Yo busco la verdad y sólo encuentro verdades.
Busco el amor, y sólo en migajas lo encuentro.
Busco la belleza y se hace noche en el camino
Busco la libertad y me siento prisionero.
Busco el bien, y el mal se me hace uña a la carne
y me duele vivir en este duelo.
No quiero más verdades, que busco la Verdad
que ilumine mi vida y le dé un Proyecto.
No quiero más amores, que el Amor que busco
es Amor de manantial con vida sin término.
No quiero más bellezas, que Belleza
es sólo aquella que no muere con el tiempo.
No quiero más libertades, que ser libres
es vivir en el interior del corazón que has hecho.
Tú, Señor del alba, mi Bien, mi creación nueva,
donde juntos soñaremos en silencio.
No quiero un corazón de piedra, duro y podrido,
que golpee a cada paso y sepa a estiércol;
un corazón de piedra que muera solo
entre las ruinas perdidas de un destierro.
No quiero un corazón de piedra que viva frío entre los hielos.
Quiero un corazón que sea humano, hecho de carne,
como el tuyo nacido de la mujer y el silencio,
que es pureza virginal y es Espíritu,
hecho hombre para perder el corazón sin dueño.
Dame un corazón, Señor Jesús, manso y humilde,
donde haya espacio para el que llegue corriendo,
que mis manos enjugarán las gotas de sudor
y refrescarán el cansancio y acompañarán el sueño.
Dame un corazón que sueñe mundos sin conquistar,
que viva la utopía del hombre nuevo.
Dame un corazón que sea feliz conmigo mismo,
que aprenda a quererse para querer sin ruegos.
Dame un corazón que sepa perdonarse siempre,
para comprender y perdonar primero.
Dame un corazón orante como el tuyo que se abra al Padre,
que es Padre nuestro.
sábado, 28 de abril de 2018
El brahmín astuto
“101 Cuentos Clásicos de la India”
Era en el norte de la India, allí donde las montañas son tan elevadas que parece como si quisieran acariciar las nubes con sus picos. En un pueblecillo perdido en la inmensidad del Himalaya se reunieron un asceta, un peregrino y un brahmín. Comenzaron a comentar cuánto dedicaban a Dios cada uno de ellos de aquellas limosnas que recibían de los fieles.
El asceta dijo:
- Mirad, yo lo que acostumbro a hacer es trazar un círculo en el suelo y lanzar las monedas al aire. Las que caen dentro del círculo me las quedo para mis necesidades y las que caen fuera del círculo se las ofrendo al Divino.
Entonces intervino el peregrino para explicar:
- Sí, también yo hago un círculo en el suelo y procedo de la misma manera, pero, por el contrario, me quedo para mis necesidades con las monedas que caen fuera del círculo y doy al Señor las que caen dentro del mismo.
Por último habló el brahmín para expresarse de la siguiente forma:
- También yo, queridos compañeros, dibujo un círculo en el suelo y lanzo las monedas al aire. Las que no caen, son para Dios y las que caen las guardo para mis necesidades.
*El Maestro dice: Así proceden muchas personas que se dicen religiosas. Tienen dos rostros y uno es todavía más falso que el otro.
Era en el norte de la India, allí donde las montañas son tan elevadas que parece como si quisieran acariciar las nubes con sus picos. En un pueblecillo perdido en la inmensidad del Himalaya se reunieron un asceta, un peregrino y un brahmín. Comenzaron a comentar cuánto dedicaban a Dios cada uno de ellos de aquellas limosnas que recibían de los fieles.
El asceta dijo:
- Mirad, yo lo que acostumbro a hacer es trazar un círculo en el suelo y lanzar las monedas al aire. Las que caen dentro del círculo me las quedo para mis necesidades y las que caen fuera del círculo se las ofrendo al Divino.
Entonces intervino el peregrino para explicar:
- Sí, también yo hago un círculo en el suelo y procedo de la misma manera, pero, por el contrario, me quedo para mis necesidades con las monedas que caen fuera del círculo y doy al Señor las que caen dentro del mismo.
Por último habló el brahmín para expresarse de la siguiente forma:
- También yo, queridos compañeros, dibujo un círculo en el suelo y lanzo las monedas al aire. Las que no caen, son para Dios y las que caen las guardo para mis necesidades.
*El Maestro dice: Así proceden muchas personas que se dicen religiosas. Tienen dos rostros y uno es todavía más falso que el otro.
viernes, 27 de abril de 2018
Salmo del corazón I
Quiero compartir mi corazón contigo, Señor Jesús.
Quiero hacer de mi corazón pan tierno y fresco,
hogaza de labrador compartida en la mesa de todos,
donde no hay puestos porque no hay primero.
Dejo en la mesa mi pan hecho migas,
y el mantel manchado en rojo como recuerdo.
Dejo mi silla de paja que espera
al que siempre ocupa el último lugar como puesto.
Mi corazón, Señor del alba, se hace mesa,
mantel blanco de amistad para los pueblos.
Mi corazón, Señor Jesús, se siente solo
cuando tu medida no lo llena dentro.
Mi corazón se arruga y sufre y llora
cuando el Amor no enciende mi amor en fuego.
Tú eres el mar. Yo soy la playa.
Tú eres la ola que inunda mi arena llevada al viento.
Mi corazón lo hiciste para ti, Señor del alba,
y no es feliz si tú no eres, al fin, su Centro.
Tú eres amor, por eso buscas, peregrino,
mis amores perdidos en ídolos de paja y hierro,
que se esfuman y se vengan como dioses extraños
a las manos que de la mano nos hicieron.
Quiero hacer de mi corazón pan tierno y fresco,
hogaza de labrador compartida en la mesa de todos,
donde no hay puestos porque no hay primero.
Dejo en la mesa mi pan hecho migas,
y el mantel manchado en rojo como recuerdo.
Dejo mi silla de paja que espera
al que siempre ocupa el último lugar como puesto.
Mi corazón, Señor del alba, se hace mesa,
mantel blanco de amistad para los pueblos.
Mi corazón, Señor Jesús, se siente solo
cuando tu medida no lo llena dentro.
Mi corazón se arruga y sufre y llora
cuando el Amor no enciende mi amor en fuego.
Tú eres el mar. Yo soy la playa.
Tú eres la ola que inunda mi arena llevada al viento.
Mi corazón lo hiciste para ti, Señor del alba,
y no es feliz si tú no eres, al fin, su Centro.
Tú eres amor, por eso buscas, peregrino,
mis amores perdidos en ídolos de paja y hierro,
que se esfuman y se vengan como dioses extraños
a las manos que de la mano nos hicieron.
Buscar a Dios
Diálogo entre una niña y un anciano
Día a día un anciano sentado en su mecedora prometió no levantarse de allí hasta que viera a Dios.
Una tarde vio a una niña jugando y la pelota con que jugaba llegó rodando hasta él.
Ella, al inclinarse y recogerla miró al anciano y le dijo
- Señor, todos los días lo veo sentado en su sillón y con la vista perdida ¿Qué es lo que busca?
- Niña, eres demasiado pequeña para entender –contestó el anciano.
- Tal vez -dijo ella- pero mi mama me ha dicho que si tengo algo en la cabeza debo decirlo. Ella me dice siempre: "comparte, hija, comparte para que aprendas".
- Muy bien, niña, ¿sabes? busco a Dios -dijo él-.
- ¿Cómo? Con todo respeto, señor, ¿se mece en ese sillón día tras día en busca de Dios?
- Sí, necesito creer antes de morir que Dios existe. Quiero una señal suya y no he visto ninguna.
- ¿Una señal? Por Dios, señor anciano. Dios le da una señal cuando respira, cuando huele las flores, cuando escucha el canto de los pájaros, cuando nace un bebé, cuando ríe, cuando llora... Es una señal de Dios amar, abrazar a alguien. Dios le da una señal en el viento, en el arco iris, en la lluvia.
Dios está en usted, en mi. ¿Para qué buscarlo sentado mirando a lo lejos sí está aquí cerca todo el tiempo?
- Niña -respondió el anciano- sabes mucho, pero lo que dices no me es suficiente.
La niña se le acercó, puso sus pequeñas manos en el corazón del viejo y le dijo bajito al oído:
- Señor anciano mi mamá me dice siempre que si quiero encontrar a Dios, lo busque en mi corazón y que así podré ver sus señales ¿ya busca usted en el suyo? ¡Venga!, búsquelo de otra forma. Levántese del sillón y venga a jugar conmigo.
Y aquella tarde, fue una tarde maravillosa para aquel solitario viejo. ¡Se divirtió como nunca! La niña fue para él la señal que Dios le enviaba para salir de su soledad y de su tristeza.
Día a día un anciano sentado en su mecedora prometió no levantarse de allí hasta que viera a Dios.
Una tarde vio a una niña jugando y la pelota con que jugaba llegó rodando hasta él.
Ella, al inclinarse y recogerla miró al anciano y le dijo
- Señor, todos los días lo veo sentado en su sillón y con la vista perdida ¿Qué es lo que busca?
- Niña, eres demasiado pequeña para entender –contestó el anciano.
- Tal vez -dijo ella- pero mi mama me ha dicho que si tengo algo en la cabeza debo decirlo. Ella me dice siempre: "comparte, hija, comparte para que aprendas".
- Muy bien, niña, ¿sabes? busco a Dios -dijo él-.
- ¿Cómo? Con todo respeto, señor, ¿se mece en ese sillón día tras día en busca de Dios?
- Sí, necesito creer antes de morir que Dios existe. Quiero una señal suya y no he visto ninguna.
- ¿Una señal? Por Dios, señor anciano. Dios le da una señal cuando respira, cuando huele las flores, cuando escucha el canto de los pájaros, cuando nace un bebé, cuando ríe, cuando llora... Es una señal de Dios amar, abrazar a alguien. Dios le da una señal en el viento, en el arco iris, en la lluvia.
Dios está en usted, en mi. ¿Para qué buscarlo sentado mirando a lo lejos sí está aquí cerca todo el tiempo?
- Niña -respondió el anciano- sabes mucho, pero lo que dices no me es suficiente.
La niña se le acercó, puso sus pequeñas manos en el corazón del viejo y le dijo bajito al oído:
- Señor anciano mi mamá me dice siempre que si quiero encontrar a Dios, lo busque en mi corazón y que así podré ver sus señales ¿ya busca usted en el suyo? ¡Venga!, búsquelo de otra forma. Levántese del sillón y venga a jugar conmigo.
Y aquella tarde, fue una tarde maravillosa para aquel solitario viejo. ¡Se divirtió como nunca! La niña fue para él la señal que Dios le enviaba para salir de su soledad y de su tristeza.
miércoles, 25 de abril de 2018
Un Dios pobre
José M. R. Olaizola
Ojalá, Señor, te llegue mi voz.
Aquí estoy. Sin grandes palabras que decir.
Sin grandes obras que ofrecer.
Sin grandes gestos que hacer.
Solo aquí. Solo. Contigo.
Recibiré aquello que quieras darme:
luz o sombra, canto o silencio, esperanza o frío.
Suerte o adversidad. Alegría o zozobra. Calma o tormenta.
Y lo recibiré sereno, con un corazón sosegado,
porque sé que tú, mi Dios, también eres un Dios pobre.
Un Dios a veces solo.
Un Dios que no exige, sino que invita.
Que no fuerza, sino que espera.
Que no obliga, sino que ama.
Y lo mismo haré en mi mundo,
con mis gentes, con mi vida:
aceptar lo que venga como un regalo.
Eliminar de mi diccionario la exigencia.
Subrayar el verbo “dar”.
Preguntar a menudo: “¿Qué necesitas?”
“¿Qué puedo hacer por ti?”,
y decir pocas veces “quiero” o “dame”.
Y así sigo, Dios: Aquí, sin más, en soledad.
Ojalá, Señor, te llegue mi voz.
Aquí estoy. Sin grandes palabras que decir.
Sin grandes obras que ofrecer.
Sin grandes gestos que hacer.
Solo aquí. Solo. Contigo.
Recibiré aquello que quieras darme:
luz o sombra, canto o silencio, esperanza o frío.
Suerte o adversidad. Alegría o zozobra. Calma o tormenta.
Y lo recibiré sereno, con un corazón sosegado,
porque sé que tú, mi Dios, también eres un Dios pobre.
Un Dios a veces solo.
Un Dios que no exige, sino que invita.
Que no fuerza, sino que espera.
Que no obliga, sino que ama.
Y lo mismo haré en mi mundo,
con mis gentes, con mi vida:
aceptar lo que venga como un regalo.
Eliminar de mi diccionario la exigencia.
Subrayar el verbo “dar”.
Preguntar a menudo: “¿Qué necesitas?”
“¿Qué puedo hacer por ti?”,
y decir pocas veces “quiero” o “dame”.
Y así sigo, Dios: Aquí, sin más, en soledad.
Los miércoles, milagro
Una tarde, el pequeño Jacinto preguntó a su amiga Gabriela:
- ¿Por que vienes tan contenta? ¿Que hiciste o que te ha pasado en la escuela?
- Hice un milagro -respondió la niña-
- ¿Un milagro? ¿Cómo?
- Sí. Lo hice después de la catequesis.
- ¿Y cómo hiciste el milagro?
- La catequista es una señorita que esta muy enferma. No puede moverse ni caminar porque esta paralítica y no puede hacer nada ella sola. Solo habla y nos enseña el Catecismo y se ríe con nosotros.
- ¿Y que pasó?
- Hoy nos ha hablado sobre los milagros de Jesús y hubo un niño que le dijo "Yo no creo que haya milagros. Si hubiera milagros Dios te hubiera curado y podrías caminar".
- ¿Y qué dijo la catequista?
- Ella sonrió maravillosamente y dijo: "Sí, Dios también hace milagros para mí". Y los niños le dijeron: ¿Qué milagro te ha hecho? A lo que la catequista contestó: "vosotros sois mi milagro, porque después de la catequesis de los miércoles, me lleváis a pasear por el parque empujando mi silla de ruedas".
La catequista dijo también que habría muchos milagros si la gente estuviera dispuesta y quisiera hacerlos. Por eso vengo contenta. Hoy es miércoles y vengo de hacer un milagro. Y cuando yo sea grande quiero hacer un montón de milagros y no solamente los miércoles sino todos los días.
- ¿Por que vienes tan contenta? ¿Que hiciste o que te ha pasado en la escuela?
- Hice un milagro -respondió la niña-
- ¿Un milagro? ¿Cómo?
- Sí. Lo hice después de la catequesis.
- ¿Y cómo hiciste el milagro?
- La catequista es una señorita que esta muy enferma. No puede moverse ni caminar porque esta paralítica y no puede hacer nada ella sola. Solo habla y nos enseña el Catecismo y se ríe con nosotros.
- ¿Y que pasó?
- Hoy nos ha hablado sobre los milagros de Jesús y hubo un niño que le dijo "Yo no creo que haya milagros. Si hubiera milagros Dios te hubiera curado y podrías caminar".
- ¿Y qué dijo la catequista?
- Ella sonrió maravillosamente y dijo: "Sí, Dios también hace milagros para mí". Y los niños le dijeron: ¿Qué milagro te ha hecho? A lo que la catequista contestó: "vosotros sois mi milagro, porque después de la catequesis de los miércoles, me lleváis a pasear por el parque empujando mi silla de ruedas".
La catequista dijo también que habría muchos milagros si la gente estuviera dispuesta y quisiera hacerlos. Por eso vengo contenta. Hoy es miércoles y vengo de hacer un milagro. Y cuando yo sea grande quiero hacer un montón de milagros y no solamente los miércoles sino todos los días.
martes, 24 de abril de 2018
¡Soñar, Señor, soñar!
León Felipe
Hazme soñar... ¡Soñar, Señor, soñar!...
¡Hace tiempo que no sueño!
Soñé que iba una vez -cuando era niño todavía,
al comienzo del mundo-
en un caballo desbocado por el viento,
soñé que cabalgaba, desbocado, en el viento...
que era yo mismo el viento...
Señor, hazme otra vez soñar que soy el viento,
el viento bajo la Luz, el viento traspasado por la Luz,
el viento deshecho por la luz,
el viento fundido por la luz,
el viento.., hecho Luz...
Señor, hazme soñar que soy la Luz...
que soy Tú mismo, parte de mí mismo...
y guárdame, guárdame dormido,
soñando, eternamente soñando
que soy un rayito de Luz de tu costado.
En silencio. Contigo, mi Dios pobre.
Hazme soñar... ¡Soñar, Señor, soñar!...
¡Hace tiempo que no sueño!
Soñé que iba una vez -cuando era niño todavía,
al comienzo del mundo-
en un caballo desbocado por el viento,
soñé que cabalgaba, desbocado, en el viento...
que era yo mismo el viento...
Señor, hazme otra vez soñar que soy el viento,
el viento bajo la Luz, el viento traspasado por la Luz,
el viento deshecho por la luz,
el viento fundido por la luz,
el viento.., hecho Luz...
Señor, hazme soñar que soy la Luz...
que soy Tú mismo, parte de mí mismo...
y guárdame, guárdame dormido,
soñando, eternamente soñando
que soy un rayito de Luz de tu costado.
En silencio. Contigo, mi Dios pobre.
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