de Angel Arias
Había en un pueblo que llaman Villacuadrada, una mujer viuda, ya con algunos años, a la que la pensión que recibía le daba justo para ir tirando. Tenía una hija, Ana Marilde, que estaba preparando su boda para los próximos meses. Para festejar el acontecimiento, pensó en regalarle una joya que tenía en gran estima y, por ello, sacó de una cajita en la que guardaba recuerdos muy preciados -un mechón de pelo de su primer hijo varón, fallecido de una enfermedad rara a los dos años, el primer diente de leche de Ana Marilde- un broche dorado que tenía engastada en su centro una piedra preciosa.
- No sé por qué te molestas, mamá -le dijo la hija-. Se lo mucho que aprecias esa reliquia de tu juventud.
- Pero, si tanto te empeñas …-se corrigió sobre la marcha- vayamos a un tasador amigo para que valore esta joya y así sabremos cuánto vale tu regalo, por si algún día tengo que ayudarte económicamente.
Cuando el tasador tuvo en sus manos la pieza, la miró por todos lados, la observó detenidamente bajo la lupa y concluyó, meneando la cabeza:
-Tengo que darles la mala noticia, señoras, que este broche es falso. No vale nada. La piedra es un cristal torpemente tallado y el metal no es oro, sino latón.
Salieron de la oficina del experto muy decepcionadas. La hija, que llevaba el broche en la mano, hizo ademán de tirarlo en una papelera.
- No hagas eso -le atajó su madre-. Ese broche es muy valioso.
- No digas tonterías -replicó la otra-. El tasador acaba de decirnos claramente que es una baratija.
La madre, con el broche en su mano, le explicó, mientras una lágrima se deslizaba por sus mejillas.
-Tu padre me regaló ese broche cuando se me declaró. Desde entonces, lo he conservado como testimonio de su cariño. Puede que para el tasador y para muchas otras personas, no tenga ningún valor. Pero, para mi, tiene el valor de la joya más preciada del mundo.
La hija se quedó callada un buen rato. Luego, la abrazó y cogió la mano a su madre, y caminaron juntas.
jueves, 14 de agosto de 2025
La joya más valiosa
domingo, 10 de agosto de 2025
Alerta
(Adaptación de Lc 12, 32-48 por Rezandovoy)
No temas, que el Padre ha decidido darte el reino.
Vende tus bienes y da limosna.
Busca algo que no se gaste, que no envejezca,
un tesoro inagotable en el cielo, que no se puede robar ni apolillar.
Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón.
Ten preparada la ropa para echarte al camino,
y ten la luz encendida, mostrando que estás despierto.
Como aquel que espera a que su jefe llegue, y está preparado para atenderle.
Es mejor que en ese momento uno esté dispuesto.
Afortunado es el que está alerta para lo que sea necesario en cada momento,
y las sorpresas no le pillan de improviso.
Pues ahora sabes que el Señor viene. Estate alerta,
porque cuando menos lo piensas, Dios aparece.
Si actúas mal, si tratas a la gente con dureza,
sin pensar que todo lo que uno hace importa,
¿qué ocurrirá el día que tengas que dar explicaciones?
¿Qué ocurrirá el día en que tengas que mirar, cara a cara, a la verdad de tu vida?
Te lo digo con severidad, con sinceridad y porque te quiero.
Te quiero confiar lo mejor que tengo, la verdad del Reino,
pero eso implica una responsabilidad grande,
porque a quien mucho se le dio mucho se le pedirá,
y a quien mucho se le confió mucho más se le exigirá.
¡¡No es culpa de las nueras o yernos!!
Entré medio borracho a casa, y allí estaba mi padre, de pie, con una gran sonrisa en su rostro. Se veía a la legua que estaba feliz de verme llegar.
— Pasa, hijo, ¡qué bueno que has llegado! -me dijo entusiasmado-. ¿Y mi nuera?
— Disculpa, papa, por la hora. Casi se acaba el día. Ya sabes, cada año vamos a casa de mi suegro, y se enfada si no vamos.
— No te preocupes, hijo mío. Lo bueno es que estás aquí.
— Tampoco le traigo regalo, papa. Laura le compró uno bien caro a su papá y me dejó sin nada.
— No te preocupes, hijo. Yo solo he estado esperando todo el día a que llegaras. Ese es mi mejor regalo, que estás aquí, mi único hijo. Te he preparado lo que tanto te gustaba de chico.
— No, no, no, papa, ya me voy. Laura ya me está pitando desde el coche. Sigue disfrutando. Vengo la semana que viene.
— A qué caray, ya te vas, caramba.
— Pues sí, pero ya le digo, siga pasándoselo bien.
— ¿Pero con quién? Si estoy más solo que una planta en sequía. Pensé que te quedarías más rato. Hasta natillas te había hecho para que cenaras conmigo.
— Quisiera, papa, pero ya conoces a mi mujer, que no le gusta entrar aquí.
— No me quiere por pobre, hijo, pero tú así la escogiste.
— Cuídate, papa.
— Anda, hijo, Dios te bendiga. Acércate para darte su bendición.
— Hay papa, otro día, voy con prisa.
— Hasta la bendición me desprecias, canijo…
Eso fue lo último que le escuché decir, porque cuando volví la semana siguiente, lo encontré sin vida, y descompuesto. Sus manos, aferradas, sostenían la única foto en la que aparecíamos juntos en la feria de diciembre, cuando yo tenía ocho años.
Le lloré tanto... Mi papá vivió pobre, teniendo a un hijo profesional, pero una esposa egoísta. Pero no es culpa de ella, es mía. Solo mía, por cobarde e idiota.
Lo enterré en un cajón barato, sin Misa, porque teníamos que marcharnos a Vallarta, y ya teníamos los gastos calculados.
sábado, 9 de agosto de 2025
Oración al Espíritu Santo
e ilumina la oscuridad de mi corazón?
Me conduces como una mano maternal
y si consintieras irte de mí
no sabría como dar un paso más.
Tú eres el espacio
que abraza mi existencia y la sepulta en Ti
lejos de Ti se hunde en el abismo de la nada,
desde donde la elevaste a la luz
Tú, más cerca de mí que yo a mí mismo
y más íntimo que mi más profundo interior
todavía implacable e intangible
y más allá de todo nombre:
¡Espíritu Santo amor eterno!
¿No eres acaso el dulce maná
que del corazón del Hijo
se desborda hacia mi corazón,
el alimento de los ángeles y los santos?
Él, que se elevó a sí mismo de la muerte a la vida,
Él también me ha despertado a una nueva vida
del sueño de muerte.
Y me da una nueva vida día a día
y a veces, su plenitud fluye a través mío
vida de tu vida realmente, Tú mismo:
¡Espíritu Santo, vida eterna!
¿Dónde vive Dios?
Sucedió durante una clase de una escuela primaria, en la que el maestro trataba de persuadir a los alumnos acerca de la no existencia de Dios.
El debate favorecía a este, porque en realidad nadie objetaba el argumento del profesor. La pregunta era sencilla, pero su respuesta sí que hacía mover no solo a la clase sino todo el entorno de aquel lugar.
- ¿Dónde vive Dios?
Esa sí que era la pregunta del millón.
- Tienen cinco minutos antes de que me lean sus respuestas, dijo con todo el educador.
Pasados cinco minutos comenzó la lectura de respuestas. Eso sí que fue algo digno de presenciarse. Y mientras los alumnos leían, el maestro cada vez se alzaba más orgulloso y soberbio, evidenciando un gozo y celebración por las respuestas incongruentes y sin fundamento por parte del alumnado.
¡En mi corazón, decían muchos! ¡En su santo templo!, decían otros. En el tercer cielo expresaban otros, en Jerusalén, en las montañas, en los desiertos, en el aire, en las nubes, en una nave espacial, dijo la más despistada.
- ¿Dónde vive Dios?
Volvió a tronar la pregunta. Y cuando ya el silencio reinaba en la clase, se oyó una voz dulce y agradable, pero firme, con la mano levantada y mirando con seguridad al profesor dijo:
- ¡Yo sé dónde vive, profesor!
- ¡Dónde! -casi gritó el profe.
Ella, la dulce niña, sin titubear, contestó con la más absoluta seguridad.
- ¡En mi casa, profesor! Mi padre lleva años sin consumir alcohol, ya trabaja, nos lleva alimentos y ropa y hasta una lavadora compró a mamá, pero lo más importante es que ya no golpea a mi madre, ni nos corre bajo la lluvia de casa, no nos insulta, ni se escucha la música grotesca a altas horas de la noche y eso ocurría con mucha frecuencia. Mamá ya nos sonríe y hasta ha venido a la escuela a dejarme, pues, no salía porque siempre amanecía golpeada y herida. Mi hermana y mi hermano mayores ya se habían escapado de casa y vivían en la calle como indigentes, hoy nos sentamos todos juntos en nuestra humilde mesa, para disfrutar de nuestros alimentos, ya no se siente el abandono, la miseria, el llanto y el dolor. Ha pasado tiempo sin un grito en mi casa, sin que tengamos que ir a refugiarnos con los vecinos. Hoy mi padre me abraza y me dice que me ama y hasta me ha comprado algún que otro detallito. Mi padre nos ha pedido perdón, no solo a nosotros como familia, sino también a otras personas, y los domingos se levanta muy temprano y lo he visto de rodillas llorando, luego nos lleva a todos a la iglesia.
Le pregunté un día que como había ocurrido ese milagro. Él solo me contestó que le había abierto la puerta de nuestra casa a Dios. Y es por eso que yo afirmo contundentemente qué Dios vive en mi casa y todos los días le pido que jamás se marche de nosotros.
miércoles, 6 de agosto de 2025
Fiesta de la Transfiguración del Señor
Quiero ser tu vidriera,
tu alta vidriera azul, morada y amarilla.
Quiero ser mi figura, sí, mi historia,
pero de ti en tu gloria traspasado.
Transfigúrame, Señor, transfigúrame.
Mas no a mí solo, purifica también
a todos los hijos de tu Padre
que te rezan conmigo o te rezaron,
o que acaso ni una madre tuvieron
que les guiara a balbucir el Padrenuestro.
Transfigúranos, Señor, transfigúranos.
Si acaso no te saben, o te dudan
o te blasfeman, límpiales el rostro
como a ti la Verónica;
descórreles las densas cataratas de sus ojos,
que te vean, Señor, como te veo.
Transfigúralos, Señor, transfigúralos.
Que todos puedan, en la misma nube
que a ti te envuelve,
despojarse del mal y revestirse
de su figura vieja y en ti transfigurada.
Y a mí, con todos ellos, transfigúrame.
Transfigúranos, Señor, transfigúranos.
El viejo relojero
Susana Rangel
Cada mañana, a la misma hora, un hombre mayor abría su pequeña relojería. Tenía manos temblorosas por los años, pero seguía siendo el mejor arreglando relojes en todo el barrio.
No solo componía piezas: parecía que, al arreglar un reloj, también reparaba algo más profundo. Como si al ajustar engranes… también ajustara almas. Una tarde lluviosa, entró un hombre joven, con traje caro y cara de estrés. Dejó caer su reloj sobre el mostrador.
— Necesito que lo arregle. Se retrasa dos minutos a la semana. Y tengo reuniones importantes. ¿Puede tenerlo para mañana?
El viejo miró el reloj. Luego, al joven.
— Los relojes, como las personas, se desajustan cuando viven corriendo.
— Solo quiero que funcione, dijo el joven, -mirando su teléfono móvil-. Le pago el doble si me lo entrega mañana.
— Tardará tres días, respondió sin alterarse. Y mientras, puedes usar este.
Le dio un viejo reloj de bolsillo. El joven lo aceptó con cara de pocos amigos.
Durante esos tres días, algo cambió. Notó que el tiempo no se sentía igual. En reuniones aburridas, las agujas casi no se movían. Pero cuando almorzaba con su hija, el reloj parecía ir volando. Las horas ya no eran iguales. Eran distintas según lo que vivía… Volvió al tercer día, desconcertado.
— Este reloj va mal. A veces corre, a veces se detiene.
El viejo sonrió.
— No está mal. Está en sintonía contigo. No marca los segundos… marca los momentos.
Le devolvió su reloj de lujo y dijo:
— Puedo dejarlo perfecto, pero si tú sigues perdiendo tiempo en lo que no importa, volverá a fallar.
— Entonces… ¿qué hago?
— Recuerda que hay dos formas de vivir el tiempo: la que se mide… y la que se siente. Y los mejores relojes no están en la muñeca. Están en el corazón.
El joven se quedó pensativo. Preguntó cuánto debía.
— Por el arreglo, lo que tú creas justo. Por la lección… esa se paga viviendo distinto.
Semanas después, regresó. Traía en la mano el reloj de bolsillo.
— ¿Se descompuso?
— No, respondió con una sonrisa. Quiero quedármelo. Renuncié a mi trabajo. Abriré algo pequeño aquí. Quiero poder recoger a mi hija del colegio cada día.
El viejo le dijo:
— Ese reloj no se vende. Se hereda. Guárdalo. Algún día vas a entender que el tiempo más valioso es … el que estás presente cuando más te necesitan.
Ese invierno, el relojero falleció. En su testamento dejó su taller al joven, con una nota: “Para quien entendió que no se trata de arreglar relojes… sino de reparar la vida.”
Hoy, si pasas por esa tienda, verás un letrero que dice: “Aquí no vendemos tiempo. Solo te recordamos cómo vivirlo.”
Moraleja: A veces, lo que necesitamos no es que un reloj marque la hora perfecta… sino que nuestro corazón vuelva a marcar lo importante.