Quiero compartir mi corazón contigo, Señor Jesús.
Quiero hacer de mi corazón pan tierno y fresco,
hogaza de labrador compartida en la mesa de todos,
donde no hay puestos porque no hay primero.
Dejo en la mesa mi pan hecho migas,
y el mantel manchado en rojo como recuerdo.
Dejo mi silla de paja que espera
al que siempre ocupa el último lugar como puesto.
Mi corazón, Señor del alba, se hace mesa,
mantel blanco de amistad para los pueblos.
Mi corazón, Señor Jesús, se siente solo
cuando tu medida no lo llena dentro.
Mi corazón se arruga y sufre y llora
cuando el Amor no enciende mi amor en fuego.
Tú eres el mar. Yo soy la playa.
Tú eres la ola que inunda mi arena llevada al viento.
Mi corazón lo hiciste para ti, Señor del alba,
y no es feliz si tú no eres, al fin, su Centro.
Tú eres amor, por eso buscas, peregrino,
mis amores perdidos en ídolos de paja y hierro,
que se esfuman y se vengan como dioses extraños
a las manos que de la mano nos hicieron.
viernes, 27 de abril de 2018
Buscar a Dios
Diálogo entre una niña y un anciano
Día a día un anciano sentado en su mecedora prometió no levantarse de allí hasta que viera a Dios.
Una tarde vio a una niña jugando y la pelota con que jugaba llegó rodando hasta él.
Ella, al inclinarse y recogerla miró al anciano y le dijo
- Señor, todos los días lo veo sentado en su sillón y con la vista perdida ¿Qué es lo que busca?
- Niña, eres demasiado pequeña para entender –contestó el anciano.
- Tal vez -dijo ella- pero mi mama me ha dicho que si tengo algo en la cabeza debo decirlo. Ella me dice siempre: "comparte, hija, comparte para que aprendas".
- Muy bien, niña, ¿sabes? busco a Dios -dijo él-.
- ¿Cómo? Con todo respeto, señor, ¿se mece en ese sillón día tras día en busca de Dios?
- Sí, necesito creer antes de morir que Dios existe. Quiero una señal suya y no he visto ninguna.
- ¿Una señal? Por Dios, señor anciano. Dios le da una señal cuando respira, cuando huele las flores, cuando escucha el canto de los pájaros, cuando nace un bebé, cuando ríe, cuando llora... Es una señal de Dios amar, abrazar a alguien. Dios le da una señal en el viento, en el arco iris, en la lluvia.
Dios está en usted, en mi. ¿Para qué buscarlo sentado mirando a lo lejos sí está aquí cerca todo el tiempo?
- Niña -respondió el anciano- sabes mucho, pero lo que dices no me es suficiente.
La niña se le acercó, puso sus pequeñas manos en el corazón del viejo y le dijo bajito al oído:
- Señor anciano mi mamá me dice siempre que si quiero encontrar a Dios, lo busque en mi corazón y que así podré ver sus señales ¿ya busca usted en el suyo? ¡Venga!, búsquelo de otra forma. Levántese del sillón y venga a jugar conmigo.
Y aquella tarde, fue una tarde maravillosa para aquel solitario viejo. ¡Se divirtió como nunca! La niña fue para él la señal que Dios le enviaba para salir de su soledad y de su tristeza.
Día a día un anciano sentado en su mecedora prometió no levantarse de allí hasta que viera a Dios.
Una tarde vio a una niña jugando y la pelota con que jugaba llegó rodando hasta él.
Ella, al inclinarse y recogerla miró al anciano y le dijo
- Señor, todos los días lo veo sentado en su sillón y con la vista perdida ¿Qué es lo que busca?
- Niña, eres demasiado pequeña para entender –contestó el anciano.
- Tal vez -dijo ella- pero mi mama me ha dicho que si tengo algo en la cabeza debo decirlo. Ella me dice siempre: "comparte, hija, comparte para que aprendas".
- Muy bien, niña, ¿sabes? busco a Dios -dijo él-.
- ¿Cómo? Con todo respeto, señor, ¿se mece en ese sillón día tras día en busca de Dios?
- Sí, necesito creer antes de morir que Dios existe. Quiero una señal suya y no he visto ninguna.
- ¿Una señal? Por Dios, señor anciano. Dios le da una señal cuando respira, cuando huele las flores, cuando escucha el canto de los pájaros, cuando nace un bebé, cuando ríe, cuando llora... Es una señal de Dios amar, abrazar a alguien. Dios le da una señal en el viento, en el arco iris, en la lluvia.
Dios está en usted, en mi. ¿Para qué buscarlo sentado mirando a lo lejos sí está aquí cerca todo el tiempo?
- Niña -respondió el anciano- sabes mucho, pero lo que dices no me es suficiente.
La niña se le acercó, puso sus pequeñas manos en el corazón del viejo y le dijo bajito al oído:
- Señor anciano mi mamá me dice siempre que si quiero encontrar a Dios, lo busque en mi corazón y que así podré ver sus señales ¿ya busca usted en el suyo? ¡Venga!, búsquelo de otra forma. Levántese del sillón y venga a jugar conmigo.
Y aquella tarde, fue una tarde maravillosa para aquel solitario viejo. ¡Se divirtió como nunca! La niña fue para él la señal que Dios le enviaba para salir de su soledad y de su tristeza.
miércoles, 25 de abril de 2018
Un Dios pobre
José M. R. Olaizola
Ojalá, Señor, te llegue mi voz.
Aquí estoy. Sin grandes palabras que decir.
Sin grandes obras que ofrecer.
Sin grandes gestos que hacer.
Solo aquí. Solo. Contigo.
Recibiré aquello que quieras darme:
luz o sombra, canto o silencio, esperanza o frío.
Suerte o adversidad. Alegría o zozobra. Calma o tormenta.
Y lo recibiré sereno, con un corazón sosegado,
porque sé que tú, mi Dios, también eres un Dios pobre.
Un Dios a veces solo.
Un Dios que no exige, sino que invita.
Que no fuerza, sino que espera.
Que no obliga, sino que ama.
Y lo mismo haré en mi mundo,
con mis gentes, con mi vida:
aceptar lo que venga como un regalo.
Eliminar de mi diccionario la exigencia.
Subrayar el verbo “dar”.
Preguntar a menudo: “¿Qué necesitas?”
“¿Qué puedo hacer por ti?”,
y decir pocas veces “quiero” o “dame”.
Y así sigo, Dios: Aquí, sin más, en soledad.
Ojalá, Señor, te llegue mi voz.
Aquí estoy. Sin grandes palabras que decir.
Sin grandes obras que ofrecer.
Sin grandes gestos que hacer.
Solo aquí. Solo. Contigo.
Recibiré aquello que quieras darme:
luz o sombra, canto o silencio, esperanza o frío.
Suerte o adversidad. Alegría o zozobra. Calma o tormenta.
Y lo recibiré sereno, con un corazón sosegado,
porque sé que tú, mi Dios, también eres un Dios pobre.
Un Dios a veces solo.
Un Dios que no exige, sino que invita.
Que no fuerza, sino que espera.
Que no obliga, sino que ama.
Y lo mismo haré en mi mundo,
con mis gentes, con mi vida:
aceptar lo que venga como un regalo.
Eliminar de mi diccionario la exigencia.
Subrayar el verbo “dar”.
Preguntar a menudo: “¿Qué necesitas?”
“¿Qué puedo hacer por ti?”,
y decir pocas veces “quiero” o “dame”.
Y así sigo, Dios: Aquí, sin más, en soledad.
Los miércoles, milagro
Una tarde, el pequeño Jacinto preguntó a su amiga Gabriela:
- ¿Por que vienes tan contenta? ¿Que hiciste o que te ha pasado en la escuela?
- Hice un milagro -respondió la niña-
- ¿Un milagro? ¿Cómo?
- Sí. Lo hice después de la catequesis.
- ¿Y cómo hiciste el milagro?
- La catequista es una señorita que esta muy enferma. No puede moverse ni caminar porque esta paralítica y no puede hacer nada ella sola. Solo habla y nos enseña el Catecismo y se ríe con nosotros.
- ¿Y que pasó?
- Hoy nos ha hablado sobre los milagros de Jesús y hubo un niño que le dijo "Yo no creo que haya milagros. Si hubiera milagros Dios te hubiera curado y podrías caminar".
- ¿Y qué dijo la catequista?
- Ella sonrió maravillosamente y dijo: "Sí, Dios también hace milagros para mí". Y los niños le dijeron: ¿Qué milagro te ha hecho? A lo que la catequista contestó: "vosotros sois mi milagro, porque después de la catequesis de los miércoles, me lleváis a pasear por el parque empujando mi silla de ruedas".
La catequista dijo también que habría muchos milagros si la gente estuviera dispuesta y quisiera hacerlos. Por eso vengo contenta. Hoy es miércoles y vengo de hacer un milagro. Y cuando yo sea grande quiero hacer un montón de milagros y no solamente los miércoles sino todos los días.
- ¿Por que vienes tan contenta? ¿Que hiciste o que te ha pasado en la escuela?
- Hice un milagro -respondió la niña-
- ¿Un milagro? ¿Cómo?
- Sí. Lo hice después de la catequesis.
- ¿Y cómo hiciste el milagro?
- La catequista es una señorita que esta muy enferma. No puede moverse ni caminar porque esta paralítica y no puede hacer nada ella sola. Solo habla y nos enseña el Catecismo y se ríe con nosotros.
- ¿Y que pasó?
- Hoy nos ha hablado sobre los milagros de Jesús y hubo un niño que le dijo "Yo no creo que haya milagros. Si hubiera milagros Dios te hubiera curado y podrías caminar".
- ¿Y qué dijo la catequista?
- Ella sonrió maravillosamente y dijo: "Sí, Dios también hace milagros para mí". Y los niños le dijeron: ¿Qué milagro te ha hecho? A lo que la catequista contestó: "vosotros sois mi milagro, porque después de la catequesis de los miércoles, me lleváis a pasear por el parque empujando mi silla de ruedas".
La catequista dijo también que habría muchos milagros si la gente estuviera dispuesta y quisiera hacerlos. Por eso vengo contenta. Hoy es miércoles y vengo de hacer un milagro. Y cuando yo sea grande quiero hacer un montón de milagros y no solamente los miércoles sino todos los días.
martes, 24 de abril de 2018
¡Soñar, Señor, soñar!
León Felipe
Hazme soñar... ¡Soñar, Señor, soñar!...
¡Hace tiempo que no sueño!
Soñé que iba una vez -cuando era niño todavía,
al comienzo del mundo-
en un caballo desbocado por el viento,
soñé que cabalgaba, desbocado, en el viento...
que era yo mismo el viento...
Señor, hazme otra vez soñar que soy el viento,
el viento bajo la Luz, el viento traspasado por la Luz,
el viento deshecho por la luz,
el viento fundido por la luz,
el viento.., hecho Luz...
Señor, hazme soñar que soy la Luz...
que soy Tú mismo, parte de mí mismo...
y guárdame, guárdame dormido,
soñando, eternamente soñando
que soy un rayito de Luz de tu costado.
En silencio. Contigo, mi Dios pobre.
Hazme soñar... ¡Soñar, Señor, soñar!...
¡Hace tiempo que no sueño!
Soñé que iba una vez -cuando era niño todavía,
al comienzo del mundo-
en un caballo desbocado por el viento,
soñé que cabalgaba, desbocado, en el viento...
que era yo mismo el viento...
Señor, hazme otra vez soñar que soy el viento,
el viento bajo la Luz, el viento traspasado por la Luz,
el viento deshecho por la luz,
el viento fundido por la luz,
el viento.., hecho Luz...
Señor, hazme soñar que soy la Luz...
que soy Tú mismo, parte de mí mismo...
y guárdame, guárdame dormido,
soñando, eternamente soñando
que soy un rayito de Luz de tu costado.
En silencio. Contigo, mi Dios pobre.
El origen del mal
León Tolstoi
En medio de un bosque vivía un ermitaño, sin temer a las fieras que allí moraban. Es más, por concesión divina o por tratarlas continuamente, el santo varón entendía el lenguaje de las fieras y hasta podía conversar con ellas.
En una ocasión en que el ermitaño descansaba debajo de un árbol, se cobijaron allí, para pasar la noche, un cuervo, un palomo, un ciervo y una serpiente. A falta de otra cosa para hacer y con el fin de pasar el rato, empezaron a discutir sobre el origen del mal.
- El mal procede del hambre -declaró el cuervo, que fue el primero en abordar el tema-.
Cuando uno come hasta hartarse, se posa en una rama, grazna todo lo que le viene en gana y las cosas se le antojan de color de rosa. Pero, amigos, si durante días no se prueba bocado, cambia la situación y ya no parece tan divertida ni tan hermosa la naturaleza. ¡Qué desasosiego! ¡Qué intranquilidad siente uno! Es imposible tener un momento de descanso. Y si vislumbro un buen pedazo de carne, me abalanzo sobre él, ciegamente. Ni palos ni piedras, ni lobos enfurecidos serían capaces de hacerme soltar la presa. ¡Cuántos perecemos como víctimas del hambre! No cabe duda de que el hambre es el origen del mal.
El palomo se creyó obligado a intervenir, apenas el cuervo hubo cerrado el pico.
- Opino que el mal no proviene del hambre, sino del amor. Si viviéramos solos, sin hembras, sobrellevaríamos las penas. Más ¡ay!, vivimos en pareja y amamos tanto a nuestra compañera que no hallamos un minuto de sosiego, siempre pensando en ella "¿Habrá comido?", nos preguntamos. "¿Tendrá bastante abrigo?" Y cuando se aleja un poco de nuestro lado, nos sentimos como perdidos y nos tortura la idea de que un gavilán la haya despedazado o de que el hombre la haya hecho prisionera. Empezamos a buscarla por doquier, con loco afán; y, a veces, corremos hacia la muerte, pereciendo entre las garras de las aves de rapiña o en las mallas de una red. Y si la compañera desaparece, uno no come ni bebe; no hace más que buscarla y llorar. ¡Cuántos mueren así entre nosotros! Ya veis que todo el mal proviene del amor, y no del hambre.
- No; el mal no viene ni del hambre ni del amor -arguyó la serpiente-. El mal viene de la ira. Si viviésemos tranquilos, si no buscásemos polémica, entonces todo iría bien. Pero, cuando algo se arregla de modo distinto a como quisiéramos, nos enfadamos y todo nos ofusca. Sólo pensamos en una cosa: descargar nuestra ira en el primero que encontramos. Entonces, como locos, lanzamos silbidos y nos retorcemos, tratando de morder a alguien. En esos momentos, no se tiene piedad de nadie; mordería uno a su propio padre; podríamos comernos a nosotros mismos; y la ira acaba por perdernos. Sin duda alguna, todo el mal viene de la ira.
El ciervo no fue de este parecer.
- No; no es de la ira ni del amor ni del hambre de donde procede el mal, sino del miedo.
Si fuera posible no sentir miedo, todo marcharía bien. Nuestras patas son ligeras para la carrera y nuestro cuerpo vigoroso. Podemos defendernos de un animal pequeño, con nuestros cuernos, y la huida nos preserva de los grandes. Pero es imposible no sentir miedo. Apenas cruje una rama en el bosque o se mueve una hoja, temblamos de terror. El corazón palpita, como si fuera a salirse del pecho, y echamos a correr. Otras veces, una liebre que pasa, un pájaro que agita las alas o una ramita que cae, nos hace creer que nos persigue una fiera; y salimos disparados, tal vez hacia el lugar del peligro. A veces, para esquivar a un perro, vamos a dar con el cazador; otras, enloquecidos de pánico, corremos sin rumbo y caemos por un precipicio, donde nos espera la muerte. Dormimos preparados para echar a correr; siempre estamos alerta, siempre llenos de terror. No hay modo de disfrutar de un poco de tranquilidad. De ahí deduzco que el origen del mal está en el miedo.
Finalmente intervino el ermitaño y dijo lo siguiente:
- No es el hambre, el amor, la ira ni el miedo, la fuente de nuestros males, sino nuestra propia naturaleza. Ella es la que engendra el hambre, el amor, la ira y el miedo.
En medio de un bosque vivía un ermitaño, sin temer a las fieras que allí moraban. Es más, por concesión divina o por tratarlas continuamente, el santo varón entendía el lenguaje de las fieras y hasta podía conversar con ellas.
En una ocasión en que el ermitaño descansaba debajo de un árbol, se cobijaron allí, para pasar la noche, un cuervo, un palomo, un ciervo y una serpiente. A falta de otra cosa para hacer y con el fin de pasar el rato, empezaron a discutir sobre el origen del mal.
- El mal procede del hambre -declaró el cuervo, que fue el primero en abordar el tema-.
Cuando uno come hasta hartarse, se posa en una rama, grazna todo lo que le viene en gana y las cosas se le antojan de color de rosa. Pero, amigos, si durante días no se prueba bocado, cambia la situación y ya no parece tan divertida ni tan hermosa la naturaleza. ¡Qué desasosiego! ¡Qué intranquilidad siente uno! Es imposible tener un momento de descanso. Y si vislumbro un buen pedazo de carne, me abalanzo sobre él, ciegamente. Ni palos ni piedras, ni lobos enfurecidos serían capaces de hacerme soltar la presa. ¡Cuántos perecemos como víctimas del hambre! No cabe duda de que el hambre es el origen del mal.
El palomo se creyó obligado a intervenir, apenas el cuervo hubo cerrado el pico.
- Opino que el mal no proviene del hambre, sino del amor. Si viviéramos solos, sin hembras, sobrellevaríamos las penas. Más ¡ay!, vivimos en pareja y amamos tanto a nuestra compañera que no hallamos un minuto de sosiego, siempre pensando en ella "¿Habrá comido?", nos preguntamos. "¿Tendrá bastante abrigo?" Y cuando se aleja un poco de nuestro lado, nos sentimos como perdidos y nos tortura la idea de que un gavilán la haya despedazado o de que el hombre la haya hecho prisionera. Empezamos a buscarla por doquier, con loco afán; y, a veces, corremos hacia la muerte, pereciendo entre las garras de las aves de rapiña o en las mallas de una red. Y si la compañera desaparece, uno no come ni bebe; no hace más que buscarla y llorar. ¡Cuántos mueren así entre nosotros! Ya veis que todo el mal proviene del amor, y no del hambre.
- No; el mal no viene ni del hambre ni del amor -arguyó la serpiente-. El mal viene de la ira. Si viviésemos tranquilos, si no buscásemos polémica, entonces todo iría bien. Pero, cuando algo se arregla de modo distinto a como quisiéramos, nos enfadamos y todo nos ofusca. Sólo pensamos en una cosa: descargar nuestra ira en el primero que encontramos. Entonces, como locos, lanzamos silbidos y nos retorcemos, tratando de morder a alguien. En esos momentos, no se tiene piedad de nadie; mordería uno a su propio padre; podríamos comernos a nosotros mismos; y la ira acaba por perdernos. Sin duda alguna, todo el mal viene de la ira.
El ciervo no fue de este parecer.
- No; no es de la ira ni del amor ni del hambre de donde procede el mal, sino del miedo.
Si fuera posible no sentir miedo, todo marcharía bien. Nuestras patas son ligeras para la carrera y nuestro cuerpo vigoroso. Podemos defendernos de un animal pequeño, con nuestros cuernos, y la huida nos preserva de los grandes. Pero es imposible no sentir miedo. Apenas cruje una rama en el bosque o se mueve una hoja, temblamos de terror. El corazón palpita, como si fuera a salirse del pecho, y echamos a correr. Otras veces, una liebre que pasa, un pájaro que agita las alas o una ramita que cae, nos hace creer que nos persigue una fiera; y salimos disparados, tal vez hacia el lugar del peligro. A veces, para esquivar a un perro, vamos a dar con el cazador; otras, enloquecidos de pánico, corremos sin rumbo y caemos por un precipicio, donde nos espera la muerte. Dormimos preparados para echar a correr; siempre estamos alerta, siempre llenos de terror. No hay modo de disfrutar de un poco de tranquilidad. De ahí deduzco que el origen del mal está en el miedo.
Finalmente intervino el ermitaño y dijo lo siguiente:
- No es el hambre, el amor, la ira ni el miedo, la fuente de nuestros males, sino nuestra propia naturaleza. Ella es la que engendra el hambre, el amor, la ira y el miedo.
domingo, 22 de abril de 2018
Salmo 22: El Señor es mi Pastor
El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas;
me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
Tu vara y tu cayado me sosiegan.
Preparas una mesa ante mí enfrente de mis enemigos;
me unges con perfume, y mi copa rebosa.
Tu bondad y tu misericordia
me acompañan todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor por años sin término.
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas;
me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
Tu vara y tu cayado me sosiegan.
Preparas una mesa ante mí enfrente de mis enemigos;
me unges con perfume, y mi copa rebosa.
Tu bondad y tu misericordia
me acompañan todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor por años sin término.
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