca, pide y llama. 
Quiero ser dichoso, hombre en camino; 
yo quiero ser libre con la libertad de tu Evangelio. 
Quiero hacer de tu Evangelio norma de vida 
y escucharlo día y noche hasta que penetre el fondo del alma. 
Quiero ser, Señor Jesús, como el árbol que crece junto al río 
y bebe en profundidad y hondura en las corrientes del agua. 
Quiero dar, a su tiempo, frutos de paz y bien, 
y dejar que las semillas que has sembrado en mí se abran. 
No dejes jamás, Señor, que se marchiten mis hojas verdes, 
ni que el viento las arranque, una a una, de sus ramas. 
Quiero seguir el camino del hombre nuevo, 
del hombre que dice sí a la vida y con tesón la guarda; 
no quiero ser como paja que lleva el viento 
y hace de ella un juego fácil entre sus alas. 
Quiero ser desde mis raíces y mi historia de ilusiones y fracasos, 
desde mis luchas y mis crisis un camino de esperanza 
abierto hacia la Vida eterna, donde tú moras 
y donde esperas, con un corazón de amigo, mi llegada. 
Tú eres, Señor Jesús, el camino de un corazón joven; 
el camino de la vida en la cruz entregada 
por la salvación del hombre, de todo hombre que busca en ti
la respuesta cierta y segura en la encrucijada. 
Señor Jesús, contigo se hace el camino suave y ligero, 
al llevar entre tú y yo, ¿los dos juntos?, esta pesada carga. 
Quiero ser discípulo tuyo, y aprender de ti, Maestro, 
a ser libre como el viento, en tu Espíritu, que guía y salva. 

La estrella de mar

Cuentan que una vez un hombre mayor caminaba por la playa contemplando el mar, cuando a lo lejos vio una figura de un hombre que parecía bailar.
Se apresuró para acercarse más a esa persona y ver exactamente qué hacía.
Cuando se acercó se dio cuenta que no estaba bailando sino tomando estrellas de mar y arrojándolas mar adentro tan fuerte como podía.
Le pregunta entonces: – ¿Qué haces mi joven amigo?
Este respondió: – La tarde está cayendo y la marea bajando, si no arrojo estas estrellas al mar morirán, así que las estoy enviando dentro del mar otra vez.
El hombre mayor sonrió irónicamente y le dijo:
– Pero hay miles de playas en todo el mundo, donde miles de estrellas de mar morirán. ¿Crees tú que con eso vas a conseguir algo?
El joven se detuvo por un momento, suspiró, tomó otra estrella, la arrojó y dijo:
– ¡Bueno, acabo de hacer por esta estrella devolviéndola al agua para que pueda seguir viviendo!