lunes, 12 de febrero de 2024

¿Usted cree en eso?

Un joven universitario se sentó en el tren frente a un señor de edad, que estaba rezando el rosario. El muchacho, con la arrogancia de la juventud y la pedantería de la ignorancia, le dice:
- Parece mentira que todavía crea usted en esas antiguallas...
- "Así es. ¿Tú, no?", le respondió el anciano.
- iYo! -dice el estudiante lanzando una estrepitosa carcajada-. Créame: tire ese rosario por la ventanilla y aprenda lo que dice la ciencia.
- ¿La ciencia? -preguntó el anciano con sorpresa-. Yo no lo entiendo así. ¿Tal vez tú podrías explicármelo?
- Deme su dirección -replica el muchacho, haciéndose el importante y en tono protector-, que le puedo mandar algunos libros que le podrán ilustrar.
El anciano saca de su cartera una tarjeta de visita y se la alarga al estudiante, que lee asombrado: "Louis Pasteur. Instituto de Investigaciones Científicas de París".
El pobre estudiante se sonrojó y no sabía dónde meterse. Se había ofrecido a instruir en la ciencia al que, descubriendo la vacuna contra la rabia, había prestado con su ciencia uno de los mayores servicios a la humanidad.

Pasteur, el gran sabio que tanto bien hizo a los hombres, no ocultó nunca su fe ni su devoción a la Virgen. Y es que tenía, como sabio, una gran personalidad y se consideraba consciente y responsable de sus convicciones religiosas.

domingo, 11 de febrero de 2024

Effetá

        José Mª Rodríguez Olaizola sj

Ruidos. Nos rodean. Nos envuelven. Nos aturden.
Tertulias, canciones, opiniones,
discursos, eslóganes. Anuncios, promesas,
noticias, debates, conversaciones.
Ruido, ruido incesante,
que termina atronando a base de exceso
hasta que las palabras ya no significan nada.
Mientras, como un rumor de fondo,
la Palabra trata de hacerse oír.
Habla de justicia, de amor verdadero,
de camino, verdad y vida.
Toca, Señor, nuestros oídos,
que se abran de nuevo al rumor de tu presencia.
Sé la Voz que grita, en el desierto de los indiferentes,
de los que están de vuelta, de los ensordecidos
Voz que despierta los anhelos más nobles
que llevamos escritos en la sangre y la entraña.

Cuida de él

Una señora muy rica, visitó a las Misioneras de la Madre Teresa de Calcuta y ofreció un cheque con muchos ceros para ayudar a las obras que las monjas llevan a cabo.
Madre Teresa, en esta ocasión, no lo aceptó.
- “No dinero”, le dijo.
La señora insistía y le recordaba que era propietaria de muchos bienes.
- “No dinero”, le volvió a repetir.
La señora sorprendida y desconsolada le preguntó:
Y entonces ¿qué puedo hacer, cómo puedo ayudar?
Madre Teresa la cogió de la mano y la llevó dentro del refugio y le mostró un niño sucio y hambriento y le dijo cuide de él. La señora buscó agua y jabón y con mucha ternura lavó al niño, lo vistió y lo alimentó.
Aquel día, confesaba la señora, mi vida cambió. Comprendí que hay algo más que el dinero: la compasión y el contacto personal con las personas.

Madre Teresa recomienda que al final del día, al evaluar nuestra jornada, miremos nuestras manos y les preguntemos: ¿qué habéis hecho hoy? ¿Han tocado a alguien con la ternura de Jesús? ¿Tienen nuestras manos las huellas de Cristo?

martes, 6 de febrero de 2024

Himno de alabanza

Al canto de los gallos viene la aurora;
los temores se alejan como las sombras.
¡Dios, Padre nuestro,
en tu nombre dormimos y amanecemos!
Como luz nos visitas, Rey de los hombres,
como amor que vigila siempre de noche;
cuando el que duerme bajo el signo del sueño
prueba la muerte.
Del sueño del pecado nos resucitas,
y es señal de tu gracia la luz amiga.
¡Dios que nos velas!
tú nos sacas por gracia de las tinieblas.
Gloria al Padre y al Hijo, gloria al Espíritu,
al que es paz, luz y vida, al Uno y Trino;
gloria a su nombre y al misterio divino
que nos lo esconde. Amén.

Fregar los platos

Un amigo vino a mi casa a tomar café, nos sentamos y charlamos, hablando de la vida. En un cierto punto de la conversación, le dije: "voy a fregar los platos y vuelvo enseguida".
Él me miró perplejo y extrañado. Entonces me dijo con admiración:
- Me alegra que ayudes a tu mujer, yo no ayudo porque cuando hago algo mi mujer no me lo agradece. La semana pasada fregué el suelo de casa y ni un gracias.
Volví a sentarme con él y le expliqué que yo no "ayudo" a mi esposa. En realidad, mi mujer no necesita ayuda, ella necesita un socio. Yo soy un socio en casa y en esa sociedad dividimos las funciones, pero no se trata de una "ayuda" como las tareas de casa.
Yo no ayudo a mi esposa a limpiar la casa porque yo también vivo aquí y es necesario que yo también limpie. Yo no ayudo a mi mujer a cocinar porque yo también quiero comer y es necesario que yo también cocine. Yo no ayudo a mi mujer a lavar los platos después de comer porque yo también uso esos platos.
Yo no ayudo a mi esposa con sus hijos porque también son mis hijos y mi trabajo es ser padre. Yo no ayudo a mi mujer a lavar, tender o doblar la ropa, porque la ropa también es mía y de mis hijos.
Yo no soy una ayuda en casa, soy parte de la casa. Y con respecto a elogiar, le pregunté a mi amigo ¿cuándo fue la última vez que, después de que tu mujer terminó de limpiar la casa, lavar la ropa, cambiar las sábanas de la cama, bañar a sus hijos, cocinar, organizar, etc., le dijiste gracias?
Pero un gracias de verdad: Wow, ¡¡¡cariño, eres fantástica!!!
¿Eso te parece absurdo o extraño? En cambio, por una vez que limpias el suelo, esperabas, al menos, un reconocimiento y agradecimiento... ¿por qué? ¿Nunca pensaste en eso amigo?
Tal vez porque te parece que todo eso sea tarea de ella.
¿Tal vez has sido educado en que todo esto se hace sin tener que mover un dedo? Entonces elogia a tu esposa como tu querías ser elogiado, de la misma forma, con la misma intensidad. Échale una mano, compórtate como un verdadero compañero, no como un huésped que solo va a casa para comer, dormir, bañarse y satisfacer los deseos sexuales... Siéntete como en casa, ¡en tu casa!

domingo, 4 de febrero de 2024

A tiempo

                José María Rodríguez Olaizola, sj

A tiempo y a destiempo,
en cualquier lugar, a cualquier hora,
con el viento de espalda
o un huracán a la contra;
alegre o afligido, sereno o exaltado,
descansado o exhausto,
lleva el Amor por bandera.
No cejes en el intento
de compartir la justicia.
No acomodes la Palabra
en nombre de la prudencia,
no adulteres la esperanza,
proclama la Vida plena
de quien con su voz nos llama
y con su historia nos llena.
No niegues que eres apóstol,
no olvides que eres profeta,
portador de una noticia
que ha de atravesar la guerra,
que ha de romper las paredes
y ha de fecundar la tierra.

“Hoy no lo hice...”

Un hombre llega a casa del trabajo y encuentra a sus tres hijos en el jardín aún con los pijamas puestos jugando en el barro, con cajas de comida vacías y los envoltorios de éstas esparcidos por todo el jardín.
La puerta del coche de su mujer estaba abierta, así como la puerta de entrada de la casa y no había señales del perro.
Cuando entró encontró aún mayor desorden. Una lámpara caída en el suelo y la alfombra arrugada contra la pared.
En el salón la televisión estaba a todo volumen con un canal de dibujos animados y la salita de estar estaba cubierta de juguetes y ropa.
En la cocina la fregadera estaba llena de trastes, el desayuno derramado por la mesa, la puerta del refrigerador abierta de par en par, la comida del perro tirada por el suelo, un vaso roto debajo de la mesa y un pequeño montón de arena detrás de la puerta.
Inmediatamente subió las escaleras haciendo a un lado todos los juguetes y los montones de ropa, buscando a su mujer preocupado por si estaba enferma o le había ocurrido algo serio.
De camino a la habitación, vio como corría el agua por debajo de la puerta del cuarto de baño y cuando entró las toallas estaban empapadas, espuma y más juguetes por el suelo, kilómetros de papel higiénico amontonado y pasta de dientes untada por el espejo y las paredes.
Entró corriendo en el dormitorio y encontró a su mujer acurrucada en la cama, en pijama y leyendo un libro. Ella le miró, le sonrió y le preguntó:
- ¿Qué tal estuvo tu día?
Él la miró furioso y le preguntó:
- ¿Qué ha pasado hoy aquí?
Ella volvió a sonreír y contestó:
- ¿Sabes cuando vuelves del trabajo y me preguntas... por Dios, ¿qué es lo que haces todo el día?
- Si -respondió él incrédulo.
- Bueno pues hoy no hice nada... contestó ella