lunes, 23 de marzo de 2026

Levántate y anda

  José María R. Olaizola, SJ

Levántate y anda, cuando no encuentres horizonte,
porque siempre hay un camino que recorrer,
y no hay razón para dejar de intentarlo.
Levántate y anda, aunque te rodeen las sombras.
La luz se abre paso por resquicios insospechados,
y al iluminar la realidad la llena de posibilidades.
Levántate y anda, aunque te opriman las vendas.
Puedes quitarte muchos estorbos que te impiden avanzar,
y avanzarás más liviano, más libre, más alegre.
Levántate y anda, aunque te sientas sin fuerzas.
Es Dios el que te impulsa, quien te lleva de la mano,
quien te llena de espíritu.
Deja atrás las sombras y tumbas, los silencios y miedos,
las parálisis y vendas que te aíslan y entristecen.
Deja atrás las pequeñas muertes que adulteran la vida.
Vamos, Lázaro, levántate y anda.

Un tsunami sobre el pueblo de campesinos

Hace ya mucho tiempo, había un misionero en Filipinas que atendía a los cristianos de varios pueblecitos. Para hablarles del amor de Dios y de los caminos que a veces utilizaba para enseñarles, solía inventarse cuentos sencillos como éste, cargados de una profunda enseñanza.
Había en las costas de Filipinas a mediados del siglo XX un pequeño pueblo llamado Hinuatán lleno de pescadores y campesinos bastante descreídos. Sus gentes vivían de la pesca y del arroz que cultivaban en los arrozales de las laderas de las montañas cercanas al pueblo.
Casi en lo alto de la montaña vivía un anciano con su nieto. Desde allí contemplaban el ir y venir de los pescadores con sus barcas y de los campesinos cuando iban a sus arrozales. Conocían y querían a todos los vecinos y a éstos les gustaba saber que, desde la altura, el abuelo velaba por ellos con afecto.
Un día, estando ya el arroz casi maduro, el abuelo oteaba a lo lejos preocupado. Había percibido algo extraño. A lo lejos se levantaba una gigantesca cortina de agua, como si el mar y el cielo se hubiesen unido. El abuelo se puso la mano en la frente, a modo de visera, para observar mejor. Al cabo de unos instantes, se volvió hacia la casa y gritó:
— ¡Juan! vete al fuego y trae dos tizones encendidos! ¡Corre!
Juan obedeció al instante. El abuelo, cogió uno de los tizones y salió corriendo hacia el arrozal más cercano; al tiempo que le decía a su nieto que le siguiera con el otro tizón. Juan no entendía nada, hasta que vio, lleno de espanto, cómo el abuelo lanzó el trozo de leña encendido en medio del arroz.
— Pero abuelo, ¿qué hace?
— ¡De prisa, rápido, lanza el tuyo, no te pares, prende fuego!
Juan no entendía nada. Creía que su abuelo se había vuelto loco. Pese a todo, obedeció y lanzó su tizón.
Grandes llamas se extendieron por los campos mientras una negra humareda subía hacia el cielo. Desde abajo, la gente del pueblo vio el incendio de los arrozales y gritando: ¡fuego, fuego! se apresuraron a subir al monte. Nadie quedó en el pueblo. Hasta las madres, con los pequeños al cuello, subían corriendo. A los pocos minutos llegaron a los campos, y cuando vieron quemados sus magníficos arrozales, se dirigieron hasta la casa del abuelo y se pusieron a gritar furiosos:
— ¿Cómo ha podido suceder esto? ¿Sabe quién lo ha hecho?
— He sido yo -contestó el abuelo con calma.
— Y yo le he ayudado -dijo Juan llorando.
Se arremolinaron a su alrededor gritando:
— ¿Por qué lo habéis hecho? ¡Estáis locos! ¡Habéis arruinado toda la cosecha!
Entonces el anciano se volvió hacia el mar y extendiendo la mano señaló el horizonte y dijo:
— Mirad.
Se dieron la vuelta y vieron como se levantaba una enorme cortina de agua, una ola gigantesca. Todos se quedaron en silencio llenos de miedo y asombro. Ni un solo grito se escuchó, sólo temor en todos. Inmediatamente una gran ola llegó a la playa, alcanzó el pueblecito con un estruendo horrible y luego se rompió contra la montaña. Después otra ola; y otra menor y otra… Cuando el mar se calmó sólo quedó una gran extensión de agua. El pueblo había desaparecido bajo las aguas.
Afortunadamente, toda la gente había podido escapar y estaba a salvo en lo alto de la montaña. Ahora ya, más serenos y calmados, entendieron lo que había hecho y le dieron gracias al abuelo, alabando su inteligencia y su rapidez al buscar la única solución posible. Todos se dieron cuenta de que, a pesar de la tristeza de ver arrasados los arrozales, la acción del abuelo había salvado a todos de ahogarse por el furioso e inesperado tsunami.

domingo, 22 de marzo de 2026

Tú eres vida para nuestras muertes

Tú también lloras la muerte de un amigo,
también te duelen las dificultades de la vida.
Tú sabes mucho de malos momentos
y de la fuerza del cariño para suavizarlos.
Y sabes también cómo nos venimos abajo
ante las contrariedades
y ante las situaciones que no entendemos.
Dices que si tuviéramos fe nada nos sería imposible,
pero la muerte no la podemos entender,
nos sobrepasa, nos separa de los nuestros.
Queremos creer que detrás de toda situación dolorosa hay vida,
que nos encontraremos después, en la casa del Padre,
que somos finitos y, por tanto,
debemos ir separándonos unos de otros
y que Tú nos ayudarás a superar el dolor de la distancia.
Contigo la vida es mucho más llevadera.
Tú cercanía saca lo mejor de unos y otros,
pone en circulación el cariño que nos facilita la vida,
que nos hace poder con lo casi imposible.
Pon palabras en nuestra boca para compartir alegrías y penas,
para expresar el amor contigo y como Tú.

¿Qué hay al otro lado?

Antes de salir de la habitación, un paciente le preguntó al médico:
- “Doctor, tengo miedo a morir. Dígame qué hay al otro lado”.
El médico le dijo que no lo sabía.
- Usted, un hombre cristiano, ¿no sabe lo que hay al otro lado?
El médico tenía el pomo de la puerta en la mano, al otro lado de la puerta se oían los gemidos y patadas de un perro. Cuando abrió la puerta de un salto se plantó en medio de la habitación dando brincos de alegría al ver al doctor.
Éste se dirigió al paciente y le dijo:
- ¿Ha observado a mi perro? Nunca ha estado en esta consulta. Lo único que sabía era que su dueño estaba dentro y cuando la puerta se abrió entró sin miedo.
Yo no sé qué hay al otro lado de la muerte, sí sé una cosa. Sé que mi dueño está ahí, al otro lado de la puerta, y eso me basta.

jueves, 19 de marzo de 2026

Virgen María, dile a san José


 

Asamblea en la carpintería

Cuentan que en la carpintería hubo una vez una extraña asamblea. Fue una reunión de herramientas para arreglar sus diferencias.
El martillo ejerció la presidencia, pero la asamblea le notificó que tenía que renunciar. ¿La causa? ¡Pues que hacía demasiado ruido!. Y, además, se pasaba el tiempo golpeando.
El martillo aceptó su culpa, pero pidió que también fuera expulsado el tornillo; dijo que había que darle muchas vueltas, quizás demasiadas, para que sirviera de algo.
Ante el ataque, el tornillo aceptó también, pero a su vez pidió la expulsión de la lija. Hizo ver que era muy áspera en su trato y siempre tenía fricciones con el resto de las herramientas.
Y la lija estuvo de acuerdo, a condición de que fuera expulsado el metro que siempre se pasaba la vida midiendo a los demás según su propia medida, como si fuera él la única herramienta perfecta.
En eso entró el carpintero, se puso el delantal e inició su trabajo. Utilizó el martillo, la lija, el metro y el tornillo. Finalmente, la tosca madera inicial se convirtió en un fino mueble.
Cuando la carpintería quedó nuevamente sola, la asamblea reanudó la deliberación. Fue entonces cuando tomó la palabra el serrucho, y dijo:
— "Escuchadme todos, ha quedado demostrado que tenemos defectos, pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades. Eso es lo que nos hace valiosos. Así que no pensemos ya en nuestros puntos malos y concentrémonos en la utilidad de nuestros puntos buenos".
La asamblea encontró entonces que el martillo era fuerte, el tornillo unía y daba fuerza, la lija era especial para afinar y limar asperezas y observaron que el metro era preciso y exacto.
Se sintieron entonces un equipo capaz de producir muebles de calidad. Se sintieron orgullosos de sus fortalezas y de trabajar juntos.

miércoles, 18 de marzo de 2026

El beso de Dios

Una madre joven y piadosa solía dar un beso a su hijo chiquitín cada vez que volvía de comulgar.
— Toma, hijo -le decía-. Este beso me lo ha dado Jesús para ti.
Un día, el pequeño, que ya hablaba, al recibir el habitual beso de Jesús se cuelga del cuello de su madre y la besa en su rostro diciéndole:
— Toma, éste es para Él.

¡Qué sencillez! ¡Qué hermosura! Sólo un segundo, pero ¡que hermoso gesto! Y es que cuando se ama a Dios, hasta el más pequeño gesto hecho por amor puede ayudar a que otra persona descubra a Jesús.

Confía en Dios...

            Me gustó mucho   Proverbios 16:9

Lo que es para ti nunca tendrá que ser forzado.
Los planes de Dios no necesitan presión, necesitan confianza.
Él no te está pidiendo que te esfuerces,
te está pidiendo que descanses. Permanece quieto/a.
Dios sabe por lo que estás pasando en este momento.
Cada lucha, cada lágrima, cada momento de duda. Él lo ve todo.
No tienes que explicarle nada, porque Él entiende mejor que nadie.
Y aun cuando sientas que nadie más lo hace,
Él está ahí, listo para sostenerte y cargarte.
No te está pidiendo que tengas todas las respuestas,
te está pidiendo que confíes en Él.
Confía en que está obrando en medio de tu dolor,
que Su plan para ti es bueno
y está contigo en cada paso del camino.
Cuando no tienes respuestas, Él es quien las tiene todas.
Sigue confiando. Él te sostiene.
Muy pronto mirarás atrás y dirás: "Dios, esto es más de lo que recé."

domingo, 15 de marzo de 2026

Quiero ver, Señor

Quiero ver, Señor
para sentirte cerca y nunca abandonarte,
porque me pierdo y camino confundido.
Quiero ver, Señor
para verte y nunca perderte
porque, sin Ti, no soy tan feliz como creo ser.
Quiero ver, Señor
para vivir alegre y abierto a los demás,
agradecer lo mucho que haces por mí,
defenderte cuando algunos te ignoren,
no tropezarme cuando surjan dificultades.
Quiero ver, Señor
para que nadie me confunda con falsas luces,
para que nada me aleje de tu amistad.
Quiero ver, Señor
con ojos agradecidos hacia el cielo.
Quiero ver, Señor
para reconocer lo que eres: ¡Mi Señor y mi Dios!
Quiero ver, Señor
con mirada limpia de egoísmo y apariencias.
Quiero ver, Señor
para descubrir tu amor cada día en mi vida.

Todo lo que hace Dios es para nuestro bien

Un viejo fraile salió de viaje llevando consigo un asno, un gallo y una lámpara. Al llegar a una aldea bien entrada la noche, no halló posada y los vecinos le negaron albergue. Él se consoló diciendo:
— Todo lo que hace Dios es para nuestro bien.
Decidió pasar la noche al raso en el bosque. Encendió la lámpara para alumbrarse, pero el viento la apagó al momento.
— Todo lo que hace Dios es para nuestro bien -dijo resignadamente.
Durante la noche, las bestias salvajes devoraron al asno y al gallo. El fraile volvió a repetir:
— Todo lo que hace Dios es para nuestro bien.
A la mañana siguiente, un leñador que pasaba por allí le dio al fraile la noticia de que un destacamento de soldados, formado por varias compañías completas, había atacado la aldea y cruzado el bosque esa noche. El fraile comprendió inmediatamente que, si la lámpara hubiera estado encendida o si el asno hubiera rebuznado o el gallo cantado en la madrugada, los soldados se habrían dirigido hacia allí y le habrían matado con toda seguridad. Dios había cuidado de que las cosas salieran como salieron, para bien del buen fraile.
— Todo lo que hace Dios es para nuestro bien, dijo entonces éste una vez más.


miércoles, 11 de marzo de 2026

Dios no se olvida de tus deseos

         Me gustó mucho

“Dios nunca se olvida de los deseos de tu corazón.”
A veces sentimos que sí.
Que el cielo guarda silencio,
que las oraciones se quedan suspendidas en el aire
como cartas sin destinatario.
Pedimos con fe, esperamos con paciencia,
y aun así los días pasan y nada parece cambiar.
Pero Dios no olvida.
Somos nosotros quienes, cansados de esperar,
confundimos el silencio con ausencia
y el tiempo con abandono.
Los deseos del corazón no siempre son cumplidos
cuando los pedimos, ni de la forma en que los imaginamos.
Algunos necesitan madurar, otros transformarse,
y algunos más… descansar un tiempo
para no rompernos antes de llegar.
Hay deseos que nacen del dolor, del vacío,
de una pérdida que aún duele.
Y Dios, que conoce el fondo del alma,
no los concede de inmediato.
Dios no se olvida de ti cuando te toca esperar.
Te está cuidando incluso cuando no lo entiendes.
Porque hay anhelos que llegan
solo después de que aprendemos a soltar, a confiar,
a caminar aun con el corazón cansado.
Tal vez hoy no tienes lo que pediste,
pero sí tienes lo que necesitas para seguir.
Y eso también es una forma de amor divino.
Sigue creyendo, aunque duela.
Sigue esperando, aunque el tiempo pese.
Porque lo que Dios guarda en su memoria no se pierde…
solo llega en el momento exacto
en que tu corazón puede recibirlo sin romperse.

La astucia de la señora mayor

Una señora mayor va por la carretera a 150 Km./hora. La para un guardia de circulación y le dice:
— «La voy a multar por exceso de velocidad, por favor su carnet de conducir».
La señora responde: «No lo tengo, me lo quitaron hace 6 años».
— «Bueno, facilíteme la documentación del coche».
Responde la señora: «Es robado y no tiene documentación. Además, le informo que tengo un cadáver descuartizado en el maletero».
El guardia, asustado, llama a su jefe. El cual se presenta con varios coches y le dicen:
— «Bájese del coche».
La mujer obedece, y se baja del coche.
— «Abra el maletero despacio». La mujer obedece, y dentro no encuentran nada.
Entonces el jefe le dice: «Enséñeme la documentación del coche». La mujer se la da.
— «Está correcta, dice el jefe, pero, muéstreme su carnet de conducir».
Ella se lo da y el jefe dice: «Está correcto».
La mujer entonces dice: «y seguramente también le habrá dicho este agente que llevaba exceso de velocidad».

domingo, 8 de marzo de 2026

Cántaro en Sicar

           Florentino Ulibarri

Cántaro roto en mil trozos por los golpes recibidos,
merecidos o fortuitos, en el juego de la vida...
O por olvidos, descuidos, bravatas, tormentas, o desvaríos...
O por mi género, mi cultura, mi país de origen,
mi pobreza económica, mi fe o mis ideas libres...
O por manipulaciones de quienes se erigen en señores,
que me secaron por dentro y fuera y me dejaron con sed de agua
que no sacian los pozos de mi tierra.
Eso es lo que soy en este momento, cántaro roto en mil trozos:
samaritana, marginada, atrapada en los limbos
creados por quienes se creen intérpretes y dueños...
Pero espero, Señor, que vuelvas a fundirme con tu fuego
y hagas de mí, otra vez, con tu aliento y rocío, tus manos y tus sueños,
un cántaro de esperanzas y proyectos lleno.
Dame de tu agua viva para saciar mi sed,
la que me reseca por dentro y fuera;
y lléname hasta desbordar para que otros puedan florecer
.

La vieja copa de barro

Un mesonero buscaba una vasija para un estimado cliente.
— Elígeme a mí –gritaba una copa dorada-. Brillo y estoy reluciente. Mi belleza y lustre superan a los de todas los demás. ¡El oro es lo mejor!
El mesonero siguió inspeccionando sin decir una sola palabra.
Se quedó mirando una copa plateada de silueta curvilínea y alta:
— Estaré en tu mesa siempre que te sientes a comer. Mi diseño es elegante. Además, la plata viste much
Sin prestar mayor atención a lo que oía, el mesonero puso sus ojos en una copa de bronce. Estaba pulida, y además era amplia y poco profunda:
— ¡Fíjate, fíjate! –gritaba la copa-; sé que te serviré. Colócame en la mesa para que todos me vean.
— ¡Mírame! –suplicó la copa de cristal-. No oculto nada, soy transparente y clara como el agua de un manantial. Aunque soy frágil estoy segura de que te haré feliz.
El mesonero se acercó después a una copa hecha de madera. Estaba bien pulida y labrada, parecía sólida y robusta:
— Tengo muchos usos, señor –dijo la copa de madera-. Aunque es mejor que me utilices solo para agua, no para el vino.
Por último, el mesonero reparó en una copa de barro cocido. Estaba algo rota, sucia, polvorienta y arrumbada en un rincón de la bodega.
— ¡Aja! Ésta es la copa que andaba buscando. La arreglaré la limpiaré y la utilizaré. No busco una que esté orgullosa de sí misma. Sólo necesito una sencilla copa de barro, resistente y fuerte en la que el continente no distraiga de la calidad de su contenido.
Luego, con cuidado, tomó aquella copa de barro, la limpió, la llenó y se dirigió a ella con simpatía:
— Este es el trabajo que quiero que desempeñes: dar a los demás lo que yo te doy a ti.

Dios elige a quien quiere. Dios no nos necesita, pero nos quiere. Que Dios nos elija es siempre un don suyo. No lo merecemos nunca. El modo que tiene Dios de elegir no coincide muchas veces con el nuestro. Nosotros solemos guiarnos por las apariencias. Él elige mirando la sencillez, la pureza y la generosidad de nuestros corazones.

lunes, 2 de marzo de 2026

Tu programa y el mío

            Fermín Negre     (Rezandovoy)

Me has ungido, Señor, para amar y servir,
para cantar tu Palabra, para devolver la esperanza,
para sembrar mi vida, para vivir en tu Espíritu.
Me has enviado a coser heridas,
a caminar con tu pueblo en el gozo y el llanto,
a dejarme transformar por tu modo de amar,
a repartirme en humildad a todos,
a liberar cautiverios y abatimientos.
A veces ando atolondrado y estresado,
envuelto en mil tareas religiosas
y entretenimientos pastorales que me despistan
y distraen del centro de tu Buena Noticia.
Me asusta tu desafío:
hacerme presente en las intemperies
de los que sufren descarte y abandono.
Prefiero seguir mi programa al tuyo.
Prefiero lo seguro y conocido a correr riesgos.
Podrías plantearme salir de mi rutina plácida.
Podrías desmontar mis planes y tren de vida.
Podrías pedirme partir del lugar de falsa paz
en que vivo instalado y me he ido construyendo.
Podrías pedirme que dejara de controlarlo todo
y saltar en tus brazos sin más red que la fe.
Tú me lanzas a ser continuador de tu misión:
anunciar la buena noticia a los pobres,
soltar los candados de los cautivos,
compartir tu luz entre las cegueras de este mundo,
libertar a los oprimidos de grilletes de exclusión,
gritar con fuerza y júbilo desmedido
que contigo hay esperanza para todos.
Este es tu proyecto de vida y acción,
con tus prioridades y sueños para quienes te sigan.
Que no me deje seducir por otros proyectos,
que disfrazan justificaciones, coartadas y excusas
para eludir comprometerme hasta el fondo.
Cuenta conmigo, Señor. Envíame.
Deseo hacer carne en mí tu misma misión,
aunque no esté de moda ni se hable casi
de tu opción preferencial por los pobres.

Triste realidad…

Al final de la tarde fría, recibió la visita inesperada de sus dos hijos; uno es médico, el otro ingeniero, ambos con éxito en sus profesiones.
Hace menos de una semana había sufrido la muerte de su amada esposa. Todavía se sentía abatido por la pérdida que cambió el rumbo y el sentido de su vida….
Sentados en la mesa de la sala de una casa sencilla y simple; donde ahora vivía solo, empezaron a hablar, el tema es sobre el futuro de su padre.
Enseguida ellos tratan de convencerle de que lo mejor para él es vivir en un hogar para ancianos….
Sigue contando el padre: 
Reacciono... Argumento que la soledad no me asusta, y la vejez mucho menos, pero mis hijos insisten "preocupados", lamentan que el espacio de sus grandes casas junto al mar estén ocupadas y por lo tanto, yo no pueda estar ni con uno, ni con otro..., así dicen ellos…
Además, mis hijos y mis nueras viven muy ocupados, así que no tendrían tiempo para verme, eso sin contar con mis nietos, estudian casi todo el día, es imposible.
En mi favor, argumento ya sin mucha convicción que, en ese caso, ellos bien podrían ayudarme a pagar una cuidadora. Frente a mí; el médico y el ingeniero dicen que serían necesarias, en realidad, "tres cuidadoras en tres turnos y todas con contrato". Lo que sería, en tiempos de crisis, mucho gasto al final de cada mes….
Me niego a aceptar la propuesta de vivir en una residencia.
Y aquí viene otra sugerencia: me dicen que debo vender la casa. El dinero servirá para pagar los gastos de la residencia a donde iré, para que nadie se preocupe. Ni ellos, ni yo…
Me rindo ante los argumentos por no tener más fuerzas para enfrentar tanta ingratitud y frialdad. Cierro mis labios y no hablo del sacrificio que hice durante toda mi vida para pagar los estudios de ambos. No digo que dejé de viajar con la familia, de comer en buenos restaurantes, de ir a un teatro o cambiar de coche para que nada les faltara a ellos. No valdría la pena alegar tales hechos a esa altura de la conversación. De ahí, sin decir una sola palabra, decido juntar mis pertenencias. En poco tiempo, veo toda una vida resumida en dos maletas. Con ellas, me embarco hacia otra realidad, mucho más dura. Un hogar para ancianos, lejos de los hijos y los nietos…
Hoy, en los brazos de la soledad, reconozco que pude enseñar valores morales a mis hijos. Pero no pude transmitir a ninguno de los dos una virtud llamada GRATITUD. La culpa es nuestra por cuanto siempre les estamos dando lo que piden, cuando debemos enseñarles que deben "ganárselo"….
¿Cómo? Trabajando con esfuerzo, ayudando a limpiar la casa, cocinar, lavar platos, etc., sintiéndose parte de la familia, desarrollando empatía, haciéndoles sentir que son amados y respetados, para que en su etapa adulta, sepan valorar y aprendan que las cosas se consiguen con esfuerzo y responsabilidad y muestren gratitud y amor a sus padres por haberles enseñado a ser buenos hijos…
La gratitud hay que forjarla, no viene incluida en el corazón de los humanos, a no ser que se le haya inculcado amor y temor a Dios primeramente, deben saber que cuando lleguen a ser "viejos" querrán ser bien tratados por sus hijos y nietos y eso no se consigue con dinero, sino con la bondad sembrada en sus corazones…


sábado, 28 de febrero de 2026

Casa abierta de par en par

Que nuestra casa no huela a cerrado, siempre abierta y en uso, con calor,
dispuesta para el servicio y no replegada sobre sí misma.
Un hogar que enseñe solidaridad y fraternidad,
que no eduque en el egoísmo,
sino en búsqueda responsable de una sociedad más justa.
Queremos que sea nuestra casa, un lugar de creación y no de repetición,
que estimule la sensibilidad y la capacidad de admiración.
Un centro de referencia liberador y no opresor,
donde la alegría sea moneda de cambio,
y la fe y el amor no sean una costumbre, sino algo siempre nuevo,
que nos impulse a vivir la vida y no meramente a soportarla.
Algo, donde se experimente el amor y el quererse,
el encuentro y la relación personal,
el compartir y el vivir en común penas y alegrías.
El descubrir al otro y el ayudarse,
el dialogar y el darse confianza, el pasear con gusto,
y, en definitiva, el vivir la vida con calidad.

Compartiendo el bocadillo

            Esto no tiene nombre

Cuando tenía unos doce años, cargaba con una vergüenza silenciosa. Éramos tan pobres que muchas mañanas iba a la escuela sin haber comido nada. En el recreo, mientras los demás abrían sus taper -manzanas, galletas, sándwiches- yo fingía que no tenía hambre. Me dolía el estómago vacío, pero más la vergüenza de ocultar que tenía hambre.
Y un día, una niña se dio cuenta. No dijo nada. No hizo preguntas. Simplemente se acercó y me ofreció la mitad de su almuerzo. Me sentí avergonzado. Pero la acepté.
Al día siguiente lo volvió a hacer. Y al otro también. Y otra vez.
Por primera vez en mucho tiempo sentí que alguien me veía de verdad.
Pero un día… desapareció. Su familia se mudó a otra ciudad y nunca volvió. Aun así, su bondad se quedó en silencio dentro de mí como un recuerdo imborrable.
Pasaron los años. Crecí. La vida siguió. La recordaba de vez en cuando, siempre con gratitud, aunque sin ninguna posibilidad de volver a decirle “gracias”.
Y ayer ocurrió algo que me dejó completamente inmóvil. Mi hija pequeña llegó de la escuela y me dijo:
— Papá, ¿puedes ponerme mañana dos meriendas?
— ¿Dos? -le pregunté sorprendido. Si a veces ni siquiera te terminas una…
Me miró con esa seriedad que solo los niños pueden tener.
— Es para un niño de mi clase. Hoy no comió nada. Yo compartí la mía con él.
Se me erizó la piel. Porque en ese instante la vi a ella. A la niña de mi infancia. A la que me alimentó cuando nadie más se daba cuenta.
Su bondad no desapareció. Solo viajó en el tiempo. Pasó a través de mí… y ahora vive en mi hija.
Salí afuera y miré al cielo. Sentí una gratitud inmensa por saber que, alguna vez, a alguien sí le importé.
Quizás esa niña ya no me recuerde. Quizás nunca sepa lo que hizo. Pero yo jamás la olvidaré. Ella me enseñó algo que llevo conmigo toda la vida: el gesto más pequeño de bondad puede cambiar a una persona para siempre.
Y ahora sé algo más: mientras mi hija siga compartiendo su merienda con otro niño… la bondad nunca morirá.

jueves, 26 de febrero de 2026

Solo te pido, Señor

            Me gustó mucho

Dios, yo no te pido lujos
ni riquezas que se oxidan con el tiempo.
No te pido mansiones
ni cuentas llenas que no saben abrazar.
Solo te pido lo esencial, eso que no se compra
y que cuando falta, duele hasta el alma.
Te pido que en mi hogar nunca falte amor,
del que sostiene cuando todo pesa,
del que perdona cuando hay cansancio,
del que abraza incluso en silencio.
Ese amor sencillo que no hace ruido,
pero mantiene la casa en pie.
Te pido trabajo, no para presumir,
sino para llevar el pan con dignidad,
para acostarme cansado pero tranquilo,
sabiendo que hice lo que estaba en mis manos.
Te pido comida en la mesa, aunque sea sencilla,
aunque no alcance para lujos,
pero que siempre haya algo que compartir
y alguien con quien sentarse.
Te pido salud, Señor, porque cuando el cuerpo falla
el corazón se asusta, y porque sin salud
todo lo demás se vuelve pequeño.
Cuida de mí y de cada persona que amo,
de los que están cerca
y de los que llevo en mis oraciones.
No te pido una vida fácil, sé que eso no existe.
Solo te pido fuerza para resistir los días duros,
fe para no rendirme, y paz para mi hogar
cuando afuera todo parece temblar.
Si tengo eso, Dios, lo demás llega solo.
Porque con amor, trabajo, comida y salud,
ya soy inmensamente rico,
aunque el mundo no lo entienda.

La sombra del sol

                Esto no tiene nombre

Un hombre, cansado y dolido, fue a ver a un sabio y le dijo:
— Maestro, ¿por qué me persiguen las calumnias y la envidia? ¿Por qué distorsionan mis actos y ensucian mis intenciones? ¿Por qué hablan tanto mal de mí, si no les he hecho ningún daño?
El sabio, sentado bajo un gran árbol, le respondió con calma:
— Estás de pie bajo el sol. Ven, ponte aquí, bajo la sombra de este árbol.
El hombre obedeció, confundido. Entonces el sabio le dijo:
— Ya tienes tu respuesta.
El hombre lo miró sin entender, así que el sabio continuó:
— Mira a tu alrededor. ¿Ves? Tu sombra desapareció. Esa sombra oscura que te seguía mientras caminabas bajo el sol, ya no está. Cuando abandonaste la luz, la sombra se fue contigo.
La calumnia, hijo mío, es como esa sombra. Persigue solo a los que caminan bajo la luz: a los que eligen el camino del bien, la claridad, la verdad.
Si decides vivir en la penumbra de la indiferencia o en la oscuridad del mal, la sombra ya no te seguirá. Nadie critica a los que no hacen nada, ni calumnian a los que viven escondidos en la oscuridad.
Los ataques, las injusticias y las palabras venenosas solo caen sobre quienes están del lado de la luz. Si dejas de hacer el bien, si apagas tu propia luz, las críticas desaparecerán.
Las calumnias son la prueba de que caminas bajo el sol. Son el intento de las fuerzas del mal por empujarte a la sombra, donde nada brilla.
Así que si hablan mal de ti, alégrate: significa que sigues del lado luminoso de la vida. Y recuerda: hay una forma muy sencilla de librarte de esa sombra —solo tienes que abandonar la luz. Pero eso es justo lo que la oscuridad quiere que hagas.
El hombre entendió. Dio un paso hacia la calle bañada por el sol. Agradeció al sabio y siguió su camino, decidido a seguir haciendo el bien. La sombra volvió a acompañarlo, pero él ya no le prestó atención.

Moraleja: Mientras camines en la luz, siempre habrá sombras detrás de ti. No te detengas por ellas —significan que sigues avanzando hacia el bien.

 


domingo, 22 de febrero de 2026

CUARESMA: tiempo de superarse

 






No caigas en la tentación

               Florentino Ulibarri

Cuando sea tentado por el hambre,
no me dejes caer en soluciones fáciles.
No a la pereza, no a la vida cómoda y satisfecha.
Dame sólo el pan nuestro de cada día.
Cuando sea tentado por la fama,
no me dejes caer en la soberbia.
No a la imagen, no al orgullo,
no a una vida ambiciosa y fácil.
Dame sólo la grandeza de tener hermanos y Padre.
Cuando sea tentado por el poder,
no me dejes caer en sus redes.
No al uso de su fuerza, no al dominio,
no a una vida arrogante y prepotente.
Dame sólo el gozo del servicio humilde.
Cuando sea tentado por lo que sea,
no me dejes solo con mi pena ni con mi osadía.
Y aunque no te lo pida,
ni haya apreciado tu ejemplo y propuesta,
dame tu segura compañía para andar por la vida.
Y mientras caminemos por el desierto,
que tu Espíritu, sólo tu Espíritu, me empuje
y guíe a los corazones y a los oasis
en los que Tú estás presente, aunque no lo invoque.
¡No me dejes caer en estas
ni en otras tentaciones!

Los tres árboles

Había una vez tres árboles en una colina de un bosque. Hablaban acerca de sus sueños y esperanzas y el primero dijo:
"Algún día seré cofre de tesoros. Estaré lleno de oros, plata y piedras preciosas. Estaré decorado con labrados artísticos y tallados finos, todos verán mi belleza".
El segundo árbol dijo: "Algún día seré una poderosa embarcación. Llevaré a los más grandes reyes y reinas a través de los océanos, e iré a todos los rincones del mundo. Todos se sentirán seguros por mi fortaleza, fuerza y mi poderoso casco".
Finalmente, el tercer árbol dijo: "Yo quiero crecer para ser el más recto y grande de todos los árboles en el bosque. La gente me verá en la cima de la colina, mirará mis poderosas ramas y pensarán en el Dios de los cielos, y cuán cerca estoy de alcanzarlo. Seré el más grande árbol de todos los tiempos y la gente siempre me recordará".
Después de unos años de que los árboles esperaran que sus sueños se convirtieran en realidad, un grupo de leñadores vino donde estaban los árboles.
Cuando uno vio al primer árbol dijo: "Este parece un árbol fuerte, creo que podría vender su madera a un carpintero", y comenzó a cortarlo. El árbol estaba muy feliz debido a que sabía que el carpintero podría convertirlo en cofre para tesoros.
El otro leñador dijo mientras observaba al segundo árbol: "Parece un árbol fuerte, creo que lo podré vender al carpintero del puerto". El segundo árbol se puso muy feliz porque sabía que estaba en camino a convertirse en una poderosa embarcación.
El último leñador se acercó al tercer árbol, este muy asustado, pues sabía que, si lo cortaban, su sueño nunca se volvería realidad. El leñador dijo entonces: "No necesito nada especial del árbol que corte, así que tomaré éste", y cortó el tercer árbol.
Cuando el primer árbol llegó donde el carpintero, fue convertido en un cajón de comida para animales, y fue puesto en un pesebre y llenado con paja. Se sintió muy mal pues eso no era por lo que tanto había orado.
El segundo árbol fue cortado y convertido en una pequeña balsa de pesca, ni siquiera lo suficientemente grande para navegar en el mar, y fue puesto en un lago. Y vio como sus sueños de ser una gran embarcación cargando reyes habían llegado a su final.
El tercer árbol fue cortado en largas y pesadas tablas y dejado en la oscuridad de una bodega.
Años más tarde, los árboles olvidaron sus sueños y esperanzas por las que tanto habían orado. Entonces un día un hombre y una mujer llegaron al pesebre. Ella dio a luz un niño, y lo colocó en la paja que había dentro del cajón en que fue transformado el primer árbol. El hombre deseaba haber podido tener una cuna para su bebé, pero este cajón debería serlo. El árbol sintió la importancia de este acontecimiento y supo que había contenido el más grande tesoro de la historia.
Años más tarde, un grupo de hombres entraron en la balsa en la cual habían convertido al segundo árbol. Uno de ellos estaba cansado y se durmió en la barca. Mientras ellos estaban en el agua una gran tormenta se desató y el árbol pensó que no sería lo suficientemente fuerte para salvar a los hombres. Los hombres despertaron al que dormía, éste se levantó y dijo: "¡Calma! ¡Quédate quieto!" y la tormenta y las olas se detuvieron. En ese momento el segundo árbol se dio cuenta de que había llevado al Rey de Reyes y Señor de Señores.
Finalmente, un tiempo después alguien vino y tomó al tercer árbol convertido en tablas. Fue cargado por las calles al mismo tiempo que la gente escupía, insultaba y golpeaba al Hombre que lo cargaba. Se detuvieron en una pequeña colina y el Hombre fue clavado al árbol y levantado para morir en la cima de la colina. Cuando llegó el domingo, el tercer árbol se dio cuenta que él fue lo suficientemente fuerte para permanecer erguido en la cima de la colina, y estar tan cerca de Dios como nunca, porque Jesús había sido crucificado en él.

viernes, 20 de febrero de 2026

Oración a Jesús Eucaristía

            Monseñor Carlo María Martini 

Jesús, hoy estoy a tus pies,
tengo la dicha de estar ante ti
que estás en la Eucaristía,
Tendría ganas de contarte mis méritos,
pero prefiero reconocer ante Ti,
que tengo errores y pecados.
Señor, no soy siempre como querría ser,
no siempre rezo contento,
a menudo me vencen las distracciones.
Señor, con frecuencia me molesto con mis compañeros,
tengo resentimientos, me irrito,
y expreso mi ira con palabras y gestos.
Señor,
innumerables veces no dejo el primer puesto a los otros,
me pongo yo en el primer lugar,
convencido de que me pertenece.
Señor, ilumina mi vida.
Hazme entender quién soy verdaderamente,
entra en mí como luz,
que ilumina, purifica y alienta,
haz que me deje conocer por ti hasta el fondo.
Señor, quisiera poderte gritar,
que te acuerdes de mí a la hora de mi muerte,
confío en ti…. Amén

El envío de ropa usada

           Que me quiten lo bailao·

Publiqué un anuncio: regalo ropa para una niña de dos a tres años. Al poco tiempo me escribió una mujer desconocida. Sus palabras eran casi avergonzadas. Me contó que estaba pasando por un momento muy difícil, que su pequeña tenía muy poca ropa, y me preguntó con cuidado si podría enviarla por correo.
Mi primera reacción fue brusca. «¿Y yo? Yo también tengo mis propios problemas.»
Pero enseguida apareció otro pensamiento: «¿Y si está diciendo la verdad?»
Tomé una caja. Coloqué dentro vestidos, medias, una chaqueta abrigada y un pequeño abrigo. Hice fila en la oficina de correos. Pagué cinco euros por el envío. No era una gran cantidad, pero ese día la sentí. Después regresé a mi rutina y con el tiempo olvidé todo.
Pasó un año. Un día recibí un paquete. Una caja ligera con un nombre que me resultaba familiar. La abrí con cuidado. Dentro no había ropa ni regalos caros. Había dibujos infantiles llenos de color, flores silvestres secas y varios frascos de mermelada casera. Encima, una carta.
«No sé si me recuerda. Hace un año envió ropa para mi hija. Fue la primera ayuda que recibí de una persona desconocida. Vivíamos en una casa fría. Cuando llegó su paquete, mi niña se probó cada prenda y reía frente al espejo. Ahora estamos un poco mejor. He encontrado trabajo y mi esposo regresó. Queremos devolverle una parte de la dulzura que nos regaló. Los dibujos son de mi hija. Las flores las recogimos juntas. Y la mermelada… para un día lluvioso, cuando beba té y piense en nosotras.»
Leí esa carta varias veces. Recordé lo cansada que estaba el día que preparé la caja. Lo cerca que estuve de ignorar su mensaje. Y pensé: qué bueno que no lo hice.
Los dibujos estaban llenos de sol. Una casita torcida bajo un cielo enorme. Una niña con vestido verde. Un árbol cubierto de manzanas, coloreadas con tanto cuidado que el lápiz casi perforó el papel.
Solo le escribí: «He recibido el paquete. Gracias.»
Me respondió de inmediato: «¡Qué alegría! Mi hija saltó de felicidad cuando le dije que lo había recibido.»
Y así comenzó todo. De vez en cuando nos escribíamos. Me hablaba de los días difíciles y de pequeñas victorias. Trabajaba en una farmacia. Su esposo era camionero de larga distancia. La niña empezó el jardín de infancia. Nunca se quejaba directamente, pero entre líneas se percibía el cansancio.
Un día descubrí que vivíamos cerca la una de la otra. Le propuse encontrarnos para tomar un café. Aceptó. La puerta de la cafetería se abrió. Una mujer delgada, con el cabello recogido y un bolso algo gastado al hombro. A su lado, una niña con vestido rosa y ojos enormes.
— ¿Eres tú?
— Sí.
Nos abrazamos como si nos conociéramos desde hace años. La pequeña me entregó un peluche.
— Es para ti.
En ese instante comprendí que existen lazos que nacen de un gesto pequeño y se convierten en algo infinito.
Hasta hoy seguimos en contacto. Intercambiamos libros, mermelada, pensamientos. Y cada vez que miro esas flores secas y los dibujos, recuerdo una cosa: Nunca sabemos qué vida tocamos cuando elegimos la bondad y la generosidad. A veces basta una sola caja con ropa usada para cambiar dos destinos.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Oración para el Miércoles de Ceniza

Señor Jesús:

Como tu pueblo elegido recibimos la ceniza
como señal de arrepentimiento, dolor y penitencia,
concédenos que al recibirla hoy en el inicio de la Cuaresma,
exprese nuestro deseo de conversión,
nuestro compromiso para apartarnos del pecado,
reconciliarnos contigo y crecer en la fe, esperanza y amor,
a través de los caminos que ofrece la Iglesia:
 "oración", para dialogar a diario contigo, nuestro amigo,
"caridad," para estar atentos a los otros y ayudarlos en su necesidad,
"ayuno y abstinencia" para aprender a dominarnos
y a privarnos de bienes para compartirlos con los demás.
Que en nuestro camino cuaresmal tu Palabra sea nuestra luz,
y la Eucaristía el alimento que fortalezca nuestro corazón
para acompañarte hasta la cruz
y llegar a la Pascua para celebrar contigo la Resurrección.

El sucesor del rey

                    José Martínez Colín | Catholic.net

Érase una vez un rey que vivía bien su fe cristiana y no tenía hijos. Por ello, envió a sus heraldos a colocar un anuncio en todos los pueblos diciendo que cualquier joven que reuniera los requisitos para aspirar a ser el sucesor al trono, debería entrevistarse con el Rey. Pero debía cumplir dos requisitos: Amar a Dios y a su prójimo.
En una aldea lejana, un joven huérfano leyó el anuncio real. Su abuelo, que lo conocía bien, no dudó en animarlo a presentarse, pues sabía que cumplía los requisitos, pues amaba a Dios y a todos en la aldea. Pero era tan pobre que no contaba con vestimentas dignas, ni con dinero para las provisiones de tan largo viaje.
Su abuelo lo animó a trabajar y el joven así lo hizo. Ahorró al máximo sus gastos y cuando tuvo una cantidad suficiente, vendió sus escasas pertenencias, compró ropas finas, algunas joyas y emprendió el viaje. Al final del viaje, casi sin dinero, se le acercó un pobre limosnero. Tiritando de frío, vestido de harapos, imploraba:
“Estoy hambriento y tengo frío, por favor ayúdeme...”
El joven, conmovido, de inmediato se deshizo de sus ropas nuevas y abrigadas y se puso los harapos del limosnero. Sin pensarlo dos veces le dio también parte de las provisiones que llevaba.
Cruzando los umbrales de la ciudad, una mujer con dos niños sucios, le suplicó:
“¡Mis niños tienen hambre y yo no tengo trabajo!”
Sin pensarlo dos veces, le dio su anillo y su cadena de oro, junto con el resto de las provisiones.
Entonces, en forma titubeante, llegó al castillo vestido con harapos y sin provisiones para el regreso. Un asistente del Rey lo llevó a un grande y lujoso salón donde estaba el rey. Cuál no sería su sorpresa cuando alzó los ojos y se encontró con los del Rey. Atónito dijo:
“¡Usted... usted! ¡Usted es el limosnero que estaba a la vera del camino!”
En ese instante entró una criada y dos niños trayéndole agua, para que se lavara y saciara su sed. Su sorpresa fue también mayúscula:
“¡Ustedes también! ¡Ustedes estaban en la puerta de la ciudad!”
El Soberano sonriendo dijo: “Sí, yo era ese limosnero, y mi criada y sus niños también estuvieron allí”.
El joven tartamudeó:
“Pero... pe... pero... ¡usted es el Rey! ¿Por qué me hizo eso?”
El monarca contestó: “Porque necesitaba descubrir si tus intenciones eran auténticas frente a tu amor a Dios y a tu prójimo. Sabía que, si me acercaba a ti como Rey, podrías fingir y no sabría realmente lo que hay en tu corazón. Como limosnero, no sólo descubrí que de verdad amas a Dios y a tu prójimo, sino que eres el único en haber pasado la prueba. ¡Tú serás mi heredero! --sentenció el Rey-- ¡Tú heredaras mi reino!”.

viernes, 13 de febrero de 2026

Una semilla con tu nombre

                 Patxi Loidi 

Tú eres, Jesús, la primera semilla del reino de Dios.
Tú eres el primer árbol, la primera levadura.
El reino de Dios viene contigo.
Si tengo fe, yo también seré reino de Dios.
Y creceré. Y tendré sitio para todos los que vengan.
Y fermentaré. Y haré transformarse a todos los que encuentre.
Crecerá en la oscuridad tu semilla dentro de mí, ¡con toda seguridad!
Y crecerá en mis compañeros.
Y sembraremos, todos juntos, contigo, una semilla;
una semilla con tu nombre en el campo del mundo.
Y será la tierra, por nosotros,
un poco más que antes, el reino de Dios.

El Espejo

                     Anónimo japonés

Un joven samurái vivía junto a su esposa e hija en una casa muy humilde, de una manera sobria y sin lujos. La mujer era tímida, no muy sociable y de pocas palabras.
Un día ese samurái tuvo que ir a la ciudad a saludar al rey y pasó por un mercado y con alguno de sus ahorros compró dos regalos: una muñeca para su hija y un espejito de mano para su amada mujer. Ella nunca había tenido uno.
Tremenda fue su sorpresa cuando se vio en el espejo. No sabía lo que era y extrañada le preguntó a su marido:
— Y esta mujer tan linda ¿quién es?
—¿Cómo qué quién es? ¡Eres tú! ¡Es tu reflejo! La mujer avergonzada por su ignorancia, escondió el espejo en un cajón de un ropero y decidió dejarlo allí para que no se rompiera. Era un regalo delicado lleno de amor de su marido.
Pasaron los años, un día la mujer enfermó gravemente y llamó a su hija para despedirse antes de su muerte. Le dijo:
— Cuando muera quiero que saques un objeto del cajón del ropero. Al mirarte en él, ¡me verás!
La mujer murió. La hija, recordando sus palabras, sacó el espejo del cajón, y al mirarse, vio a una mujer joven y muy linda, que se reía con ella… Todos los días miraba el espejo, y le dedicaba bellas y tiernas palabras. Un día, su padre la descubrió hablando con el espejo:
— ¿Qué haces, hija mía? -le preguntó su padre.
– Mira papá… ¡Es la mamá! Sonríe cuando yo sonrío. Está aquí con nosotros. Está muy linda y sigue joven…

miércoles, 11 de febrero de 2026

¡Dios te ama siempre!

                Me gustó mucho

Dios te ama,
aunque a veces te sientas lejos, aunque dudes,
aunque el corazón se canse de esperar respuestas.
Eres su ovejita,
no porque seas débil, sino porque eres valiosa.
Porque, incluso cuando te alejas del camino,
Él no deja de buscarte,
no se olvida de tu nombre, no se cansa de llamarte.
Hay días en los que te sientes sola,
incomprendida, pequeña frente al mundo.
Pero en lo invisible, en lo que no se ve,
hay un amor que no te abandona,
unos brazos que no se cierran,
una voz que te guía en silencio.
Dios no te ama solo cuando eres fuerte,
te ama también cuando lloras,
cuando dudas, cuando te sientes perdida.
Porque una ovejita puede extraviarse,
pero nunca deja de ser amada.
Y aunque no lo entiendas ahora,
cada paso que das, cada caída, cada lágrima,
Él la convierte en camino.

Pablo y su gato

                Braedon Smith

Me llamo Pablo. Y todo empezó el martes antes de Navidad. Yo estaba en mi sillón, con el móvil en la mano, mirando el chat familiar como si, entre dos emojis, fuera a aparecer por fin un “voy para allá”.
“Lo siento, papá”, escribió mi hijo Álvaro. “Estamos con los suegros por las fiestas. Hablamos el 24, ¿vale?” Unos segundos después, mi hija Claudia: “Papá, voy desbordada. Imposible escaparme. ¿Después de Navidad?”
Apagué la pantalla y miré la silla de enfrente.
No estaba realmente vacía. Allí estaba Pino, un gato de cuatro años. Un nubarrón pelirrojo, enorme, con esa dignidad tranquila que te hace pensar que él pone las normas de la casa. Se sentó con las patas bien colocadas y me miró con sus ojos color ámbar como si entendiera todo: la decepción, la soledad, ese sabor amargo que uno se traga sin hacer ruido.
— Bueno… pues seremos dos -murmuré.
Pino ni parpadeó. Soltó un trino corto, su manera de decir: estoy aquí.
Dos noches después me desperté con la garganta seca. Solo quería un vaso de agua. No encendí la luz. Conozco este piso desde hace quince años.
Pero no vi el agua. Una fuga junto al radiador. El talón resbaló. Las piernas se me fueron. Caí sobre la cadera derecha con un crujido grande.
El dolor me cortó el aire: seco, cegador. Intenté incorporarme, pero el cuerpo no me obedecía. Me agarré al suelo como si pudiera pegarme otra vez, como si eso fuera suficiente.
— ¡Ayuda…! -me salió apenas.
Las paredes son gruesas. Y la mayoría de la gente duerme. El móvil estaba en la mesilla, en el dormitorio. Tres metros. Una distancia imposible.
El frío me entró en los huesos. Empecé a temblar, y luego a temblar demasiado fuerte, y ese temblor dolía casi tanto como la cadera. Sentía la cabeza irse, volver, irse… como una lámpara que parpadea.
Pensé en mis hijos. Me dije que solo se preocuparían si yo no contestaba el 24. Y aun así… lo achacarían al cansancio, a “cosas de la edad”, a un viejo que “estará durmiendo”.
Entonces noté un peso sobre el pecho: mi gato Pino. Se subió sobre mí sin dudarlo. Pegó todo su cuerpo caliente contra el mío, pesado, firme, y me acercó la cola al cuello, como si me pusiera una bufanda.
Y empezó a ronronear. Un ronroneo profundo, vibrante. Un motor. Una presencia. Me estaba dando calor. Como si hubiera entendido que, el frío era intenso.
No sé cuánto tiempo estuve así. Cuando recuperé un poco de conciencia estaba amaneciendo. Tenía los labios secos. Los pensamientos, espesos.
Pino se incorporó de golpe. Me olfateó la nariz. Y en su mirada había algo inquieto. Saltó al suelo. Oí sus patas correr, rápidas, decididas. Hacia la puerta de entrada. Y soltó un grito que no le había oído jamás.
No fue un maullido. Fue un aullido ronco, profundo, casi huma no. Se lanzó contra la puerta con todo su peso, arañó abajo, volvió a hacerlo. Golpe. Uñas. Aullido. Una y otra vez. Otra vez.
— Estuve a punto de ignorarlo -me contó Isabel, la vecina de enfrente-. Piensas… “un gato hace ruido”.
Pero se detuvo, ¿por qué grita Pino? Era como si pidiera auxilio.
Isabel llamó a mi puerta. Primero suave. Luego más fuerte.
— ¿Don Pablo? ¿Todo bien?
Pino oyó su voz y redobló los golpes. Arañaba justo en la parte baja, como diciendo: es aquí, es aquí.
Isabel llamó a emergencias. Fue a buscar las llaves para poder abrir. Pino no salió corriendo. Echó a correr por el pasillo, hacia mí, y se plantó junto a mi, vigilante.
En urgencias la enfermera Rojas, me habló con esa dulzura firme que no se olvida.
— Don Pablo, hay que estabilizar la cadera. Luego habrá que organizar ayuda para cuando vuelva a casa. ¿Podemos llamar a algún familiar?
Cogí el móvil. Me temblaban los dedos. Llamé a Álvaro. Buzón. Llamé a Claudia. Contestó sin aliento.
— ¿Papá? No puedo hablar mucho, entro a una reunión… ¿qué pasa?
— Me… me he caído. Estoy en el hospital.
Un silencio. Y luego:
— Dios mío… ¿estás bien?
— No mucho.
— Dime en qué hospital estás -dijo rápido-. Llamo a Álvaro. Pero hoy no puedo ir. Te llamo en cuanto pueda. Un beso.
Y colgó. Bajé el móvil. La señora Rojas me miró con esa comprensión que duele más que la pena.
— No hay nadie -susurré.
— Sí hay -dijo una voz desde la puerta-. Estoy yo.
Isabel estaba allí, todavía con la ropa del trabajo, un vaso de café en la mano. Había seguido a la ambulancia. Había esperado.
— Soy su vecina -dijo-. Tengo copia de sus llaves. Me ocupo del gato cuando él se va. Puedo ayudar a organizar la vuelta a casa.
Más tarde mi hijo devolvió la llamada. Hablaba alto, como si yo estuviera lejos.
— Papá, dicen que estás bien. Menos mal. Pero hay que pensar… tu piso es peligroso. Y, sinceramente, un gato puede ser un riesgo. Podríamos llevarlo a casa de alguien, mientras te recuperas. ¿No te caíste por culpa de él?
Quise responder. Isabel lo hizo por mí, solo con una frialdad limpia.
— Hola, Álvaro. Soy Isabel, la vecina. Su padre no se cayó por el gato. Resbaló por agua. Y durante seis horas Pino se quedó encima de él para darle calor. Después aulló hasta que yo abrí. Aún tiene la voz rota.
Silencio.
— Si tiene que preocuparse -añadió Isabel-, no es por el gato.
Y colgó.
Dos días después, Isabel me llevó de vuelta a casa. El trayecto hasta la puerta fue una aventura con el andador. Y cuando abrió, vi un relámpago rojizo. Pino.
No se me echó encima. Me rodeó despacio, me rozó la mejilla contra una rueda de plástico, como comprobando que no me dolía. Soltó un sonido pequeño y áspero: la voz todavía no le había vuelto.
Me dejé caer en el sillón, agotado. Isabel puso agua a calentar, ordenó mis papeles, alineó mis pastillas como si fuera lo más normal del mundo. Pino se subió a la mesita y luego al brazo del sillón. Me apoyó una pata sobre la mano. No pedía nada. Solo comprobaba que yo estaba allí.
El móvil vibró. Un mensaje de Claudia: “Te mandamos flores. Perdón por no poder ir.”
Miré a Isabel, que unos días antes no era nadie para mí. Miré a Pino, que se dejó la voz para que yo no perdiera la mía.
Y ese día entendí algo sencillo y terrible: Uno cree que la familia es automática. Por la sangre. Por la costumbre. Por las fechas. Pero el amor no es quien promete cuando la mesa está llena. El amor es quien se queda cuando estás roto sobre el suelo frío. A veces, el corazón más fiel de tu vida no lleva tu apellido. No habla tu idioma. Camina sobre cuatro patas. Y aúlla hasta que la puerta se abre.

domingo, 8 de febrero de 2026

Tiene sólo nuestras manos

 

Jesús, no tienes manos.
Tienes sólo nuestras manos
para construir un mundo donde reine la justicia.
Jesús, no tienes pies.
Tienes sólo nuestros pies
para poner en marcha la libertad y el amor.
Jesús, no tienes labios.
Tienes sólo nuestros labios
para anunciar al mundo la Buena Noticia de los pobres.
Jesús, no tienes medios.
Tienes sólo nuestra acción
para lograr que todos seamos hermanos.
Jesús, nosotros somos tu Evangelio,
el único Evangelio que la gente puede leer,
si nuestras vidas son obras y palabras eficaces.
Jesús, danos tu amor y tu fuerza
para proseguir tu causa
y darte a conocer a todos cuantos podamos.

El sacerdote que fracasó

El párroco de un pequeño pueblo llegó a la iglesia animado y motivado para celebrar la Misa vespertina, pero la hora pasaba y nadie llegaba.
Después de 15 minutos de retraso, entraron tres niños, después de 20 minutos entraron dos jóvenes.
Así que el sacerdote decidió comenzar la Misa con las cinco personas.
Durante la Misa, entró una pareja que se sentó en los últimos bancos de la iglesia. Cuando el sacerdote proclamaba el Evangelio, entró otro señor con la ropa sucia y una cuerda en la mano.
Decepcionado y sin entender la causa de la escasa participación de los fieles, el sacerdote celebró la Misa con amor y predicó con entusiasmo y celo.
Cuando volvía a su casa fue asaltado y golpeado por dos ladrones que se llevaron su carpeta donde estaban su Biblia y otras pertenencias de valor.
Llegando a la casa parroquial, mientras se curaba las heridas, describió ese día como el día más triste de mi vida, un fracaso de mi ministerio, y el día más poco fructífero de mi carrera; pero no importa, todo lo hago con Dios y para Él.
Pasaron cinco años, el sacerdote decidió compartir esta historia con los feligreses en la iglesia. Cuando terminaba de contar la historia, una pareja destacada en esa parroquia lo detuvo y dijo:
— “Padre, la pareja de la historia que se sentó en el fondo éramos nosotros. Estábamos al borde de la separación abrumados por problemas y desacuerdos que había en nuestro hogar. Esa noche acordamos finalmente nuestro divorcio, pero primero decidimos venir a la iglesia para dejar nuestras alianzas y luego cada uno seguiría su camino. Después de escuchar su homilía olvidamos la separación esa misma noche. Como consecuencia, hoy estamos aquí con nuestro hogar y familia restaurados”.
Mientras la pareja hablaba, uno de los empresarios más exitosos que ayudaba en el sostenimiento de esa iglesia saludaba, pidiendo hablar con el sacerdote dijo:
— “Padre, soy el señor que entró medio sucio con una cuerda en la mano. Yo estaba al borde de la quiebra, perdido en las drogas, mi esposa y mis hijos se habían ido de casa a causa de mis maltratos. Esa noche traté de suicidarme, pero la cuerda se rompió, así que salí a comprar otra. Cuando me puse en camino, vi la iglesia abierta, decidí entrar aunque estaba muy sucio y con la cuerda en la mano. Esa noche, su homilía tocó mi corazón y salí de aquí con ánimo de vivir.
Hoy estoy libre de las drogas, mi familia volvió a casa y me convertí en el mayor empresario del pueblo.”
En la puerta de la entrada de la sacristía, el Diácono gritó:
— “Padre, fui uno de los ladrones que lo robaron. El otro murió esa misma noche cuando realizábamos el segundo robo. En su maletín, había una Biblia. La leí cada vez que me despertaba por la mañana. Después de tanto leer, decidí venir a esta iglesia.”
El Padre se quedó paralizado y empezó a llorar junto con los fieles. Después de todo, esa noche que consideraba como una noche de fracaso fue una noche llena de frutos y de vida.

Moraleja - Ejerce tu trabajo, tu misión con dedicación y celo independiente del número de participantes. Da lo mejor de ti todos los días, porque cada día eres un instrumento del bien para la vida de alguien. En los peores días de tu vida todavía puedes ser una bendición en la vida de alguien.

jueves, 5 de febrero de 2026

Bienaventurados

        Álvaro Lobo, sj

Bienaventurados los jóvenes
porque pueden imaginar un futuro mejor.
Bienaventurados los novios,
Porque puedan vivir desde el amor.
Bienaventurados los padres,
porque pueden cuidar al estilo de Dios.
Bienaventurados los que entregan la vida por otros,
Porque Dios se lo paga a su manera.
Bienaventurados los que sufren,
Porque Dios les sostiene en sus manos.
Bienaventurados los atrapados por la rutina,
Porque algún día encontrarán sentido.
Bienaventurados los que encuentran su vocación,
Porque Dios les guiará desde lo escondido.
Bienaventurados los que sufren hambre, violencia e injusticias,
Porque son, sencillamente, los preferidos de Dios
.

Una taza de té

             Anónimo japonés

Un sabio japonés, conocido por sus doctrinas, recibió la visita de un profesor universitario que había ido a verlo para preguntarle sobre su pensamiento. El profesor tenía fama entre sus alumnos de ser orgulloso, soberbio y petulante. No aceptaba las sugerencias de los demás, creyéndose siempre en posesión de la verdad.
El sabio quiso enseñarle algo. Para ello comenzó por servirle una taza de té.
Empezó echando el té poco a poco. La taza se llenó. El sabio aparentando no darse cuenta de que la taza estaba ya llena, siguió echando té y más té. Hasta que la taza rebosó y comenzó a manchar el mantel. El sabio mantenía su expresión serena y sonriente.
El profesor miró desbordarse el té y sin contenerse le dijo al anciano:
— “¡Está llena, no cabe más maestro!”
El sabio imperturbable y sin inmutarse, le dijo:
— Tú también estás lleno de tu cultura, de tus opiniones y conjeturas eruditas y completas, igual como le ocurre a esta taza. ¿Cómo puedo hablarte de sabiduría, que sólo es comprensible a los ánimos sencillos abiertos, si antes no vacías tu taza?
El profesor comprendió la lección y desde aquel día se esforzó en escuchar las opiniones de los demás.

martes, 3 de febrero de 2026

Perdóname, Dios

             Me gustó mucho·

Perdóname, Dios,
por los días en que no te busco,
por las veces que me distraigo con el ruido del mundo
y olvido hablar contigo en silencio.
Perdóname por creerme fuerte
cuando en realidad soy frágil, por caminar confiado
cuando en el fondo voy temblando.
Perdóname por acordarme de Ti
solo cuando el peso se vuelve insoportable,
cuando el alma se cansa y las fuerzas ya no alcanzan.
Aun así, Tú sabes la verdad: yo siempre te necesito,
en los días buenos y en los oscuros,
en las sonrisas y en las lágrimas.
Te necesito cuando no entiendo,
cuando no hay respuestas,
cuando el corazón se llena de dudas
y la fe parece pequeña.
Te necesito cuando el miedo me visita de noche,
cuando el cansancio me apaga la esperanza
y siento que ya no puedo más.
A veces me alejo,
no porque no crea en Ti, sino porque me duele,
porque no sé cómo rezar
cuando las palabras no salen
y el alma solo sabe llorar.
Pero incluso en ese silencio,
sé que Tú me escuchas.
Gracias por no soltarme
cuando yo me suelto,
por buscarme cuando me pierdo,
por esperarme sin reproches,
con los brazos abiertos y el amor intacto.
Hoy vuelvo a Ti, Dios,
con el corazón cansado pero sincero.
No prometo ser perfecto, solo permanecer.
Porque aunque a veces no te busque,
aunque a veces me distraiga,
mi alma sabe una cosa con certeza:
sin Ti, nada me sostiene.

Sombreros

            Anónimo japonés

Una pareja de ancianos pobres estaba muy triste. Era víspera de año nuevo, nevaba fuertemente y no tenían qué comer. La anciana le entregó a su marido unos adornos para el pelo que había fabricado para que los vendiera y a así poder comprar comida.
El anciano partió al mercado a venderlos. En el camino se encontró con tres estatuas de piedra. Se detuvo y les dijo:
- "¿Tienen frio, no?" Y comenzó a quitarles la nieve que tenían en las cabezas.
Estuvo horas en el mercado tratando de vender los adornos. Pero no vendió ninguno. Al rato se le acercó un hombre y le dijo:
-“Ha sido un mal día para las ventas. Yo tampoco vendí nada. Te propongo un trueque: te cambio esos tres sombreros por tus adornos.
El anciano estuvo de acuerdo y se marchó de vuelta a su casa.
Al pasar por las estatuas les dijo:
- “Por favor usad estos sombreros, seguirá nevando”.
Ya en su casa y mientras le contaba a su mujer lo sucedido sintieron un gran estruendo. Salieron a la puerta y vieron una gran cantidad de paquetes, bolsas con comida y ropas. A lo lejos vieron a las tres estatuas de piedra. Ellas habían traído todos esos regalos!

domingo, 1 de febrero de 2026

Felices

              Fructuoso Mangas

Feliz el que sabe que Dios es su riqueza, porque ha descubierto lo mejor del mundo.
Feliz el que vive la vida con fortaleza, porque un día lo tendrá todo.
Feliz el que desea con ansia “otra cosa”, porque un día se cumplirá su esperanza.
Feliz el que tiene hambre y sed, porque un día comerá en la mesa del Rey.
Feliz el que tiene un corazón grande, porque el Padre un día lo abrazará en su Reino.
Feliz el que vive sin mal o sin mentira, porque un día podrá ver la sonrisa de Dios.
Feliz el que trabaja y vive por la paz, porque Dios mismo vive y trabaja con él.
Feliz el que corre el riesgo y sigue este Camino, porque un día alcanzará la corona de la Vida.

Cachorros para la venta

El dueño de un negocio colocó este cartel: "Cachorros en Venta"
A los niños les atraen esta clase de anuncios y no pasó mucho tiempo para que uno entrara en la tienda y preguntara:
- ¿Cuál es el precio de los perritos?
- Entre 30 € y 50 €, contestó el dueño.
El niño sacó de su bolsillo unas pocas monedas:
- Sólo tengo 2.35... € ¿Puedo verlos?
El hombre sonrió y silbó. De la trastienda, salió su perra corriendo seguida por cinco cachorritos. Uno de ellos no corría como los demás. El niño inmediatamente señaló al perrito rezagado que cojeaba.
- ¿Qué le pasa a ese perrito? -preguntó.
El hombre le explicó que al nacer, el veterinario dijo que tenía la cadera defectuosa y que cojearía el resto de su vida.
El niño se entristeció mucho y exclamó:
- ¡Ese perrito es el que quiero comprar!
El hombre replicó:
- No, tú no vas a comprar ese cachorro, si realmente lo quieres, yo te lo regalo.
El niño se disgustó y, mirando directo a los ojos del hombre, le dijo:
- Yo no quiero que usted me lo regale. Él vale tanto como los otros perritos y yo le pagaré todo. Ahora, le doy los 2.35 €, y 50 céntimos cada mes, hasta que complete el pago.
El hombre contestó:
- Tienes que pensarlo antes de comprarlo porque nunca será capaz de correr, saltar y jugar como los otros.
El niño se inclinó y se levantó el pantalón para mostrar su pierna izquierda inutilizada, sostenida con un aparato metálico. Miró de nuevo al hombre y le dijo:
- Bueno, yo tampoco puedo correr muy bien y el perrito necesitará a alguien que lo entienda.
Al hombre se le hizo un nudo en la garganta y sus ojos se llenaron de lágrimas... tomó aire, sonrió y dijo:
- Hijo, sólo espero que cada uno de estos cachorritos llegue a tener un dueño como tú.

En la vida no importa quién eres, sino que alguien te aprecie, te acepte y te ame incondicionalmente. Un verdadero amigo, es aquel que llega cuando los demás te han dejado.

viernes, 30 de enero de 2026

Oración por la Paz

              San Juan XXIII

Señor Jesucristo, que eres llamado Príncipe de la Paz,
que eres Tú mismo nuestra paz y reconciliación,
que a menudo dijiste: "La Paz contigo, la paz os doy."
Haz que todos hombres y mujeres den testimonio de la verdad,
de la justicia y del amor fraternal.
Destierra de nuestros corazones cualquier cosa
que pueda poner en peligro la paz.
Ilumina a nuestros gobernantes para que ellos garanticen
y puedan defender el gran regalo de la paz.
Que todas las personas de la tierra se sientan hermanos y hermanas.
Que el anhelo por la paz se haga presente
y perdure por encima de cualquier situación.

La mano del sabio

             Anónimo japonés

Un hombre no sabía qué hacer con la avaricia de su mujer. Era tacaña y miserable incluso con su familia y amigos. No dejaba pasar una oportunidad para ganar o ahorrar algo.
Cansado de estas conductas fue a visitar a un viejo sabio que vivía en su aldea. Le contó su situación y juntos volvieron conversando.
Al entrar en la casa y sin una palabra. El viejo cerró su puño y lo colocó frente a la mujer. Ella asombrada le preguntó qué quería decir. El sabio le dijo:
-Imagínate que mi mano fuera siempre así. ¿Cómo la definirías?
- Deforme, enferma, contestó la mujer.
Entonces abrió su mano y le preguntó:
-“ Y si mi mano estuviera siempre extendida, ¿cómo la definirías?
La mujer contestó: -También deforme.
Si entiendes esto, eres una buena mujer y estás en el buen camino, continúa por él, concluyó el sabio.
La mujer comprendió la lección y ayudó al marido no sólo a ahorrar, sino también a ayudar y ser solidarios con los más necesitados.

jueves, 29 de enero de 2026

Viniste, Señor, como haces siempre

                 Jaime Foces (Rezando voy)

Viniste, Señor, como haces siempre, a llamar a mi casa.
Un día era el trabajo y me dije «Mañana abro».
Otro, el cansancio, y no te oí.
Un tercero la prisa, y me olvidé de ti.
Y de nuevo llegaste, con tu Luz, a encender mi sombra.
Te creí en el relámpago; mas no estabas allí.
Quise verte en los luceros;
pero solo eran fantasías de mis ojos.
Me sedujeron los fuegos de artificio;
sin embargo, tampoco allí morabas.
Y te encontré en el hermano,
y en la riqueza de darse entero,
y en el sabor de unas lágrimas,
y en la risa cristalina de una niña,
y en la llama temblorosa y amable de un candil.
Y, entonces, te supe, te abrí mi puerta
y me dejé llenar por tu Palabra.

La Universidad de los Jueves

Cada jueves, a las 10:00 en punto, en el aula 3B de una facultad del centro de Bucarest, un grupo peculiar toma asiento. Nadie baja de los 70 años. Algunos llegan en bastón, otros en bicicleta. Una señora trae pasteles caseros. Otro reparte frases de autores griegos. Todos sonríen como niños que van a su primera excursión.
Se hacen llamar “La Universidad de los Jueves”, aunque no hay matrículas ni exámenes. Solo ganas de aprender.
Todo comenzó con Mihnea Dragomir, un profesor de literatura rumana que, tras jubilarse, sintió que algo dentro de él se apagaba.
— Tenía libros, tenía tiempo… pero me faltaban ojos que brillaran cuando contaba algo.
Así que pidió permiso para usar un aula vacía una vez a la semana. Publicó un anuncio en la panadería del barrio: Clases para mayores de 65. Gratis. Sin deberes. Solo curiosidad.”
La primera vez, fueron tres personas. La segunda, siete. La tercera, veinte. Ahora, cada jueves, más de cuarenta mayores se reúnen a hablar de todo: historia, poesía, cine, tecnología, neurociencia, arte africano, evolución, inteligencia emocional. Cada clase empieza con una ronda:
— ¿Qué aprendiste esta semana fuera del aula?
Y las respuestas sorprenden:
— Aprendí a hacer videollamadas con mi nieta en Berlín.
— Descubrí que las ballenas cantan en distintos dialectos.
— Vi una película coreana sin entender nada… pero lloré igual.
Mihnea no cobra. No pasa lista. Solo ofrece una pizarra, una historia y una taza de té al final de cada sesión. Pero lo que ocurre en ese aula va más allá del saber.
— Yo vine por la cultura -dice Adela, 82 años-, pero encontré algo más urgente: pertenecer.
Muchos de ellos vivían solos. Algunos habían dejado de salir. Uno incluso confesó que llevaba años sin conversar más de cinco minutos con nadie. Ahora se mandan mensajes. Se prestan libros. Se celebran los cumpleaños. Y si alguien falta un jueves, suena el teléfono:
— ¿Estás bien? ¿Necesitas algo?
La Universidad de los Jueves no da títulos, pero entrega algo más valioso: sentido. En una sociedad que empuja a los mayores al rincón del olvido, este grupo demuestra que el hambre de aprender no envejece. Solo cambia de forma.
Hace unos meses, fueron invitados a una conferencia universitaria sobre innovación educativa. El público se quedó en silencio cuando vio entrar a aquel grupo de canas, andadores y risas lentas. Uno de los estudiantes preguntó:
— ¿Y qué innovan ustedes?
El más veterano, Pavel, de 90 años, respondió:
— Innovamos en no rendirnos. En seguir haciéndonos preguntas. ¿No es eso lo que hace un buen científico? -El auditorio aplaudió de pie.
Hoy, varios jóvenes se han sumado como oyentes. Algunos dicen que entienden mejor a sus abuelos. Otros, que por fin aprendieron a escuchar sin prisas.
Y Mihnea, el profesor que no quería dejar de enseñar, dice que ya no tiene miedo a envejecer.
— Porque ahora sé que, mientras haya un jueves, habrá un motivo para despertar con ilusión.”

domingo, 25 de enero de 2026

Cristo, alegría del mundo

Cristo, alegría del mundo,
resplandor de la gloria del Padre.
¡Bendita la mañana
que anuncia tu esplendor al universo!
En el día primero,
tu resurrección alegraba
el corazón del Padre.
En el día primero,
vio que todas las cosas eran buenas
porque participaban de tu gloria.
La mañana celebra
tu resurrección y se alegra
con claridad de Pascua.
Se levanta la tierra
como un joven discípulo en tu busca,
sabiendo que el sepulcro está vacío.
En la clara mañana,
tu sagrada luz se difunde
como una gracia nueva.
Que nosotros vivamos
como hijos de luz y no pequemos
contra la claridad de tu presencia.

Los caballos

Esta es la historia de un padre y un hijo que viven en el campo y que se dedican a cuidar y domar caballos. El hijo es joven e impulsivo, el padre es viejo y sabio.
- Vete con estos animales al campo y déjales comer en los pastos y beber en el río, y al atardecer vuelves a casa con ellos -dijo el padre a su hijo.
Volvió el hijo diciendo a su padre
- Papá ¡qué mala suerte tengo! se me han escapado en el campo varios caballos
- Tranquilo, no te preocupes ¡mala suerte o buena suerte no lo sabemos, confía en Dios
Al cabo de unos días, los caballos perdidos vuelven acompañados de varios caballos más...
- Papá, ¡qué buena suerte! Los caballos perdidos han traído con ellos a varios más, ya somos ricos.
- Tranquilo, ¡buena suerte o mala suerte no lo sabemos, Dios sabrá... Confía en Él!
Al aumentar el número de bestias en el patio y tener el mismo espacio, las bestias estaban más apretujadas, y el hijo al ir a echarles agua recibe una patada y se parte una pierna.
- Papá ¡qué mala suerte tengo! Ahora que todo nos iba bien me rompo la pierna....
- Tranquilo hijo ¡mala suerte o buena suerte, no lo sabemos, Dios sabrá... confía en Dios...
Al cabo de unos días, el rey manda a llamar a todos los jóvenes a filas, ya que el país acaba de entrar en guerra con sus vecinos, pero al hijo no lo llevan porque tenía la pierna rota.
- Papá ¡qué buena suerte, no me han llevado a la guerra!
- Tranquilo hijo mío ¡buena suerte o mala suerte!, no lo sabemos, Dios lo dirá, confía en Dios.

Este es un cuento que nunca termina, porque es el cuento de las cosas que nos pasan cada día, en la que tenemos que aprender a mirar los acontecimientos desde la tranquilidad y la confianza en que Dios nunca nos deja solos, sino que está siempre con nosotros en la vida de cada día.

sábado, 24 de enero de 2026

Días turbulentos

                  José María Rodríguez Olaizola, SJ (Rezandovoy)

Es parte de la vida
que no encajen las piezas,
que se rompan los sueños.
De poco sirve empeñarnos
en domar la turbulencia de los días.
La palabra no aplaca el desconcierto.
La teoría no abarca la existencia.
La gente es compleja.
Nuestros días, inciertos.
El hombre propone, y Dios dispone,
pero a menudo el caos se impone.
También esto es ser humano.
Desesperarse, viajar sin mapas,
creer pese al estruendo del silencio,
tratar de retener entre los dedos
el agua que se escurre sin remedio,
no entender el idioma del hermano,
no saber responder a lo esperado.
Y en algún arrebato de amargura
destruir a patadas los castillos de arena.
Pero al volver la calma y la esperanza,
comenzaremos, de nuevo,
a poner contrafuertes y reforzar la alegría.

¡Compren las mejores manzanas!

Era una vendedora de manzanas. La buena mujer acudía cada mañana al mercado a vender su mercancía. Pero pasadas las horas apenas lograba vender algún kilo. Con el paso del tiempo el poco éxito de sus ventas hizo que la mujer se fuera desanimando.
Una mañana se acercó un joven a su puesto. Al verla triste y desanimada le preguntó qué le pasaba.
— “Ya ves –respondió la mujer– cada mañana acudo a este mercado a vender mis manzanas, pero cuando la tarde cae apenas he logrado vender algún kilo. Mis manzanas no deben ser buenas”.
De repente y sin que nadie se lo pidiera el joven comenzó a gritar:
— “Compren, compren las mejores manzanas de la huerta. Recién recogidas para llevarlas a su mesa... compren”.
Al sonido de los gritos se fueron formando corros de personas alrededor de la vendedora y muchas personas pedían ansiosamente algunos kilos de manzanas. Al cabo de pocas horas la mujer había vendido toda su mercancía.
— “¿Cómo lo has hecho? –preguntó la mujer– Durante muchas semanas he acudido a este mercado y no he logrado vender mi mercancía y tú en solo un par de horas has logrado vender más de lo que yo he vendido a lo largo de todo ese tiempo”.
— “Ha sido muy fácil” –respondió el joven– tus manzanas eran muy buenas, pero ni tu ni ellos lo sabían. Alguien tenía que decírselo.

viernes, 23 de enero de 2026

Gente a la que dejas entrar

             José María Rodríguez Olaizola sj

Hay gente a la que ves en terreno neutral.
En la terraza del bar. En la puerta de un comercio.
Al salir de misa. En el puesto de trabajo.
Dando un paseo. En una red de fragmentos.
Conversas, opinas, conoces, criticas,
saludas con prisa, compartes recetas,
hablas del deporte, la serie de moda,
la última tendencia, la crisis política,
los altos impuestos dices naderías,
que hace mucho frío o que estás cansado.
Pero hay gente a la que abres la puerta
y dejas entrar en tu hogar o en tu vida.
Con ellos puedes andar en zapatillas,
cuentas tu historia, escuchas la suya,
te ríes del ego, muestras las heridas,
compartes tormentas y ofreces refugio.
Su dolor te duele. Su dicha te llena.
Te haces vulnerable al darles cabida.
Hay quien a Dios lo deja en la calle.
Y quien le da acceso hasta el centro de la vida.
La armonía de dos templos
donde el hombre vuelve a ser hombre.

La importancia del ‘tuteo’

¿Saben la diferencia que existe entre «tú y usted»? Este ejemplo ilustra muy bien la diferencia:
El director general de un banco estaba preocupado por un joven director ‘estrella’ que, después de un período de trabajar junto a él sin parar nunca ni para almorzar, empieza a ausentarse al mediodía.
Entonces, el director general llama a un detective privado del banco y le dice:
— Siga a López una semana entera, no vaya a ser que ande en algo oscuro.
El detective cumple con el cometido, vuelve e informa:
— "López sale normalmente al mediodía, toma su coche, va a su casa a almorzar, luego se acuesta con su esposa, se fuma uno de sus excelentes habanos y regresa a trabajar".
— ¡Ah, bueno!, menos mal que no hay nada malo en todo eso -responde el director.
Luego, el detective pregunta:
— ¿Puedo tutearlo, señor?
Sorprendido, el director responde:
— Sí, ¡cómo no!
El detective vuelve a decir:
— Te repito: "López sale normalmente al mediodía, toma tu coche, va a tu casa a almorzar, se acuesta con tu esposa, se fuma uno de tus excelentes habanos y regresa a trabajar".
¡VIVA LA GRAMÁTICA!

martes, 20 de enero de 2026

En toda ocasión… reza

          Me gustó mucho

Cuando vayas a salir, reza.
No para que nada pase,
sino para tener paz si algo pasa.
Cuando vayas a comer, da gracias.
Aunque sea poco,
aunque no sea lo que esperabas.
La gratitud transforma lo sencillo en bendición
y lo cotidiano en milagro.
Cuando estés a punto de tomar una decisión,
ponla en las manos de Dios.
No siempre para que cambie el camino,
sino para que fortalezca tu corazón al recorrerlo.
Porque hay elecciones
que no se entienden en el momento,
pero se agradecen con el tiempo.
La oración no necesita palabras bonitas
ni discursos largos.
A veces basta un susurro, una lágrima,
un “ayúdame” dicho con fe.
Dios entiende el idioma del alma
cuando ya no sabemos qué decir.
Orar es confiar cuando el miedo aprieta,
es descansar cuando la carga pesa,
es creer cuando todo parece incierto.
La oración puede ser sencilla,
pero jamás deja de ser poderosa
si nace del corazón
y se sostiene en la fe.
Si lo crees…

Alek y su perro Leo

             Pilar Sánchez Sánchez·

Puede entrar usted, dijo el trabajador del refugio, sin levantar la vista. Hay una cama libre, comida caliente y agua para asearse. Pero… el perro no puede pasar. No fue una voz hostil. Fue burocrática. Una de esas voces que aprendieron a separar la compasión del reglamento.
Alek miró a su perro. Luego al trabajador. Luego otra vez a su perro.
— Entonces no, gracias.
— El trabajador lo miró por fin. Confundido. ¿Cómo que no?
— Si él no entra, yo tampoco.
Esa noche llovió. Otra vez. El cartón se deshizo bajo su espalda, pero Leo, el pastor mestizo de ojos tranquilos, no se movió de su lado. Su hocico apoyado sobre su muslo. Su respiración rítmica. Habían pasado juntos cuatro inviernos. Uno peor que otro. Y en todo ese tiempo, Leo nunca lo dejó. Cuando Alek tenía hambre, Leo lo acompañaba en el silencio. Cuando lo echaban de una esquina, Leo ladraba, como si el mundo pudiera entender su protesta. Y cuando Alek lloraba, esas veces en que la culpa le volvía como un boomerang, Leo simplemente se acercaba y le lamía la mano.
— No eres solo un perro, le decía. Eres el único que no me dejó cuando toqué fondo.
Vivían cerca de la estación vieja. En un rincón donde el viento tardaba más en encontrarles. No pedían nada. Solo que los dejaran juntos. Una tarde, alguien tomó una foto. Captó el momento exacto en que Alek abrigaba a Leo con su única manta. La subió a sus redes con una frase: “Algunas lealtades no se negocian. Ni siquiera por una cama caliente.”
La imagen se expandió por las redes sociales. Días después, una furgoneta blanca se detuvo junto a ellos. Una mujer se bajó, abrigada, con una sonrisa que no forzaba nada.
— ¿Usted es Alek?
— Depende quién pregunte.
— Trabajo en la Fundación Raíces. Vimos su historia. Tenemos un sitio para usted… y para él, dijo, señalando a Leo.
Él no respondió enseguida. Se agachó y miró a su perro.
— ¿Oíste eso, Leo? Esta vez sí podemos entrar los dos.
Aceptó porque, por primera vez, alguien entendió que venían en paquete. El refugio no era lujoso. Pero tenía una puerta que se cerraba sin echarles fuera. Una taza de té caliente. Y una colchoneta junto a la cama, donde Leo se hizo un ovillo, como siempre.
Alek empezó a hablar poco a poco. A recordar su historia. A perdonarse errores. A dejar de esconderse tras la culpa. Los voluntarios le dieron ropa limpia, una libreta, y algo más importante: tiempo. Tiempo para pensar sin correr. Para llorar sin ser mirado. Para sanar sin ser juzgado.
Leo seguía allí. Siempre. Hasta que una noche, mientras lo acariciaba, Alek susurró:
— No sé si yo te salvé a ti, o tú a mí.
Leo levantó la cabeza. Y por primera vez en años, Alek creyó ver una respuesta en los ojos de un animal. Una que decía: “No importa quién salvó a quién. Lo importante es que nunca nos separamos.” Y esa fue la primera noche que durmió sin miedo.

domingo, 18 de enero de 2026

"Reenamórame" otra vez

              Fermín Negre

Mírame a los ojos, Señor,
como aquella vez primera.
Aunque llevo unos años contigo,
ven y renuévame desde las raíces
porque se me ha enfriado la fe,
he pactado con otros dioses,
he caminado otros caminos,
me he acomodado en una vida burguesa.
Me falta el entusiasmo del comienzo.
Llámame de nuevo, refresca mi andar,
que se me ha ido apagando el amor primero,
que se me ha vuelto duro el corazón,
que me he vuelto insensible
al dolor y pobreza de mis hermanos.
Soy yo quien anda enfermo y desanimado,
enredado y cabizbajo, sin pasión ni chispa.
Tengo nostalgia de aquellos días de antaño
en que nada importaba excepto tú y tus cosas.
Estabas en todo. Eras mi Todo.
Por eso, acércate, Señor, y con tu mirada,
conquístame, reenamórame otra vez
para que tú vuelvas a ser mi Dios y mi Todo.

La leyenda del ave fénix

Hace mucho tiempo, en un valle lleno de montañas doradas, vivía el ave fénix. Sus plumas brillaban como el amanecer y su canto llenaba de esperanza a quienes lo escuchaban. Los niños soñaban al verlo volar y los padres lo señalaban como símbolo de fortaleza y amor.
El fénix sabía que su misión era enseñar a no rendirse. Cuando el cansancio llegaba, descansaba en su nido de ramas aromáticas y contaba historias a los animales más pequeños. Les decía que cada error es una lección y cada caída, una oportunidad para aprender.
Un día, el valle atravesó tiempos difíciles. Los árboles se secaron y muchos perdieron la esperanza. Entonces, el ave fénix se elevó alto y, con valentía, se dejó envolver por el fuego. Todos miraron en silencio, creyendo que era su final.
De las cenizas nació un nuevo fénix, más brillante y fuerte. Su regreso llenó el valle de alegría y fe. Los padres abrazaron a sus hijos y comprendieron que siempre se puede empezar de nuevo, incluso después de los momentos más duros.
Desde entonces, la leyenda del ave fénix se cuenta cada noche. Enseña a las familias que, con amor y perseverancia, los corazones también pueden renacer

Moraleja: Aunque la vida tenga momentos difíciles, siempre podemos levantarnos, aprender y renacer con más fuerza y esperanza

sábado, 17 de enero de 2026

Oración por los animales

Bendito seas, Señor, que creaste a los animales
y los pusiste bajo nuestro dominio,
para que nos ayudaran en nuestro trabajo.
Bendito seas, Señor, que para rehacer nuestras fuerzas
nos das como alimento la carne de los animales.
Bendito seas, Señor, que, para entretenimiento de tus hijos,
nos das la compañía de los animales domésticos.
Bendito seas, Señor, que en las aves del cielo alimentadas por ti
nos das una señal de tu providencia paternal,
según las palabras del mismo Jesús.
Bendito seas, Señor, que nos has dado a tu Hijo como Cordero
y has querido que en él nos llamáramos y fuéramos hijos tuyos.
Bendito seas, Señor, que por medio de las más humildes criaturas
nos atraes también a tu amor. Amén

¿Por qué los perros viven menos que las personas?

Siendo veterinario, fui llamado para examinar a un Sabueso Irlandés de 10 años llamado Belker. Los dueños del perro y su hijo pequeño estaban muy unidos a Belker y esperaban un milagro.
Examiné a Belker y descubrí que tenía un cáncer en fase terminal. Dije a su familia que no podíamos hacer nada más por Belker y me ofrecí para llevar a cabo el procedimiento de eutanasia en su casa.
Los dueños dijeron que sería buena idea que su hijo pequeño de 6 años estuviera presente. Pensaron que podría aprender algo de esa dolorosa experiencia.
Al día siguiente, sentí emoción cuando Belker fue rodeado por la familia. El niño estaba tranquilo, acariciaba al perro por última vez y yo me preguntaba si él comprendería lo que estaba pasando. En unos cuantos minutos Belker se quedó dormido pacíficamente para ya no despertar.
El niño pequeño pareció aceptar la transición de Belker sin ninguna dificultad o confusión.
Nos sentamos todos por un momento peguntándonos el porqué del lamentable hecho de que la vida de las mascotas sea más corta que la de los humanos.
El niño, que había estado escuchando atentamente, dijo:
– “Yo sé por qué.”
Sorprendidos, nos dimos vuelta a mirarlo. Lo que dijo a continuación fue lo más maravilloso que había escuchado en mi vida, no me esperaba una explicación más reconfortante que ésta:
“La gente viene al mundo para aprender cómo vivir una buena vida, cómo amar a los demás siempre y ser buenas personas... ¿verdad?… Bueno, como los perros ya saben cómo hacer todo eso, no tienen que quedarse tanto tiempo como nosotros.”

Recuerda, si un perro fuera tu maestro, aprenderías cosas como: Cuando tus seres queridos llegan a casa, siempre corre a saludarlos. Nunca deja pasar una oportunidad para ir a pasear, deja que el aire fresco y del viento acaricie tu cara.
Corre, salta y juega todos los días: se feliz. Mejora tu atención y deja que los tuyos te toquen y acaricien.
Evita “morder”; un simple gruñido será suficiente.
Si lo que quieres, está ′′enterrado", búscalo, persiste hasta encontrarlo.
Cuando estés feliz, baila. Deléitate en la alegría simple de una larga caminata. Sé leal.
Cuando alguien tenga un mal día, quédate en silencio, siéntate cerca y suavemente hazle sentir que estás ahí.
Alguien dijo: “El perro tiene más amigos que la gente, porque mueve más la cola que la lengua”